HUIDA DE KANDAKHAR – SEGUNDA PARTE –


*

<-PRIMERA PARTE

Al salir a la calle, después de haberse despedido de tan gentil como perpleja compañía, halagándoles el excelente té persa y los baklava, Marshall supo que algo grave le había ocurrido a Amira. La magia de la sincronicidad para los creyentes, consiste en eso, tener la certeza de las cosas sin prueba física alguna. Sin noticias, pero con el alma henchida por el recuerdo de la mujer, el soldado pudo empezar a maquinar un plan de combate que tenía por único objeto sacarla de aquel infierno.

Pasó tres días paseando por la ciudad hospedándose para dormir en los típicos Fonduk medievales (de donde viene la palabra castellana fonda prologo de hotel) para hacerse con el ambiente. Vestido con ropas afganas, pero incapaz de ocultar su tez y aire extranjero ya imaginó que lo habrían clasificado como espía, y eso le daba una cierta protección, porque a un espía no se le corta el cuello sin estar seguro de para quien trabaja. Los turistas occidentales, amantes de las majestuosas alturas del Hindu Kush ansiando transitar por el tantas veces histórico paso de Khyber y buscar una inútil convivencia con las tribus del valle del Kalash, escaseaban en aquella época de los primeros años de la invasión. Por aquella marea multicolor y abigarrada de pashtunes, persas, pakistaníes, kirguises, kazakos, etc., el soldado de sí mismo, desertor de los invasores, buscaba ligar puntos de enlace para elaborar una estrategia posible. Llevaba en su bolsa, además de la colt, el teléfono móvil y sus respectivos cargadores, mapas de la zona, brújula, códigos de situación militares, etc. Tuvo que ir a cargar el teléfono a uno de los dos únicos locutorios para extranjeros que hasta aquellas fechas hubo en Peshawar

Sonó el teléfono por primera vez en tres días cuando lo estaba cargando en el locutorio, probablemente por la cercanía de un repetidor que usaban tanto el ejército pakistaní, como los talibanes, u otros merodeadores de la batalla fácil.

– ¿Marshall?
– ¿Robert?
– ¡Gracias a dios! Aquí te dan por muerto, y yo también, de no haber sido por aquella maestra…
– ¿Qué? ¿La has visto? ¿Está bien? – interrumpió Marshall que tuvo que cogerse el pecho para que no se le saliera el corazón.
– … – recibió un suspiro por respuesta, luego – No.
– ¿Cómo lo sabes?
– Vino un niño de su clase a encontrarme al bar de Mansoud.
– ¿Un niño de su clase?
– Sí. Me preguntó si te conocía…
– ¿Y…?
– Claro, le dije que sí.
– ¡Sigue!
– Es extraño…
– ¿El qué? ¡Sigue, coño!
– Es que no entiendo nada.
– Pues explícamelo desde el principio y con calma y no te olvides de ningún detalle.
– Vale, vale, pero ¿tú como estas?
– De puta madre. Sigue.
– Bueno, pues… – un resoplido – Como te digo ayer por la tarde estaba yo en el bar de Mansoud con otros compañeros tomando unas cervezas cuando me fijé que un niño de unos ocho años se había quedado parado a unos metros de la mesa donde estábamos, en la misma terraza. Lo miré, pero él no cambio de expresión. Al cabo me levanté para ir al lavabo y entonces el chaval arrancó a todo correr para agarrarme de la cazadora entes de que pudiera llegar al lavabo. Me quedé extrañado, pero me giré para dejarle hablar lo que quería decirme. Me di cuenta que había estado esperando a que yo me alejara del grupo, porque lo que debía decirme solo podía hacerlo en privado. Me pregunto en un casi indescifrable inglés: “¿Usted mejor a amigo Marshall?”. “Claro”, le dije sorprendido. Oye, ¿desde cuándo soy tu mejor amigo? – y se permitió una risa por primera vez desde que se inició la conversación.
– ¡Sigue, por Dios!
– Vale, vale. Pues me dijo algo extraño…
– ¿Qué te dijo?
– Pues… “Amira te saluda”
– ¡Lo sabía, Gran Dios, lo sabía!
– ¿Quién es Amira?
– Robert.
– ¿Qué?
– Has de hacerme el favor de tu vida.
– Vaya…
– Voy a cruzar el Khyber otra vez, pero antes he de preparar cosas.
– ¿Pero, dónde estás?
– ¿Puedo confiar en ti hasta la muerte?
– ¡Joder, claro, Marshall! – protestó el soldado Robert Konrad – ¿Cuántas veces nos hemos salvado la vida?
– Tendrás que hacerlo una vez más.
– Las que sean, pero qué hay que hacer.
– ¿estás sentado?
– Sí…
– Voy a sacar a esa mujer de Afganistán.
– ¡Jodeeeeeeeeer!
– ¿Estás conmigo?
– Claro. Pero… eso es peor que una incursión nocturna en Tora Bora.
– Peor.
– Vale.
– Bien, pues ¿te acuerdas de los meses que pasé fabricando muebles en el despacho de Dostun?
– Sí, vaya chollo.
– Es mucho más que eso. Conocí a la maestra de ese niño, una de las pocas mujeres afganas que han decidido salir a la calle sin Burka y trabajar.
– Tienen unos…
– Exacto. Cada una de ellas vale más que un regimiento de nuestros marines.
– Eso parece, porque…
– Tienes que averiguar dónde está y qué le ha pasado. Bueno, en realidad, eso ya te lo digo yo, alguien de su familia debió irse de la lengua y su marido la ha encerrado en su casa y ya no debe acudir más a la escuela. Está prisionera de su propia familia.
– ¿Y quieres arrebatarla de su familia y sacarla del país.?
– Eso es.
– Menos mal que estoy sentado.

Medió un silencio inconcreto entre ambos soldados solo musicalizado por el crepitar de la estática de la conexión telefónica.

– ¿Ya sabes que es peligroso seguir hablando por el móvil?
– Sí. Por eso tú averigua lo que puedas hasta que yo consiga llegar.
– ¿Cómo lo vas a hacer, surgiendo de tus cenizas?
– Más o menos. – un nuevo silencio, pero esta vez cargado de emoción-
– ¿Qué?
– Gracias, amigo.
– Nada. Hasta luego, cuídate.
– Tu también. Nos vemos.

Marshall se quedó un buen rato contemplando el pequeño aparato en sus manos y pensando en las contradicciones de aquel milagro de la técnica; permitía la comunicación remota y a través de parajes imposibles, pero podía ser detectado mucho más fácilmente que uno que transmitiera por cable.

Adivinó enseguida que Amira estaba en una situación difícil pero no renunciaba a él y, teniendo una ligera idea de su fuerte personalidad, supo que no iba a echarse para atrás a pesar de todos los peligros. Los verdaderos amantes jamás dudan uno del otro, por más trampas que el mundo quiera tenderles. De momento ya había logrado el contacto. Estaba seguro que su amigo Robert Konrad iba a encontrar la manera de hacerle llegar que había hablado con él.

Ahora Marshall tenía que prepararse para regresar a Afganistan, pero tenía que preparar mucho más que eso; tenía que preparar el “rapto” de Amira. Para lo cual en los días siguientes se dedicó a explorar la posibilidad de conectar con algún grupo talibán o del otro lado, mercenarios

Cuando le viene en gana al universo le da por ir encajando algunas piezas del rompecabezas en el que siempre estamos metidos. Uno de esos días al pasar por delante de una escuela coránica un mozalbetes se destacó del grupo que esperaba frente a la puerta y corrió hacia Marshall y cuando éste ya se disponía a parar el golpe con un abrazo, el niño le dio un pequeño Corán y se volvió tan aprisa como había venido. Marshall pensó que se trataba de un acto de proselitismo, y ya iba a dejar el librito en el banco cercano cuando le vino el relámpago de la conversación con su amigo Roger Konrad: Un niño le había traído el mensaje de Amira. Abrió despacio el Corán y encontró una hoja de papel rosado con unas palabras en inglés escritas con una caligrafía regular y bellísima: “Estoy bien. Nos encontraremos”. Y por supuesto no firmaba ningún nombre, pero no hacía falta. Guardó el papel en el librito y lo metió en el macuto, que por supuesto nunca se separaba de él.

¡Cuántas veces se habría quedado absorto en mitad de aquellas calles tan concurridas y bulliciosas de gente que truequeaba con todo y deprisa! Ríos caudalosos en ebullición. Luego, – pensó – como no podemos usar el teléfono los niños son los mensajeros. Muy adecuado. El universo se sirve de la inocencia, muy adecuado.

A la mañana siguiente volvió a pasar por la madrasa y se quedó un rato sentado en uno de los bancos, esperando. Su espera surtió efecto. Vio al mismo niño acercarse a un hombre vestido con atuendos kalash y vio como le señalaba antes de echar acorrer en dirección opuesta. Un espía o un conspirador hubiera echado a correr también, pero no alguien que está confabulado con el cielo. El hombre se le acercó despacio escaneándolo detenidamente con la mirada, y se quedó plantado hasta que por fin dibujó una mueca que podría interpretarse como una sonrisa.

– Vamos a otra parte – dijo en un perfecto inglés de Oxford
– Vale.

Anduvieron un buen trecho y el hombre lo condujo a una casa de té. Se sentaron en una mesa exterior. El hombre pidió dos tés y una pipa de agua. No arrancó a hablar hasta que el camarero hubo servido. No dejaron de mirarse con are neutro, ceremonial. Luego el hombre empezó:

– ¿Cómo te llamas?
– Marshall, ¿y tú?
– Hamid.
– ¿Cómo te va?
– Bien, ¿y a tí?
– Muy bien. ¿Tu familia está bien?
– Sí, muchas gracias.
– Me alegro
– Me han dicho que puedes entrar en el despacho que tiene Dostun en Kandakhar.
– Es correcto.
– Pero estás aquí. ¿Porqué?
– Me han dado por muerto, pero puedo volver al edificio y me dejarán pasar.
– Me han dicho que confíe en ti.
– También es correcto, y yo, ¿puedo confiar en ti?.
– Sí.
Entonces el hombre pareció relajarse y volvió la mirada al infinito océano de las calles llenas de gente. Pasaron unos instantes en que ambos dejaron correr el aire para que inspirara sus siguientes palabras. Luego el hombre dijo sin rodeos.

– Queremos matar a Dostun. ¿Nos ayudarás?
– Sí.
– ¿Qué pides a cambio?.
– Sacar a una persona del país.
– Ah – el hombre se volvió arqueando las cejas y su mirada se hizo aún más penetrante. Marshall se limitó a sonreír. – De acuerdo. ¿Es alguien importante, una personalidad?
– Sí, más o menos.
– ¿Del entorno de Karzai?
– Ligeramente.
– ¿tienes un plan?
– Aun no.
– Bien. Yo sí que tengo un plan, y te aconsejo que te unas a él si aprecias tu pellejo. Queremos hacerlo en una semana. ¿Te va bien?
– Sí.
– Cruzaremos el Khyber como comerciantes afganos en un camión cargado de todo, hasta Jalalabad.

A los cuatro días cruzaron el impresionante paso de Khyber, un desfiladero a 1070 metros de altura sobre la subcordillera del Sefid Koh en pleno Hindu Kush, por el que todas las naciones, desde Alejandro, Gengis khan, hasta los soviéticos han tratado de atravesar en la conquista de la hostil tierra de afganos, Agfan-estan. El camión cargado hasta los topes tardó 3 horas en salvar los 53 kilómetros de cerradas curvas.

Cruzaron la frontera sin mayores dificultades gracias a los salvoconductos preparador por el grupo de Hamid. Y se detuvieron unos días más en Jajalabad. Marshall estaba impaciente por conocer el plan de ataque, pero ya se imaginó que ni siquiera hasta el momento de entrar en acción se lo iban a revelar. Y las sospechas de que se había metido en una trampa, que abrigó desde el principio fueron en aumento a cada instante, pero no podía hacer otra cosa que permanecer impasible como si confiara en Hamid, esperando como otros tres guerrilleros en la casa a la que fueron a alojarse nada más llegar.

Por fin una noche entró Hamid apurando a todo el mundo para que se pusieran en marcha. Condujeron en una camioneta directamente a Kandakhar. El edificio donde estaba el despacho de Dostun pertenecía al complejo militar del Consejo de Gobierno, contiguo al de la Loya Jirga, la asamblea o Parlamento afgano, protegidos por un perímetro muy bien vigilado por las fuerzas de ocupación. Marshall pensó que allí acababa su viaje, porque la furgoneta se dirigió directamente al puesto de control. Pensó mal, porque les estaban esperando. El soldado de guardia miró rápidamente los papeles y los dejaron pasar. Él había esperado otra cosa muy distinta, por ejemplo el lanzamiento dos o tres coches bomba para distraer la atención y colarse en el momento de mayor confusión, pero jamás pudría pensar que entrarían como una patrulla regular camuflada.

Sin embargo antes de llegar a ese puesto de control la furgoneta fue detenida por un pequeño incidente. Un niño corrió delante del vehículo hasta casi ser atropellado. Tuvieron que parar, Hamid, que iba al lado del conductor, abrió la portezuela para regañar al mozalbete, que lo único que hizo es intentar subir decididamente para mezclarse con los ocupantes. No resultaba raro aquel comportamiento, pues los mozalbetes exhibían un arrojo inocente en querer congraciarse con los militares. Hamid lo sacó del coche, pero no antes que Marshall se diera cuenta de la mirada ansiosa de aquel niño en ver quién iba en el furgón. Más tarde entendería porqué.

Llegaron al cuartel de Dostun y los hicieron esperar sin bajar del furgón. Marshall esperaba que de un momento a otro les repartieran las armas automáticas, pues solamente con una pistola poco se podía hacer en un ataque en toda regla. Mirando por la ventana se dio cuenta que Dostun no estaba, por lo menos no su Mercedes blindado. Lo comprendió enseguida, era efectivamente una trampa, todo aquel montaje no era por el general, aunque no podía adivinar de qué se trataba. Arriesgó un movimiento.

– ¡Hamid, hay que largarse, – gritó abriendo la portezuela – Dostun no está aquí.
– Espera, no te muevas.
– Es una encerrona, Hamid… – pero no llegó a terminar la frase, al poner los pies en el patio sintió un golpe en el costado. Se giró, Hamid le miraba fijamente apuntándole con su luger provista de silenciador. Le entró de pronto un vahído, se le nubló la vista y cayó de bruces. La bala le había alcanzado el hígado.

Lo despertaron con amoníaco en la nariz. Estaba aún en la calle, pero frente a una puerta distinta.

– Maldito extranjero; no vas a entender nunca nada – le gritó Hamid al oído – nosotros hemos venido por otra cosa, pero no tú; tu has venido a esto: – ¡Mira!

Pegó una patada a la puerta y Marshall vio en el interior de la habitación a dos hombres sosteniendo una mujer enfundada en el burka. Al ver abrirse la puerta y a Hamid sostenido a su vez a Marshall herido descubrieron el burka para mostrar el rostro de Amira, con un ojo amoratado y los labios ensangrentados.

– A esto has venido tú, extranjero. A entender. Mírala por última vez. Os vamos a matar a todos como no os vayáis, como hicimos con los rusos.

Tiró a Marshall al suelo y le disparo a la cabeza dejándolo allí mismo. Luego corrió hacia el grupo para salir por donde habían venido, y la puerta se cerró eclipsando a la maltrecha Amira y a sus verdugos. A Marshall se le nubló la vista y perdió el conocimiento nuevamente.

Lo despertó un sanitario tratando de detener la hemorragia en la ambulancia del ejército.

– ¡Roger!
– Tranquilo, no estás muerto, vamos camino del cuartel. Acabo de llegar, aún no has perdido demasiada sangre. Me avisó ese niño que ibas con el comando de Tarouk.
– ¿Tarouk? – apenas podía hablar y se desvaneció de nuevo después de poder oír: – te dijo que era Hamid, pero es uno de los hombres de Dostun. Les habéis servido de cebo para repeler un atentado de vete a saber quién. Descansa.

A Tarouk, uno de los lugartenientes del general Dostun, señor de la guerra de las provincias del Este, el poder dar rienda suelta a su ira y su rabia contra el extranjero, después de tantos días de contención no se percató que su disparo atravesó limpiamente el temporal izquierdo si alojarse en el cerebro. Pero Marshall debió esperar unos meses a recuperarse de su grave herida en el hígado en el hospital militar. Al pasar los primeros días inconsciente y después de que los sedantes post operatorios ya no fueron necesarios recibió la visita de su teniente.

– Vaya, soldado Dunloghan. No se incorpore, ha de recuperarse y pronto podrá volver a casa; le han dado una buena. Cuénteme, ¿sabe donde lo tuvieron secuestrado?
– No…
– Es normal, de no haber sido por su compañero Konrad ya estaría muerto. Llegó a tiempo para que la hemorragia no lo matara. El dice que usted le salvó la vida en varias ocasiones. Y por tanto ya están en paz, ¿No?
– Claro…
– Bien, cuando esté en condiciones redacte su informe y listo. Bienvenido al mundo de los … vivos, aunque aquí no se qué quiere decir eso.

El teniente iba a soltar otro de sus acostumbrados sarcasmos pero se los horro, y dejó a Marshall con su amigo.

– No hace falta que me lo cuentes, Marshall…
– Roger…
– Tranquilo, así que te den de alta te embarcaran para casa. Esa herida en el hígado te ha licenciado para mucho tiempo, pero podrás volver emborracharte, aunque tardarás un tiempo, claro….
– No quiero irme.
– ¿Qué?
– No tengo adónde ir; ella está aquí.
– ¡No me jodas Marshall! Vamos, el mundo está lleno de mujeres y tú siempre has sido un Don Juan… – se le cortaron los argumentos lógicos, porque el amor basa su magia en lo absolutamente ilógico – Vale, estás loco, ¿lo sabías?
– Sí.
– Joder, Marshall, no puedes llevártela. Ya has visto. A pesar de las apariencias estamos en sus manos, porque este es su país, por mucho que los periódicos digan…
– No voy a irme. He de matar a ese hijo de puta con mis propias manos.
– ¿A Dostun?
– No, hombre, Dostun no es nadie, a su marido.
– ¡Joder! – lanzó un largo resoplido. Se levantó y fue hacia la ventana y murmuró sin apartar la vista del patio lleno de ambulancias, vehículos blindados, soldados. – Me contaste algo de un antepasado tuyo que estuvo con los templarios, ¿ verdad? Y que dejó algunas cosas escritas antes de irse a Tuerra Santa, por ejemplo que la rendición es peor que la muerte… cuando tienes una causa, como el la tuvo. Y tú la tienes también, ya lo creo que la tienes. ¿Qué quieres que haga?
– No Roger, esta vez no.
– ¿No querrás que sigan ayudándote los niños?

Marshall rio suavemente y se incorporó.

– No sé el tiempo que puedo tardar, ni cómo voy a hacerlo, pero no me iré de aquí sin ella y sin arrancarle la cabeza a su marido. Hace mucho tiempo vine a Kandakhar sin saber porqué me atraía esta tierra.
– Ya me lo contaste, y ahora lo sabes, ¿verdad?
– Eso es.
– Pues cuando te llegue la orden de traslado a casa tendrás que irte…
– O esconderme de nuevo.
– Ufff…

Juan Trigo
Peshawar,
Un tranquilo día Enero de 2003

Imagen: Spyroteknik

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