“Enamorar a la máquina” (Cuarta parte)


*

En pocos instantes más la blusa se plegaba hacia abajo sobre sus brazos, pegados a los costados, y quedaban al descubierto aquel busto increíblemente hermoso y provocativo, que durante los ocho años de su maduración había sido deseado hasta la locura por tantos hombres, e incluso mujeres y que se incendiaba en aquel momento por los ardores de un ser difícil de describir, cuyos labios u dientes jugaban con los pliegues de la falda con la saludable intención de encontrarle también los broches, que iban a saltar con la misma pericia y dejar el camino expedito hacia una nueva conquista.

Las oleadas de calor, de picazón y de multitud de otras sensaciones que la muchacha nunca había experimentado hasta aquel instante, estaban ya llegando al centro de explosión mucho más rápidamente de lo que hubiera supuesto, aunque sí deseado. Como si sus caderas se sumergieran en agua caliente, como si su cuerpo fuera envolviendo en gruesas mantas que lo hicieran hervir hasta en lo más profundo, se vio sacudida por rápidas convulsiones, muy fuertes ya desde el principio.

Sus rodillas se doblaron, tambaleó, pero volvió a sostenerse firme y abrió los ojos: no podía creer que aquello lo hiciera una máquina, debía haberse metido un hombre en la sala sin que ella se diera cuenta…

Sobre su cabeza, y envolviendo todo su cuerpo no había más que un complicado armazón, trenzado de cables, pilotos rojos y amarillos que se encendían y se apagaban, poleas que giraban silenciosas y “algo” de forma indefinible se posaba suavemente sobre su cuerpo. No llegó a ver como era porque permaneció con la cabeza inmóvil; probablemente George no se dio cuenta de que había abierto los ojos y seguía lanzando aquellas apasionadas estrofas a la penumbra ambiental, más torpemente de lo que era habitual en él. Y tampoco se diera cuenta de la brusca interrupción de la lívido que su compañera estaba experimentando…. porque probablemente el Gran George, el inmenso cerebro portador de sabiduría y experiencia estaba siendo arrastrado por la pasión hacia una mísera criatura mortal.

Duma cerró los ojos para que George continuara sin interrupción, y para que el placer, la posesión volviera a todos sus sentidos. Necesitaba llegar hasta el final, fuera el que fuese. Ella nunca había aceptado “descafeinar” nada de lo que hubiera decidido emprender, suavizar ningún camino, disfrazar alguna situación. Iba a agarrar aquella también con uñas y dientes, y con una furia que sorprendería a todos, incluso a ella misma.

Muy pronto dio unos pasos hacia atrás, buscando la camilla que los técnicos habían preparado exprofeso.

-¿Ya?… -preguntó George.

-Sí… No puedo más, ¡vamos!

Se dejó caer boca arriba echando los brazos atrás hasta encontrar las patas de la camilla que agarró fuertemente para evitar que en ningún momento saliesen despedidos en ese abrazo que tanto anhelaba, e insistió a su compañero para que no se demorara.

Y su compañero no se demoró. Continuó su concienzuda, pero apasionada exploración hacia el Centro, hacia el Angosto Sagrado que había empezado a palpitar con fuerza y los “labios” se detuvieron allí más que en ninguna otra parte, para despertar a la emoción a todos sus poros, todos sus pliegues, desde el apéndice exterior hasta adentro, hasta que el conducto virgen comenzó a abrirse por sí solo. Y Duma sintió que a su humedad se mezclaba la de su compañero, como si de una ávida boca se tratara, en lugar de unos sofisticados engranajes, que estaban encendiendo su sexo.

-¡Vamos!- aulló, atenazando las patas de la camilla como si quisiera tripularlas.

Y pronto notó la presencia de un cuerpo ardiente a sus puertas, un objeto extraño parecido a un obús (ella que muy pocas veces, siquiera se había masturbado) que se movía con suavidad buscando el camino, abriéndose paso sin brusquedad, sin violencia, con la gentileza y dedicación de aquel ser surgido de un tablero de dibujo. (Ignoraba que el pene de George podía adaptarse, adquirir el volumen que las circunstancias exigieran en función de la resistencia que encontrara a su paso o la lubricidad que experimentara la persona objeto de sus dedicaciones, pero esa particularidad técnica carecía en absoluto de importancia en aquel momento). Muy pronto toda ella se vio transportada a un mundo desconocido, al principio con sorpresa y sin ocultarse el temor, y tal vez la evidente morbosidad y a lo mejor repugnancia por acceder al misterio del amor gracias a un objeto mecánico. Pero sentía sin rodeos como su cuerpo era penetrado por una pasión que -con los ojos cerrados- tenía mucho de común con lo humano, y, por supuesto, un humano magnífico, arrollador. Sus sentimientos la transportaban rítmicamente siguiendo las oleadas de aquel miembro que parecía clavarse con suavidad en sus entrañas, a ese paraíso que durante tanto tiempo se prohibió a sí misma en espera del momento (…aunque no imaginaba que fuera aquella circunstancia).

Llegó más pronto de lo que creía al paroxismo, a lo que ella reconocía como un tremendo orgasmo, esa explosión contenida que creció hasta hacer estallar todo, desintegrar sus sentidos para fundirlos con la marea universal, borrar la mente y la personalidad por unos momentos y sentirse en la piel de su compañero… la máquina. Y luego dejar una apacible lasitud, la beatífica paz del otro lado…

Continuará…

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Imagen: Michael Kirkham 

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