LOS DIAMANTES DE NEPTUNO


Un buen día dos niños de corta edad cuyo nombre puede ser el vuestro anduvieron hasta el final de la playa, acertando a pasar sobre este acantilado que mi padre Neptuno me asignó como mi lugar de vigilancia. Y al llegar a la roca más elevada se quedaron extasiados mirando los reflejos que el mar arrojaba a los colores mágicos del crepúsculo. Eran hijos de un pescador de la aldea vecina. La niña tendría unos ocho anos y el niño seis. Se sentaron en el borde con los pies balanceándose sobre el vacio. Ella rodeaba con una mano los hombros de su hermanito y con el dedo de la otra le iba señalando puntos, uno tras otro, del océano que llamaban su atención. Me quedé prendada de ellos enseguida. Poseían un aura blanca tan grande y brillante como jamás había visto en humano alguno y su pureza llegó hasta mí con más fuerza que las olas de mi reino. Y esta debilidad mía fue la causa de los graves acontecimientos que luego se desencadenaron. Porque desobedeciendo las estrictas reglas de mi naturaleza me hice presente y me acerqué a ellos despacio, saludándolos a la manera de los humanos para que no se asustaran. Como tenemos medo cuerpo humano, al principio me mostré sumergida mi cola de pez en el agua. Al volver sus rostros y mirarme con sus cristalinos ojos azules pensé que no había visto joya igual ni en los dominios de mi padre, que es el país de las gemas y las piedras preciosas.

Les pregunte que es lo que tanto les llamaba la atención.

Me señalaron los puntitos fulgurantes que se encaramaban a cada instante a la cresta de las olas. Les revele que eran los diamantes del océano. Y ellos abrieron sus ojos extasiados, para deslumbrarme aun más. No pude evitar preguntarles si les gustaría conocer el reino de mi padre. Esa fue mi debilidad, lo reconozco. Porque ellos no pudieron sino contestar afirmativamente. Añadí que yo podía hacérselo visitar en aquel mismo momento, si eso deseaban. Se levantaron de golpe entusiasmados y con su gozo inundaron de música celestial aquellas peladas y azotadas rocas que yo conocía también desde los últimos trescientos años.

Me fue simple crear un par de pequeñas agallas en la parte inferior de sus cuellecitos para que pudieran respirar bajo el agua y proteger sus corneas para que su visión fuera nítida en el fondo marino. Y sin darnos cuenta bajamos las rocas y nos metimos suavemente en las aguas, cogidos ambos de mis manos.
Fuimos avanzando primero por la arena y deslizándonos luego por las primeras rocas del acantilado submarino. Yo les fui presentando cada especie, cada pez, cada planta, cada color. Y ellos los saludaban espontáneamente con su inagotable entusiasmo. Acariciaron dulcemente con sus manitas des de los peces de suaves y largas aletas hasta el tiburón, pasando por el caballito de mar, el pulpo o la anémona. A trechos nos acompañaban las bandadas de bardos y sardinas, o las procesiones ordenadas de langostas. Íbamos descendiendo poco a poco hasta el palacio de mi padre y a nuestro paso todos mis hermanos se paraban a contemplar el resplandor de mis dos amigos que se multiplicaba en mil irisaciones por efecto mágico de las aguas. Por fin llegamos hasta el sitial de mi padre, que al vernos no ocultó tanto su sorpresa como contrariedad. La ley del mar prohíbe a una sirena enamorarse de un humano, pero mi caso era por supuesto bien diferente e imprevisto a cuantos problemas tuvo que enfrentarse mi padre, el Rey, en los milenios de su existencia.

Nos fuimos acercando. Yo les susurré al oído que habían llegado ya ante la presencia de Neptuno, el señor de los océanos, y ellos no se intimidaron por hallarle con el semblante ciertamente adusto, sino por el contrario se soltaron de mi mano y corrieron entusiasmados a ofreciere una de sus más amplias sonrisas, avanzando hacia él sus manecitas abiertas para darle un abrazo. El señor del mar tuvo que diluir su inicial enfado y en su semblante no pudo menos que aparecer la sonrisa de padre guardador y protector de sus criaturas, conmovido ante tanta dulzura.

Les preguntó sus nombres, por empezar de algún modo aquella audiencia, y a continuación les dio la bienvenida preguntando qué era lo que más les gustaba de su reino. A lo que los niños respondieron que todo, todo era maravilloso, como en un sueño o como uno de los cuentos que les contara su padre por las noches. Sobre todo, añadieron, aquellos destellos fulgurantes que ven por doquier. Y en este punto, mi padre cometió su debilidad, puesto que les explicó que eran diamantes y que tenían gran valor para los humanos y que si gustaban podían coger cuantos quisiesen.

Al terminar de decir eso Neptuno se cortó, dándose cuenta de lo que acababa de decir, y que la palabra de un rey es más sagrada que cualquier ley; por eso los reyes deben medir tanto sus palabras. Ya que la niña, que, aventajaba en inteligencia practica a su hermanito saltó de júbilo diciendo que ese regalo era milagroso porque a cada día que pasaba la aldea de pescadores era más pobre y mísera debido a que en la ciudad perdieron el gusto por el pescado y que la gran masa de la poblaci6n humana solamente se alimentaba de los productos sintéticos que las fábricas producían. Y agregó que con los diamantes podrían enviar a su madre enferma al hospital, reparar la barca de su padre, construir una escuela para los niños, adecentar el cementerio, etc.

Si alguna intención abrigó el Rey en lanzar un malabarismo diplomático para, sino desdecirse de su ofrecimiento, si restringirlo a un escueto regado, la espontánea aplicación práctica que dio la niña y la valentía con que le fue formulada aquella petición, se lo impidió. Era bien cierto que los dioses no podían interferir en el curso de los humanos cuando estos hubieran decidido ser miserables y pagar por sus errores, pero aquel caso era diferente, se trataba de que un humano acababa de encontrar la solución a los males que aquejaban a su comunidad y esperada del señor de los océanos un acto de generosidad, y por lo tanto no podía negarse. De modo que, y después de mirarme con una severidad que jamás había empleado conmigo, por mi intromisión, me facultó para que consiguiera hacer deslizar los diamantes de las crestas de las olas hasta la playa, y a los niños les dio permiso para que al volver a la superficie pudieran ir recogiendo cuantos diamantes encontraran sobre la arena y con ellos llevar la fortuna y la dicha a los suyos. Con un leve gesto con la mano me ordenó que los acompañara y siguiera velando por su seguridad mientras cruzaran de nuevo el reino.

Y así fue hecho. Al llegar a la playa los niños se aplicaron en ir recogiendo las diminutas gemas que guardaron entre los pliegues de sus vestimentas, y con ellas se encaminaron al pueblo.

La reprimenda por haber desaparecido durante dos días enteros, e incluso de extrañeza por las dos pequeñas agallas que emergían de sus cuellecitos, que debió explotar en su padre y sus familiares se eclipsó de golpe ante la visión deslumbradora del puñado de piedras preciosas que ambos sostenían en sus manos, sugiriendo inmediatamente a todos los presentes que sus males se habían terminado.

El alcalde, y cofrade mayor, y otros tres jefes locales se pusieron rápidamente en marcha hacia la ciudad para vender si tardanza los diamantes y volver con un buen puñado de billetes de banco que comenzaron a distribuir entre los más necesitados. Tal era la miseria reinante en la aldea y tan bajo el precio que los especuladores pagaron a los portadores de las joyas que en una semana se gastó todo y apenas había empezado a mejorar la situación de aquel1as familias que más lo necesitaban, de modo que cuando los niños le preguntaron al alcalde cuando iban a construir la escuela, éste les respondió que ya no quedaba dinero.
Sin pensarlo un instante la niña corrió hacia la playa y volvió con otro puñado de diamantes. Nuevamente la comitiva fue a la ciudad a cambiarlos por comida, ropa, dos ingresos más en el hospital de la ciudad y enseres de todo tipo. Pero hizo falta que la niña ayudada por su hermanito se diera unos cuantos paseos mas por la playa para que la escuela comenzara a construirse. Y después de la escuela le tocó el turno a la nueva iglesia, y después la reparación de las barcas, aunque ya no hacían falta muchas porque solamente pescaban para consumo propio y bien pronto con la inesperada riqueza cambiaron las costumbres, pasando la gente de la aldea a adoptar la moda urbana de los alimentos sintéticos. Luego fueron asfaltadas las calles y se construyó un nuevo paseo y poco a poco la aldea se convirtió en un próspero centro de comercio que llegó incluso a competir con la ciudad.

Hasta que un buen día, en que los niños paseaban por la playa comentándolo felices que se sentían de haber obrado el milagro de proporcionar el bienestar a los suyos, tropezaron sus piececitos descalzos con algo que las suaves olas echaban a la arena. Se detuvieron y prestaron atención. Era un pez muerto. La niña se arrodilló, lo tomó entre sus brazos y se lo llevó a la mejilla acariciándolo para darle su último adiós emocionada. Lo enterraron unos metros más arriba en la arena seca, y continuaron su paseo después de elevar al Señor de los Cielos una plegaria por el alma aquel hermano. No hubieron dado ni diez pasos que sus pies tropezaron con otro cuerpo: un caballito de mar. Y más allá un pulpo. Y a unos metros adelante el fardo inerte de una anemona. Quedaron paralizados y echaran la mirada a las aguas. Ya no había destellos y si algunos cuerpos que flotaban. Los niños se abrazaran temblando de pies a cabeza, luego volvieron su mirada hacia atrás. Y sin esperar un minuto echaron a correr en dirección a la roca donde yo observaba la escena. Tropezaron y cayeron repetidamente pero al final consiguieron llegar, jadeantes y con arañazos. Gritaron mi nombre varias veces con un aullido entrecortado. Aparecí de la espuma otra vez y la niña gritó de nuevo:

– ¿Qué pasa…? ¿Qué les pasa a los peces? … Se mueren…

– Sí, se mueren porque ya no quedan muchos diamantes en el océano – explique, a1 cabo de unos minutos, conteniendo la emoci6n.

Los niños mostraron la expresi6n de espanto más desgarradora que jamás había podido imaginar en un ser humano. El niño balbuceó:

– ¿Se alimentan de diamantes?

– Sí. Sobre las aguas es alimento en forma de luz, pero al llegar a la playa por mandato de mi padre, se cristalizan y convierten en diamantes.

– No nos dijiste nada de eso, – protestó la niña.

– No pude, ni mi padre, el rey, tampoco.

– ¿Qué podemos hacer? – gritó imperiosamente la niña.

– Pues… – quedé de nuevo paralizada por tanta decisión – No hay otro remedio que devolver al mar cuantos diamantes podáis para restablecer el equilibrio.

Sin más, ambos giraron de talones y echaron a todo correr hacia la aldea y al llegar a sus primeras casas comenzaron a gritar desaforadamente a su padre, al alcalde y a todos, que los peces se estaban muriendo, y que debían restituir al mar, inmediatamente los diamantes que aún quedaban.

La consternación cubrió a los habitantes con una pesada losa, porque en efecto, golpeando suavemente contra los muelles habían empezado a llegar los cuerpos sin vida de los seres del mar. Pasaremos por alto aquellos humanos que llegaron a argumentar que eso no tenía importancia puesto que ya no se alimentaban de pescado, porque nublaría algo la luz de esta narración. Los niños y sus compañeros consiguieron sacar a todos los aldeanos de sus casas y agruparlos en la plaza pública instando al banquero a que vaciara inmediatamente la reserva de diamantes que se guardaba en las arcas para arrojarla sin más tardanza a las olas, tras explicar la verdadera naturaleza de las gemas. Pero como eso no era suficiente se hizo necesario vender pertenencias, hipotecar edificios y deshacerse de cosas superfluas, y ello sin pérdida de tiempo, porque el mar se iba quedando desierto. Evidentemente, y dado que los humanos, una vez se acostumbran a lo superfluo les es muy difícil prescindir de él, la propuesta de los niños fue acogida con muchas reticencias, la mayoría de las cuales expresadas en la manera habitual de los humanos, que consiste en plantear las dificultades que supone llevar a cabo una gestión comercial de intercambio, los estudios previos que deben realizarse antes de tomar una decisión, la difícil de la coyuntura social, los intereses creados en ésta o en la otra situaci6n, etc. Pero como los niños no estaban habituados a tal lenguaje no tardaron mucho en girar de talones, todos los de la aldea en pleno, y encaminarse a la playa, dejando de la gente del pueblo con las deliberaciones tan interminables como inútiles en la boca, y la perplejidad en sus semblantes. El alcalde reaccionó enseguida:

– ¿Qué vais a hacer ahora?

– Acompañar a nuestros hermanos. – dijeron los niños.

Y los aldeanos se dieron cuenta del significado de esas palabras cuando los vieron meterse en el agua decididos a desaparecer bajo su superficie.

– ! Esperad! … !Esperad! Vamos a hacer lo que pedís… inmediatamente.

Y el alcalde comenzó a dar a todo el mundo las órdenes oportunas, que fueron ejecutadas sin rechistar. Y así fue como los niños enmendaron aquella tragedia, porque el fervor con que fueron arrojados de nuevo los diamantes que lograron rescatar de las arcas de las garras los usureros, al reino de mi padre multiplicó en mucho su propia energía de modo que una vez en el seno marino la irradiaron con mucha más intensidad que antes, produciéndose una rápida regeneración y multiplicación de las especies hasta poblar prontamente el vasto mundo de Neptuno.

A partir de ese día este promontorio esta siempre lleno de niños, e incluso algún adulto, que pasan las horas, día y noche, contemplando los maravillosos destellos sobre la cresta de las olas, y hablando animadamente entre ellos, dándose las manos y compartiendo esos momentos de gozo supremo, recordando como volvieron a dar vida a sus hermanos del fondo marino.

Juan Trigo

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de planocreativo Publicado en CUENTOS

8 comentarios el “LOS DIAMANTES DE NEPTUNO

  1. María, Beatriz, me uno a vuestra impresión del cuento… ¡Hermoso!
    Su lectura me agrandó el corazón, me abrió la conciencia… y en mi cuerpo queda el compromiso de contribuir al equilibrio en el planeta tod@s compartimos.
    Gracias por regalarnos tu arte y tu sabiduría con nosotr@s.

  2. Muchas gracias a todas. ¿Sabes la historia de este cuento? Hace más de 30 años cuando les contaba cuentos a mis hijos mayores para dormir, hacíamos un juego, ellos lanzaban una palabra y yo componía un cuento inventándolo a cada palabra. Con los años, mi hija recordaba aquellos momentos como los más felices de su infancia y me pidió que escribiera los que más le habían gustado, este es uno de ellos. El otro día al repasarlo para publicarlo me emocioné hasta la raiz de los cabellos, como podréis comprender.
    Muchos besos

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