¿QUIÉN ME ASEGURA QUE NO ERES VIRTUAL?


– Disculpe caballero.
– Capitán Maximilian Pruss. ¿Qué puedo hacer por usted?
– Ah, pero, ¿es usted virtual o real?
– ¿Virtual? Qué extraña palabra, jamás la había oído.
– De acuerdo, es usted virtual.
– No sé a qué se refiere.
– Hagamos una prueba, Capitán Pruss. ¿Qué ciudad es aquella?
– Hombre, ¿Quién no conoce Paris? Es inconfundible aunque sea de lejos. Veamos: Le Sacre Cœur, que los franceses llaman jocosamente “l’Éléphant Blanc”, a su izquierda La Tour Montparnasse, al fondo las torres de La Defense, al centro la perspectiva de los Champs Elysées, entre l’Arc de Trionphe y la Place de la Concorde, con el Jardin des Plantes…
– ¿No falta nada?
– Pues… Notre Damme, Saint Sulpice…
– El nombre Alexandre Gustave Eiffel, ¿le dice algo?
– Pues… No, nunca he oído ese nombre.
– Un famoso ingeniero de estructuras metálicas que erigió una torre con cuatro patas muy estilizada en punta y toda ella de metal y sin un gramo de hormigón, para ponerlo más exagerado, plantada en los jardines del Champ de Mars, frente al puente Ièna y los jardines y palacio del Trocadero.
– ¿Toda metálica? No puede ser. ¿En punta, con cuatro patas?
– 325 metro de altura incluida la antena.
– Me toma el pelo. ¿Cómo se imagina usted la silueta de Paris con una torre en punta de cuatro patas? Que disparate.

El piloto del zepelín Hindenburg hizo girar la enorme nave muy despacio para que los pasajeros pudieran contemplar Paris, también llamada, algunos dicen que en recuerdo del “Rey Sol”, Luis XIV, “La Ciudad de la Luz”. Ocurre algunas veces a los programadores, que de tanto tener en la mente una imagen se olvidan de programarla, como aquella “Paris” sin la Torre Eiffel. Creyeron que era muy fácil, que todo el mundo tiene en el plano visual cómo es París, de modo que, se les había olvidado. Y resultaba curiosa la perspectiva desde Trocadero hasta Ècole Militaire sin la típica y única aguja de metal en el mundo de 325 metros, que en la Paris real, antes de la permanente crisis económica, iluminaban completamente por la noche.

Pero hay que ser justos con los programadores, pues en algunos casos hacen verdaderas obras de magia. Por ejemplo aquel zepelín era nada más y nada menos que el propio Hindenburg, que se incendió al intentar el atraque en 1937, y que había sido diseñado fielmente y hasta el más mínimo detalle a partir de la digitalización de las fotos y película que se tomó de aquella catástrofe. Por supuesto la mayoría de los pasajeros de “este” Hindenburg eran personas reales que viajaban virtualmente con la ayuda de una interface craneal, es decir el típico casco de conexión que podía usarse en cualquier parque o en lo alto de una montaña por control remoto, convirtiendo el paisaje en lo que uno deseaba, o le incitaban a desear. Por ejemplo, las impresionantes gargantas de la Sierra Tarahumara, en Chihuaha, o el Nevado Huaraz en Perú, o las cataratas de Iguazú, podían convertirse respectivamente en el “Planeta Tatouine”, “El Castillo de la Bruja de Blancanieves”, “Pandora de Avatar”, o lo que fuera, sin más que cambiar el chip. Una avanzada sofisticación de aquellos videojuegos que iniciaron la conexión entre lo real y lo virtual haciéndote entrar en el juego físicamente y mover el personaje con los movimientos del propio cuerpo.

En realidad la pregunta que le hace el protagonista de esta historia al programa llamado Capitán Max Pruss es poco frecuente, demasiado directa, porque aunque ya sea muy difícil distinguir un individuo real de sus dobles virtuales, hay que ir con cierto tacto porque no estamos seguros si los programadores han hecho bien su trabajo y el individuo virtual va a responder de forma inesperadamente peligrosa una pregunta ilógica, como es dudar de si es real o virtual. Un doble virtual no sabe que es un doble, por principio, porque de lo contrario no reproduciría el original fielmente, y tal pregunta puede provocar una grave colisión en la secuencia del programa, con lo que la reacción puede conllevar un peligro inesperado.

De pronto a nuestro protagonista le asaltó un terror lógico: ¿Y si los programadores hubieran, por el contrario, hecho tan bien su trabajo que la secuencia virtual incluyera también el desastre?

– ¿Qué le ocurre, caballero? Se ha puesto blanco como la cera.
– ¿Cómo puede estar seguro de que eso es Paris y no Boston, Capitán Pruss?
– ¿Se encuentra bien? Siéntese, deje que le tome el pulso… así, eso es; Cálmese, sea lo que fuere que haya visto usted ahí fuera.
– Hubieron 35 víctimas entre pasajeros y tripulación.
– ¿Ah, sí? ¿Donde fue eso?
– En Lakehurst, New Jersey.
– ¿New Jersey? Eso no está en América, ¿no? Muy lejos de aquí
– Sí… el capitán hizo dar un rodeo a la nave por Manhattan para esperar a que amainara la tormenta y poder realizar la maniobra de atraque, pero al hacerlo sopló un viento de cola fortísimo y…
– Tenga, tómese un poco de agua y este sedante, le sentará bien. Es ligero, apenas para mejorar una sensación de mareo. Hay pasajeros que soportan mal las alturas.
– ¿En qué año estamos?
– Caramba, ¿la sensación es tan fuerte que ha olvidado usted en qué año vive?
– Doctor, ¿en qué año estamos… en que día?
– Está bien, tranquilícese: 1937, 6 de Mayo. ¿Se encuentra mejor? Pero… ¿Qué le ocurre? ¡Siéntese! ¿Qué va a hacer? Le digo que esto es Paris… No sé porque piensa que puede de Boston.
– ¡Porque en el mundo virtual podemos volar al otro lado del atlántico en un segundo! ¿Qué hora es? Bah, da igual eso. También podemos comprimir varias horas en ese segundo.
– Realmente, no sé de qué me habla, pero siéntese y no corra; Está incomodando a los pasajeros.
– Puede faltar muy poco para que el fallido atraque en Lakehurst convierta esto en una bola de fuego, y como uno nunca sabe lo hondo que ha entrado en un mundo virtual puede correr la misma suerte que… Oh, disculpe, capitán.
– ¿Por qué se disculpa ahora?
– Porque el hidrógeno es un combustible rapidísimo y en pocos minutos no va a quedar de esto más que las fotos que tomarán los periodistas desde tierra, y alguna que otra pieza de metal chamuscada.
– Vamos, vamos, amigo mío, tranquilícese.
– ¿Qué me tranquilice? Mire: eso es exactamente lo que ocurrió a las 7:25 de la tarde en Lakehurst de 1937, cuando el capitán Max Pruss trató de compensar el fuerte viento de cola haciendo girar la nave para alejarse, pero la proa del zepelín… ha rozado con su torre de anclaje, la tela se ha desgarrado y empieza a verse la llama azul del gas… ¡Mírelo!
– ¿1937? Pero si estamos en el 6 de mayo de 1937, y a las 7: 25 de la tarde ¿Qué…?
– ¡En 36 segundos habremos desaparecido calcinados!

La parte delantera de la góndola (la cabina en los zepelines), donde iba el capitán, el segundo oficial y los pasajeros distinguidos fue la que empezó a incendiarse contagiada por el fuego de proa. Nuestro protagonista iba a ser tragado por las primeras llamas cuando oyó:

– ¡Papa, por aquí, corre!
– ¿Hijo?
– Vamos, dame la mano, rápido.
– ¿Eres tú… cómo…?
– ¡Dame la mano! He entrado por un bug… un agujero en el programa.

A nuestro protagonista no le cupo ninguna duda que la cara que vio entre las llamas era su hijo menor, de 8 años. Ningún monstruo tecnológico podría digitalizar jamás la sonrisa de angel de aquel niño tan especial, siempre alegre y volando por encima de las miserias que trataban de atraparlo constantemente, porque le salía de muy dentro de su corazón, puro y original, creado del alma de los antiguos guerreros del bosque de Arwhen, más allá de las tierras altas, donde la leyenda no ha podido ser digitalizada, ni lo será jamás, porque esa leyenda no tiene forma; solo sentimiento indómito, y porque la libertad jamás podrá ser metida en un chip, simplemente por su propia definición: La libertad no puede programarse.

En efecto, el fuerte tirón del niño lo hizo encontrarse al otro lado del muro pantalla digital que por aquella época se instalaba en casi todos los hogares cubriendo por completo la pared del comedor o la sala principal, y que las multinacionales de la publicidad regalaban a los ciudadanos medianamente acomodados y que no se apagaba en todo el día, ofreciendo más de 3000 canales de televisión, conexiones a las 1120 redes sociales, innumerables aplicaciones de ordenador y … Su hijo le sonreía plácidamente.

– ¿Cómo lo has hecho?
– ¿El qué?
– Me has salvado la vida. Fíjate, hasta se me ha quemado la chaqueta y casi el brazo.
– No son más que juegos, papi. No deberías haberte quemado.
– Claro, tienes razón, como aquella vez que me metí en Avatar y no quería volver.
– Oh, sí, fue muy divertido, volviste sin ropa. Ahora la tienes chamuscada. Tienes que tener cuidado.

Nuestro protagonista miró atentamente a su hijo de 8 años y recordó como se había sentido San Cristobal llevando a Jesus al hombro para atravesar las aguas turbulentas y cenagosas, en los primeros años de vida del niño, sintiéndose tan privilegiado por que el destino le hubiera permitido proteger a su hijo desde el mismo momento que nació. Ahora aquel ángel lo protegía a él, aunque, se dijo en este momento, que probablemente ese niño tan especial lo había protegido de alguna forma sutil desde el mismo instante que vino al mundo. A fin de cuentas en este planeta tan surcado de valles de las sombras de la muerte parece claro que eso es lo que hay que hacer, proteger para protegerse.

Juan Trigo
El Bruc, 11.11.11

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de planocreativo Publicado en CUENTOS

2 comentarios el “¿QUIÉN ME ASEGURA QUE NO ERES VIRTUAL?

  1. wow!!
    Me he quedado con la boca abierta…ES PRECIOSO
    Estoy aplaudiendo…
    La virtualidad y la realidad tocadas por un solo mandamiento: El amor…El amor del Hijo y el amor del padre….
    Qué belleza de cuento!!!!

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