EL RITUAL OLVIDADO


 

Amanecía lentamente sobre el jardín de Ma.

El sopor comenzó a dar sus primeros asaltos para vencer mi desasosiego, logrando de momento poner fin al largo paseo y obligarme a sentar en uno de los afiligranados bancos de piedra que el propio arquitecto del Rey ordenó instalar junto al invernadero, y en el que desde hacía bastante rato el propio Duque de Orleans dormitaba una de sus más vulgares borracheras. Decrecían ya los ruidos del carnaval en el interior de la Galerie des Glaces. Cerré los ojos y apoyé la cabeza en la pared. ¿A qué esperaba? ¿Cuánto más iba a tardar en poner el cañón de la pistola a la sien y disparar? ¿Debía esperar a que la historia adelantara el asalto a las Tulleries, o el arresto de Varennes, o a un siglo más adelante, unirme a los comuneros que defendieron Montmartre ante las tropas de McMahon?

Pero aún estoy aquí, en este apacible y alejado rincón del inmenso jardín, al que las imitaciones de los antiguos juglares y la comedia grotesca de los invitados eran apenas murmullos que bien podían confundirse con la brisa nocturna. Mentiras, calumnias, cortejos, adulaciones, panegíricos, súplicas, excusas, agresiones, infidelidades, traiciones, transacciones comerciales, jugadas con dados o con personas, y demás cotidianidades sonaban ya apenas como los habituales ruidos en la naturaleza envolvente del bosque o del páramo.

De pronto, al dar una larga inspiración todos mis sentidos se vieron sacudidos por un extraño y penetrante aroma que no había olido jamás. Se me antojó el perfume de alguna exótica y desconocida flor que hubiera nacido súbitamente cerca de mí. Abrí los ojos, y al hacerlo mi vista se halló enfocando una de las bandejas del invernadero, no especialmente recargada de variedades, pero de entre ellas se destacó enseguida una pequeña estrella en cuyos pétalos fulguraba un dorado brillante, incluso provocativo, y que a cada segundo que pasaba crecía en intensidad. El asombro hizo echarme hacia adelante, pero al mismo tiempo entornar los ojos cirspados por un golpe de mi vieja y fiel neuralgia. Mis articulaciones habían empezado a entumecerse por el frescor reinante, y al intentar levantarme me dolieron como si fueran de cristal a punto de pulverizarse. Conseguí ponerme de pie y avanzar con pasos de paralítico hacia la bandeja, y entonces, al irme acercando me pareció, y no solo por el simple efecto de aproximación que la hermosa y desconocida flor fuera aumentando su tamaño, y que además, durante los segundos que tardé en llegar hasta ella, se produjo un fenómeno mucho más profundo, una verdadera metamorfosis. Cuando estuve a escasos centímetros vi claramente como un par de largos filamentos, que no tenían la sutilidad de los estambres, se movía, y un cuerpo de formas redondeadas y de colores mucho más deslumbrantes aún, empezaba a abrirse camino hacia afuera para mostrar al visitante la maravilla de un milagro. Al principio adquirió la forma de un hermoso insecto de alas transparentes y cuerpo alargado, amarillo y turquesa, pero cuando se volvió hacia mí, su rostro ofreció la magnética belleza de un duende de los nenúfares. Los ojos rasgados verde estanque, pero sin la fría agresividad del gato, las diminutas antenas de geniecillo y una boca escueta que comenzó a sonreírme con dulzura y a mover seguidamente los labios. Presté atención, pero solo oí el rumor de la naturaleza, una melodía suave y sostenida como la de pequeños chorrillos de arroyuelo cayendo sobre rocas tapizadas de musgo. Olía a yerba mojada, a hinojo, y a retama, y a madera de viejo roble medio pulverizado por la humedad, y a corteza de encina recién cortada, y a muérdago y a pureza. Intenté seguir el movimiento de esos labios pero no oí sus palabras, solo la armonía de los prados. Me agaché más, y a cada instante su rostro se iba volviendo humano; las bandas entorchadas a ambos lados del cráneo pretendían recordar una cabellera. y el rostro oval, moldeado por cambiantes irisaciones verde y amarillo, empezó a parecerse tanto a aquella muchacha que jamás conocí y por la que anduve de amores perdido tanto tiempo atrás que un estremecimiento estuvo a punto de hacerme caer de bruces. Me apoyé en el borde de la bandeja. Quería decirme algo sin duda. Movía los labios de aquella forma que yo recordaba con tanta intensidad como sufrimiento. Pero no oí vocablo alguno. Solo la suave música de una selva antigua, la que diera cuna a los desaparecidos caballeros, el murmullo de un  paraíso desconocido, como mi amada. Pero en un tono creciente, envolvente. No oí palabras de la boca de aquel maravilloso insecto humano, espíritu de los elfos, encarnación de las viejas leyendas, pero lo que quiso decirme llegó a través de mis sentidos y por el canal de los recuerdos: tanto vividos como adivinados. Se trataba una historia intemporal y ubicada en el sincretismo mistérico de las antiguas ceremonias. En efecto, no oí palabras, pero si los primeros acordes de la melodía iniciática, que sonaba como una danza sagrada del Asia Central. Y entonces la vi: a través del difuso torbellino que se abrió en el claroscuro de mi mente apareció la rústica granja enclavada en el declive de la suave ladera, al pie de las montañas de niebla permanente, entre majestuosos castaños y robles, encinas y hayas, los establos de las ovejas, los pajares, el granero.

Vivía solo el viejo Opal, y según decían hablaba a las ovejas como si fueran personas, Y por eso lo tildaban de loco y rehuían en el pueblo su presencia, aunque eso, naturalmente no perturbaba su solemne porte ni hacer. Y al poco lo vi salir, como todos los amaneceres acompañado por su perro hacia el establo, pero en su rostro se leía que aquella era una jornada muy especial. ¿Sería eso lo que intentaba decirme mi enigmático insecto humano? ¿Era ese el misterio, la ceremonia del carnero? Sí… y contaría además con otro espectador de la vecindad. La pequeña Maru había escapado de casa de sus padres durante la noche, sacudida por las premoniciones y la fuerza del rito que iba a concluir, y fue a apostarse desde el clarear de los primeros albores debajo de un pequeño ventanuco, dispuesta a no perderse nada de cuanto allí iba a suceder. El viejo se daría cuenta, pero no la importunó. Pensó que al menos uno de los moradores debía conocer el antiguo secreto y tal vez transmitirlo cuando llegara el día a quién fuera capaz de recibirlo. Entró en el cobertizo. Las ovejas y los carneros se movieron y balaron quedo. Habían aprendido bien, transformando el ancestral temor propio de las especies del reino animal, a no inquietarse por el alimento, porque el viejo compartía su desayuno con ellas, reservándolas incluso los mejores manjares. Los del pueblo añadían tratando en vano de quebrar su beatifica soledad, que por eso no bebía aguardiente, ya que no era conveniente para las ovejas. Y mientras comían todos, de pie o sentados sobre la paja alzó la vista hacia el ventanuco, sintiendo al otro lado la presencia de la pequeña Maru, que, también decían, se levantaba siempre con el sol, y un escalofrío recorrió sus viejas carnes al notar que el frío airecillo de otoño, que sabe cantar como nadie las tonadas de los que se han ido, estaba mordiendo las de la niña.

Y poco a poco el momento quedó listo, el aire se templó y las vibraciones contuvieron cualquier tentación a la premura. Entonces el viejo se volvió al gran carnero de caracoleadas astas. Le sonrió y reconoció la devolución del saludo detrás de su aparente inexpresión. Se arrodilló y le acarició el cuello, con ternura, pero sobre todo con respeto. Los demás animales pulsando despacio la atmósfera y buscando esa forma de máxima energía abrieron el circulo a su alrededor. La pequeña asomó sus grandes ojos negros por encima del friso y comprendió que aquel era el carnero elegido, incluso le llegaron algunas de las palabras que murmuraba el viejo muy cerca de la oreja lanceolada y lanuda del animal, fragmentos de esa antigua oración que no hace falta enseñar porque humanos y animales la llevan en la sangre de sus ancestros. Los labios de la pequeña se movieron para repetirla. Dice la brisa refrescante de las alboradas que para recordarla solo hay que escuchar el rumor de las brumas y mirarse hacia adentro, o preguntar al sol o a la forma del dragón de los cerros que dibujan a la perfección el fluir de la vida a la muerte y viceversa. Y dice, advierte, el viento de invierno que hace murmurar a las piedras, que esa oración no está escrita en ninguna parte, porque en el momento que algún temeroso la escribiera, la perdería para siempre. Por eso los temerosos del pueblo, que solo aprendieron oraciones en los libros o de boca de los dignatarios eran incapaces de comprender aquella extraña liturgia que iba a rodear el acto de sacrificar a un ser para alimento de los demás.

Y el carnero acudió puntualmente a la cita empujando suavemente al viejo hacia el centro del círculo con la orgullosa altivez de los antiguos guerreros, la mirada en lontananza, irradiando incontenibles raudales de poder y fuerza que la existencia, océano infinito, otorga a algunas de sus gotas más deslumbrantes para enriquecerla, y el viejo se dio cuenta al descubrir un brillo inusual en sus ojos, porque también había advertido la presencia de la niña por la fuerza que emanaba de su interior, pozo profundo y espejo de sus resonancias, presencia de presencias, comunicación que no entiende de nombres o atributos mundanos, ni por supuesto de edades y condición familiar. El viejo no pudo reprimir un estremecimiento de admiración por aquellos sus especiales compañeros. Los demás animales aguardaban ansiosos de recibir el inmenso torrente de energía que iba a desbordarse. Aguardaban a que se produjera el milagro entre dos especies distintas, hombres y animales, engarzados por medio de uno de sus más sencillos y cotidianos actos: el del sacrificio. Dicen las hojas que no caen si la divinidad no lo dispone así, que las más penetrantes y preciosas comunicaciones, como la de dos civilizaciones distantes miles de años en el tiempo, o la que estaba teniendo lugar en aquellos momentos solo son posibles si nadie las escribe; se realizan espontáneamente y por supuesto lejos de la jerarquía religiosa con sus fanfarrias, coros de alabanzas y drogadicción de los feligreses.

Y llegados al momento y al lugar adecuado, siendo aquel día, como todos y cada uno de ellos, distinto a los demás, el viejo desenvainó la daga y se dispuso a concluir el rito, la cabeza del mango apoyada en el cuenco de su mano derecha y la izquierda sosteniendo la nuca del animal. Una última oración de respeto, de amistad, de ternura. El hombre contiene la respiración cuando la hoja encuentra la lana, la abertura de la vértebra cervical, da un giro a la cabeza del animal, el hueso se abre y empuja la hoja por detrás de la testuz. Golpe seco y profundo. Vibración, oleada volcánica de energía atávica que atraviesa cegadora el umbral. Con ese mismo golpe se ha abierto la puerta inexistente para conectar el hombre con el vacío del que proceden todas las energías. Inmóvil unos instantes hasta que cesan los estertores que ayudan el rito, meciéndolos con supremo cariñó. Todos sus músculos están tensos como cuerdas de laúd mientras escucha la melodía del ancestro acompañar el aullido material del guerrero del maravilloso reino animal penetrando también como electricidad por las puntas de sus dedos envueltas en lana.

Luego, las patas del animal se aflojan y el soberbio cuerpo se va desplomando y el hombre afloja los dedos de ambas manos que asían la piel de su compañero para que la melodía no vuelva a escaparse, cierra las puertas y se queda celosamente con su canto. Así, aunque él no pueda medirlo con toda su intensidad, la existencia se enriquece con ese hálito de sus compañeros los animales, y algún día liberará también ese manantial a sus compañeros, los dioses para enriquecerlos y devolver poco a poco el espíritu eterno del sol en la necesidad de crear y cumplir el mandato divino.

Vi a la niña permanecer inmóvil todo el rato, y por fin sonreía contagiada por la sonrisa que emitía el viejo: despedida y encuentro, porque el día y la noche son lo mismo, como el partir y el llegar, como el bien y el mal, la vida y la muerte, y me di cuenta que al estirar una de sus delicadas piernecitas entumecidas por el frío de la madrugada norteña hizo rodar un guijarro que distrajo la mirada del viejo. La infancia de la niña se asustó, que no su larga vejez y temió una reprimenda del cabrero, cuya juventud estuvo a punto de sonrojarse por aquella intromisión. Pero ambas juventudes y vejeces se las llevó en volandas, como a lomo de cisnes, el viento del rito y no se cruzaron palabra alguna, comprendiendo que algún día volverían a encontrarse en él, para ejecutar de nuevo sus mandatos.

Y del hermoso insecto con rostro de mujer solo quedó su sonrisa desvaneciéndose mucho más tarde entre los pétalos dorados que se iban convirtiendo en volutas de neblina, dispersándose por las exóticas flores materiales del invernadero. Me volví, ya no me causaron náuseas los vómitos del Duque de Orleans, ni terror el ruido de los invitados, indignación el sainete de los comensales o rebeldía el lujo ostentoso de la mansión. Ya nada de tales efímeras pequeñeces tendría importancia. Ni siquiera los insultos, o los accesos suicidas o los deseos de matar, porque el insecto me había enseñado a reservar para la muerte lo más sagrado, y la tolerancia para con el miedo de los vivos hacia ella. Eso fue lo que dijo la palabra no pronunciada, sin duda la más elocuente. Y luego oí la que iba pronunciando despacio el ruido de mis piadas sobre los guijarros del jardín.

Por Juan Trigo, Invierno de 1968.

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