Cómo ha podido ocurrir (Primera parte)


 

*

¡Como ha podido ocurrir! No me lo explico, ese inútil de Conaught me ha tirado del caballo. No le acompañaban tantos soldados, y ya lo alcancé en el costado.
Nunca me había ocurrido… ¿Donde estoy? ¿Cómo he podido quedarme sin caballo?… Me quito el yelmo y la cota de malla… Recuerdo este bosque, pero como en sueños…
¡Ah, la pierna! Tengo un corte profundo, no me he dado cuenta. Habrá sido en el choque frontal con los soldados de Hugh de Conaugh…
No me puedo levantar… ¿Qué es ese ruido?

– ¿Quién sois? ¡Acercaos para que os pueda ver!… ¿Sois una sombra, un fantasma? ¡Quitaos la capucha! Eh… ¡Vuestro nombre!
– Me conocéis, mi Señor. Vos sois el dueño de estos territorios y conocéis a todos vuestros súbditos.
– ¿Dónde estoy?
– Oh, mi Señor, ¿no reconocéis el lugar? Ya estuvisteis aquí antes. Bueno, aquí no os oye nadie, podéis pronunciar su nombre, aunque vos mismo lo hayáis prohibido.
– Arghven… y vos sois… ¿Qué hago aquí?
– Librásteis una batalla al otro lado del rio, como las que siempre soléis ganar, aunque esta…
– ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Habéis usado uno de vuestros encantamientos?
– Ya sabéis que yo no hago esas cosas, porque no existen. Ni tampoco mi madre a la que vuestro padre ordenó quemar, aunque él tampoco creyera en encantamientos. He de curaros esta herida, dejadme que os ayude a levantaros, mi cabaña esta a dos pasos.

Me arrastra en silencio entre las olas de hojas de álamo que penden en horizontal a menos de un metro del suelo de los gruesos troncos tapizados de líquenes y musgos, y reflejan la luz dorada del atardecer asemejando cuentas de fastuosos collares que adornan este inmenso palacio natural. Huele a fresno recién abierto sobre tranquilos estanques y se oye el murmullo discreto de los hilillos de agua que se desmayan de las rocas antiguas. Esta mujer es muy fuerte a pesar de su esbelta y mediana estatura. Estoy en sus manos, puede matarme en cualquier momento con alguno de sus famosos venenos, que el arzobispo de Antrim tiene enumerados en su infinita lista prohibiciones contra la antigua cultura de los druidas. Y sin embargo nunca me he sentido tan seguro como asido por esta mano firme y decidida. Empiezo a oler a leña quemándose; la cabaña debe estar entre aquellos arbustos, pero tiene un perfume muy distinto a cualquier lugar que yo recuerde. ¿Qué tipo de madera usará?

Solo cuando estamos a pocos metros me doy cuenta que la espesa fronda ocultaba una pequeña cabaña confundida con el ser que encarna el bosque. Y en ese preciso momento la pierna deja de dolerme. Será otro encantamiento.

– Ahora lo entiendo.
– ¿El qué, mi Señor?
– Uno de tus encantamientos me ha tirado del caballo.
– No creo.
– ¿Por qué lo dices, no eres una bruja?
– No, claro que no, ya sabéis que las brujas no existen, aunque lo diga el Arzobispo. ¿No será que vos mismo quisisteis caeros del caballo para detener la batalla y llegar hasta aquí?
– ¿Qué tonterías dices?
– ¿Tonterías? ¿Qué encantamiento podría derribar al mejor jinete del Rey? Vamos dentro.

No se parece en nada a las descripciones que se leen en las homilías de la Iglesia: entramos en una amplia estancia, muy limpia y ordenada, extraordinariamente acogedora. Es como entrar en otro mundo, como volver a la placenta, al refugio de los ángeles, a ese Paraíso que dice la Iglesia que se perdió para siempre; otra mentira. Huele suave a yerbas medicinales, a libros de sabiduría, a flores silvestres colocadas en jarros de terracota.

– Tumbaos aquí, mi Señor. Voy a curar esa herida. Aún estamos a tiempo, es un corte limpio… como si os lo hubierais hecho vos mismo.
– ¡Qué dices!
– Lo sabéis perfectamente.

Me coloca su mano sobre los ojos mientras recita unas frases en gaélico arcaico del que solo reconozco algunas palabras. En la oscuridad placida y aromática de su piel, tan acogedora se abre un claro y aparece el rostro de mi madre apartando algunas ramas tupidas para que pueda verla. Por primera vez la veo sonreír. Recuerdo que ella conocía ese idioma antiguo, pero no osó nunca enseñármelo por miedo a las prohibiciones de la Iglesia. Se aparta para enseñarme una construcción en lo alto de un montículo; parece un templo de piedra tallada. La visión se desvanece.

Abro los ojos. La maga esta a mi lado y me sonríe plácidamente. Sentada sobre los talones, las manos apoyadas sobre las rodillas. Tu túnica gris oscuro, sencilla, recia.

– Podéis quedaros aquí todo el tiempo que queráis, mi Señor. La herida tardará unos días en cicatrizar.
– No la has vendado.
– No. Simplemente limpiado y aplicado yerbas curativas, y dejado a la naturaleza que haga su trabajo. Es una receta que me transmitió hace años el discípulo de un médico alemán al que llaman “Como Celso”, que pasó por aquí, como vos, extraviado.
– Pero no puedo moverme así, no puedo cabalgar ni vestir…
– Claro, por eso os sugiero que os quedéis hasta que esté cicatrizada.
– Pero me echaran de menos, y ese necio de Conaught me creerá muerto y se apoderará de mis dominios.
– Ah, no tiene importancia, volveréis a recuperarlos.
– Desde luego, pero… ¿Qué es esa música?
– ¿Cuál? No oigo nada.
– Es un murmullo, como el fluir de un torrente entre grades piedras.
– El río está muy lejos… Vaya: ¡Que rápido…!
– ¿El qué?
– Vuestros sentidos… qué rápido están conectando con vuestro Ser.
– ¿Qué estáis diciendo?
– Que vuestro ser estaba cansado de perder el tiempo y os hizo deteneros en este lugar.
– ¿Mi Ser? ¿De qué ser habláis?
– Yo no hice ninguna magia, mi Señor, toda la hicisteis vos. Cada uno de nosotros la hace cuando llega el momento.
– No sé de qué habláis.
– Claro que lo sabéis, mi Señor, claro que lo sabçeis.

Ha abierto una sonrisa como jamás habría podido imaginar en el rostro de nadie. Es la mujer más bella que he conocido, incluso con ese hábito de monje, sus cabellos cortos, ningún adorno, y su perfume que huele a bosque… ¿Será cierto lo que dice y fui yo mismo el que descabalgué? No enseñan estas cosas los libros, por lo menos los que hay en la biblioteca de palacio, ni desde luego los de la catedral de San Patricio.

*

Juan Trigo

Imagen: Alaya Gadeh

SEGUNDA PARTE

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de planocreativo Publicado en RELATOS

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