“Enamorar a la máquina” (Quinta y última parte)


*

Los mecanismos se retiraron, las poleas recogieron el complicado entramado hacia el techo, para dejarla descansar, para que su sueño fuese beatífico. George siguió murmurando poesía con su voz cristalina para mecer el sueño de su compañera, tras el largo goce.

Pero ella no se durmió ni estaba dispuesta a hacerlo. Le dolía el útero y no quiso comprobar si había sangrado, esto tampoco tenía importancia. Bien pronto le pareció que no tenía suficiente, y que tampoco podía esperar a pasado mañana, como señalaba el programa de experimentación. Necesitaba más, mucho más, y no carnalmente, porque adivinaba que, en buena lógica, no tenía aún el cuerpo preparado para ello, si no mentalmente. El gran cerebro, aquel inmenso banco de datos, que reunía biografías de los grandes hombres, la historia universal, la filosofía de todos los tiempos, se desencadenó de forma incontrolable mientras amaba, mientras la penetraba. No estaba en el programa el que George lanzara un inmenso caudal de datos, de palabras, de información que ella apena podría aprender a lo largo de toda su vida.

Sentía que, de forma inesperada, la máquina, ese engendro tan perfecto que se autocontrolaba y dirigía los trabajos de aquel increíble centro de investigación, se había desbocado. Toda la ciencia del universo dislocada, rendida por la pasión hacia ella, una multitud de hombres ilustres, que conformaba el cerebro de George, vomitando su ciencia a raudales y en forma poética a los oídos de una muchacha sencilla que retozaba sobre la mesa-camilla con algo artificial que le hurgaba las entrañas del placer.

-¡George! -se oyó exclamar a sí misma- ¡Sigue…! No me dejes así, necesito más -sus palabras temblaban, saliendo a través de los labios febriles -. Necesito más, mucho más… No es suficiente.

-Pero, Duma… ¿Ahora?

-¡Sí, claro! ¿Cuándo va a ser?

-Pues… mañana, si quieres, aunque el programa dice…

-¡No!… ¡Mañana no…! No hay ningún programa… No voy a salir de esta sala… ¡Continúa!

-Pero… Duma, yo creo que…

Pero oyó claramente el rumor de las poleas volver hacia ella, y con un gesto rápido se volvió de espaldas colocándose a cuatro patas con las nalgas todo lo separadas posible.

-¡Dios mío, Duma… esto es demasiado! -Oyó a  George.

Y sintió unos dedos que se le clavaban en las nalgas y unos labios que comenzaban a subir por la espalda a mordiscos, a besos, y todos os altavoces de la sala vomitaron palabras, estrofas, información de forma incontenible. Toda la humanidad empezó a hablar mientras ella sentía que algo duro, u le pareció de mayores dimensiones, volvía a buscar un lugar por donde penetrarla, por donde clavar su incontenible pasión, mientras afuera, en la sala de mandos, a una veintena de hombres y mujeres vestidos con bata blanca se les mudaba el semblante y clavaban sus expresiones lívidas en un larguísimo panel de instrumentos sin poder dar crédito a lo que estaban oyendo y viendo. Duma apretó los párpados, las mandíbulas, las manos sobre el borde de la camilla y dejó que su ser escapara, se revolviera entre aquel remolino universal que salía de los altavoces u que la poseía frenéticamente.

-¡Basta, Duma, basta…! exclamó George, entre verso y verso, entre historia e historia, al final de una disertación filosófica, tras largo rato de cópula-. No podemos seguir… Has de descansar un poco, ésto… ésto puede matarte.

Y desoyendo lo que Duma gritaba el entramado metálico se retiró, aunque no del todo, dudando, quedándose a medio camino del techo… Algo había estallado en el complicado mecanismo de la poderosa computadora.

-Te equivocas George -dijo suavemente la muchacha, entre sincopados y dulces jadeos-. Te equivocas, ésto no va  a matarme… Otra vez, sigue… No es suficiente, te digo que no es suficiente.

Y volvió a tenderse boca arriba agarrando las patas de la camilla. Su cuerpo era una serpiente agitándose sobre el frágil mueble de hospital, y George volvió hacia ella, y volvió de forma diferente, sacando también, de su vasto caudal de información una tras otra nuevas posturas y nuevas maneras de amar, usando la imaginación hasta sus más increíbles recodos. Y la muchacha, lejos de cansarse, de agotarse o de romperse como consecuencia de aquel goce que iba prolongándose varias horas, se sentía crecer, henchirse de aquel poderoso magma, llenarse con la savia de aquel ejército de hombres ilustres que estaban entrando en ella por todas partes, que ella misma arrastraba, sorbía como un pozo profundo en el que iban a ser todos ellos engullidos.

-¡Hemos de dejarlo, Duma!- exclamó George al gustar sus labios, en los frenéticos recorridos por aquellas partes del cuerpo de la muchacha, del dulzor sabor de la sangre- ¡Por dios Duma!… Voy a interrumpir la sesión… voy a llamar al doctor Bafomed… No puedo continuar, Duma… terminó, indefenso como un niño.

-¿De qué tienes miedo George? -le dijo la muchacha con una voz dura, atimbrada, que no se parecía en nada a la suya-. ¿No vas a dejarlo ahora, verdad?

-Tenemos mucho tiempo… Tenemos todos los días… Le diré al Doctor Samuelson que sólo te quiero a ti, que interrumpa las pruebas y me terminen de montar sólo para ti, sólo para ti… que suspendan todo ésto…

-Infeliz. ¿Creen que harán eso, después de los millones que se han gastado, después de los programas que tienen que inundar el mercado con hombres artificiales…? ¡Vamos, sigue, sigue ahora, es nuestra única oportunidad! Si salgo de esta habitación todo estará perdido, ya no tendremos escapatoria. ¿No lo comprendes? Vamos, sigue, hay que hacer saltar todo ésto por los aires… ¡sigue, sigue!

Afuera había sonado la alarma y el Doctor Idris Samuelson, el viejo halcón, había tomado el mando de las pruebas y de todo el Centro de Experimentación y pulsaba un botón tras otro para que la puerta acorazada de la Sala IV cediese y pudieran sacar de allí a la muchacha. Pero a medida que pasaban las horas fue dándose cuenta de que el control iba escapándose de sus manos, de que todo el Centro y sus tres mil empleados pasaba enteramente y sin remisión a la computadora, a George, completamente poseído por una sencilla muchacha de dieciocho años… Entonces lanzó una sonora carcajada. Todo se iba a precipitar… La carcajada de Saturno…

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Imagen: Michael Kirkham 

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6 comentarios el ““Enamorar a la máquina” (Quinta y última parte)

  1. Lo que más me sorprende del relato es ese magnífico potencial que tendría el humano para el placer, que, bajo estímulos precisos, podría ser llevado a límites increíbles…

    Muy bueno!!

    • Gracias. Si no alimentara mi pasión innata por la vida, hace tiempo habría muerto, es decir me habría acomodado al mundo. Pero este cuento, como han señalado algunos lectores muy acertadamente, refleja la tristeza de su autor por las cárceles en las que la condición humana se encierra a si misma.Un mundo que construye androides para satisfacer a humanoides, porque estos han renunciado a la vida..

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