The Loneliness of the Long Distance Runner


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Apenas a unos metros de la mesa en la que el Ministro había instalado a sus acólitos y esbirros para arrancarnos nuestra rendición incondicional, la niña, probablemente por la impaciencia en liberarse del protocolo que sus padres la obligaban a someterse en el mejor restaurante de la capital, tiró de un manotazo la sopera que el camarero acababa de dejar sobre la mesa, y las esquirlas de metralla, en forma de soupe à l’oignon à l’ancienne aux fines herbes de Provence, fueron a parar al traje azul noche del temible subsecretario de economía que se giró bruscamente con el aire de ir a degollar al intruso, cosa que naturalmente no hizo porque cortarte la cabeza a una niña de 8 años hubiera resultado políticamente incorrecto.

Suficiente irrupción en la línea de los acontecimientos cotidianos, como para liberarme de mantener mi compostura de seriedad y consciencia en la gravedad del desplome de la Europa Comunitaria y de la falacia llamada Euro. Sobre todo porque tal interrupción me permitió extasiarme y por tanto huir en el contraluz espléndido que multiplicaba como un tempo allegro e bon troppo sinfónico de Beethoven, el dorado de los generosos bucles de la niña, y que me recordaba aquella sacerdotisa que tres milenios atrás conocí en Delfos, antes de que Sócrates colocara en sus puertas su famosa frase que casi nadie ha entendido desde entonces del “Conócete a ti mismo”, pero da igual. Al decir conocer, ya habrán ustedes, señoras y señores diputados, entendido que quiero decir gozado del privilegio que un pobre peregrino logra tener al poder hacer el amor a una diosa. Y pido indulgencia a las damas de este jurado que va a condenarme sin duda, aunque no me importa, porque la única manera de conocer a una mujer es que ella acepte hacer el amor contigo. No hay otra, digan lo que digan todas las iglesias del mundo, que además me da igual.

Ah, pero, esperen, señoras y señores ilustres, el incidente no quedó ahí, puesto que la niña se me quedó mirando fijamente, y no solo eso, para acabar de consumar la tragedia, sino que me dijo clara y llanamente, como es el proceder de los seres que resisten tan eficazmente todas las corrupciones y a los que nadie consigue meter bajo las ruedas:

-¿Por qué me mira así?

-¿Quién, yo? – típica respuesta del sicario de mafioso al que el único policía no corrupto de la ciudad ha conseguido apresar y le pregunta si es el autor de aquellos 28 asesinatos que yacen sobre los adoquines de la avenida principal.

-¡Es el único que me mira!

Gentiles damas del jurado, respetables señores, estuve a punto de desmayarme sobre el plato de esferificados de Ferrán Adriá (aunque en realidad fueran un sucedáneo creado por un díscolo discípulo de Santi Santamaria). ¡Me quería! Lo adiviné enseguida. Se fijó en mi, pobre caminante del desierto. Por eso me declaró tan solemne como ferozmente que yo era el único que me había dado cuenta de su momento insurreccional. Ah, ¡Dios de los ateos! No era solo una luz al final del túnel, sino el final del largo viaje a la noche. Casi tres milenios separaban nuestro encuentro, y si mi antepasado Henry Dunloghan pudiera dejarse emborrachar por la belleza y por la luz de esa mirada resuelta, inaccesible a la corrupción, rebelde hasta el final, diría que su amada bruja de los bosques de Tara tenía los cabellos negros como la crin de su noble alazán, pero que brillaban con un fulgor aún mas intenso y vivificante bajo la luna en el salvaje condado de Antrim, al este del rio Shanon.

Una mujer al fin y al cabo, pero no cualquier mujer, ni mucho menos, sino el espíritu de la revolución permanente.

En realidad señoras y señores diputados, no sé que fue del Ministro ni de sus robots con forma humanoide, ni de las salpicaduras de la sopa de cebolla tradicional con yerbas de la Provenza, en sus trajes azul noche y corbatas rojas. Ya sé que a ustedes les interesa mi testimonio para que puedan ustedes cortar cabezas a placer, pero me da igual. Me da igual mi testimonio, ustedes, las cabezas, que por otro lado ya nacieron cortadas, y toda esa aburrida maniobra política, como todas, sin sentido, aunque vomitivas. Yo vivo y respiro el fulgor de aquellos bucles dorados, resistiendo cualquier intento de sus padres, tutores, maestros, etc., por aplastar recogidos en un pulcro y “decente” moñito de escuela de religiosas. Me da igual lo que hagan ustedes con ese sainete llamado Euro y con el Rapto de Europa. Yo vivo y respiro del instinto de libertad y los momentos insurreccionales de una niña de 8 años a la que nadie logrará vestir uniforme ni hablar educadamente ni mucho menos años más tarde meter en un matrimonio de conveniencias. Ah, si por un momento adivinara que una atrocidad así podría ocurrir en este planeta, ven, me tragaría esta cápsula de cianuro que muchos años atrás me prestó para esta ocasión uno de los personajes de John Le Carré.

Juan Trigo,

15 Febrero 2012

En algún lugar de la galaxia Gutenberg

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Imagen: Alan Shapiro

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de planocreativo Publicado en CUENTOS

3 comentarios el “The Loneliness of the Long Distance Runner

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