LA LOCA



–       Ya está aquí otra vez esa vieja… ¡Ernesto!

Hacía más de dos años que habían comprado aquel  hermoso chalet, pero no tuvieron ocasión de habitarlo debido a las complejas obras de remodelación que se empeñaron en llevar a cabo, y que parecían pronosticar el mismo estigma de lo mediocre e incompleto que pesaba sobre la  urbanización donde estaba ubicado. Sin embargo aquel verano decidieron pasar en el chalet por lo menos una semana, aunque solo fuera para mitigar los amargos dolores menstruales que bancos y cajas de ahorros recordaban puntualmente, y también para proporcionar un apunte justificativo de aquella compra a las respectivas familias.

Al salir del coche y antes de pensar en cambiarse su adecuado traje azul noche de trabajo, el joven se había quedado ensimismado observando los rosales que tapizaban las paredes exteriores del garaje. Jamás tuvo al alcance de la mano semejantes tallos, largos y espinosos, engalanados por aquellas maravillosas explosiones de intenso color y perfume. Su infancia y adolescencia transcurrió rigurosamente bajo la poluta atmósfera urbana impuesta por los escasos posibles de la familia. De vacaciones en el mejor de  los casos a un minúsculo apartamento de un atiborrado hormiguero de la Costa del Sol, que se había puesto tan de moda

Aquella era su primera casa, y por extensión retrospectiva, la de sus ancestros hasta que la memoria permitiera atisbar. A cada ascenso que lograba Ernesto progenitores, hermanos y tíos lo iban elevando a la consideración de alguien sumamente importante. Sin embargo su sensibilidad seguía estremeciéndose aún por las cosas más sencillas y deleitando su curiosidad por los pequeños detalles, pasados ya siete años de su nombramiento como jefe de negociado del Ayuntamiento de Barcelona.

Isabel, en uno de sus arrebatos de pasión por lo práctico y resolutivo, asomó por la ventana.

–       ¡No te entretengas, hay que hacer algo con esa vieja!

–       ¿Qué vieja?

–       Nos ha estado molestando toda la semana, con que ve a ver si logras que nos deje en paz.

Y comprendiendo que tampoco en aquella ocasión su marido cogería las riendas del problema fue al teléfono dispuesta a darle al comisario un ultimátum: O recluían a aquella anciana obsesiva en un manicomio o lo haría ella. El comisario tendría que meterse en el asunto de una vez por todas. Era de Badajoz, paisano suyo, y la haría caso. Aunque por supuesto no tenía su voluntad; ella ya hablaba catalán casi sin acento. Incluso ganaba más dinero que su marido con lo de la confección, aunque sin tantos honores, que por otro lado a ella solo podían entusiasmarle si tenían su correspondencia en la cuenta bancaria. Había pasado demasiada hambre de pequeña, como para no guardarse una cierta reserva, respetuosamente para sus adentros, acerca de la carrera política de su marido.

Algún acento en la invectiva de su mujer, inconcreto todavía, despertó una extraña emoción en su interior.

–       ¿Dónde…?

–       En el jardín de atrás. – Oyó, incluso antes de preguntar la respuesta de Isabel, de nuevo desde dentro de la casa.

Era la parte que aún no habían entrado a reformar, a lo mejor porque sin darse cuenta la encontraron más acogedora. Su obsesión por la modernidad, o su necesidad de borrar cualquier escena del pasado – suyo o de nadie – fue desviada por las vibraciones de aquel escenario. Rodeado y cobijado por viejos chopos, cuyas ramas secas tampoco producían tristeza, altivos hibiscos y poblados sicómoros que se obstinaban en ofrecer una interminable y reconfortante variedad de verdes. Un pavimento de grandes losas de piedra discretamente tapizadas de musgo, y un pequeño banco de madera con los brazos pulimentados por la caricia de una mano en busca de la seguridad del amigo desconocido y el respaldo desgastado por el reposo de una espalda acompañando la emoción de reflexionar.

La vio acurrucada en un rincón, a dos pasos del banco, como si a pesar de su atrevida intromisión en casa ajena no osara permitirse privilegios. Vestía pulcramente el sencillo y eterno vestido azul oscuro con topos blancos de las ancianas de su generación, y su corta y aclarada cabellera gris iba peinada con sencillez, pero con atención.

A Ernesto le recorrió un inexplicable estremecimiento interior : la anciana no desentonaba en absoluto en aquella parte de la casa que aún no había sufrido los estragos de la reconstrucción, y sintió claramente como si nadie tuviera el derecho de obligarla a marcharse. De lejos le pareció su semblante apacible, ensimismado en sus recuerdos, a gusto en el pequeño rincón, encajando perfectamente en la armonía con todo aquello que él, aun siendo el propietario, no había podido familiarizarse. Su curiosidad por los pequeños detalles y la búsqueda de la armonía de lo cotidiano le estaba proporcionando una sensación de plenitud y de paz inesperadas, después de un fatigoso viaje en coche a merced de los frecuentes atascos creados por salida colectiva de vacaciones que siguió a una compleja jornada de trabajo. Se detuvo para no perturbar la secreta serenidad de la anciana. No se movería para dejarla disfrutar aquellos instantes sagrados, en la completa soledad que ella había escogido, y que él se dejo impregnar también por su mágica plenitud, por más desconocida y sorprendente que fuera para su experiencia de todos los días.

Habría permanecido en esa comunión todo el tiempo del mundo si su esposa no le hubiera devuelto a la realidad, una ciega lucha por la supervivencia de un modo de vivir que iba transformando el paisaje de la costa mediterránea amenazando en dejarlo irreconocible. En Ernesto esa lucha era la de la supervivencia de sus dioses contra los dioses de los demás.

Isabel se paró frente a la puerta y contuvo, sin embargo, la violencia de su siguiente imprecación, causada más por ver a su marido por primera vez en aquel estado de contemplación que por seguir las nuevas tendencias de la clase intelectual que empezaban a llamarse “movimientos feministas de liberación”. Tuvo que reconocer, sin embargo, que, a pesar de no ser Ernesto un soñador y por el contrario gustar del deporte de competición, las tertulias y buscarse cualquiera ocupación con la que asesinar el tiempo, sí había visto esa mirada perdida en alguna ocasión, y no precisamente ante una deslumbrante puesta de sol o el óleo de algún maestro, sino por alguna frase dicha al azar por alguien, o la expresión súbita de un niño, o por el matiz de un paisaje, incluso urbano.

–       Ernesto… – comenzó en voz baja.

El se volvió despertando apenas de su ensueño y le ofreció una sonrisa neutra de niño, ni traviesa ni culpable, ni expectante, sino tranquila. Isabel bajó los peldaños restregándose las manos en el delantal y fue hacia él. La anciana aparentemente no se había dado cuenta de sus presencias. Seguía inmersa en aquella extraña comunión consigo misma.

–       Ernesto, – continuó Isabel, conteniéndose al llegar junto a su marido, – la policía no tardará en llegar.

–       ¿La policía? – Le sonó como si le estuviera hablando de algún episodio de una película de Serie B, es decir, de algo totalmente ajeno a lo que estaba ocurriendo allí.

–       Esta mujer ha estado viniendo todos los días desde el lunes pasado, y cada vez se mete en esta parte del jardín; ya habrás visto que con todos los problemas que estamos teniendo en las obras aún no hemos podido terminar la valla…

–       ¿Y se coloca siempre en ese rincón?

–       Sí… Eso es. Vamos, Ernesto, haz algo, – soltó ya vencida por la impaciencia. – Dile que se vaya.

–       ¿Qué se vaya? No… espera. – Levanto suavemente su mano para posarla sobre el hombro de su mujer. – Espera… No sé… ¿Qué mal hace aquí?

–       Pero…

–       Mira.

Isabel frunció el entrecejo, ostensiblemente para advertir a su marido que no estaba para perder el tiempo, pero aceptó entornar los ojos dando a entender que se disponía a prestar atención para complacerle. Pero ¿qué tenía que mirar? Allí no había más que una anciana con sus facultades mentales perturbadas, empeñada en meterse en el jardín de su casa. Así de simple. Sin embargo Ernesto la estaba invitando a darse cuenda de algo muy extraño e insólito de aquel comportamiento, sobre todo por la comedida serenidad con que la anciana intentaba pasar desapercibida para que la dejasen disfrutar de aquellos raros momentos de secreta felicidad, sobre todo cuando sabía que no tardarían en echarla, como en los días anteriores. Isabel no supo añadir nada más. Era viernes, caía la tarde y su marido se merecía un descanso aunque tuviera esa forma tan inusual. El la rodeó los hombros con su brazo tranquilo. Tampoco sabía por qué estaba invitando a su mujer a penetrar en aquel ritual ajena, ni quién podía ser la anciana, ni por supuesto porque lo hacía. Pero de una cosa estaba seguro, por nada del mundo iba a romper la fragilidad cristalina de aquel momento, y evitaría por todos los medios que nadie lo rompiera. Emociones sin explicación que solo pueden percibirse al vibrar en algún recóndito y aún no petrificado rincón de nuestro interior. Y Ernesto comprendía que tal vibración era extremadamente preciosa e irrepetible.

Pronto llegó el coche celular y se apeó el comisario. Pero al ver a la anciana adoptó inmediatamente un andar pausado y ceremonioso, para acercarse en silencio. Isabel iba a ponerle al corriente, pero se detuvo al encontrarse con el silencio inteligente de aquella sonrisa curtida, y también al ver que se dirigía directamente a la anciana. Al llegar a su lado se tomó unos instantes en empezar a hablar. Ernesto pensó que el veterano policía se había impregnado también de aquel aire apacible reinante.

–       Buenas tardes, Doña Pilar, ¿Cómo está?

La anciana levantó unos ojos vulnerables pero decididos, y su mirada insinuó algo como una súplica bien aprendida y por tanto sin esperanza. Empezó a incorporarse trabajosamente, como si se negara a abandonar la tumba de su marido porque le anunciaran que iban a cerrar el cementerio. Rehuyó la mirada del comisario y la ayuda de su mano, sacando a la luz una antigua terquedad de niña resuelta, al parecer casi intacta. Al cabo de muchos minutos el policía logró sacarla del jardín y llevarla al coche.

–       Déjela… déjela que se quede.- Intervino Ernesto.

El policía se giró al principio sin comprender, pero luego saludo aquel gesto de generosidad sorprendente con otra sonrisa antigua, que denotaba haber entendido casi todas las cosas.

–       Ella no puede quedarse – sentenció dulcemente, como el Angel del Señor anunciando con sencillez el Apocalipsis. – La llevamos a Barcelona.

–       Pero… – protestó Ernesto,  sacudido por emociones fuera de este mundo, y consiguió preguntar: – ¿La conoce?

–       Sí señor. Ella vivía aquí. Esta era su casa. Ustedes la compraron a sus acreedores, al banco, claro. La construyeron su marido y ella a base de muchos esfuerzos y mucha ilusión, y también sacrificios, pero al morir él hace 10 años… Ella quiere volver al rincón donde debió vivir los momentos más felices de su vida. Todo lo demás ya le da igual. Ahora está en un asilo en Barcelona y se escapa todos los días para venir en tren, solo para estar aquí. Alguien le ayuda a escaparse. Solo vive de sus recuerdos, y este jardín debe contener los más hermosos. Ustedes han renovado casi toda la casa y la parte delantera del jardín, pero no esta parte… Vamos Doña Pilar, hemos de volver, deje que la acompañe.

–       ¿No la castigarán, verdad comisario? – balbuceó Ernesto.

–       Señor, por el amor de Dios… – se cortó el comisario poseído por una emoción que le desbordaba todo lo imaginable.

Juan Trigo

Vilanova 1988

Anuncios

5 comentarios el “LA LOCA

  1. Gracias. Cuando lo volví a leer al cabo de tantos años, no pude contener el llanto. Este cuento es una idealización de un hecho real pensando en mi madre.

  2. El amor es lo ùnico indestructible….aunque pase el tiempo, aunque los separe la distancia, aunque la persona fìsicamente no esté “EL AMOR SIEMPRE ESTARÀ”….Verdaderamente “hermoso”.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s