¿DE DÓNDE VIENES?


¿Eh?… ¿Qué es esto? ¿Ya he llegado?… Delante hay un camino largo, completamente recto y bastante ancho, el suelo gris, muy duro, con muros a ambos lados cubiertos en su totalidad por cuadriculas de agujeros grandes y cuadrados. ¿Es una calle? Recuerdo la palabra “calle”. ¿Qué más recuerdo? Ha aparecido todo esto de pronto. Hace un momento no estaba, no había nada. A ver que más hay. Figuras que andan junto a los muros, objetos redondeados y grandes que ruedan en medio, hacen ruido y corren más que las figuras. El color es monótono, tonos de gris y otros colores, pero muy oscuros. Siento frió, pero la gente va muy ligeramente vestida.

¿Dónde estaba yo? ¿Qué ha pasado? ¿Qué es esto? Un sonido… Sí, parece un sonido, pero no me llega aún. Una de las figuras, más pequeña que las demás se ha parado delante de mí y abre la boca como si quisiera articular palabras. Recuerdo “palabras”. Sí, son palabras, creo que son palabras, pero, ¿Cómo voy a entenderlas? ¿Puedo entenderlas? Es una figura menor, la cara blanca, ojos muy grandes, los cabellos dorados y sueltos, aunque no siento que sople ningún viento. Se destaca de todo lo demás. Sonríe. Eso… es una sonrisa, ¿verdad? Recuerdo la palabra “sonrisa”.

– ¿Te has perdido? – ¿Eh…? – Oh, lo he entendido. ¿Cómo es posible que haya entendido eso? – ¿No sabes mi idioma? Ah, ya entiendo. Te han dejado aquí y no sabes dónde estás, ¿verdad? Hace rato que me llamaste la atención porque no te mueves del sitio y miras a todas partes. ¿Puedes hablar? – Sí… – ¡Y hablas mi idioma! ¡Qué bien! ¿Sabes jugar al escondite? – Al… – Oh, sí, es fácil. Mira tú cierras los ojos y cuen… – No puedo hacer eso. – ¿Qué? ¿No puedes jugar? – No sé si puedo jugar, pero desde luego no puedo cerrar los ojos. Volvería a ocurrir. – ¿No? ¿Qué volvería a ocurrir? – se ha acercado un poco más y me toca el abrigo. ¿Me reconoce? No es posible. – Si no cierras los ojos, ¿Cómo quieres que me esconda? – veo que me mira con mucha atención. A lo mejor ya se le va pasando las ganas de “jugar” o lo que sea eso. – ¿Estás bien? – No lo sé. – Vaya, esto sique es bueno, yo siempre se cuando estoy bien y cuando estoy mal. – Aquí, ¿lo sabéis siempre? – Oh, no, mucha gente nunca sabe si están bien o no y por eso te dicen que están mal. Es un fastidio, ¿sabes? La mayoría de la gente siempre dice que está mal. A lo mejor es que no saben jugar al escondite, o a ningún juego. Sí, eso es: aquí la gente no sabe jugar. – ¿No saben jugar? – No. Nunca juegan. Dicen que no quieren jugar, pero lo que ocurres es que no saben, porque para jugar hay que estar contento y ellos nunca lo están. Por eso como te vi distinto a todos, ahí de pie sin moverte y mirando a todos lados, y además no estás serio, creí que tu sí sabrías jugar. – ¿Qué es jugar? – ¿Jugar? Oh, es hacer algo que te guste, que te divierta porque te inventas cosas a cada momento. Cosas que te gustan. Hay unas reglas, pero solo están para saltárselas. Eso es lo divertido… Bueno, lo divertido es que cuando juegas puedes saltarte las reglas. Por eso la gente no sabe jugar porque no sabe cómo saltarse las reglas. Dicen que las reglas son muy importantes para la vida; no sé porqué. – ¿Por qué está oscuro? – Aun no han encendido las farolas para ahorrar energía. No pasa nada. Por la noche es aún más divertido porque no saben qué regla te has saltado… Encenderán algunas farolas cuando ya sea noche cerrada. – ¿Qué dices? – No, nada, estaba riendo. ¿Sabes reír? Sí, tienes la cara relajada, tranquila. Aquí todos van contraídos, mirando enfadados al suelo. ¿Qué les habrá hecho el suelo para enfadarse de esa manera? Oye, ¿de dónde vienes? – No lo sé. – Oh, esto sí que es bueno. Tú debes de haberte saltado “todas” las reglas… – Ese sonido tan dulce… ¿es que has vuelto a reír? – ¡Claro! No había conocido nunca a nadie que se hubiera saltado esa regla, porque aquí todos saben de dónde vienen… por lo menos eso es lo que dicen, aunque yo no me lo acabo de creer, ¿sabes? – ¿No? ¿No te lo crees? – Oh, no. ¿Cómo van a saber de dónde vienen si te están diciendo todo el día que quieren estar en otra parte, pero no saben cuál? No es lógico. Por lo menos tú no sabes de dónde vienes, y por tanto puedes decir que no sabes adónde vas. ¿verdad? – Claro… – ¿Y qué se siente cuando no sabes de dónde vienes? – E… – ¿Qué dices? – Nada, no he dicho nada. – Pero has hecho un gruñido, ja, ja, qué divertido. Eres un tío increíble. ¿Quieres jugar conmigo? Seguro que va a ser divertido jugar con alguien que se ha saltado incluso la regla de saber de dónde viene? Ah, y apuesto a que tampoco sabes tu nombre. A que sí. – Nombre… – ¡Ves, ya te decía! Es maravilloso, alguien que no sabe su nombre ni de dónde viene. Ah, espera, a lo mejor es que no tienes nombre. ¿Es eso? – Nombre… ¿Qué es nombre? – Increíble, hoy es mi día de suerte. Bueno, pues yo, lo siento, yo me llamo Sara, y vengo de ocho calles mas abajo, donde dicen que nací. ¡Ah: ya entiendo! Claro, ¿como no se me había ocurrido antes?. Nombre, de dónde vienes, incluso la edad que tienes, son cosas que otros te ponen, pero no tiene porqué ser cierto. ¿Sabes? Dicen que tengo 9 años, me llamo Sara Veight y naci en la misma casa en que vivo ahora, el 22 de l avenida Morchande. Vale, vale, ahora caigo. Todo eso se lo han inventado para… bueno no se para qué, pero podría ser que no fuera cierto. Como tú, que nadie te puso un nombre ni te dijo donde habías nacido y todo eso. Ah, ¿y sabes lo más gordo?: También nos colocan un número al que llaman NIP, número de identificación personal. Yo no me lo aprendí y si me preguntan les digo que lo olvidé. Ellos insisten un poco, pero terminan dejándome en paz. – Paz… – Mmm, ¿te suena esa palabra? – Palabra, palabras… no se qué quiere decir, pero me siento bien al pronunciarla. Verás… Sara, me gustaría jugar contigo – es todo lo que he venido a hacer, parece – pero tenemos que jugar a algo que no tenga que cerrar los ojos. – Vale, no hay problema. Tengo una tiza, creo, en el bolsillo… sí. ¿Sabes jugar a la Rayuela? – No, pero si me enseñas. – Claro, no tendrás ningún problema en aprender, como parece que no tienes ocupada la cabeza con nada seguro que lo coges enseguida.

No sé cuanto hace que estamos saltando y contando los cuadrados que Sara ha trazado y numerado en el suelo con su tiza. Ella dice que se me da muy bien porque le gano lo que llama “partidas” que no sé lo que es, pero ríe mucho y dice que está muy contenta. Tampoco sé lo que es, pero me hace hincharme por dentro y desde hace rato ya siento calor por dentro. Me he quitado el abrigo. Sara se quedó mirando mi atuendo como si fuera a primera vez que lo viera, hizo preguntas. Hace preguntas constantemente y ríe al hacerlas, es agradable. Siento un cosquilleo aquí, por primera vez en no sé cuándo, bajo el pecho, me siento bien, aunque no reconozco esta sensación, pero es mejor que antes. Cuando Sara ríe suena el mundo y suena a alegría. Me siento bien por primera vez en…

– Dentro de poco tendré que irme a casa. – ¿Qué? – Si no lo hago mandaran a los vigilantes a buscarme. No me gusta su cara, siempre tan seria; no sé porque han de estar tan serios, mucho más contraídos que los demás. Si no pasa nada, simplemente me he entretenido jugando y eso es todo. ¿Dónde está tú…? Ah, claro, no lo sabes. ¿Quieres venir a mi casa? Mis padres también están siempre serios, pero no creo que les moleste. Total hemos estado jugando, puedes dormir en una habitación que tenemos para cuando viene algún familiar, y mañana seguimos jugando. ¿de acuerdo? – No se… como quieras. Me siento muy bien…

Ya no estoy en la calle, sino dentro de uno de sus muros. No sé lo que ha pasado. Íbamos Sara y yo cogidos de la mano hacia su… “casa” y al ir a entrar en su muro nos pararon unos hombres. A ella la dejaron seguir y a mí me condujeron aquí. Es una caja grande de cuatro paredes con techo, una silla; no sé porque reconozco que es una silla. Hace mucho rato que me han dejado aquí. Ahora ruido. El muro se abre y entran dos hombres.

– Bueno, caballero, – empieza diciendo uno de ellos. – Nos va a decir su nombre de una vez, ¿o no? – No lo sé, – me oigo repetir en un murmullo. – ¿Cómo dice? – No lo sé – alzo la voz. – Ya. Eso nos ayuda muy poco, ¿sabe? ¡De donde viene, usted! – grita abalanzándose sobre mí. A lo mejor piensa que eso me va a asustar, o algo parecido. – ¡Responda! ¡responda de una vez! Ya hemos perdido demasiado tiempo con usted. ¿Quién es usted y qué hace en esta ciudad?… ¿Qué dice? – No lo sé, señor. – No puedo responder otra cosa. Una palabra nueva, “ciudad”, ¿Qué es “ciudad”? – ¿Está usted loco? ¿Qué está diciendo? No entiendo nada. Venga, levántese de una vez.

El hombre se incorpora y me ayuda a levantarme. Se rasca la cabeza, resopla y se vuelve al otro hombre.

– ¿Nada? – Nada, comisario, no falta nadie de ninguna cárcel, manicomio, hospital… Por extraño que parezca, hoy no falta nadie, todos están donde tienen que estar… Que casualidad. – Vale, vale, está bien. De modo que este hombre ha surgido de la nada, así – chasquea los dedos en el aire y se queda inmóvil mirando al otro, luego a la ventana, luego a la silla que rodó por el suelo. Es evidente que no sabe qué hacer. – Tal vez se trate de un shock amnésico, alguien que iba conduciendo, tiene un accidente y no se acuerda de nada. – Y salió de su casa sin ninguna documentación y absolutamente nada en los bolsillos de ese abrigo enorme, ¿verdad? Y vestido de esta manera tan rara, parece un uniforme, blusa larga y pantalones blancos amplios sin cinturón ni tirantes.. ¿Ha visto alguna vez ese tipo de uniformes, inspector? – No, en mi vida. Suponga que este hombre no es de aquí, que tuvo el accidente muy lejos… – ¡En todo el país no hay uniformes así! ¿Se da cuenta?… No, no quiero pensar en cosas raras como que cayó del cielo y todo eso, yo también leí esa novela de pequeño, y es una tontería… aunque cuando tenía aquella edad no me lo pareció. – En cambio el abrigo… – empieza en otro – sí que parece de aquí, aunque no es adecuado para esta época del año. ¿Quién llevaría un abrigo tan gordo en pleno verano? – Hay que hacer algo con él. Vamos a llevarle al psiquiátrico a ver si logran que recobre la memoria.

No sé cuántos días hace que no veo a Sara, aunque me han dicho que ha venido a verme y no le han dejado pasar. Dicen que fue porque se escapó de su “casa”. No entiendo que no le dejen verme porque se escapó de su casa. Su rostro es bellísimo, es como una luz potente en esta “ciudad” oscura. Y sonríe. Es la única persona de por aquí que sonríe. Ahora se oye un gran alboroto en el piso de debajo de esta gran caja compuesta por cajas más pequeñas con sillas y otros objetos. Entra un hombre en mi caja y me pide que me ponga la túnica, ellos le llaman bata, y le acompañe. No he vuelto a ver las ropas que llevaba cuando abrí los ojos, no sé que ha hecho con ellas. No he vuelto a cerrar los ojos en todos estos días, no podría soportarlo otra vez. No recuerdo haber visto una persona de luz como Sara.

Bajamos hacia las cajas del piso inferior, donde hay mucha gente, hablan sin parar. ¡Sí, ahí está, la luz! La he distinguido entre tantas personas, corre hacia a mi sorteando con una gracia muy parecida a las antiguas gacelas zafarse del depredador, y siento su cuerpo abrazarse a mi cintura. Hace la mitad de mi altura. Tengo miedo de cerrar los ojos, pero es que me invade una sensación tan fuerte que no había sentido antes, que instintivamente quiero cerrarlos para poder sentir mejor aquel abrazo. Por fin tengo calor, y también me llega olor humano. Sara no para de hablar, no entiendo mucho porque habla muy deprisa, sonríe, pero tiene lágrimas en los ojos. Vienen unos hombres a separarla.

– ¡Diles que se vayan! Por favor, haz algo, diles que nos dejen en paz. Se muchos más juegos, ya verás. ¡Detenlos!

Algo ha hecho un chasquido en mi cabeza. No sé porque lo he hecho, pero levanto el brazo extendido con la palma de la mano abierta hacia esos hombres. Se han detenido de golpe y dudan. Y como veo que ha funcionado mantengo el brazo así, y algunos andan unos pasos hacia atrás, otros acaban haciéndolo también. Se apartan, nos dejan en paz, como quería Sara.

– Gracias, sin nombre, eres un mago, ahora nos dejarán tranquilos. Pero aquí no podemos jugar, hay demasiada gente, y sillas, y mesas. Vayamos al patio.

Sara me coge de la mano y me lleva hacia afuera, es un “patio” bastante grande. Saca una tiza del bolsillo y traza en el suelo unos dibujos parecidos a los que hizo el día en que nos conocimos, pero algo distintos.

– Veras, es muy sencillo, mira, ahora te explico lo que hay que hacer.

Los muros del “patio” han quedado tapizados de personas que nos miran sorprendidas. Unos cruzan comentarios, otros no. Por todas las ventanas de la caja grande asoman personas para vernos jugar. ¿Qué les extraña tanto, que juguemos, o tal vez que riamos?

He aprendido después de tanto tiempo a dormir siempre con los ojos abiertos. Sara me ha instalado en donde ella vive, en una caja a la que también llaman “habitación”, a pesar de las protestas de las personas que viven con ella, unas veces ruidosa otras veces en voz muy baja, que son las más dañinas porque sus vibraciones me llegan muy agudas y punzantes. He aprendido a comer lo que comen en “la ciudad”, pero no me acostumbro al ahorro de luz. Aunque con menos luz ambiente Sara se destaca mejor de todo lo demás. Sigue siendo una potente luciérnaga, como la de los bosques antiguos que conocí hace no se cuanto. Una guía en la noche, que compite con la luna llena.

– ¿Me harías un favor? – ¿Un qué? – En un par de años cumpliré 11 y a esa edad nos cae una montaña de reglas. Lo sé por mis pobres hermanas que no se pueden mover de casa y de la casa de la educación, donde se pasan el día haciendo y hasta pensando lo que les dicen ellos. – ¿Qué quieres que haga? – Tú que eres mago, ¿puedes hacer que no crezca más y no pase de los 9 años? – No sé cómo se hace pero lo puedo intentar, si eso es lo que deseas. – ¡Vamos, haz lo que sea!

En otros lugares y otros tiempos acostumbraba a cerrar los ojos para escuchar mejor la voz que indica lo que has de hacer, pero como no puedo cerrarlos ahora, miro fijamente los ojos grandes y transparentes de Sara. Al cabo de unos instantes mi brazo se mueve otra vez sin que yo se lo pida, ahora para posarse suavemente sobre la cabeza de cabellos dorados de la niña. En otra época cerraría los ojos para sentir el rio fluir en la dirección deseada. Ahora simplemente entro en los ojos de Sara y siento como fluye en sus pupilas azules y siempre alegres, alimentándose de ellas y alimentándolas. Vuelvo a sentir la corriente que transita libre y, como diría Sara, sin reglas.

Ya han ido intercambiándose muchas veces los caminos del sol y de la luna. Las hermanas de Sara se arrugan, se secan, se agrian, otras personas de la “casa” desaparecen en el agujero de la seriedad, la decepción y el engaño, y Sara sigue teniendo 9 años, con la misma alegría y risa vital haber logrado saltarse una regla o descubrir un nuevo juego que proponerme o un nuevo lugar de “la ciudad” donde jugar. Sus cabellos siguen siendo sedosos, dorados, brillantes, a lo mejor porque se los peina con agua de la fuente y con los dedos divirtiéndose al hacerlo, mientras que sus hermanas han tenido que irlos recogiendo y cubriéndolos con un pañuelo porque se han afeado, cuarteado, teñido demasiadas veces. Algún día Sara me pedirá que salgamos de la ciudad y entonces tendré que volver a mirar a través de sus ojos para que el rio nos guie. Será en el momento adecuado e iremos donde su sabiduria nos lleve.

Juan Trigo, octubre 2011

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de planocreativo Publicado en RELATOS

8 comentarios el “¿DE DÓNDE VIENES?

  1. Pingback: ¿De dónde vienes? « PLANO CREATIVO

  2. wow! maravilloso, realmente maravilloso. Me transporto la historia, siento como si hubiese encontrado en ese estado antes…Gran relato, y muchas gracias Juan Trigo por compartir este cuento con nosotros. Saludos y bendiciones.

    pd: Desintificación, creo eso era el sentimiento…que primigenio.

  3. Gracias Juan, me lleno con el contenido de este relato, es vitaminas para el alma y me estaba haciendo falta una sobredosis.
    ¿ para cuando el próximo?.
    No dejes de enviarmelos.
    Te quiero.
    Tana

  4. Revivir constante… multiplicar la vida dentro de uno mismo. Una buena alquimia para comprender poco a poco las esencias. Es como aprender una lección sin miedo, sin miedo a volver a vivir. Gracias por la reflexión

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