¿Somos conscientes de nuestra propia voracidad?


“Uno de los síntomas más claros de la permanente infelicidad es creer que algo o alguien externo a nosotros puede hacernos feliz. O somos nosotros mismos individualmente quienes somos felices dentro de nuestra piel, o nada o nadie podrá conseguirlo. Si no se entiende eso no hay nada que hacer, seguiremos alimentando una sociedad neurótica e ignorante.”

Juan Trigo

El siguiente cuento, como es habitual en forma de chiste, ejemplifica el hecho de que no somos conscientes de nuestra voracidad y creemos que eso solo es aplicable a casos patológicos de bulimia:

“Érase una vez, en un pequeño poblado perdido entre las montañas, que vivían en una aldea recogida y alegre, un grupo de seres humanos. Hacían lo que suelen hacer la mayoría de estos seres: dormir, trabajar, comer, jugar y dormir. Pero he aquí que un día uno de ellos, por extraños motivos que nos llevarían a otras historias, decidió marchar de ese pueblo. Reunió a todos lo seres del pueblo y les manifestó su intención de salir más allá de las montañas para conocer lo que se “cocía” en otros lugares.

– ¿Para qué?- le preguntaron sus amigos.

– Porque quiero saber- les respondió.

Nuestro amigo, al que desde ahora llamaremos Sixto, se dirigió al norte, porque desde antiguo al pueblo habían llegado noticias, que allí era dónde existía más saber.

Pasó un tiempo sin noticias de Sixto, hasta que un buen día apareció en lontananza. Hubo gran alegría en el poblado, todos le rodeaban, le preguntaban, pero él venía cansado del viaje y pidió que le dejasen descansar. Al día siguiente, a la puerta de su casa, todo el mundo estaba reunido esperando que él apareciera.

Cuando lo hizo, todos prorrumpieron en aplausos y aclamándole le pedían que compartiera con ellos su saber.

– Bueno, veréis, lo único que he aprendido no puedo compartirlo con vosotros. !Oh! Que desilusión entre los seres del poblado.

-¿Por qué?- se atrevió a preguntar un niño (todos sabemos que los niños son muy atrevidos).

– Porque lo que he aprendido es a distinguir el sabor de las cosas.

Un murmullo de perplejidad se adueñó del pueblo.

– Veréis, amigos. Cuando llegué al norte, me sentí perdido. Había mucha gente, ciudades enormes, y en ese estado me encontraba cuando vi en un cartel que se daban cursos de cocina rápida. Como el hambre me acuciaba pensé que no vendría nada mal llenar el estómago con algo y de paso aprender a cocinar comidas diferentes. Entré pero, ¿sabéis?, el curso no era para aprender a cocinar, no. Era para aprender a saborear la comida.

-¡Oh!- murmuraron los del pueblo- Y eso ¿cómo se aprende?

-¡Ah! Amigos míos es bastante complicado de explicar con palabras -dijo Sixto- los profesores se limitaban a dibujar esquemas y diagramas en la pizarra, y nos decían: “Tenéis que sentir el sabor de ésta posición del esquema”. Otro incidía: “No hay que dar vueltas buscando el mejor sabor. Sabor solo hay uno, y es aquel que no tiene sabor, porque en él están todos los sabores”.

Y nos ponía el ejemplo de la luz blanca que se descompone en diferentes colores cuando pasa por un prisma. “El lugar -decía el jefe de cocina- donde hay y no hay luz blanca es el sabor sin sabor”.

El pueblo entero estaba maravillado de esta explicación.

– Por favor, dibújanos esos esquemas. Nosotros queremos experimentar ese sabor sin sabor.

Sixto los miró con conmiseración, y quedamente les dijo:

– Amigos míos, esto es lo que me enseñaron en aquella ciudad, pero de regreso al pueblo me he dado cuenta, a través de procesos que si os lo contara a alguno de vosotros se volvería más confundido, digo que me he dado cuenta que todo eso no sirve para nada.

– ¡¿Qué?!- preguntó asombrado el pueblo.

– Os lo explicaré. La clave está en dos palabras: “sentir” y sabor”. Vosotros queréis saber a que sabe el sabor sin sabor. ¿Es cierto?

– ¡Sí!

– Y yo os digo que lo importante es sentir ese sabor.

– ¡Ah!- los seres del poblado se miraron unos a otros.
Un niño, el mismo de antes, que por lo visto era un poco pesado con sus preguntas, dijo:

– Sixto, Sixto…

– Sí, niño, dime.

– ¿Podrías decirme, entonces, por qué esos señores que hablaban mediante gráficos del sabor sin sabor dan esas clases?¿Por qué utilizan esquemas si no son importantes?¿Por qué malgastan su tiempo y su energía en dar un arte objetivo a la subjetividad de la gente? ¿Por qué…?

– ¡Niño, calla! -gritó Sixto- Tú no puedes saberlo porque no has estado dónde yo he estado, ni has visto lo que yo he visto. Esas personas que dibujaban el sabor, sabían lo que estaban haciendo, lo transmitían de una manera especial, de tal forma que se introducía poco a poco en el organismo y ha sido ahora, al llegar al pueblo, cuando me he dado cuenta de que es lo realmente importante.

– ¡Dínoslo, Sixto, dínoslo! – gritó todo el pueblo.

– Hay que sentir el sabor, ya os lo he dicho.

– ¿Y cómo sabemos que es lo que sentimos si no tenemos un espejo en el cual mirarnos?, preguntó el mismo niño de antes.

Sixto miró con dulzura al niño y le dijo:

– Niño, ¡eres un pesado insolente!- sonrió y desapareció en su casa para darse un baño”.

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4 comentarios el “¿Somos conscientes de nuestra propia voracidad?

  1. De nada sirve que te describan el color del mar, su olor, su movimiento y su música. Lánzate a él, sumérgete y descubrirás que sobran todas las palabras.
    Gracias Juan!

  2. Los Maestros sufís dejan los cuentos así, “al aire”, para que la gente piense, porque cada cuento está orientado hacia un conjunto de enseñanzas pero se trabaja a muy distintos niveles y para desarrollar distintas capacidades, y los discípulos por supuesto no pueden hablar de las enseñanzas si permiso de su maestro. Pero como yo solo soy un simple lector de sufismo (tengo que dejar esto muy claro) y por supuesto no le llego ni al polvo de bajo las suelas de las sandalias de un discípulo recién llegado al sufismo, puedo contar lo que yo entiendo; una explicación sencilla, una de tantas. No tenéis más que hojear un libro de cuentos de sufismo; no encontrareis muchas explicaciones, porque son instrumentos de trabajo que se utilizan dependiendo de la gente que integra el grupo, el momento en que se realiza el trabajo y dónde se realiza. Pero dejadme intentarlo.

    ¿Te gusta el perfume de las rosas? ¿Te sientes bien, te hace volar, te embriaga? Por favor substituye rosas por aquello que te inspire más en este mundo, por aquel olor o sabor que te haga desprender, aunque sea por unos instantes, de las mediocridades y miserias cotidianas. ¿Lo tienes? Vale. Pues ahora, solo tienes que detallar los pasos, uno a uno, y con creciente intensidad, describiendo las diferencias entre un paso o etapa a otra, tratando de explicarnos, si puede ser con un gráfico o varios, cuales son las sensaciones que ese olor despierta y sobre todo porque, y también detalla con precisión en qué momento te embriaga más que en otro, y cual es a tu juicio la razón del porqué lo hace… ¿ya? Puedes ayudarte con una presentación de diapositivas en power point… ¿Sirve este ejemplo?

    Brevemente, yo no puedo describirte cómo me posee y transporta a otro mundo este o el otro sabor, color, olor, ni tu tampoco a mí. Si no podemos vivir directamente por nosotros mismos un momento de sublimación de los sentidos, nadie, por doctas explicaciones filosóficas, religiosas, científicas que quieran darnos jamás nos harán vivir ese momento.

    Este cuento podría resumirse en muchas frases, por ejemplo: “No dejes que los sabios, los doctores, los maestros, los iluminados, los santos, etc., te expliquen cómo es la vida, vívela”.

    O lo que es lo mismo, “No fíes ni te baste escuchar sugestivas narraciones acerca de la vida, la única manera de enterarse es vivirla”, entre otras razones porque si solo leemos, escuchamos pero de lejos, sin sentir, sin estar y solo nos creemos lo que nos dicen, no habernos vivido. Entre otras razones porque solo habremos llenado nuestra mente de fantasías producidas sobre las fantasías de los demás. Y la vida es todo menos fantasía, aunque a veces la fantasía sirve de iniciador y hasta de acompañante, pero jamás la substituye.

    Espero haber aclarado algo de lo que por ser tan evidente, la vida, la gente no se lo cree, pero me parece un tema interesante para seguir compartiendo.

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