Ya he encontrado el vórtice


*

– Ya he encontrado el vórtice, conduce directo hacia ti, al tren, y al mismo asiento al lado del tuyo… espera… ¿Ves que ya estoy aquí?

– Hola, es mejor hablar así, ¿no? Juntos.

– Oh, claro.

– ¿Qué me dices de este paisaje que ves por la ventanilla del tren…?

– Ah, la planicie castellana, cortijos aquí y allá, campos de labrantío

– Esa nube se parece a un dragón…

– Esos árboles, ¿son olivos? No, parecen caballeros

– Ah, los veo.

– Allá abajo, cabalgan a toda velocidad, levantan una polvareda parecida a los disparos de los cañones del Duque de Bruswick

– Antes vi una nube que parecía un faro….

– mmmm…. es verdad

– Un faro del fin del mundo. Espera, veo algo.

– Tomo nota…

La galera está a punto de naufragar, es noche cerrada, ruge la tormenta, han caído marineros al agua, las olas llegan hasta el palo de mesana. De pronto en la negrura un destello; el piloto aferrado al timón le grita al vigía:

– ¿Ves esa luz?: A babor.

– Sí capitán – le responde – Nornordeste. Aún es muy débil.

En efecto es una luz la negrura. Llevan tantos días de navegación en la feroz tormenta que el piloto repite la pregunta una y otra vez porque ya han tenido demasiados espejismos, el escorbuto ha diezmado la tripulación. El vigía grita de nuevo:

– ¡Es una luz que se mueve con el oleaje! Es real. – luego otro grito – ¡es un faro, capitán!

– Un faro… ¿será posible? ¿Dónde estamos?

Hace tantos días que están perdidos que no les servirán de nada las cartas de navegación para identificar cual es ese faro, por tanto el piloto gira el timón hacia babor y manda desplegar todas las velas. Si han de morir que sea luchando. No hay mejor forma de morir. Los marineros suben a los cabrestantes y las velas des despliegan a plomo hinchándose inmediatamente. La nave se va acercando, no se distingue nada en la negrura solo la luz parpadeante, rítmica, en efecto es un faro. La nave esta tan destrozada que el piloto decide ir directo a las rocas. El mundo desapareció hace rato a sus espaldas y lo único que existe es esa luz. Las primeras rocas rasgan el casco. El capitán ordena arriar los botes y que todos los marineros que aún siguen con vida abandonen la nave. Se queda al timón, que sigue avanzando entre el roquedal hasta quedar definitivamente encallado. El barco da un profundo cabeceo y el piloto ha de agarrarse al timón, su mejor amigo durante tantos años de travesía.

Se asegura que nadie ha quedado en el barco. Da un repaso a al viejo cascaron, le da las gracias por su sacrificio, llora, reza una veja oración y salta por fin a las aguas.

Nada en la espuma del romper de las olas hacia la luz, hacia adelante, hacia la luz. Está a punto de ahogarse porque las olas son muy altas y traga mucha agua pero ha de seguir, esa luz es su propia vida, sea que sea lo que sea que haya allá. Por fin sus rodillas dan contra una roca. Se levanta. La negrura es un manto de metal, pero la luz está más cerca, y entre sus destellos se distingue la silueta de un acantilado encima del cual está el faro. Tierra, tierra firme. Si vida es ahora tierra firme. Su navegación ha terminado.

Va agarrándose a las rocas hasta llegar al pie del acantilado. En las tinieblas ha de ir palpando la pared para encontrar resquicios, grietas, salientes por los que trepar.

La oscuridad se ha convertido en tacto firme, sólido. Empieza a trepar. Está agotado, pero la tierra le transmite su fuerza. Siente recibir una oleada de calor de la roca fría y mojada por la tempestad, y poco a poco va subiendo, subiendo. Resbala unas cuantas veces, pero la tierra lo agarra para que no caiga. La roca de agarra a él y él a la roca.

Finalmente sus dedos se encuentran con hojas, yerba, ha llegado arriba. Entonces la luz del faro es muy potente, deslumbrante, caliente, se deja caer boca abajo y la luz lo va calentando hasta secar sus ropas y sus cabellos. Se desvanece.

Al despertarse se incorpora y está allí, en Arcadia, en la tierra de las leyendas de sus ancestros.

Campesinos dedicados a sus quehaceres, niños jugando entre la cebada, músicas de todas partes, aromas de nardo y rosa ajenjo y lavanda.

Anda por entre los campos de cereal, rozando con la palma las espigas, va en busca de aquel grupo de niños que juegan con aros de flores. Esta muy débil pero consigue llegar y les pide que le dejen jugar, él es un niño como ellos, cae de rodillas y un dulce sueño reparador le envuelve con los aromas del mundo antiguo. La mente en calma, el espíritu en comunión con la armonía reinante. Se deja mecer por las pequeñas manos de los niños que lo llevan en volandas a la cabaña del druida para que descanse y ser presentado a la comunidad. El final del camino es el retorno, a nuestro verdadero origen a la armonía celeste, es la vuelta a casa.

*

*

 Juan Trigo, encuentro con Carmen Sol en algún lugar entre Ciudad real y Córdoba

Domingo 29 de Enero 2012

Imagen: Replikaart

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de planocreativo Publicado en CUENTOS

2 comentarios el “Ya he encontrado el vórtice

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