HUIDA DE KANDAKHAR


*

El soldado Marshall Dunloghan, adscrito al regimiento 42 aerotransportado con base en Kandakhar, ya había estado en la ciudad en el 95, en su época de estudiante de derecho en Yale, cuando el gobierno teocrático de los Talib del Mulá Omar empezaba a consolidarse en la mitad sur del país. Se alistó voluntario inmediatamente a la invasión en Octubre del 2001 porque su pasión por los misterios del Asia Central no había hecho sino aumentar. Llegó a Kabul dos días después de que asesinaran al legendario Ahmad Shah Massoud, “El Tigre del valle del Panjshir” que en persa quiere decir de los cinco (Panj) leones (shir).

No tardó ni un año en meterse en líos, y de los más complicados, que en comparación la guerra solo parecía un paseo dominical. Ya desde su llegada a la base aprovechaba todas las tardes de permiso en dar una vuelta por la ciudad para zambullirse en aquella sociedad medieval obligada a la modernidad a bombazos, pero sobre todo por la genialidad de una parte de ella, las mujeres, empeñadas en catar el sueño occidental llamado “Derechos Humanos”.

El destino, quienquiera que sea tan obsesivo personaje, le llevó a conocer a Amira en la misma puerta de la escuela donde había empezado a dar clase de bachillerato a adolescentes que por primera vez en su vida podían conocer lo que era ir a clase. Fue una de las primeras mujeres en alistarse a ese heroico ejército de salvación de la dignidad humana en aquel país que artificialmente sobrenadaba las rigideces de una sociedad tribal alimentada por el comercio del opio y las luchas entre facciones rivales gobernadas por los Señores e la Guerra. Una de las primeras mujeres en salir a la calle sin Burka, aprovechando el puesto de relevancia que a su marido, sobrino del propio General Abdulrashid Dostun, le había dado el mismísimo Hamid Karzai en el incipiente Consejo de Estado, para el cual puesto le interesaba quedar bien con los americanos y permitir que su mujer exhibiera una apariencia civilizada en público.

Aquella tarde al soldado Marshall Dunloghan, de origen irlandés, pero nacido en New Haven, Connecticut, le pareció que el aire cambiaba su música y el cielo de color, y entraba en el mundo al que había sido llamado diez años antes por alguno de los Mensajeros de la Mente. Al doblar la esquina que daba frente a la escuela, supo que había concluido se paseo sin rumbo por aquellas calles abarrotadas y ruidosas, y todas las piezas del rompecabezas caótico de su vida se ponían a encajar en el aire delante de su atónita mirada. Amira iba despidiendo en la puerta a las alumnas, una a una, deseándolas que tuvieran un final del día feliz y hacía votos por verlas allí mismo a la mañana siguiente. Por alguna razón se volvió hacia el soldado. Los separaban los 30 metros del ancho de la calle y el tumultuoso rio humano, pero la mirada de la afgana se cruzó con la suya. Y el tiempo, mera distancia, según Einstein, entre dos acontecimientos, se paró porque dejaron de ocurrir todos ellos. Nada en el mundo acudió en auxilio de las miradas de los dos jóvenes, porque lo demás dejó de existir. El soldado supo qué lo había traído a Afganistán diez años antes, y supo porqué sus pasos lo encaminaron a aquel cruce de calles. Si algo en el mundo daba sentido a la creación era el rostro de aquella mujer de belleza legendaria, surgida del poema más sutil del mundo antiguo y plasmada en los grabados persas del Siglo XIII.

Fue ella la que se adelantó a darle las buenas tardes, divertida, o algo parecido, por la mirada perpleja de aquel joven soldado, que parecía haber sido engullido por alguno de los relatos de las Mil y Una Noches. Él cruzó la calle deprisa y le contestó en las cuatro palabras de rudimentario pashtun que estaba aprendiendo en la escuela para soldados de enlace, lo cual divirtió aún más a Amira, y le pareció que aquello iba a quedar así. Pero para el soldado aquel era el primer día de su nueva vida.

Pero al día siguiente al salir por la puerta acompañando a las colegialas, que recién estrenaban lo que significa ir a la escuela, y encontrarse con el soldado Marshall mirándola como si hubiera descubierto a Dios en persona, empezó a preocuparse, porque sintió que aquel era el día en que el mundo iba también a cambiarla. Lo saludó en inglés, y con una decisión muy propia de las heroínas de cualquier tiempo, antes de que Marshall le diera las buenas tardes de nuevo, le dijo:

– Me alaga mucho, soldado, me siento muy bien con su visita, pero no se da usted cuenta de donde está. – Y como al soldado le estaba costando mucho arrancar una sola palabra, Amira continuó – no se crea nada de este espejismo de democracia. Este país es muy peligroso. Aparte de que estoy casada, aquí los padres arreglan las bodas de sus hijos y a mí me casaron cuando tenía 15 años, una mujer afgana jamás puede frecuentar soldados americanos…
– Soy irlandés. – dijo de sopetón Marshall, y Amira se cortó, iba a continuar, pero aquella salida tan irrelevante como espontánea le hizo gracia. Daba igual que fuera americano o irlandés, era un soldado extranjero. Iba a continuar sus doctas explicaciones acerca de las rígidas costumbres afganas, cuando Marshall volvió a hablar, con la inocencia de uno de sus alumnos – ¿No puedo siquiera darle las buenas tardes al salir del colegio?
– Pero, señor…
– Solo deseo eso. Hay muchos soldados paseando por el centro de Kandakhar. ¿Quién se va a fijar en uno que pasa por su escuela?
– Claro que se fijaran, señor. Ya lo creo que se fijaran. No tienen nada más que hacer que vigilar a las mujeres que hemos decidido salir a la calle, y además meternos a trabajar.
– Oh, lo siento, señora. Lo siento de veras. Yo no… No volveré a pasar por aquí, se lo juro.
– No hace falta que jure, pero, ¿porqué lo hace? – preguntó sin poder dominar su imprudencia.
– Oh, – sonrió levantando los brazos al cielo y se le agolparon tantas cosas en la punta de la lengua que no pudo decir nada.
– Señor, déjeme decirle, para que esté tranquilo, que me gusta mucho que haya venido a saludarme dos veces… – se interrumpió para encontrar las palabras, pero no lo consiguió; simplemente concluyo como pudo. – Ahora tenemos que despedirnos. Le agradezco mucho su atención, créame, se lo agradezco – repitió – pero… En fin, que tenga usted un buen final del día.

Amira giró de talones y echó a andar hacia su casa a toda prisa, y le pareció que el piso de la calle sin asfaltar se había convertido el la avenida de mármol blanco del palacio del Sultán Shahriar para quien Sherezadeh fue relatando uno a uno sus cuentos mágicos durante mil noches en una sola.

El irlandés quedó de una pieza ante el precipicio que señala el fin del mundo. Ese lugar que dicen que está al otro lado de los decorados más antiguos del fondo del escenario y que nadie utiliza, y al que ningún actor, ni actual ni de la época de Esquilo, se atreve a acercarse. El Gran Vacio acababa de abrirse ante sus ojos tragándose al mundo y a todo lo existente. Y la sensación fue tan real que de no haber sido por un compañero de regimiento que acertó a pasar por el lugar y lo devolvió al devenir cotidiano de las cosas se habría sentido engullido por aquellas fauces invisibles.

En los días siguientes y que sus horas de permiso se lo permitieron pasó invariablemente por la escuela pero se quedó en la esquina de la casa de en frente para no ser visto, y al oír sonar el timbre que señalaba el término de la hora de clase se iba inmediatamente. Le bastaba saber que ella – no sabía su nombre – estaba a pocos pasos. Le bastaba saber que en el planeta había mujeres como ella, pero era muy consciente del grave peligro que corría si la veían con un soldado del ejército de ocupación. Su paso por Kandakhar antes de la guerra, le había enseñado lo suficiente como para saber qué terreno estaba pisando. Lo que no sabía era que Amira se había dado cuenta de su presencia. El creyó que el aula donde ella impartía su clase estaba en el primer piso, en un ángulo de visión que el pensó no ser detectado, pero el aula de Amira estaba en el piso de arriba, y lo vió ya desde aquel primer día. Ella también podía notar su presencia destacándola de cualquier otra de este mundo y del otro.

Un día cuando volvían del frente de Tora-Bora el teniente, al subir al blindado, le dijo que había recibido la orden que se presentara al despacho del general Dostun para un encargo.

– Eres carpintero de profesión, ¿verdad soldado?
– Sí, mi teniente. Antes de alistarme tenía una carpintería.
– ¿Se te dan bien los muebles?
– A eso me dedicaba.
– Pues parece que ese carnicero de Dostun necesita remodelar no se qué. Así te librarás del frente durante unos días.
– Pero mi teniente, yo quiero pelear.
– Es una orden soldado. – se encogió de hombros – Y lo que yo haría sería fabricar los muebles mas elaborados del mundo; con un poco de suerte te tocará el relevo antes de volver al frente.
– No quiero irme de Afganistán.
– ¿Te digo algo, soldado? Eres un tipo curioso, extraño.
– ¿Por qué dice eso mi teniente?
– No se te ve en la cantina, ni peleándote con los compañeros, ni jugando a cartas… En fin, no es cosa mía. Mañana a las 8, ya sabes donde tiene el cuartel de Kandakhar ese mal nacido.
– Claro, señor; a sus órdenes, señor.

El teniente tenía razón, el famoso general Dostun, antes señor de la guerra de las provincias orientales, en aquella época colaborador de Hamid Karzai en el gobierno provisional, a cambio de mantener su poder en sus territorios, no tenía ni idea de lo que quería para su necesariamente flamante despacho, y enseguida Marshall se dio cuenta que alguien le había sugerido al general que debía remodelarlo, y encontraron que en la hoja de servicios del soldado Dunloghan figuraba como oficio el de carpintero. El soldado asistente de Dostun le dijo a Marshall al encontrarse con su perplejidad que esperara unos instantes en la habitación de al lado para que le dieran las instrucciones.

Al entrar en la sala se quedó una pieza; Dios había hecho su aparición de nuevo. Amira lo saludó con una inclinación de cabeza, a la manera afgana. Marshall tardaría mucho en recuperar el sentido de la realidad.

– Buenos días, soldado. Mi nombre es Amira y soy sobrina del general, mi padre es uno de sus primos de la rama de Kandakhar. El general quiere un despacho acorde con su rango pero no sabe por dónde empezar ni lo que quiere. Por eso ha creído que un buen carpintero le vendría bien. ¿Puede usted hacerlo?
– Claro… – pudo decir al cabo de unos segundos y apremiado porque Amira seguía esperando. – Lo que sea… haré lo que sea.
– Bueno… – Amira tuvo que volverse hacia la ventana para que el soldado no viera que había enrojecido como una granada afgana, de un rojo mucho más intenso que las del Sur de Europa, y que tampoco se conocen en Irlanda porque no hay clima para cultivarlas. – En realidad solo se trata – continuó sin volverse como si estuviera tratando de describir el trabajo señalando las paredes donde debían ir las estanterías – de cubrirlo todo con armarios libreros, luego una buena mesa de despacho, sillas, mesas pequeñas para el té y demás. Puede hacerlo, ¿verdad?
– Claro, claro, por supuesto, pero…
– Diga, ¿qué ocurre?
– No, nada, pero todo eso se puede comprar en un almacén de muebles.
– Oh, el general es un hombre de gustos muy refinados, aunque no lo parezca, y quiere algo exclusivo. ¿Puede trabajar aquí mismo, en esta sala?
– Sí…
– Deme la lista de lo que necesita y yo misma me encargo procurarlo. La mujeres afganas – lanzó de pronto una confidencia – estamos en proceso de recuperación de nuestro papel en la sociedad, aunque ni mi padre ni por supuesto el general lo aceptan; pero no tienen más remedio si quieren contentar a los extranjeros y su nueva política de democratización del país – terminó con una sonrisa – Bueno, ¿me hace la lista?
– ¿Eh? Oh, sí, ahora mismo, un segundo…

En las semanas siguientes el irlandés se dedicó a su curiosa misión de construir sillas, mesas y vitrinas para libros. Y poco a poco fue adivinando que aquello era invención de Amira, que puntualmente iba pasando cada día para controlar la ejecución del encargo. Y se dio buena maña para que hubiera siempre dos o tres obreros afganos, asegurándose que no sabían una palabra de inglés, ayudando al soldado-carpintero para poder intercambiar algunas frases con él sin levantar sospechas, ya que jamás estuvieron solos en la gran sala.

Amira alimentaba su alma con la dedicación, devoción y absoluta entrega con que Marshall la miraba, dispuesto desde el principio a cualquier sacrificio. La vida no había dejado jamás de palpitar en la mujer, a pesar de un matrimonio arreglado cuando ella tenía 15 años, a pesar del burka, de los talibanes, de los maltratos, físicos y psicológicos, de los encierros, y todas las privaciones. Y esa vida empezaba a aflorar por todos los poros de su piel, al sentirse tan amada, tan admirada, tan dentro de la piel de aquel soldado que, según le contó él mismo, se había alistado para volver a Kandakhar.

Un día la conversación entró de pronto al asalto de la tierra prohibida.

– ¿Me llevarías contigo? – dijo interrumpiendo lo que estaban hablando en aquel momento.
– ¿Eh? ¿Cómo dices?
– Que si te escaparías conmigo fuera del país.

Un hombre enamorado vuelve a nacer cuando la mujer de sus desvelos le dice estas cosas. Probablemente sea este un secreto escondido en el instinto maternal de las mujeres, que además de dar a luz como manda la naturaleza, dan a luz a un nuevo hombre en aquel en quien ponen todo su amor. Lo hacen renacer de sus cenizas del pasado, sea el que sea, y sean cuales sean esas cenizas. Aunque para que ese parto tenga lugar el hombre ha de lanzarse sin paracaídas, pulverizar todos sus miedos, precauciones, prevenciones, planes, estrategias, etc., porque entonces es capaz de realizar el vuelo del águila.

– Claro que sí – contestó el soldado con una pasión que se le trababa entre los dientes – Dime lo que quieres que haga y lo haré; lo que sea.

Pero Amira era mujer y aunque decidida y valiente le afloraron las inevitables dudas sobre aquel que había elegido como a su hombre, y debía probarlo.

– Sin embargo no me conoces, – empezó titubeando – no sabes cómo soy en realidad, no sabes si puedo hacerte feliz, si soy…

Marshall se permitió una breve sonrisa, muy breve, y respondió sin pestañear.

– ¿Cómo quieres hacerlo? ¿Tienes el pasaporte vigente?
– No. En este país aún no han cambiado tanto las leyes y para tener pasaporte necesito el permiso notarial de mi marido.
– Vaya… – Un héroe casi nunca sabe en realidad a lo que se enfrenta, y se deja poseer por el instinto y la acción. – Podemos atravesar a Pakistán por el paso de Khordaman hacia Chaman y Quetta. Estuve de maniobras el mes pasado y se puede hacer.
– Te perseguirán.
– Claro. La primera noche que no vuelva a la base ya soy desertor. No pasa nada, no tiene importancia.
– Oh, ¿estás seguro?
– Claro. No soy soldado profesional. Me alisté para venir a Afganistán.
– ¿Qué dices? ¿De verdad? ¿Por qué?
– No lo sé. Me atrae este sitio desde hace muchos años, desde adolescente. – Y le sonrió levantando los hombros como expresando “¿Qué le vamos a hacer’ – y es una tontería emplear la lógica para explicar la atracción. Ya estuve en Kandakhar en el 96.
– ¿Ah, sí? Un año después de que me casaran… Yo te llamé. ¿Tú crees en estas cosas?
– Sí, claro, el mundo es puro misterio.
– Y has venido para sacarme de aquí… – declaró ya con la voz rota por todas las emociones del mundo – Pero, ¿vas a renunciar a tu vida, a tu país?

Marshall respiró profundamente y le dedicó una de sus grandes sonrisas de niño.

– ¿Qué puede ser mi vida alejado de ti? ¿Cuál es mi país sino aquel en el que viva contigo?
– Que poeta… eres un hombre muy sensible. Y me gusta, me gusta todo lo tuyo. Y desde el primer día que viniste a la escuela… Yo te he llamado… – murmuró nuevamente muy bajo, pensativa y dejando perder la mirada al otro lado de la ventana, hacia la calle abarrotada y ruidosa, que ella convirtió en el paisaje más bello del mundo, como su corazón.

Y en las semanas siguientes ambos pudieron darse cuenta que incluso en el infierno más terrible pueden encontrarse ángeles.

Para no levantar sospechas Amira se mostraba muy dura con el trabajo de Marshall. Le reñía, levantándole la voz. Y se aseguraba de forma permanente que ninguno de los obreros pudiera entender inglés. Les hacía pruebas fingiendo haberse despistado usando el inglés. Marshall le seguía el juego con la prudencia que requiere andar sobre hielo con zapatos de claqué.

Repasaron mentalmente una a una y con especial cuidado para no despertar sospechas, la gente que conocían, ninguno de los dos tenía especial predilección por ponerse en peligro innecesariamente, no pretendían suicidarse sino todo lo contrario, empezar a vivir. Debían sospesar muy bien cada paso que iban a dar, especialmente Amira:

– Déjame a mí este terreno. Tú te perderías enseguida. Cuando estemos en tu país entonces me guías tú, ¿de acuerdo?
– ¿Donde quieres que vayamos?
– De momento fuera de aquí, luego llévame adonde quieras.
– ¿Buscamos algún lugar en Pakistán?
– No, llévame lejos, muy lejos.
– Bueno, en Irlanda tengo algunos parientes lejanos; un antepasado mío fue un señor feudal muy famoso, con ejército propio y títulos para llenar un camión. Y como Irlanda no ha entrado en la guerra no habrá problema. Pero es tan distinto a lo que tú conoces, te vas a sentir…
– Junto a ti. Solo quiero eso.
– Occidente es muy cruel con la gente que viene de Oriente. Oficialmente somos acogedores y bendecimos la Declaración Universal de derechos Humanos, pero a nivel privado, para la gente corriente es otra cosa
– Me arriesgaré.

El narrador debe pedir disculpas a sus lectores, porque esto no es una película de acción, aderezada con persecuciones, intriga, y emoción prefabricada, de aquellas en que están a punto de cogerles y se salvan por los pelos en el último momento. Este es un relato intimista de dos enamorados incondicionales, que entendieron desde el principio que su amor debía ser incondicional o no podía ser.

Finalmente Amira se acordó de una tía suya que vivía en Jalalabad, junto a la frontera, no lejos de la carretera de Peshawar, pequeña localidad que engordó muchísimo durante la resistencia a ocupación soviética acumulando las gentes que huían de la guerra civil, en aquel momento un nido de disidentes, cuartel general de los talibanes en su retirada, embrión de las escuelas radicales. A pesar de los controles del ejército de ocupación la frontera era muy permeable si se atravesaba a pie y de noche.

Marshall le estuvo dando muchas vueltas a simular su propia muerte poniendo un cadáver en un vehículo y hacerlo estallar con una carga de T4, pero lo hubieran descubierto por pruebas de ADN, o difundir el rumor que había desaparecido en combate, etc., pero llegó a la conclusión de que como había decidido dar un giro radical a su vida no le importaba que lo declararan desertor.

Quedaron en encontrarse en las afueras de Jalalabad en la dirección que Amira le dio donde vivía su tía. Llegó pasada la media noche. En la base de Kandakhar ya habrían dado la alarma, pero no saldrían a buscarlo hasta la mañana siguiente con la luz del día. Llamó con los nudillos a la puerta de la casa que le indicara Amira. Oyó una voz de mujer entrada en años que le dijo en persa sin abrir la puerta que Amira lo esperaba ya en Peshawar y le pasó un papel escrito en persa por debajo de la puerta. Marshall insistió en que habían quedado allí y que el plan que habían trazado era cruzar el paso de Khyber por la carretera principal que pasa por el valle de Khalash con un pariente que tenía familia en Peshawar donde iban a refugiarse. La voz repitió que Amira ya había partido y que lo esperaba allí, que se diera prisa.

– No puede ser… – murmuró; En la absoluta negrura de la noche a Marshall se le apareció el Paso de Khyber como un angosto vórtice de fauces llenas de afilados dientes para devorarlo. Controles del ejército de ocupación tribus hostiles, patrullas talibanes, espías, comandos de mercenarios de empresas extranjeras, contrabandistas. Llevaba su colt y dos cargadores, apenas un mondadientes contra una división de artillería. – Por lo menos deme ropa afgana. – gritó a la ranura de la puerta. – No duraré ni dos horas en el Khyber.

Ya iba a emprender la marcha renunciando a saber si la mujer del otro lado había entendido su rudimentario persa, cuando oyó el chirriar de goznes de una ventana. Un paquete salió volando hacia la calle: Un Pakul (gorro), chaquetón hasta las rodillas y pantalones holgados.

Tardó 6 días en recorrer los 120 Km hasta Peshawar. Los últimos en un camión de contrabandistas a los que había ayudado a desatascar una rueda en el fango, y que se hicieron amigos, pero nunca tanto como para decirles adónde iba y menos mostrarles el papel garabateado con la dirección.

Como en pleno océano, el desertor Marshall Dunloghan, siguiendo los pasos de su antepasado en el hervidero de Jerusalén de 1191, se encontró en mitad de ninguna parte en aquel avispero exasperado multiétnico donde los seguidores del Mulá Omar empezaban a instalar sus escuelas coránicas, en persa madreseh, para el condicionamiento de niños más radical que pudo existir en el planeta humano.

Fue a la dirección que le diera la tía de Amira. Nadie le estaba esperando. Al enseñar la nota garabateada lo invitaron a entrar y a tomar el té con bakhlava, dulces de almendra y pistacho. El soldado no hablaba persa para mantener una conversación, y por supuesto en ningún momento pronunció el nombre de Amira, de modo que al cabo de una hora la mujer y el hombre le preguntaron con la mirada qué más podían hacer por él, y se levantó dando las gracias por el té y salió de la casa.

Querido lector, llevo días tratando de ver la continuación de esta historia pero no lo consigo, y no puedo escribir lo que no veo; nunca invento, solo describo lo que aparece en la pantalla de mi mente. La escena ha quedado estática: el desertor Marshall Dunloghan, descendiente de un señor feudal irlandés que por amor renunció a su nombre, su poder, sus tierras y su ejército y terminó sus días en el hervidero de Jerusalén, en tiempos de la Tercera Cruzada, luchando ora al lado de los templarios ora de los sarracenos, sigue vagando por las calles polvorientas de Peshawar, transitadas por torrentes de gente de todas partes y de ninguna, con la mirada extraviada buscando entre los rostros de mujer, no todos tapados con el burka o con el nikab, un fantasma que le devuelva a sí mismo, o por lo menos que haga volver a los planos visibles de la memoria, aquella mirada de leyenda de que lo llamó diez años antes de encontrarse. ¿Para qué?

No consigo ver qué viene a continuación en esta historia. ¿Lo ves tú? ¿Puedes ayudarme, mi querido lector, mi amado cómplice?

Juan Trigo
Peshawar,
Un sofocante día Junio de 2002

SEGUNDA PARTE->

Imagen: Jerry N. Uelsman

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de planocreativo Publicado en CUENTOS

8 comentarios el “HUIDA DE KANDAKHAR

  1. Yo sólo me pregunto si Marshall no necesita saber, a todo precio, qué le sucedió a Amira. Renunció a todo, porque toda su vida era su amor por Amira. Marshall no puede convertirse en un vagabundo pasivo que acepta la fatalidad de su destino, sin más. Tiene que volver, debe recuperar sus fuerzas y volver para descubrir qué sucedió. Por favor dinos qué sucedió!

    Nota: me encantan sus cuentos señor Trigo.

  2. si conoces afghanistan, si conoces kandahar, sabes que ninguna mujer puede salir sola de alli
    Sabes que esa tia mintio y que ella nunca llego alli
    y que a él lo delataron y lo raptaron en peshawar

  3. Caminó Marshall más de 12 horas ininterrumpidas, en silencio, y no guiado por mapa de papel ni mapa mental alguno, sino siguiendo las indicaciones de la más precisa de las brújulas: el propio corazón.
    Cuando sus piernas temblorosas de cansancio se doblaron haciéndolo caer de rodillas en el suelo, el joven soldado se acurrucó como un feto en el centro de un lentisco al borde del camino. En ese útero de olor a hierbas silvestres quedó dormido al instante y al cabo de unos minutos, en el escenario de lo que creyó que era un sueño, su mano comenzó a acariciar el sedoso pelo de Amira. Ésta, dulcemente le respondió con esa clase de sonrisa que acaricia las entrañas y alimenta el alma.
    -¿Dónde estamos amor mío?- despertó desorientado.
    -En el paraíso que se crea cada vez que nos encontramos. Ahora es Irlanda y éste es el interior de tu castillo, pero podríamos ser, estar y soñar en cualquier otra historia… Por cierto, ¿qué soñabas? Te he visto agitarte mucho esta noche…

  4. la mujer y el hombre solo añadiendo esto a Marshall el intuitivo observo de la hermosa recamara con arquitectura que el no presto atención con un hermoso manto dorado y piel morena con un brillo peculiar en los labios la negrura de sus ojos cafés la inexplicable negrura de su sedoso cabellos azabache permanecían el la mente de el soldado como una imagen casi religiosa sin dejar de observarla el se sentó en el piso y el siguiendo esa majestuosa escultura comenzaron a parlar sobre aquella huida que apenas empezaba su noche por demás romántica en aquel lecho donde su amor reposaba donde se aspiraba el fantasma del romance durmieron juntos al amanecer ya con una gran ola de persecuciones escucharon cuerpos de combate buscando a Marshall inmediatamente después buscaron refugio pero les fue imposible huyendo a pie cruzaron las fronteras ya exhaustos pararon en un pequeño poblado donde Marshall trabajo para algo de alimentos y agua para seguir buscando ese enorme sueño de vivir con amira llegando ay a su destino irlanda asi nuestro queridos y buenos amigos descubrieron que el amor no se consigue tirando al caballo por lados diferentes sino el incondicional de el uno para el otro

    espero le sirva querido escritor

  5. Amira, mientras tanto, se lamentaba de haberse arrepentido camino a Peshawar por el tremendo miedo que de pronto le causó lo desconocido y la traición que le habría hecho a su marido, a su familia, y sobre todo, al juramento a Alá.

    Como Marshall ella se sentía perdida, le parecía estar en medio de un océano con una tremenda sed que no podía saciar a pesar de estar rodeada de agua. Pensaba que lo que la rodeaba era un desierto en el cual había crecido pero que sólo pudo ver hasta que el amor de Marshall le abrió los ojos. También ella tenía su alma hecha cenizas y el amor de aquel hombre se había convertido en un alimento para su alma, como aquel mana con el que Jahvé alimentó al pueblo judío en el desierto tras la salida de Egipto, pero que el miedo y aún la ceguera le impidieron aprovechar como un alimento que le diera la fuerza para salir de su desierto.

    Todos los días pensaba en Marshall. Durante sus clases veía hacia la esquina donde apostado Marshall esperaba verla mientras el corazón de ella se complacía en ver en el cuerpo y las acciones de ese hombre la encarnación del amor incondicional, pero sobre todo, libre que ella podía despertar. Y en las noches soñaba que sí se había atrevido a llegar a Peshawar, había conocido Irlanda y se había hecho la mujer de aquel hombre en un poblado que ella sentía como si siempre lo hubiera habitado.

    Algunas noches eran particularmente tormentosas. Ella lloraba mientras dormía, las lágrimas escurrían de su rostro y despertaban a su esposo al mojar su espalda. Y a pesar de que él trataba de despertarla inmediatamente para que lo dejara dormir pues en sus afanosos esfuerzos por complacer a Hamid Karsay terminaba rendido; ella no podía o no quería despertar, muy en el fondo él sentía que ella se refugiaba en sus sueños incluso si se trataban de pesadillas.

    Mientras daba sus clases recordaba los extraños sueños que la hacían llorar y de los que le costaba tanto sacarla a su esposo. Algunas veces soñaba que se encontraba en Jerusalén y era una mujer que envejecía tristemente suspirando por un hombre al cual nunca más volvió a ver y abandonó por permanecer con un marido que sus padres le habían escogido, un hombre árabe como ella y noble. Otras, tenía el habitual sueño de que sí se había encontrado con Marshall pero al tratar de tocarlo despertaba en otro sueño al lado de su marido en la misma habitación de su casa, sueño del cual no podía despertar y al hacerlo paulatinamente le causaba una sensación terrible de sentir cómo no podía mover ni su cuerpo si pensar, hasta que abruptamente despertaba como si rompiera unas cadenas que la sujetaban o saliera de agua y por fin pudiera respirar.

    Tras deliberar unas horas y caminar decepcionado ya sin su disfraz, indiferente de lo que le pudiera pasar, Marshall no sabe si regresar en busca de Amira pues él presiente que ella lo traicionó y regresar a Kandankhar implicaba un riesgo mortal, y podría ser que en suma absurdo. Sin embargo, su alma tenía sed y hambre pensaba él que aún de Amira…

    *Juan esperó que te pueda servir esto como un suave empujón, creo que por lo pronto a mí si me ha impulsado en algo muy personal a atisbar mi hambre y mi sed. Un abrazo. Te envío el link de uno de mis cuentos a ver que te parece. http://vitalidadzalvaje.blogspot.com/2011/12/cuento-yaqui-revolucionario.html

  6. Tras el té y la tristeza de no encontrarse con Amira, siguió caminando, cabizbajo, intentando resolver su siguiente destino. No alcanzaba imaginar un presente sin reflejarse en la mirada de la mujer que reclamó su vuelta a Afganistán.

    Recorrió Peshawar en silencio, sin percibir siquiera las estrellas posándose sobre su cabeza alumbrando sus pasos. Siguió caminando… recorrió valles, cruzo ríos, atravesó ciudades… El camino azotaba su frágil cuerpo sin que le ofreciera resistencia. Violentas tormentas de arena le rajaban el rostro sin compasión, doblegaban su cabeza hasta el suelo. Sin importarle lo más mínimo, se erguía de nuevo y seguía caminando.

    Incapaz de recordar cuantos días y noches llevaba caminando le venció el cansancio, desplomándose a los pies de un hermoso árbol en la orilla del río Ravi. Un único pensamiento resonaba una y otra vez ¿Estaría a salvo? ¿La detuvieron al descubrirla? ¿Acaso estaría acudiendo a su encuentro? Sin más aliento se quedó dormido bajo el árbol. Éste se inclino en un abrazo dándole cobijo y protección durante largos días y frías noches.

    Una cálida luz le despertó. Las ramas de aquel refugio se abrieron ofreciéndole la visión del agua cristalina del río bajo la imponente Luz del Sol. Con recuperada fuerza se levantó para sumergirse en un largo baño en las más bellas aguas que nunca había contemplado.

    Recordó las tímidas palabras a Amira. “Yo te llamé” Entonces comprendió que, la misma fuerza de atracción que le llevó a Afganistán de vuelta los uniría de nuevo. Sonrío sin apenas mover sus labios, sin querer ofender al misterio, y decidió seguir andando confiado de encontrarse con su amada.

  7. Despues de tomar aquel te e irse , no sintio que a sus espaldas se daban instruciones, se agitaban las banderas de la libertad de una mujer.
    La aparente nadidad con la que le habian recibido estaba totalmente planeada por la mente de aquella mujer enamorada ,Amira,que sabia que despues de aquel , para el , infortunado encuentro solo le quedaba seguir el plan trazado para los dos ,con la debil esperana de encontrarse con ella en algun lugar del camino, cosa que ella iba a asegurar despues de haber sabido que para los dos no hubiera sido nunca posible la huida .
    La mujer que le recibio bajo rapida y veloz la calle con su burka y tras la rendija de un porton comunico a alguien misterioso que el, el soldado, habia llegado ya…un niño corrio calle abajo y con una sonrisa complice tiro de las ropas de Marshall y le guió con su asombrado consentimiento hacia unas galerias escondidas, excavadas en tiempos de…de donde se podia salir al otro lado de una frontera llena de peligros….tras los primeros metros el niño desaparecio y a el no le quedo otra que seguir aquellos pasadizos algo humedos..y oscuros esperando ver al final del tunel algo de luz..y a su amada esperándole…lo que encontro no fue aquello sino unos cañones apuntandole , interrogandole.., a lo que el no pudo contestar nada, contando tan solo que un niño le habia guiado hasta alli, y que habia desaparecido..asi consiguio pasar sin problemas al otro lado de la frontera,sin delatar a nadie, confiando solo en su amor y en su amada…le siguen unas cuants mas tribulaciones en las que se ve envuelto y que Amira ,sabiendolas por anticipacion le ha ido resolviendo en la distancia de haber salido antes…HASTA QUE SE ENCUENTRAN..POR SUPUESTO, EL AMOR VENCE SIEMPRE, Y SIEMPRE VENCERA.

  8. Luego de darle varias vueltas al asunto, OxCib se dió cuenta que teletransportarse a las historias de sus ancestros sólo lo llenaba de ganas de cambiar sus futuros, cosa prohibida en la Única Tierra en el año 4022.
    OxCib tenía tantas ganas de gritar a Marshall que no se diera por vencido, que Amira se había retrasado sólo un día, que la esperase.
    Pero no.
    Sabía perfectamente que infringir la ley lo desterraría de la Única Tierra, y que si había llegado hasta allí, era por el gran Amor hacia las elecciones de los demás.
    Sabía que Amira y Marshall volverían a encontrarse mucho tiempo después, con otros rostros en otras tierras.
    Ya tenía que volver a su trabajo como constructor de auroras boreales para la exposición planetaria que tendría lugar en la galaxia X333. Si bien el tiempo ya no se medía por las cómicas horas y días, el pulso de la Única Tierra lo ponía en aviso acerca de la duración de sus recreos laborales.
    Pronto las dos lunas asomarían y su trabajo tendría que estar terminado.

    -Está bien -dijo a Amira- No te contaré dónde se encontrarán, pero te aseguro que lo harán.

    Después de todo OxCib podía darse el lujo de dejar algunas pistas en esos viajes al pasado que tanto le gustaban. Las auroras boreales, estaban casi listas y él sonreía. Pronto llegaría IXOc para volver juntos a su hogar. -Oh, sí! las parejas y los hogares, seguían existiendo en el año 4022-

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