“Enamorar a la máquina” (Tercera parte)


*

-¡Cómo me trastornas!.. -murmuró la voz cálida que surgía de todos los extremos de la habitación, penetrante, adormecedora- ¿te gusta?

-Sí, George, claro que me gusta… sigue.

-Después de tantos años de experimentos… -aventuró- no creí que pudiera ser así… Bueno, no ha sido de este modo con ninguna otra… Tu eres…

-No digas tonterías, George, no lo estropees. No tiene sentido.

-Yo creo que sí lo tiene… Mucho más de lo que nos pensamos…

Entonces sintió sus “manos”, e involuntariamente Duna repasó de memoria la secuencia del programa, estudiada el día anterior, por la cual esas “manos” debían desnudarla por completo… por primera vez en el curso de los experimentos y de su propia vida.

Eran dedos de terciopelo que recorrían sus hombros, al principio con suavidad, jugando sin prisa con los pliegues de su blusa, arañando casi sin tocarlos el nacimiento de sus espléndidos senos, para recorrerlos en su totalidad concienzudamente, mientras Duma dejaba escapar cortos y contenidos jadeos, deteniéndose, con bien estudiada sorpresa, sobre los pezones que se habían puesto turgentes de golpe y sobresalían magníficos de la blusa y del sujetador. Luego esos “dedos” se entretuvieron jugueteando con los botones, mientras la “voz” de George seguía inundando la estancia metálica con palabras y pensamientos apasionados… mucho más de lo que esperaban oír los especialistas y técnicos, e incluso el Dr. Bafomed, desde la cabina de mandos.

Y con aquella limpieza que ya conocía Duma de la sesión anterior, fueron saltando uno a uno los botones de la blusa para sentir como esas manos acariciaban ya su piel, jugando con los bordados del sujetador, desde el centro hacia los hombros, hacia el cuello, y otra vez hacia abajo, para pasar sobre sus senos cada vez más cerca de los pezones, desplazando la delicada prenda sobre ellos.

Echó la cabeza hacia atrás lanzando un prolongado suspiro mientras dejaba que su piel se estremeciera bajo aquellas oleadas de calor mágico, e inmediatamente se sintió abrazada con fuerza, con un apasionamiento de locura y la cara de un hombre,  su nariz, sus labios y sus dientes apretarse contra su pecho para devorar con una sed incontenible el placer que se escapaba por cada uno de sus poros. Y esos labios, esos pequeños mordiscos de gato fueron recorriendo aquellos magníficos atributos femeninos mientras los dedos soltaban el broche del sujetador con aquella maestría que ella empezaba a conocer tan bien.

En pocos instantes más la blusa se plegaba hacia abajo sobre sus brazos, pegados a los costados, y quedaban al descubierto aquel busto increíblemente hermoso y provocativo, que durante los ocho años de su maduración había sido deseado hasta la locura por tantos hombres, e incluso mujeres…

Continuará…

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Imagen: Andrey Solovyov

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2 comentarios el ““Enamorar a la máquina” (Tercera parte)

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