AUNQUE LA CIVILIZACIÓN NOS DESTRUYA, EL SECRETO SE GUARDA A SÍ MISMO


Mujer india copia

Corrían demasiado de prisa los años próximos a la Gran Guerra de 1914, y al antropólogo Ulises Seaworth, de la National Society de Londres, se le acababa el tiempo para encontrar con vida a los últimos descendientes de la tribu Shurweeh (por lo menos ese es el nombre dado por los primeros exploradores que establecieron contacto en el Siglo XVIII) más allá de las nieves perpetuas de las Montañas Rocosas canadienses. Las leyendas de los extraños contactos con mundos alterativos habían sido enterradas, para “protección de las buenas gentes” – se reservaron añadir – en cementerios como la Biblioteca del Museo Británico o la de la misma National Society. Pero ya se sabe que la vida, como el agua, acaba haciéndose un camino para seguir su curso, y de tanto en tanto esas leyendas aparecían en las tertulias científicas que jóvenes antropólogos abrían entre los muros de los viejos académicos anquilosados en sus propios miedos a descubrir otras verdades. Cinco años atrás, recién doctorado, el inquieto Ulises Seaworth había empezado a clavar cuñas en aquellos miedos para hacerse escuchar y recabar cuanta información pudiera tener algún viejo no del todo derrotado y que siguiera albergando en su corazón de niño su original curiosidad.

Pertrechado a la usanza de los alpinistas pioneros en la escalada del Mont Blanc, con una gran mochila y un sombrero de ala corta, Ulises Seaworth escogió una soleada mañana de Julio de 1912 para escalar en solitario el impresionante macizo montañoso, después de semanas de preparación en la aldea minera de Mount Destiny, donde estableció su rudimentario campamento base. Los colonos, preocupados únicamente por su propia supervivencia en aquellas gélidas alturas, lo tomaron por un loco más en busca de morir famoso y no le concedieron mayor atención. Nadie se preocupó en memorizar su presencia, pero Ulises sabía que el éxito que a todas luces se ponía de manifiesto en aquellas explotaciones mineras era la punta de lanza de la civilización para tomar por asalto la paz ancestral de aquellos territorios indios.

Tardó una semana en coronar la cima y ya en el momento de hacerlo se dio cuenta que había entrado en otro mundo y por la puerta de una dimensión desconocida. Había escalado el Mont Blanc y otros picos mucho más altos que aquel, pero el paisaje que se abría ante su mirada era otra cosa; tenía algo de irreal. Hubiera permanecido varias horas contemplando aquel mundo desde la cima si una súbita ventisca no le hubiera despertado de sus ensoñaciones. Ocurre a menudo en las cimas del mundo; no te dejan disfrutar del paisaje, o a lo mejor es que quieren seguir guardando su secreto.

No tenía más que rudimentarias pistas sobre la ubicación de los Shurweeh, pero inició su descenso por la escarpada pendiente hacia el extenso valle cubierto por un tupido bosque de abetos. La levedad del aire de esas alturas parecía llenarse con aromas que a Ulises no le parecieron únicamente vegetales, sino que respiraba algo más que no sabía definir, como si las enormes rocas blancas y desnudas, clavadas en forma de menhires aquí y allá despidieran su propio aroma mineral, un fuerte perfume que le recordaba el olor a cirios pascuales permanentemente encendidos en la iglesia católica de su pueblo natal, único recuerdo agradable, por cierto, que conservaba de las tediosas sesiones de catequesis. Había olido en las faldas del Annapurna casi todos los inciensos de la India o en el Kara Korum los diversos olores dulzones a madera de Arabia, pero se le antojaba que aquel perfume debía proceder de la propia respiración de la tierra, a pesar de que llevaba casi dos meses sin llover.

La hojarasca y matojos que tapizaban el reino de los abetos parecían tentarle a tomar diversos senderos, pero después de dar algunas vueltas se le ocurrió pensar que las intrincadas formas de las cortezas de los árboles parecían estar dándole la dirección correcta. De tanto en tanto, los troncos presentabas unas marcas como trazos de tiza que vistas de cerca no hacían pensar en la mano del ser humano sino que un jirón de la corteza, por el motivo que fuera, era de un color mucho más claro que el resto, y la mayoría se mostraban orientadas hacia una misma dirección, o por lo menos a Ulises se lo pareció, que para él era lo importante para seguir adelante. Iba sin más armas que su navaja del ejército suizo como recuerdo de la escalada al Matterhorm, porque su ánimo iba dirigido a la exploración de otro mundo; antesala de otras realidades, como contaban las leyendas, donde las armas modernas están fuera de lugar, por lo menos para el buscador de la Verdad.

Solamente alguien con una sensibilidad extrema unida a una imperiosa necesidad de conocer, se pone a explorar territorios fuera de este mundo o se permite la curiosidad hacia lo trascendente; alguien cuya intuición vuela varias veces al día fuera de lo cotidiano. Ulises sintió muy pronto presencias que, invisibles, pero no intangibles, evolucionaban su alrededor. No sintió miedo, sino respeto. Habiendo llegado tan lejos el miedo se convierte en otra cosa que ya no bloquea los sentidos sino que los hace más agudos y atentos. Siguió unos pasos más pero se detuvo, miró un imponente abeto cuyo tronco no podrían rodear 12 hombres con sus manos entrelazadas y se sentó a su pie reposando la espalda contra el tronco. Tan intensa le llegó enseguida la energía del árbol con solo tocarlo que se estremeció solo de pensar lo que podría sentir al abrazarlo.

Al cabo de unos minutos distinguió perfectamente una sombra a unos veinte metros sendero adelante. Probablemente hacía rato que lo observaba, pero tardó en distinguirla de la multitud de claroscuros y rayos del día danzar en la espesura. Hizo ademán de incorporarse. Solo distinguía un perfil gris claro pero sin rasgos ni rostro. Al ir a levantarse vio claramente como la sombra le ofrecía una lenta reverencia, se lo quedaba mirando, o lo que fuera, y se giró para andar, o lo que fuera, hacia el interior. Ulises comprendió: debía seguirla. No lo dudó un instante; para eso había llegado hasta allí. Al levantarse hizo también una completa reverencia, dando a entender que había comprendido la naturaleza amistosa del encuentro. Y echó a andar despacio dispuesto a llegar adonde fuera.

Anduvo bastante rato por aquel paraje decorado con las largas ramas bajas de los abetos a modo de marquesina o techado de pajas que filtraba suavemente la potente luz de mediodía sembrando el suelo de hojarasca por redes de luz cambiante. Y el frotar de sus botas fue haciéndose más rítmico e iniciar una cierta melodía que se acompañaba con el rumor de las ramas y el fluir de la brisa entre el follaje. Ulises percibió que en algun momento de aquel caminar, que iba tomando el are de una danza ritual, atravesó un umbral a otra dimensión. Supo que no iban a esperarle guerreros de la tribu para detenerle ni habrían armas que bloquearan su avance, sino que lo estaban esperando, quienquiera que fuese.

Por fin llegó a un claro en el bosque donde se levantaban las cabañas indias y alrededor de las cuales los nativos iban y venían con paso habitual hacia sus quehaceres, la mayor parte mujeres y niños, pero también guerreros a caballo que llegaban o se iban. No detuvo sus pasos aunque los aminoró como señal de que reconocía haber entrado en la comunidad. Nadie lo miró con extrañeza ni modificó su semblante por más que el recién llegado les ofreciera su sonrisa y un saludo tímido con la mano. Sus pasos le llevaron directamente a una gran cabaña en el centro. Cuando algo ha de suceder no hay nada en este mundo ni en el otro que ose impedirlo. Se detuvo ante la puerta cuya cobertura en piel de bisonte halló entreabierta. Avanzó el paso que le separaba de ella y asomó la cabeza adentro. Una mujer india de unos 30 años estaba en el centro ante la fogata esparciendo con las puntas de los dedos muy sutilmente unos polvillos sobre las llamas que los transformaban en diminutos penachos de colores. Entonaba un murmullo con los labios cerrados. No levantó la vista para mirarlo. No había nadie más en la tienda, iluminada por el sol de la tarde filtrarse por las paredes de piel y caer en finísimos rayos por la abertura superior, por la que el humo abandonaba la estancia. Él se sentó frente a la mujer y el fuego dispuesto a esperar. Al cabo de unos instantes entró directamente en lo profundo del ritual:

-¿Qué ves? – oyó murmurar a la mujer en voz baja, pero en un diáfano y aceptable inglés, aunque con un acento que Ulises no había escuchado antes, probablemente porque era la primera vez que encontraba a un nativo de los Shurweeh.

-Colores… – balbuceó Ulises.

-Sí. ¿Y qué más? – La mujer seguía esparciendo aquella materia pulverulenta sobre las llamas muy despacio y en pequeñas cantidades.

-Formas…

-¿Qué formas?

-Parece la forma de alguien entre la nubecita…

En esto, Ulises vio claramente como la mujer, cuando se le terminó el polvillo de las puntas de los dedos se inclinó hacia un lado y recogió un poco de tierra y la frotó entre las manos para desmenuzarla y obtener más de ese polvillo. Ulises miró en derredor, no le pareció que el suelo de aquella cabaña fuera distinto del resto del poblado, y del mismo bosque, es decir que contuviera alguna substancia que reaccionara con el fuego. La mujer volvió a espolvorear sobre las llamitas y siguieron apareciendo los pequeños penachos coloreados de ocre, verde, anaranjado. Con la otra mano agarró unas ramitas, también del suelo con las que alimentó el fuego.

-¿Qué formas? – repitió la mujer despacio.

En esto Ulises vio claramente como dentro del penacho de humo se dibujaba el contorno de una figura humana. Parecía un jorobado con sobrero de ala corta.

-Parece que… – balbuceó Ulises.

-¿Sí?

-¿Soy yo?

-Es una pregunta para ti. Yo no puedo contestar a eso, porque no lo veo desde donde tú estás.

La voz de la mujer sonó grave y firme. Efectivamente, era el perfil de un hombre tocado con un sombrero de ala corta y con un fardo a la espalda, su mochila. Pero estaba de pie, no en la posición sentado con las piernas cruzadas como Ulises en aquel momento.

-¿Qué significa? – preguntó Ulises con voz temblorosa porque ni por asomo se le ocurrió pensar que aquello era un vulgar truco de magia, porque ni la circunstancia ni la ocasión invitaban a suponerlo.

-No preguntes tanto. Responde. – el tono de la mujer se volvió más firme y apremiante.

-Soy yo andando… pero, ¿por qué…?

-Sigue; solo tú puedes responder sobre tu vida. El fuego y la tierra solo son vehículos. En otra ocasión lo serán el agua y el viento.

-¿Espejos?

-No conozco esa palabra.

-No usáis espejos, ¿verdad?

-No perdamos tiempo en lo que no conocemos. El tiempo se agota. No sirven las preguntas, porque solo tú tienes las respuestas.

-De acuerdo, pues, yo vine aquí para…

-Eso es irrelevante. – interrumpió la mujer de nuevo.- ¿Qué ves? – Repitió con voz cada vez más apremiante.

-Me veo a mi mismo… – respondió Ulises después de un ligero carraspeo.- andando… buscando…

-¿Qué buscas?

-A vosotros.

-¿Quiénes? ¿Qué significa?

-Pues, que me he pasado los últimos cinco años…

-Ahora no estamos en el pasado. ¿Qué ves ahora? ¿qué hace esa figura? – levantó la voz urgiéndole a no perder más tiempo y por primera vez levantó la mirada hacia Ulises.

-Está andando…

La mujer tranquilizó su tono y su semblante, como si estuviera esperando esa respuesta pero temiera que no iba a llegar nunca. La expresión de su mirada pasó instantáneamente de dura y exigente a cariñosa y compasiva. Parpadeó suavemente por primera vez desde que Ulises se sentó frente a ella, y continuó.

-¿Sigue andando? – Ulises asintió con la cabeza – ¿Ves hacia dónde?

-No, solo está andando… y mira a ambos lados – añadió.

-¿Se dirige hacia ti?

-No, va hacia adelante, lo veo de espaldas.

La mujer pareció tranquilizarse por completo y relajó el tronco para aposentarse cómodamente en el suelo. En esto Ulises se dio cuenta que había dejado de esparcir polvillo de tierra sobre las llamas, y temió que la visión desapareciera, pero persistía. De pronto le entró un atisbo de pánico que no supo definir, porque él había estado en sesiones de espiritismo en Londres y Paris, y magia oriental en los Himalayas. Y se dijo que no tenía por qué asustarse, ya que sin duda se trataba de una visión paranormal más provocada por alguna substancia alucinógena que contuviera la tierra de aquel piso. Sin embargo un instinto repentino le estaba diciendo que aquello era distinto a cuanto hubiera visto anteriormente. Se frotó los ojos y los volvió a abrir; ahí estaba él, o su figura opaca como una pequeña estatua de arcilla, andando hacia algún lugar. Se hizo hacia atrás como si quisiera salir de la tienda, asustado. Miró a la mujer; ella seguía con su expresión de infinita ternura.

-¿Qué significa? – balbuceó temblándole los labios. Y como la mujer se limitaba mirarlo esperando algo de él, continuó. – El fuego se está apagando, tú has dejado de espolvorear y yo sigo ahí… no he tomado nada y sigo viendo… la visión no se esfuma…

-Pues, sigue mirando.- respondió ella con sencillez.

-¿Qué más he de mirar?

-Lo que necesites.

-¿Es el futuro?

-Futuro, presente, pasado… eso es irrelevante.

Ulises hacía ademán de arrastrase hacia la puerta de la cabaña. La figura, él mismo, seguía ahí, e incluso se había hecho más grande, como si fuera a adquirir tamaño humano.

-¿Tú también la ves?

-¿No oyes?

-Está hablando. – insistió la mujer.

-No oigo nada. ¿Qué dice?

-Presta atención.

La mujer se daba cuenta que Ulises no se podía oír a sí mismo en esa visión y por tanto avanzó un paso más del ritual para facilitarlo. Cerró los ojos y comenzó a emitir sonidos por su boca que Ulises fue oyendo perfectamente. Él esperaba oírse y entender qué era lo que estaba diciendo la figura emergida sobre las brasas, pero en lugar de eso escuchó con claridad el rumor de una serie de grabaciones antiguas, a juzgar por el sonido metálico de las voces, y que se iban solapando una a otra como piezas que salieran de una máquina de fabricar piezas y fueran cayendo en un cesto habilitado para recogerlas. Discursos de académicos ilustres, soflamas políticas, arengas militares, conversaciones de tertulias científicas, etc. Es decir que su voz que podría estar preguntando lógicamente acerca del fenómeno que le había llevado hasta aquel remoto lugar, no emitía más que la reproducción mecánica y tediosa de multitud de registros de su cultura sin aportar ninguna novedad. Finalmente Ulises lo empezó a entender: Las preguntas que posiblemente hubiera tenido que hacer a la mujer, encarnando un fenómeno que deseaba desesperadamente descubrir, no eran más que una serie deslavazada de prefabricados clásicos que ocupaban su mente, insertados desde antiguo por la presión cultural, y por tanto, simplemente no estaba haciendo las preguntas que él mismo necesitaba hacer.

La mujer abrió los ojos y se encontró con la mirada de un niño sorprendido, aunque no asustado, pues su propia sabiduría original le estaba dando las respuestas, soslayando las preguntas que manipulaban su mente desde que su cultura consiguió borrar el frescor de aquella mirada.

El secreto de aquella tribu, concluyó inmediatamente Ulises, era conservar la sabiduría original, y con ella saber manipular las energías ambientales para obtener respuestas sencillas a preguntas sencillas sobre lo cotidiano y necesario para seguir creando una vida plena en armonía con el entorno, puesto que a las preguntas complejas, por ejemplo sobre la existencia de Dios, el origen del universo y esas cosas, la sabiduría original las había descartado por inútiles, y por mucho peor, por ser la semilla que permite la manipulación de las mentes. Eso es simple, siguió pensando Ulises, como que para esas preguntas complejas no hay respuesta, se crea un vacío en la mente, un vació que ansía llenarse y esas ansias precisamente son las que permiten a cualquiera con un poco de poder de persuasión esclavizarte de por vida.

Obviamente, pensó Ulises, la mujer estaba leyendo sus pensamientos, la telepatía forma parte de las facultades elementales de la sabiduría original; no hay ningún problema en ello, y sonrió con ligeros cabeceos de asentimiento. Y como disponemos de intelecto solamente como un instrumento para ordenar la comunicación de nuestros pensamientos profundos y muchas veces demasiado personales, se decidió a usarlo para hablar.

-He venido a vosotros a lanzar preguntas cuya respuesta ya estaba prefabricada de antaño, ¿verdad? – la mujer esperó, no tenía sentido responder que sí a algo que ambos sabían cómo cierto. – Lo interesante es el estímulo que me movió a hacer el viaje… El viaje es lo importante, ¿verdad? Y el viaje se emprende porque surge en la conciencia un elemento nuevo e imprevisto que nos conecta con nuestra sabiduría original.

La mujer siguió esperando a que el extranjero fuera desgranando por medio de su la máquina intelectual aquello que la percepción de su consciencia profunda estaba captando. Se dijo que el recién llegado necesitaba seguir haciendo uso de esa máquina porque no había aprendido a confiar en los silencios compartidos. Silencios que se comparten cuando las mentes están limpias de interés y por tanto desconfianza. Todo llegaría, se dijo la mujer india, pues aquel extranjero ya había emprendido su viaje; El largo viaje a sí mismo.

-Es decir, – pareció concluir el extranjero – no hay nada por descubrir, salvo la vida real. Esta es la enseñanza; vuestro “secreto”. – sonrió. – Tienes razón, – siguió intelectualizando con su máquina cerebral lo que captaba en el pensamiento de la mujer.- No serviría de nada volver a mi mundo y contar que no existe aquí ningún fenómeno exótico de actividad paranormal capaz de mover rocas de cinco toneladas con el poder del pensamiento y esas sandeces de circo que tanto excitan los ánimos en los círculos científicos.

Y entonces el extranjero hizo como los niños de cualquier paraíso cuando la caricia de la vida los tranquiliza: quedarse dormido apaciblemente y sin variar su postura sentado con las piernas cruzadas, inclinando ligeramente la cabeza hacia uno de los hombros. Pero no quedó dormido todo su ser, solo una parte, porque la otra había quedado en la misma posición con la espalda erguida y se disponía a levantarse; eso en la cultura anglosajona se llama “viajes fuera del cuerpo”, y muy poca gente cree que existan, aunque sin confesárselo ya lo han experimentado, como ocurre con la sabiduría original. Siguió sonriendo a la mujer. Esta se levantó haciéndole una señal con la cabeza para que lo siguiera. La parte no dormida de Ulises, sutil e ingrávida, pero mucho más lúcida, se levantó y observó por primera vez en su vida cómo esos viajes, que sin saberlo había hecho muy frecuentemente, pero los interpretó como soñar que volaba, conservan una unión con el cuerpo del individuo por medio de una especie de cordón luminoso que solo la parte sutil puede ver. La mujer, ya de pie y dando unos pasos lo tomó de la mano para que no saliera volando por la abertura de la cabaña, pues quería mostrarle algo.

Cuando estuvieron fuera, Ulises vio perfectamente su rastro sobre el camino que le había llevado hasta allí. Ese rastro tenía dos partes, una las huellas sobre el suelo y la otra su propio perfil transparente sobre ellas, marcándolas una a una. Aquel rastro volvía sobre sus pasos de nuevo hacia la cima de la montaña, luego descendía por la otra vertiente, seguía hacia el poblado minero y se perdía en una especie de mercado persa, al que no había estado nunca pero que encarnaba en su mente al hormiguero humano que acababa de dejar. Se volvió hacia la mujer y en aquel estado Ulises no solamente podía leer el pensamiento de otro ser sino que lo compartía plenamente, y el pensamiento de la mujer le ayudó a dibujar, como en un óleo medieval, por ejemplo de El Bosco, la realidad de tales aglomeraciones de ciegas hormigas obedeciendo pautas muy precisas y repetitivas conducidas desde alguna parte exterior a ellas mismas para ejecutar conjuntos de acciones uniformes y monótonas, pero que cada hormiga, por si misma – se fijó Ulises mejor – cree que es independiente y libre, y que domina sus actos a su antojo. El pensamiento de la mujer le invitó a hacer otro ejercicio, alejarse como si estuviera viendo ese movimiento browniano a través de una lente zoom, y, como resultado, ese gran mercado fue desplazándose a izquierda y derecha sobre la tierra, los valles, las montañas, hasta elevarse como una pieza más del planeta convirtiéndose en una especie de satélite a punto de tomar su órbita, solo que lo hizo envolviéndose con el gran portal de un escenario en cuyo frontispicio aparecía un gran cartel típico de las fiestas patronales de cualquier pueblo del planeta humano en el que se leía: “Gran Teatro Ambulante. Los Jueves: Mercado”.

La mujer india tiró de la mano al Ulises-fuera-del-cuerpo y le invitó a dejar esa visión para regresar al objetivo de su visita. Sintió con mucha claridad el estímulo que lo hizo destacarse de entre el hormiguero, cuando aún estaba en él, para emprender el viaje. El estímulo ya es el propio viaje, porque lo contiene en su totalidad. Ulises se vio en la Biblioteca de la National Society un buen día lluvioso y gris de Londres, despegando la vista de una de las obras de Tucídides, en un punto en que el historiador griego de las guerras del Peloponeso, se pregunta, si valió la pena tanto derramamiento de sangre, y al levantar la vista del grueso volumen algo ocurrió en el mundo (definición de mundo: “instante visible y tangible creado por la interacción del individuo con su entorno”). Un destello de su interior salió de él en forma de objeto luminoso que, aunque no lo pudo ver en el momento en que sucedió, pero si en la visión por la que estaba transcurriendo ahora, permaneció a pocos centímetros de su pecho tirando de él con la insistencia de las cosas del otro mundo hasta que consiguió que se decidiera a emprender el viaje y cuando la importancia y complejidad de los preparativos impidieron renunciar y dar la vuelta atrás. Esos fenómenos ocurren en el hormiguero humano con poca frecuencia pero la suficiente como para que alguno de sus individuos responda al calificativo bíblico de “Ser humano creado a imagen y semejanza de Dios”.

La mujer india fue acompañando de la mano al Ulises-fuera-del-cuerpo por el poblado y en ese paseo los habitantes sí se iban fijando en él, no como a su llegada, que nadie volteó la cara para mirarlo. Y al notar sus miradas también pudo establecer un dialogo mental sin expresarlo en palabras. Pensamiento sencillos, cotidianos, pero advirtió que tales pensamientos en los indígenas emergían sin caparazón cultural, espontáneos, fuera la idea que fuese la que se creaba, e iban a compartirse con Ulises-fuera-del-cuerpo. Y lo que más le interesó es que ninguna de esas ideas afloraba en forma de pregunta sino de certeza. Ulises se encontraba en el mundo en el que no se hacen preguntas que solo son respuestas en desorden.

-Te has dado cuenta, ¿verdad? – le transmitió la mujer mentalmente.

-Sí. – respondió él por el mismo medio. – No veo ningún saco cultural injertado en el interior de esta gente del que salgan preguntas prefabricadas que, al no tener respuestas naturales, provocan las angustias existenciales. Todo son pensamientos provocados por estímulos naturales.

-Eso es. Aquí no “educamos” a nuestros hijos; les acompañamos con nuestras vivencias profundas solo para que puedan tener una referencia en el caso de que la necesiten. Nunca tratamos de injertar definiciones en su interior, y dejamos que sea su propia percepción individual la que se encargue de clasificar las cosas para uso exclusivamente personal. No establecemos bloqueos tipo “eso está bien o eso está mal”, sino que confiamos que su percepción del entorno natural les vaya configurando sus propias definiciones.

-Eso no sería posible en nuestras sociedades masificadas.

-Ahora ya no, claro, pero, ¿lo fue en el principio? ¿se hubieran masificado tan exageradamente de no haber injertado en las primeras sociedades el germen de la posesión de otros territorios y por tanto la necesidad de multiplicarse para asegurar la conquista? No son preguntas que yo me haga porque aquí, en nuestra colectividad, ya veo la respuesta.

-Eso es: me las hago yo.

-Pronto dejarás de hacerte preguntas, porque ya no será necesario. Quiero decir, preguntas sobre tu existencia y la de Dios, porque no necesitarás creer, simplemente sentirás la presencia de tu naturaleza divina y por lo tanto de tu Unión con el creador, y con esa percepción ya no hay sitio para ninguna angustia existencial provocada por preguntas-trampa.

-En efecto, todo está escrito desde el principio de los tiempos, basta con leer bien, es decir sin definiciones previas, sin vacíos culturales injertados en nuestro interior que provocan la creación de preguntas sin fin, y por tanto bloquean la percepción profunda.

Al cabo de una rato de paseo por el poblado indio y cuando la mujer sintió como a Ulises la fascinación inicial fue dejando paso al contacto en equilibrio con la naturaleza y sus moradores dio por terminada aquella sesión de descubrimiento.

-Vamos a despertarte, ¿te parece?

-Bueno, de acuerdo, ya me estaba gustando esto de volar por encima de lo aparente.

-Puedes hacerlo cuando quieras. Lo has hecho sin darte cuenta durante toda tu vida, especialmente de niño.

Volvieron a la cabaña, la mujer no soltó la mano invisible de Ulises-fuera-del-cuerpo, porque una de las cosas que hay que aprender es a volver sin extraviarse. Ya en la cabaña, Ulises se incorporó hacia un lado para que Ulises-fuera-del-cuerpo pudiera entrar por el plexo, a la altura del hígado, que es lo que él conocía de haber escuchado a su maestro de ocultismo, uno de los miembros de la famosa sociedad secreta Golden Down, dirigida en aquellos días por McGregor Mathers. Sin embargo intuyó que aquella gente de la tribu Shurweeh podía entrar y salir por cualquier parte, aunque para verificarlo debería experimentarlo por sus propios medios.

Poco a poco los dos Ulises volvieron a unirse y la mujer india se sentó de nuevo frente a él al otro lado de la fogata. Ulises sonrió y empezó a hablar.

-¿Por qué me has mostrado vuestro secreto?

-¿Qué secreto?

-Pues… ese poder de visión, la comunicación telepática, e… de pensamiento, la percepción.

-No es ningún secreto, todo ser humano nace con eso.

-Vuestro secreto – dijo Ulises a modo de conclusión – es no haberlo perdido. .

La mujer no contestó, se limitó a compartir los pensamientos de Ulises. Y ambos siguieron hablando sin pronunciar palabra.

-Habéis visto vuestro destino, ¿verdad?

La mujer tardó en contestar; sabía que se refería a la conquista de sus territorios por parte del ejército.

.Cuando plantas la semilla de un árbol, sabes que algún día harás leña con él para calentarte, pero no hace falta saber cuándo exactamente va a morir, porque eso no importa, todos los seres vivos tienen ese destino. Lo único importante es cómo viven.

-Desde luego. ¿Qué vais a hacer? ¿trasladaros a otro lugar, más allá de las montañas del Norte?

-El Consejo de ancianos no lo ha decidido aún. Aquí están enterrados todos nuestros antepasados desde hace siglos.

-El ejército llegará antes del invierno, y lo arrasaran todo.

-Lo sabemos, pero eso tampoco tiene importancia.

-¿No la tiene? ¿El exterminio no tiene importancia?

-Ya te lo he dicho. Jamás podrán llegar a alcanzar siquiera un brizna de lo que tú ya conoces, y que solo es una pequeña parte, porque el secreto, como tú lo llamas, se guarda a sí mismo.

-¿No teméis que yo revele lo que he visto?

-En el caso de que te creyeran, lo que tú has experimentado solo es una pequeña parte, y con esa parte no pueden hacer nada, especialmente porque el “secreto” está dentro de nosotros, somos uno con él, no se puede separar ni escribir en un libro que sirva para reproducirlo.

-Es como la alquimia, – se dijo Ulises a modo de ejemplo, – quien hace la transformación realmente es el propio alquimista con sus facultades. La materia, el ácido, el fuego y las secuencias de la Obra por si solos no pueden hacer nada. Ya puedes estudiar los mejores libros de alquimia que no conseguirás nada, si la transformación no está previamente en tu interior. Ocurre lo mismo con la magia clásica, el poder del mago reside en él mismo, no en sus amuletos o instrumentos.

-Y además, – añadió la mujer, – tampoco vendrán para aprender sino para destruir, y como el “secreto” no puede ser destruido porque es el corazón y la esencia de la creación del Ser Humano, pues ya lo tienes. Como te digo no hemos decidido si lucharemos a muerte o simplemente nos iremos, o les daremos la bienvenida a las migajas que ellos consideran tan importantes, los minerales. Es irrelevante, porque cada uno de nosotros seguirá en comunión con la Unidad, esté donde esté y la tradición se mantendrá, aunque oculta a las élites ignorantes de vuestro mundo, que no entenderán nada porque creen que lo saben todo.

-Eso me recuerda la historia de los cátaros – volvió a ejemplificar Ulises para sí mismo – fueron destruidos por las hordas del Papa, pero la tradición siguió en otras formas que escaparon a ser detectadas, como los trovadores, las canciones aparentemente de amor galante y exteriormente sin trascendencia, y siguen en la actualidad. Ya veo: el “secreto” – Ulises aceptó el matiz que le propuso la mujer de usar esa palabra aunque no tuviera el mismo significado – se seguirá transmitiendo en forma oculta de persona a persona, no para preservarlo sino para seguir utilizando su poder sin alteración.

En ese momento la mujer levantó la vista a Ulises y pronunció en palabras sus pensamientos:

-Está bien, ya debo ocuparme de otros asuntos. ¿has tomado tu decisión?

-Sí, me gustaría quedarme con vosotros, si me lo permitís.

-Claro, puedes quedarte el tiempo que quieras.

Ambos se incorporaron dispuestos a dar por terminado aquel ritual y se dirigieron a la puerta de la cabaña, pero antes de que Ulises se pusiera a buscar su lugar entre aquella comunidad, la mujer, paseando la mirada en un amplio abanico, le preguntó sin volver la cara hacia él.

-¿Qué harás cuando lleguen?

-Lo decidiré en ese momento; hay muchas maneras de luchar y todas están relacionadas con la forma en que las energías se disponen para que se pueda preservar el bien.

Al asomar afuera de la cabaña, Ulises se encontró con una comunidad mucho más activa de la que vio al llegar, porque no debió verla correctamente. Los lugareños andaban y venían con sus quehaceres, hombres a caballo o a pie trasteando leña y fardos, alimentando algunas hogueras en el exterior y otras dentro de las cabañas. Niños jugando por cualquier parte sin estar acompañados de las amenazas de los adultos. En realidad aquella comunidad se parecía mucho a un completo jardín de infancia. De pronto a Ulises le asaltó algo tan civilizado como intervenir en la fuerzas de la naturaleza para evitar la catástrofe; la invasión de la modernidad en forma del ataque de un regimiento del ejército para conquistar aquellas tierras ricas en minerales, pero aquel impulso duró poco en las tierras de su conciencia recién reconquistadas por la comprensión de los ciclos y sus protagonistas, porque ya vio que aquella transformación debía ocurrir, tal vez para difundir donde fuera posible la llama de aquel espíritu ancestral. Pero, en cuanto a eso, solo tal vez. Ha ocurrido con otras culturas, cuya esencia fundamental se arriesgó a salir de sus templos para comunicar su esencia a otras partes del mundo. Pero como la Esencia y el Ser Humano son dos cosas inseparables, ese proceso de difusión solo depende del nivel de desarrollo de aquel.

La mujer echó a andar por la gran explanada y pareció invitar a Ulises a seguirla. La belleza del paisaje y la armonía de aquellas gentes reprodujeron en Ulises el brote de la enfermedad típica de su cultura: Deseo de posesión. Te impresiona algo y quieres poseerlo. Una cultura que se construyó sobre grandes vacíos, cavernas insondables en la conciencia, provocadas todas ellas por la sed de preguntar, creada por intencionalidad social de la educación. Y el espejismo se completaba con la creencia de que esos abismos artificiales podían colmarse o sus angustias saciarse con la posesión de la belleza. En Ulises tuvo la forma del irresistible deseo de proteger a aquellas gentes de las hordas de su propio mundo. Y la angustia de saber que eso ya no era posible provocó el mecanismo multiplicador que ha destruido la cultura occidental en base a destruir las demás. Un dolor muy agudo en la boca del estómago lo hizo doblarse y dar con sus rodillas al suelo. Iba ya a doblarse por completo cuando sintió los dedos delicados que se posaban a su espalda. Fue como un rayo de sol recibido en el frio más intenso de las nieves polares. Todo su cuerpo se inundó de luz y calor, y su espalda se irguió de nuevo. La mujer lo ayudó a levantarse. Le paso la mano por los hombros como si estuviera dándole la medicina definitiva. Le tomo de la mano y le invitó a andar por la comunidad y sus alrededores para que pudiera encontrar su sitio.

Y así fue como Ulises Seaworth logró cumplir con el estímulo en forma de objeto luminoso que se destacó de su cuerpo aquella la mañana en la Biblioteca de la National Geographyc leyendo una obra de Tucídides, distanciándolo de la monotonía prefabricada del hormiguero cultural en el que fue a nacer, y por tanto descubriéndole una dimensión de su propia naturaleza desconocida para la mayoría de los seres humanos, culpables de confiar en sus creencias.

Juan Trigo

El Bruc, 4/1/2015

MI OPINION DE LO QUE ES UN VERADERO MAESTRO ESPIRITUAL


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Para empezar planteando esta crucial cuestión, que la humanidad ha tenido que enfrentarse y sufrir las consecuencias de no encontrar una respuesta válida (aunque la tuviera ante sus narices, en el ejemplo de Jesús de Nazaret) y que tantos miles de millones de vidas ha arrastrado a la inutilidad y la ignorancia, podríamos empezar por la propia vida de Sócrates, maestro de maestros, que la dedicó y la sacrificó en aras de la Verdad. Y digo ejemplo de vida por aquella advertencia bíblica: “Por sus obras los conoceréis”, es decir, juzguemos por lo que hacen y no por lo que pretendan vendernos para supuestamente aliviar nuestra angustia existencia. Y me gustaría empezar por mi propia experiencia con maestros sufís.

Yo había tenido contacto con discípulos de Idries Shah, de la orden Naqshbandi, y leído muchas de sus obras, diez años antes de mis contactos directos con órdenes derviches en Estambul y Teherán.

A través de la búsqueda de contactos y la correcta explicación de mis intenciones, según había estudiado en las obras especializadas, y con el aval de un discípulo (como también se describe que has de hacer en los manuales de instrucciones sufíes) llegué a participar en una sesión de los jueves en la Hanegah (“casa de agua”, traducido literalmente del persa; lugar de reunión y alimento espiritual, de ahí la simbología del agua) de la orden Nematullah Wali en Teherán para suplicar me admitieran. Y esto es lo que quiero explicarles:

Lo primero que el Sheikh, Maestro, me preguntó fue cuál era mi situación social. Le dije que me acababa de divorciar y que mi intención era la de peregrinar por el mundo en busca de la Verdad. Me respondió inmediatamente pero con mucho cariño:

“Amigo mío, loables son tus intenciones, pero aquí no podemos ayudarte. Todos tenemos una familia a la que cuidar y proteger, y por tanto dependemos de un empleo. Aquí todos estamos en las mismas condiciones; yo soy empleado de banca, mi esposa es maestra en una escuela pública, el hermano Verreshk, que tan gentilmente te ha traído hasta nosotros es sastre y mantiene a esposa y tres hijos, de momento… (rió). Te explicaré algo que seguramente habrás leído sobre nosotros: Estamos en el mundo sin ser del mundo. Y este estar en el mundo lo es con todas sus consecuencias, y precisamente eso es la mejor herramienta de aprendizaje. No podemos trabajar contigo en las enseñanzas si no dispones de ejemplos claros y concretos en tu vida cotidiana que te sirvan para comprobar esas enseñanzas de desapego, servicio y a fin de cuentas amor. De modo que si algún día decides colocarte en ese estado de la condición social, vuelve y hablaremos. De momento tu hermano en la orden te proveerá de los libros en inglés que necesites.”

He de añadirles que ese empleado de banca movía cada jueves por espacio de varias horas a dos centenares de hombres y mujeres al ritmo de los tambores y las ney (flauta) hasta el paroxismo espiritual, mientras daba órdenes con la mente a uno y a otro para que se sucedieran en el recitado de las letanías.

Lo que pretendo compartir es que un verdadero maestro no predica, no trata de convencer, de poner las cosas bonitas y atractivas para captar adeptos o discípulos, no muestra lo que sabe ni jamás se vanagloria de ello, porque es consciente que su sabiduría no es suya y que él solo es un canal de transmisión que debe mantenerse limpio y sin estorbos, como un perfecto instrumento musical. Por ello no reclama dependencia y mucho menos devoción. Y es aquel que al ver que su discípulo ya ha asimilado sus enseñanzas que podía administrarle le invita, o le obliga si es necesario, a dejarle, a apartarse de él, porque es muy consciente de que sus enseñanzas, como las de cualquier otro maestro solo pueden abarcar una parte de la totalidad (*). Por ese motivo, porque no hace de sus enseñanzas trascendentes un negocio, ha de tener un empleo o profesión liberal para mantener a su familia.

Uno de los modelos capitales es Krishnamurti, aquel que no quería discípulos ni crear grupos ni organizaciones, que recomendaba no creer a nadie ni a nada que uno no haya podido experimentar. Un hombre capaz de disolver la Orden de la Estrella de Oriente, con más de 10.000 devotos seguidores y capaz de donar sus propiedades para crear escuelas y ceder sus bienes hasta el punto de pasar hambre en algunos momentos de su vida (descrito en su biografía por el matrimonio ingles que lo acogió en su casa). Recomiendo muy especialmente leer su “Discurso de Disolución de la Orden de la Estrella de Oriente”, una operación de márquetin Occidental, creado por mentes oscuras como Anie Besant y Lembecker, para contrarrestar la influencia de la espiritualidad de la India a principios del Siglo XX.

Y por el contrario, uno de los modelos a desmontar es Gurdjeff. El caso de este “mongol que extravió el camino” como suelen llamarle en los círculos sufís del Asia Central, es el típico del iniciado que habiendo sido entrenado en las más altas disciplinas del conocimiento se creyó protagonista de las mismas, es decir, en lugar de canal pensó que era el creador y su vanidad le impulsó a fomentar el culto a su personalidad, y a partir de ese momento la Fuente se desconectó de él.

Es interesante estudiar su trayectoria, y se puede hacer por medio de dos libros: “Los Maestros de Gurdjeff” de Lefort, en el que se describe como viaja de maestro en maestro, de Siria a Egipto, etc., para aprender de cada uno las enseñanzas que éstos pueden darle; lo que decíamos más arriba, cada Maestro solo puede enseñar una parte de la Unidad. Y la segunda obra a leer su “Mis Encuentros con Hombres Notables” donde podemos comprobar su elevado grado de asimilación de las enseñanzas antiguas, y tal vez algunos extractos de su “Relatos de Belcebú a su Nieto”. El resto es repetición y tratar de sacar partido a todo lo que va encontrando, añadiendo de su propia cosecha mucha imaginación.

En resumen, podríamos reflexionar sobre la condición mundana del maestro espiritual que iniciábamos al principio, por medio de una sencilla pregunta: ¿Es un empleo, un negocio o una responsabilidad? En otras palabras, ¿se puede vivir de aliviar el vacío existencial de la gente y ayudar a su descubrimiento personal? Y como no me estoy refiriendo a profesiones como la de psicólogo, astrólogo o sacerdote, sino a fenómenos mediáticos como Castaneda, Sai Baba, etc., por poner algún nombre no contemporáneo, a mí entender una útil vara de medir puede ser aquella máxima crística citada al principio de: “por sus obras los conoceréis”.

Tomemos un ejemplo muy conocido: Castaneda salió a hacer un trabajo de campo para su tesis doctoral de antropólogo y se encontró de bruces con una parte espectacular y exótica del Conocimiento, y él y sus discípulos crearon una corriente espiritual. Dejando aparte la controversia sobre la veracidad de sus afirmaciones y la opacidad biográfica, porque no es objeto de lo que quería exponer, lo real es que en “Las Enseñanzas de Don Juan” encontramos un elemento, presente en todas las enseñanzas trascendentes, destinado a proporcionar a la persona la percepción de su otra realidad, probablemente La Realidad. Lo que quiero decir es que si se toma un elemento por si solo sin relacionarlo con la totalidad, uno puede hacerse rico publicando libros, cobrando conferencias y cursos y en fin otras manifestaciones mediáticas, pero solo habrá cumplido con aquel chiste del diablo y el humano que encontró una parte de la Verdad.

Dice que un día caminaba el Diablo por la calle explicando a sus discípulos algún aspecto del Conocimiento cuando uno de ellos le advirtió: “Maestro, mirad ahí abajo, ese humano ha encontrado una parte de la Verdad”. “¿Y qué?”, respondió el Diablo. “Pues que puede desmontar toda nuestra estrategia de manipulación de masas”. “No te preocupes, pues ha encontrado solo una parte, y como le va a deslumbrar ese descubrimiento, creará una secta o corriente espiritual y se olvidará de seguir buscando para relacionarlo con la Totalidad”.

El dilema es: Encontrar una parte y explotarla mediáticamente o seguir buscando las demás, aunque uno deba mantenerse en el empleo o profesión que le da de comer. Eso es lo que quería proponer aquí.

Juan Trigo
El Bruc diciembre 2014

(*) La Verdad está diseminada por el mundo, y al buscador ha de ir recopilando los fragmentos, en una especia de ritual referido al mito de Isis recogiendo los pedazos de Osiris. Dice Ibn Arabi, sufí hispano del siglo XIII, “Un verdadero arif (compleja palabra árabe que podría traducirse como creyente, buscador, realizados espiritual) no puede quedarse atrapado en ninguna forma de creencia.

SI VINIERAS AL MUNDO CON UN LIBRO DE INSTRUCCIONES, ¿TE LAS LEERÍAS?


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Juan Trigo: “Si nos regalan una electrodoméstico para hacernos la vida más fácil o sacarle todo el sabor a lo que cocinamos, lo lógico es que leamos en manual para saber primero para que sirve y luego como funciona. Al nacer, la página en blanco que somos, como diría Gurdjeff, va emborronándose con nombres, atributos, ligámenes familiares, imposiciones sociales, etc., hasta convertir esa página en un complicado garabato negro que suplanta lo que realmente somos. Parece obvio pues, aprender a saber cuáles son nuestras facultades y cómo podemos aprovecharlas al máximo y también cuales sobre nuestras debilidades y puntos vulnerables, para obviamente evitar exponernos innecesariamente.

La astrología, fiel reflejo del cielo en el momento de nuestro nacimiento, nos da el mapa de energías que tenemos disponibles en todo momento y nos apunta con precisión de que naturaleza de nuestra conciencia superior, nuestras emociones primarias, nuestras facultades de raciocinio, la capacidad de nuestros sentidos para captar cómo es la vida que nos equilibra, la fuerza de nuestra afirmación, y por otro lado cómo podemos negociar con las tensiones del mundo para vivir en él sin convertirnos fácilmente en sus esclavos.” (Entrevista completa)

Conferencia gratuita este sábado 18 de enero.Datos su curso en evento Facebook

Para más información escribir directamente a Juan Trigo: juan@tmp.es

Conversamos con Juan Trigo sobre el autoconocimiento al respecto de su innovador curso de astrología


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Juan Trigo, reconocido astrólogo a nivel internacional, escritor y enseñante entre otros dones, y colaborador desde hace años de Plano sin Fin, nos informa de una nueva forma de acercarnos a la astrología por medio de un curso interactivo virtual que desarrollará a partir del 18 de enero. El curso se iniciará con una conferencia gratuita on line que podrá ser seguida desde cualquier lugar del mundo.

Plano sin Fin: Juan, ¿por qué es tan importante conocernos a nosotros mismos?

Juan Trigo: Desde que Sócrates plantó sus tablillas en el Oráculo de Delfos hará unos
2600 años empezando por el “Conócele a ti mismo”, parece una obviedad que
tratemos de conocer para qué hemos venido a este mundo, que es lo que nos
hace vivir más intensamente y en definitiva cómo podemos aprovechar nuestra
vida. Pero al estar adormecidos por los condicionamientos sociales y
culturales, estas obviedades, por demasiado simples no se tienen en cuenta o
simplemente la gente no cree que puede gestionar mejor sus vidas y siguen,
como diría un maestro sufí, pendientes de despertar algún día o lo que es
peor, nunca.

PsF:¿El autoconocimiento puede ayudarnos a mejorar y a vivir mejor…?

JT: Si nos regalan una electrodoméstico para hacernos la vida más fácil o
sacarle todo el sabor a lo que cocinamos, lo lógico es que leamos en manual
para saber primero para que sirve y luego como funciona. Al nacer, la página
en blanco que somos, como diría Gurdjeff, va emborronándose con nombres,
atributos, ligámenes familiares, imposiciones sociales, etc., hasta
convertir esa página en un complicado garabato negro que suplanta lo que
realmente somos. Parece obvio pues, aprender a saber cuáles son nuestras
facultades y cómo podemos aprovecharlas al máximo y también cuales sob
nuestras debilidades y puntos vulnerables, para obviamente evitar exponernos
innecesariamente.

PsF:¿Qué puede aportar la astrología en pleno siglo XXI al desarrollo personal?

JT: La astrología, fiel reflejo del cielo en el momento de nuestro nacimiento,
nos da el mapa de energías que tenemos disponibles en todo momento y nos
apunta con precisión de que naturaleza de nuestra conciencia superior,
nuestras emociones primarias, nuestras facultades de raciocinio, la
capacidad de nuestros sentidos para captar cómo es la vida que nos
equilibra, la fuerza de nuestra afirmación, y por otro lado cómo podemos
negociar con las tensiones del mundo para vivir en él sin convertirnos
fácilmente en sus esclavos.

PsF: ¿Por qué te decidiste a ofrecernos un curso interactivo?

JT: Para seguir el mandato elemental, como ser humano, de compartir con la gente
la relación entre las energías celestes y su efecto en nosotros. Ese mandato
tiene un enunciado muy simple: ese Conocimiento milenario que a mí me ayuda
a expandir mi conciencia y relacionarla con el cosmos debe ser útil a todos
y por tanto, en la interacción que supone compartir lo que he aprendido de
astrología, mi conciencia sigue expansionándose. Se trata del efecto
multiplicador del postulado fundamental en Arte Hermética de que “Todo está
en Todo y Todo está relacionado con Todo”

PsF: ¿Si los participantes te enviamos nuestros datos natales, podremos tener
nuestras propias cartas astrales y hacerte preguntas sobre ella en cada
sesión del programa?

JT: De eso se trata cuando hablo de compartir el acceso al Conocimiento, y
recordemos que también Sócrates escribió en sus famosas tablillas: “El
Conocimiento os hará libres”.

Buena suerte en ese viaje al fondo de nuestras conciencias. Solo ahí
encontramos a Dios.

PsF: Cuenta con nosotros dos y con muchos más amigos de Plano sin Fin… ¡estamos deseando comenzar este tramo del viaje contigo!

Datos del curso en evento Facebook

Para más información escribir directamente a Juan Trigo: juan@tmp.es

¿Por qué hoy día estudiar Astrología?


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¿Por qué hoy día estudiar Astrología?

Por la misma razón de hace milenios: El “Conócete a ti mismo” de Sócrates. Simplemente para sacar mejor provecho de tu vida y de tu entorno. No podemos escoger el lugar ni el tiempo en que hemos ido a nacer, pero si averiguar las claves que ese tiempo y momento del nacimiento comportan. La astrología te da el diagnóstico personal, psicológico, medico, caracterológico, y sirve para predecir cómo va a comportarse el clima futuro, como predice toda ciencia, las matemáticas, la química, etc. Aprendiendo astrología tendrás un cuaderno de claves, de relaciones, de puntos fáciles y puntos difíciles, de recomendaciones de no meterse por determinados caminos y por el contrario, indicaciones de que por otros las cosas te saldrán mejor porque aprovecharan tus potencialidades.

¿Quién me asegura a mí que no sean cuentos chinos?

Por lo menos Cinco mil años de historia completamente documentada en cálculos, tablas, observaciones empíricas, comprobaciones con hechos concretos, verificaciones de la pluma de los grandes maestros.

Me dicen que no es una disciplina científica, que no es válida

Lo dicen los academicistas para proteger su mercado, lo dicen los pseudocientíficos, aquellos que carecen de la facultad fundamental del científico, la curiosidad por descubrir las claves de lo inexplicable.

Es demasiado complicada de entender

Solo tienes que probar y ver si su lógica es tan complicada. Se basa en algo tan lógico como irrefutable: estamos en el Sistema Solar y todo se influencia de todo, y se integra en todo.

Me van a mirar mal cuando me vean en el metro con los apuntes de Astrología

¿Y eso te importa tanto? Es tu libertad lo que está en juego, debería importarte más.

Y de verdad, ¿para qué me puede ser útil saber de Astrología?

Por ejemplo porque sigues empeñándote en tropezar con la misma piedra y qué puedes hacer para evitarlo. Sobre todo en las relaciones, descubrir porque tengo este o aquel problema, bloqueo, etc., que no me deja avanzar hacia una plena convivencia. También, el porque me exalto tanto o por el contrario no reacciono ante unos hechos concretos.

Y también predecir la fecha y la hora para tomar tal o cual decisión, para iniciar una relación, firmar un contrato, comprar algo importante, etc.

Juan Trigo, Talleres gratuitos sobre Astrología

Preguntas de un principiante a un Maestro


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A: Leí la entrevista que le hizo Plano Creativo (hoy Plano sin fin) sobre la astrología. Al leer la entrevista me da la sensación  de que la astrología es totalmente distinta a lo que la gente piensa de ella.
M: La astrología es como una carrera universitaria de larga duración que requiere, escuelas, maestros, libros de textos y un estudio perseverante sostenido y riguroso; como toda carrera universitaria. Los inicios de la astrología se remontan a los albores de la pre-historia y el conocimiento que estamos utilizando en la actualidad, es decir, la astrología grecolatina, tiene por lo menos tres mil años de antigüedad, ya que comenzó en Babilonia, sobre el año mil antes de Cristo, y eso solo es la astrología que utilizamos actualmente en el mundo occidental. Hay otras formas de astrología como la astrología hindú, también llamada védica que se remonta a de 5 a 10 mil años de antigüedad.

E: Con lo que me respondes me queda claro que la astrología realmente es algo que se practica desde hace mucho tiempo atrás y lo más importante es que hablamos de un estudio muy profundo como para tomárselo a la ligera, pero, ¿Cuál sería la razón de que la astrología de nuestros tiempos se dé a conocer de manera corriente como un método de adivinación y superstición? ¿Es esta realmente la función de la astrología?

M: No, no solamente sirve para esto. Aun que dicho sea de paso, en toda ciencia hacemos predicciones, yo soy ingeniero industria con el grado de doctor, y en esta carrera predecimos, por ejemplo, como se comportara una maquina si hacemos los cálculos de una manera o de otra, es decir, la predicción en consustancial con la ciencia; la adivinación es un arte varias veces milenario que la humanidad ha utilizado para sobrevivir, pero no es una ciencia porque no existe en general un corpus universitas creado a partir de generaciones de estudiosos. El  por qué en la actualidad la astrología se considera una mera superstición adivinatoria tiene su origen en las persecuciones que iniciaron los papas en el siglo XVIII ya que antes de eso la astrología era reconocida como ciencia oficial. Por ejemplo, no se concebía que un médico no fuera también un astrologo, como Nostradamus, Paracelso, etc. Estas prohibiciones de la iglesia católica impidieron que se continuara impartiendo enseñanzas en astrología, por ejemplo, hasta principios del siglo XX funcionaron dos cátedras de astrología en España, en Salamanca y Barcelona, y es bien sabido que sin el rigor que da una estructura universitaria, es imposible evitar la avalancha del intrusismo sin escrúpulos como tenemos actualmente. En la actualidad está funcionando la sociedad española de astrología creada en el 2005 con el único objetivo de tratar de recuperar la enseñanza de la astrología a nivel oficial. Tenemos ya editados los textos de los correspondientes créditos a tres ciclos universitarios y estamos  en este momento en la difícil labor de convencer al estamento gobernante de la universidad.

E: Todo eso está muy bien y gracias por la información, pero entonces ¿Para qué me serviría estudiar astrología a mí que no soy médico, ni ningún erudito de la antigüedad, sino todo lo contrario, un principiante con deseos de aprender?

M: Desde muy antiguo, hace 2,600 años aproximadamente, Sócrates dijo: “Conócete a ti mismo porque la verdad te hará libre”. Y eso es precisamente la astrología: una herramienta de autoconocimiento, porque a partir de las posiciones de los cuerpos celestes, en el momento del nacimiento y evolucionando a lo largo de la vida nos indican predisposiciones  que nos informan profundamente quienes somos y para que hemos venido a este mundo.

E: Ósea que quieres decir que ciertos acontecimientos en la vida de una persona se ven influenciados por la posición en la que se encuentran en los planetas, ¿Podrías explicarme eso?, ¿Qué relación tiene una cosa con la otra?

M: De muy antiguo también nos llega el axioma de la filosofía hermética, corroborado en la actualidad por la física cuántica de que todo está en todo y de que todo está relacionado con todo. El mapa astral no es otra cosa que un gráfico de distribución de energías que tiene disponible la persona, y es uno de los componentes que influyen en su vida. Otros componentes son la herencia genética, la cultural, la educación recibida, el entorno familiar, etc. Para explicarlo mejor; un nacido en Barcelona puede tener exactamente la misma carta natal que un nacido en Somalia, pero sus vidas obviamente serán completamente diferentes aunque su mapa de energías, su carta natal, sea idéntico. Eso quiere decir que el estudio de la astrología es una herramienta muy poderosa de autoconocimiento pero que naturalmente ha de aplicarse con el sentido común de considerar el resto de las influencias que puede tener la persona. Insisto, la astrología no es un arte adivinatoria sino una ciencia de predicción del comportamiento humano.

E: Me dices que cada carta natal es un mapa de energías de una persona, entonces si  yo quisiera consultar esta carta, ¿Qué tan conveniente consideras que pueda ser  una consulta de mi carta astral en el sin fin de páginas webs que actualmente existen?

M: Lo que yo considero importante es avanzar en el conocimiento de uno mismo, y hemos dicho que la astrología es una herramienta muy poderosa. Y es como todo en la vida, depende de a que tienda vayas a comprar esa herramienta te pueden vender un perfecto reloj suizo o cualquier otra cosa. En otras palabras, ¿Te tratarías tu ulcera de estómago por internet o irías a ver a un especialista? Y el conocimiento de uno mismo es algo más complejo que una ulcera de estómago.

E: ¿Cómo podría iniciar en el conocimiento de la astrología?

M: Leyendo libros especializados, asistiendo a cursos, acudiendo a la consulta de astrólogos, y abriéndote camino poco a poco por la intrincada jungla que es el acceso al conocimiento.

E: ¿En cuánto tiempo consideras que se puede empezar a poder utilizar esta herramienta?

M: Decíamos al principio que la astrología es como una carrera universitaria, en la actualidad estas duran de 4 a 5 años, para una persona con capacidad corriente que persona trabaje y estudie y por tanto le pueda dedicar media jornada, para obtener una licenciatura.

E: ¿Cuánto tiempo te llevo estudiar astrología?

M: Yo crecí con el aroma de la astrología en casa, porque mi madre en la época de las grandes prohibiciones (la época de Franco) reunía en casa de forma clandestina a las sociedades secretas de aquella época, teósofos, masones,  de la escuela arcana, etc. Absolutamente todos relacionados con la astrología. Pero no fue hasta que cumplí los 31 años que conocí a mi maestro, Emilio Salas, un gran astrólogo y experto es ocultismo y magia, del que tenemos la fortuna de disponer publicada gran parte de sus obras. Estudie con él durante 7 años, al mismo tiempo que trabajaba para mantener a mi familia, antes de decidirme a aceptar la enorme responsabilidad que supone realizar la consulta astrología.

E: ¿Qué consideras necesario para hacer una buena consulta astrológica?

M: Tener mucho recorrido en la aplicación profunda de esa herramienta en uno mismo, es decir haber comprobado en uno  mismo lo que aconsejas. Y sobre todo mucho cuidado y rigor en la aplicación de los conocimientos. Cortar de raíz el más pequeño recurso o escape a la fantasía. Y tal como me enseñó mi maestro, sustituir la memorización de recetas por la compresión profunda de los elementos integrantes del saber astrológico.

E: Me interesa mucho tu método de estudio ¿Estas preparando algún curso?

M: Si, claro, desde hace dos años estoy dando cursos por videoconferencia a participantes de España y de América Latina y ahora estoy convocando los cursos anuales que empiezan en septiembre y se imparte en las tardes de los sábados, y con diversa duración dependiendo del curso. Publicaremos en esta misma página y en mi blog los detalles de cada curso.

E: Muchas Gracias por la paciencia y el tiempo, es una fortuna para mí haber tenido la oportunidad de resolver mis dudas acerca de la astrología, con un gran maestro de esta ciencia.

Juan Trigo

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Próximo curso de Juan Trigo

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DIÁLOGOS CON LA BESTIA


San Jorge y el Dragón

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El arquetipo del caballero luchando contra el dragón es universal en culturas que van desde la antigua Persia a Europa, pero hay que tener en cuenta que en el simbolismo precristiano el caballero no mata al dragón atravesando su cabeza con la lanza, sino que simplemente lo domina, lo mantiene vivo para que la lucha dure tanto como su propia vida, y de eso modo él se hace más fuerte y más sabio a cada duelo con su doble oscuro.

En algunas escuelas de sufismo se admite abiertamente que no es posible conseguir la extinción total del Ego, y por el contrario se advierte que no solamente no es necesaria sino que la confrontación constante con el verdadero enemigo del ser humano es conveniente para mantenerlo alerta y vigilante de su propio desarrollo para pasar de humanoide a humano. Es lo que algunos maestros yoguis llaman la meditación permanente, compuesta de la alerta constante y su fruto más inmediato, la toma de conciencia permanente.

El cuento “Una historia de Amor” podría tener muchas continuaciones, tantas como a cada lector le hagan falta. Por ejemplo, una de ellas podría ser la transcripción de algunos de los diálogos de viejo Edgar Krauft con su bestia, que podrían tener esta forma:

-       ¿Y ahora qué vas a hacer viejo? – oye susurrar a la bestia en su interior – ¿No te gustaba la tranquilidad que habías conseguido después de tantos años de enfrentarte al repudio social? Más o menos habías conseguido llevar una vida ordenada, placida y sin sobresaltos, y ahora acabas de dejar entrar en tu vida a esta mujer que sabes que te lo va a trastocar absolutamente todo?

-       Mmmm… Vaya, vaya – dice Edgar en voz alta en un momento que se asegura que Carla no puede oírle – ¿Dónde estabas amigo? Hacía rato que no oía tus rugidos del averno ni se me irritaba la nariz por el azufre de mis infiernos.

-       No te desvíes del tema …

-       No lo hago, amigo, lo estoy centrando. Cuando Carla apareció bajando del taxi no tuviste otra opción que retirarte a tus calabozos, porque el encuentro era demasiado hermoso para que pudieras influir en mi ánimo. ¿Y ahora qué? ¿Piensas que me he olvidado de ti? ¿Crees que no se qué sigues ahí, agazapado a punto de dar el zarpazo?

-       No contestas a mi pregunta. ¿vas a permitir que esa mujer altere tu tranquilidad?

-       Te contestaré con otra pregunta, a la manera de los grandes maestros sufís: ¿Recuerdas si en mi larga vida haya habido alguna mujer que me ame como ella?… – silencio en los infiernos – ¿Qué pasa? ¿No tienes respuesta a esa sencilla pregunta?

En otro momento el ataque de la bestia podría tener la forma:

-       ¿Hasta cuando crees que una mujer como ella – vuelven a sonarlos goznes de las mazmorras – estará dispuesta a las limitaciones de un viejo como tu? Ella necesita un tipo potente y joven…

-       ¿No crees que eso lo ha de decir ella?

-       Y cuando ya no la satisfagas, ¿qué vas a hacer, echarte a llorar?

-       Probablemente. Pero, ¿sabes? Ni tú, que solo eres producto de los miedos injertados en la educación, la cultura y las religiones, eres eterno. Todo lo existente no es más que una probabilidad de encontrar un proceso de cambio en algún lugar del espacio. Por tanto yo vivo aquí y ahora, porque el futuro es pura especulación. Y te aseguro que en mi larga vida jamás había experimentado unas relaciones tan intensas, directas y transparentes, ausentes de eso tan estúpido que se llama el arte de la seducción, o lo todavía más mediocre, que se llama la diplomacia. Los dos sabemos muy bien quiénes somos y con qué tipo de bestias hemos de luchar a cada instante… – silencio en los desfiladeros oscuros – ¿Qué, ya te retiras? ¿No tienes nada que decir? Sabes que estoy en lo cierto, ¿verdad? Carla no es una princesa indefensa sino una Atenea furiosa con la que te sientes impotente. Pero no te retires, esto es muy divertido. No me conocías esa faceta, ¿verdad?; la de reírme de mis miedos ante mis propias narices. Todo es cuestión de práctica. Hay que empezar por reírse de las manías, de las tonterías, de las necesidades de disimulo, de huida, etc., para llegar a reírse de los miedos inculcados.

O, en otra ocasión, al cabo de unos instantes o de varios días:

-       ¿Ves ya está arreglando las cosas que tu tenías ordenadas? ¿Vas a permitirlo? ¿Vas a permitir que una mujer ordene tu vida?

-       Pues sí, porque me está haciendo un favor. Probablemente me costará mucho menos encontrar lo que busco en cada momento.

-       ¿Una anarquista desordenada como ella?

-       ¿En qué quedamos, ordena o desordena?

-       Ya sabes a lo que me refiero.

-       ¿A sí? Vaya.

-        ¿Te has Fijado en su cuerpo? Hay mujeres de cuarenta años que están mucho mejor.

-       ¿Te has fijado en el mío? … ¡Cállate de una vez! Eres grotesco, das lástima.

-       Exacto, viejo… damos lastima. ¿Adónde nos ha llevado nuestra estupidez? Obedecer miedos culturales, familiares, sociales; miedos que no eran nuestros…

-       Por eso los asumimos con tanta intensidad, amigo, mío, porque no eran nuestros. Al niño recién nacido y en sus pocos años de iniciar la vida le sorprendieron tanto las insistentes consignas a obedecer al miedo de sus padres, correa de transmisión de religiones y pautas de conducta sociales, que no tuvo más remedio que obedecerlas y hacerlas suyas.

-       Ojalá pudiéramos volver atrás…

-       Oh, no, eso no, tampoco me engañarás con eso, porque también es un arquetipo más de nuestra sociedad terrorista; sabes que no podemos volver atrás, y lo que pretendes es que me hunda en autolamentaciones y victimismos. Es la herencia psicosomática de nuestra sociedad juedo-cristiana: culparnos del martirio de Cristo y del pecado de Adán, ante ninguna de ambas leyendas podemos actuar sino sentirnos encadenados a ese ilusorio complejo de culpa.

-       ¿Entonces qué, necio pecador?

-       ¿Entonces? Oh, te has vuelto muy simple, has perdido muchas facultades de automanipulación con las que te entrenó la cultura. ¿Entonces? Muy simple, entonces el futuro.

-       ¡Oh, sí, esa monserga de olvidar lo que has aprendido y devolver lo que te han inculcado!

-       Bien, muy bien, veo que vas progresando. Al final acabarás pensando por ti mismo…

-       ¿Y quién soy yo, sino producto de lo que me han inculcado?

-       Exacto, ese eres tu, pero piensa que antes de que tu aparecieras, aunque fuera por unos instantes, nací yo, libre y autosuficiente, como todos los animales de la creación. Y piensa que tú eres solo el producto de una reacción colectiva a permitir que yo sea lo que soy, libre y autosuficiente. Una reacción colectiva que va durando varios milenios.

-       ¿Entonces? ¿Por qué crees que vas a librarte de esa carga mundial?

-       Precisamente porque puedo tener este diálogo contigo y aprender de mi mismo con ello.

La lucha no termina, es constante, día a día, hora a hora, segundo a segundo. El acero se forja a fuego y golpes. Alerta en cada instante; meditación permanente. No hay tregua ni descanso; a eso hemos venido y para eso estamos aquí.

Juan Trigo

EL PRISIONERO INDULTADO Y LA GACELA


 

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Dicen que el viejo Henry Dunloghan llevaba tanto tiempo prisionero en la Isla del Diablo que incluso conoció al mismísimo capital Alfred Dreyfus, poco antes de que las eficaces soflamas periodísticas de Emile Zola lograran descubrir la verdad de su injusto encarcelamiento  y lo soltaran. Henry jamás supo de que lo acusaba el gobierno francés, pero en su conciencia se habían incrustado tantos intrusos del mundo de las sombras que hacía suyas todas las culpabilidades que podían pulular por el aire y aceptaba su encierro de por vida sin protestar.

Aquella mañana, cuando al despertarse encontró la puerta de su celda abierta no supo si realmente lo estaba o seguía como en los últimos 40 años, cerrada con cuatro cerrojos. Se acercó al dintel y efectivamente se abría al exterior un espacio entre el habitáculo y los barrotes. Extendió el brazo hacia afuera. Un silencio que llevaba su nombre se abría paso entre los rumores cotidianos, las voces de los encerrados y los vigilantes, y las de los que ya no estaban entre ellos, el viento desierto y el ruido de las olas en la marea baja.

Los carceleros tenían orden aquel día de ignorar absolutamente al prisionero 241244, como si de pronto aquella mañana se hubiera vuelto invisible, y aun más, como si nunca hubiera estado allí, como si apenas fuera otro de los fantasmas que siempre vagaron sin rumbo por la isla de los malditos.

Los pasos de sus pies descalzos lo llevaron al patio, tuvo que volver en busca de lo que quedaba de sus albarcas porque la piedra comenzaba a quemar por el sol de la mañana. Supo el camino que debía tomar, el que había recorrido en su angustiada mente en los últimos 40 años. El que va directo a la puerta de entrada, desde los pabellones de los prisioneros pasando por el amplio patio. No pensaba en nada, ni se preguntaba nada, ni se sorprendía por lo insólito de la situación. Simplemente llegó hasta el gran portalón instantes antes de que uno de los guardias, también sin mirarle ni decir nada, abriera lo suficiente para que pudiera pasar el prisionero cuyo número ya apenas se distinguía de su raido uniforme.

Sin detener sus pasos echó a andar por la carretera en dirección al desierto, aunque un pensamiento cruzó por su mente: seguramente no llegaría ni a andar una hora bajo aquel sol de justicia y sin haber comido ni bebido nada desde el mediodía anterior. Pero era preferible morir en libertad, por extraño que eso fuera en sus circunstancias. Nunca había estado fuera del recinto ni sabía cómo era la Isla del Diablo, sus únicas referencias eran los dramáticos y desoladores relatos de los carceleros y del alcaide, asegurando que toda la isla era un puro desierto de dunas adonde ningún evadido podía esperar encontrar cobijo. Pero hasta un niño de 6 años sabe que el mundo de los homínidos está costruido a base de mentiras y falsedades. Un niño de 6 años lo abe, pero no un prisionero a cadena perpetua que ya no recuerda el año en que dejo de recordar.

La carretera fue serpenteando por unas dunas cada vez más decoradas con vegetación, hasta que divisó las casas del pueblo, o de lo que pensó que era, según le habían contado, el único pueblo de la Isla. La precaución se incrusta en la piel del prisionero como su mejor protección contra las inclemencias del exterior; dio un rodeo subiéndose a unas lomas que bordeaban aquel conjunto de casas blancas, animadas por los lugareños que iban y venían con sus quehaceres. Lo dejó atrás y se adentró por un camino que bordeaba un bosque de pinos; pensó que se trataba de un espejismo hasta que se desvió y entró en él.

El bosque se fue haciendo más y más frondoso y a los pinos se les incorporaron otras especies como alcornoques, acacias, encinas, hasta rodear al evadido con las caricias de un gran bosque maternal.

Por fin el evadido se sentó. Era un claro en el que los rayos del sol se filtraban formando arabescos con la hojarasca pendiente de los grandes troncos de roble. La remota memoria de la paz en los bosques de su Irlanda natal comenzó a acudir a su cansada mente. Sintió como por primera vez en muchos años su cuerpo experimentaba algo que los humanos llaman relajación, pero que naturalmente los homínidos ignoran. Y se quedó dormido.

Lo despertó un cosquilleo en la mejilla. Por la claridad adivinó que estaba amaneciendo de nuevo, se había quedado dormido toda la noche sentado en aquella roca. Consiguió abrir los ojos y creyó que seguía soñando. La cabeza de una preciosa gacela que de tanto en tanto extendía su fina lengua para acariciar la curtida piel sin afeitar del indultado. No hizo ningún movimiento para no asustar al delicado animal. Lo miraba con curiosidad. Era lo más bello que recordaba haber visto jamás. Le sonrió. La gacela hizo un gesto instintivo de echarse atrás. Él le siguió sonriendo con extrema dulzura, esa que se va creando con muchos años de sufrimiento para dejar al descubierto una gran capacidad de amar. Levantó la mano despacio para acariciar aquella hermosa cabeza del animal más bello del bosque más exquisito. Ella pareció devolverle la sonrisa y le dio otra corta lamida. Entonces el indultado se dio cuenta que el animal estaba herido. Debió haber perdido el rastro de la manada y al huir por el bosque algo había rasgado su preciosa piel por varios sitios. Henry se dedicó a lamerte las heridas, como hizo con las suyas mientras estuvo en prisión.  La gacela se dejó hacer pacientemente recostándose sobre las rodillas del hombre. Éste tomó unos manojos de yerbabuena y tomillo salvajes y los fue aplicando a las heridas recién lavadas. El tiempo iba deslizándose ajeno a aquellos dos evadidos, cada uno de su mundo, sin tocarlos.

Cuando los periodistas llegaron, caída la tarde, para entrevistar al receptor de insólito indulto  y preguntarle si sabía quien fue su benefactor, los encontraron allí mismo abrazados, formando una escena bucólica difícil de describir; un prisionero que mereció la piedad de algún desconocido dios menor y una joven y preciosa gacela que probablemente se había extraviado de la manada y vagaba perdida por el bosque hasta que encontró a su amigo.

Juan Trigo 

NO SE RESIGNEN; ES MENTIRA. MANTÉNGASE VIVOS.


Continuación del cuento: “Una Bella Historia de Amor

Amanecía sobre el lago cuando Carla y Edgar interrumpieron sus goces amorosos para saludar al Sol.

– Vaya, amigo mío, veo que no te has dejado morir, has estado entrenando, y de qué manera, viejos y nuevos trucos. ¿Alguna vecina en especial ha gozado de tus favores o no ha sido solo una?

– Bueno, Carla, en tantos años, ya me conoces, el cuerpo tiene sus exigencias, y tampoco he perdido mi atractivo.

– Oh, no, claro que no, amigo mío. Ya me imagino estas campesinas suizas suspirando por las atenciones de ese extranjero  de quien todos hablan y mal. Eso te hace más irresistible.

– No hay que exagerar.

– ¡Mírame a los ojos, Edgar… mi Edgar! ¿Me estabas esperando?

– Desde luego chiquilla. No podía morirme si hacer el amor una vez más contigo. Como dices, he practicado todo lo posible, aunque ya puedes imaginarte, para estas mujeres de por aquí, temerosas de eso que llaman Dios, ciertas posturas…

– Por eso tenías tanta hambre de lo prohibido, ¿verdad? Uff… ha sido increíble. Edgar

– Dime

– Sabes que no te dejaré, ¿verdad? Digas lo que digas.

– Temo que sí.

–  Está bien, solo te lo preguntaré una vez. Piensa bien la respuesta. Soy la misma que conociste hace 40 años en las barricadas de la calle Faubourg Saint Honoré. ¿Quieres que me quede para el resto de nuestros días?

– Sí.

– Que rápido. Tú también eres el mismo. ¿Qué te pasaba ayer?

–  Simple, no estaba seguro de poder satisfacerte.

–  Pues, no soy tan complicada, ¿o sí?

–  Eres Carla, mi alma gemela, mi otra parte, el amor de mi vida; todo son temores a no estar a tu altura.

– Pues no tengas ninguno, contigo mis orgasmos nunca han sido fingidos, esta noche tampoco, entre otras razones porque no puedo fingir contigo… ni quiero, vaya tontería fingir haciendo el amor. Bueno, a veces lo he hecho porque quería conseguir algo del tipo al que me llevaba a la cama.  Pero contigo solo quiero conseguir algo que nadie más que tú puede darme, y ha de ser de forma transparente: tu amor incondicional. Ah!!!, Edgar. Eso fue lo que me atrapó y me sigue atrapando a ti: tú entrega sin condiciones. Así de sencillo, eres tú y te entregas sin reservas. No he encontrado a nadie así. Siempre mantienen alguna precaución por si acaso. Tú te lanzas sin paracaídas.

– Sería un estúpido si no lo hiciera, o estaría muerto en vida, como veo a tantos otros, incluso 10 años más jóvenes que yo, que por que les han dicho que ya no pueden… pues se resignan a que los aparten de circulación.

– ¿Cuál es el grito de guerra, mi capitán?

– Oh, cielo, eres increíble…

– Estoy esperando.

–  Oh, sí, ¿aparte de que la vieja Guardia muere, pero no se rinde jamás, como en la barricada de la rue Faubourg St Honoré?

–  No, esta vez hay más gente, y no son guerreros, sino ciudadanos perplejos y asustados porque creen haber muerto, y como dices, son mucho más jóvenes que tu. ¿Qué les vas a gritar para llevarlos al asalto del Palacio de Invierno?

– Fácil mi niña, lo más fácil siempre es lo más contundente: “¡¡No se resignen. Es mentira. Manténganse vivos!!”

 

Juan Trigo

¿PUEDE EL AMOR EN UNA RELACIÓN DE PAREJA SER DESINTERESADO?


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*

Gunnar Bjornstrand, el viejo oráculo del Tronjeim, tuvo que llamar por teléfono a su consultante, contraviniendo sus propias normas, para atajar de una vez la avalancha de preguntas/respuestas por  chat que generó su última tirada de runas, a propósito de las dudas de la mujer sobre insistir en el que ella llamaba el amor de su vida.

-Vamos a ver Martha, – empezó con cautela, – volvamos al principio.

-¿Quién es usted? – preguntó la mujer con voz trémula, no pudiendo dar crédito a que la hubiera llamado.

-Sí, soy yo, Gunnar, y ya sé que mis condiciones son no mantener contacto telefónico con mis consultantes, pero parece que no me supe explicar bien, o que el tema va mucho más allá.

-Solo se trata de una relación amorosa, maestro…

-¿Sólo…? – el oráculo se quedó pensativo.

-Bueno, no, claro que no. Steve es el amor de mi vida; hace años que nos conocemos y aunque yo he pasado mientras tanto por otras relaciones…

-¿Es o no es el amor de su vida, Martha?

-Sí sí, desde luego, maestro. – se apresuró a confirmar ella ante el temor de que el oráculo colgara el teléfono inmediatamente al sospechar que no se trataba más que de otro de los frecuentes flirts. – Pienso en él constantemente desde hace mucho tiempo, pero siempre hay algo…

-Que es precisamente lo que le indiqué en la primera lectura de los glifos. ¿Recuerda el orden de aparición?: Eihwaz, paciencia, Uruz, transformación y Jera, cosecha. La respuesta a su pregunta de si debía seguir buscando la manera de establecer una relación con Steve es afirmativa, por Jera, pero hay que pasar antes por un proceso de transformación una alquimia interior, significada por Uruz, con paciencia y perseverancia, que es lo que pide Eihwaz.

-Claro, maestro, ya le entendí perfecta…

-No, no me entendió Martha, – le interrumpió – o yo no me supe explicar. También le señalé el aspecto de mercurio a Plutón en su Carta Natal, indicando que en este momento dispone de buena información sobre los miedos infundados que guarda en su Caja de Pandora, Plutón, y que Uruz pide abrir y procesar con Eihwaz, paciencia.

-Pero…

-Si Steve es el amor de su vida ha de arriesgarse, y él también por supuesto, y para ello ha de bucear usted muy hondo y ver qué es lo que le impide entregarse a alguien en cuerpo y alma, sin reservas, como no ha hecho nunca.

-Bueno Maestro, tampoco hay que…

-¿Es amor de lo que estamos hablando, Martha, o de otra cosa?

-Sí, sí, claro.- La mujer visualizó claramente como el viejo oráculo estaba otra vez a punto de colgar definitivamente. – Es el amor de mi vida – se censuró la niñería de haberlo de repetir como una etiqueta – Por eso le pedí que me ayudara.

-¿Está usted dispuesta a perder el control?

-¿Cómo?

-Ya me ha oído.

-Claro… yendo hasta los límites del amor…

-¡El amor entre un hombre y una mujer no tiene límites, Martha! Lo demás, será otra cosa pero no es amor.

-Claro, claro, Maestro; desde que conozco a Steve, y ya son muchos años, siempre me ha atraído poderosamente, pero al mismo tiempo noto que puedo ir demasiado lejos con él, demasiado al fondo. Y eso me asusta.

-¿Y?

-Me asusta entregarme de esa manera.

-Ya sabe que si usted se entrega él también lo hará sin condiciones, ¿verdad? De otra forma no hubiera aparecido Jera en su camino.

-Lo sé. Él siempre ha esperado a que yo me decidiera; es hombre de una sola mujer, lo sé también, y es hombre del todo o nada. Y he sabido siempre que no le interesaba en absoluto una relación pasajera, un flirt. Es lo que me ha estado coartando todos estos años.

-Y ahora su ser ya no le da más tregua, ¿verdad?

-Eso parece, Gunnar.

-¿A que está esperando, a que se hagan más viejos?

-Gracias.

-¿Por qué?

-Por haberme llamado. Sé que usted no lo hace nunca. Y de no haberlo hecho tal vez yo habría dejado pasar el momento.

-Tal vez. Aunque lo dudo; Su cuerpo y su alma se lo piden a gritos.

-Gunnar, – la mujer cambió radicalmente de tono, – ¿Por qué me ha llamado?

-¿Qué por qué la he llamado?

-Sí, – y se atrevió a añadir – ¿no será que usted se está planteando una situación parecida?

-…  – Silenció al otro lado, pero el oráculo no interrumpió la conversación.

-Disculpe si me he metido donde no me llaman. Desde luego le agradezco infinitamente la llamada, porque me ha dado el impulso que necesitaba para resolver mi vida de una vez, y no sé si he hecho bien en hacerle esa pregunta.

-Ha hecho bien.  – respondió Gunnar Björnstrand muy quedo.

-No tiene que explicarse, Maestro, ni mucho menos. Ha sido una tontería.

-Mucho menos de lo que usted cree, Martha. En efecto, yo también estoy en una situación parecida. – Martha empezó a inquietarse porque su maestro bajara del pedestal y se mostrara como un humano más, pero él continuó: – O cedo el control y me entrego sin condiciones o será otra mediocridad pasajera más.

- Y usted quiere que sea total. – se atrevió a decir Martha.

-Sí. – sentenció el viejo nigromante. – El verdadero amor en pareja o es incondicional o es otra cosa, que pasa sin pena ni gloria. Si el amor entre la pareja no es desinteresado, no es amor.

-Maestro, yo voy a hacer mi trabajo porque sé que tiene usted razón, pero ¿no cree que eso es poner las cosas muy en un plano demasiado teórico e idealista?

-Todo depende de lo que usted quiera en la vida.

-¿Y cuándo se da usted cuenta que su entrega incondicional le sirve al otro para manipularle mejor?

-Es el momento de marcharse.

-Con el corazón hecho trizas.

-No. Ahí está el detalle, precisamente, del amor desinteresado: Si no hay deseo de propiedad no hay dolor por la pérdida. Uno ama porque eso le hace feliz y expansiona su conciencia, no porque desea tener al otro para sí. ¿Comprende?

-¿Cómo quiere que comprenda que no voy a sentir dolor el día en que descubra que me han manipulado?

-Ese es su problema, ciertamente. Ya sabe lo que se dice en Magia Blanca, nadie puede ser manipulado si no lo permite.

Juan Trigo