EL DESPIDO FULMINANTE. Ejemplo de caer en el pozo (Basado en una historia absolutamente real)


Oscar Weinskorpf supo que aquella escena no se le borraría jamás de su mente…

Wayne Sim, el Presidente de la multinacional abrió la puerta del despacho de Oscar Weinstorpf, la sazón su Director General de operaciones para Europa y Oriente medio, y entre el batiente de la puerta y el dintel, sin asomarse lanzó:

– Hi Oscar, ha yadoing?

– Fine Wayne, when have you arrived?

– An hour ago.

– Everything is Ok?

– Yeah. – y añadió enseguida sin entonación – By the way, you are fired. – “Por cierto, estás despedido”.

Oscar se lo venía “oliendo”. En los últimos días, Wayne Sim estaba prodigando demasiadas atenciones al Director Técnico que él mismo había escogido, entre las cuales una estancia de varios días en la central de Calgary, sin habérselo comentado, asignación de los proyectos de mayor riesgo, etc. Y aquel mismo día al entrar en el edificio y dar la vuelta rutinaria por los despachos, Oscar sorprendió una reunión que dirigía Wayne Sim al staff técnico en la sala de reuniones cuyas conversaciones enmudecieron de golpe en el momento en que abrió la puerta.

Estuvo todo el día conduciendo sin rumbo para quemar tiempo y no llegar a casa antes de las 7 de la tarde para no alarmar a su frágil Ivonne. Debía pensar muy bien cómo prepararla para comunicarle que estaba despedido, y que a sus 59 años iba a ser muy difícil encontrar un empleo similar con el que mantener los ritmos de vida, suyos y de sus 4 hijos y correspondientes nietos. Como era la primera vez que lo despedían y normalmente había desempeñado cargos ejecutivos de altura en la empresa privada, esos ritmos distaban mucho de asomarse a las precariedades de un desempleado corriente.

Le costó lo indecible meter la llave en la cerradura. En el interior todo sonaba normal, los gritos e insultos del tercer hermano cebándose violentamente en la alegre inocencia del último; inocencia lógica por tener 5 años, pero en cuanto a la alegría, ciertamente demasiada para aquella familia. También resonaba el violento intercambio de voces entre Ivonne y Lucilla, la esposa de Klaus, el segundo; Oscar no recordaba en ese momento si seguía en paro o ya había encontrado otro sucedáneo de empleo en la Administración, ni tampoco recordaba cual de sus amigos lo habría colocado en esa ocasión. La televisión a todo volumen sin que nadie le prestara atención, el estruendo de batalla de una secuencia especialmente ruidosa de la última versión del “Call on Duty” por el monitor de la PS3 absorbiendo como siempre todos los sentidos de Gert, su hijo tercero. En fin, pensó Oscar, todo normal; no pasa nada.

Y siguió el ritual de todos los días: respirar hondo, como aquel que va a hacer una prolongada inmersión, sacudir la cabeza, como el can que trata de expulsar el agua de lluvia, aplicar los dedos índice y pulgar hacia arriba en ambas comisuras de los labios para forzar una sonrisa de payaso de feria ambulante y clic, su diestra mano de ejecutivo de alto nivel consiguió darle la vuelta a la llave hasta el final y que la regia puerta de roble americano se abriera.

Creyó oír a alguien que le lanzara un distraído y apresurado “hola”, a lo mejor Sandro, el mayordomo de Ivonne. Fue directamente a la sala de juegos de la planta baja con la intención de rescatar a Isaac (solo faltaba que él le llamaran Abraham en lugar de Oscar y que tuviera el cinto el cuchillo de Dios con mango de empuñadora en asta de carnero). Aquel día iba a costarle mucho más liberarlo del entrenamiento militar al que lo sometía su hermano a su pesar, y eso que Isaak se le lanzó a los brazos al inevitable grito de “¡papi!”, porque el mundo se le había derrumbado encima, como si a Atlas, la bola del mundo se le hubiera resbalado de las manos. No tuvo fuerzas para enzarzarse en la acostumbrada discusión de juego de masacre con su hijo tercero; simplemente el ingenio que tenía que desarrollar a diario con la aguda inteligencia manipuladora del muchacho, se había ido para otro lado. De modo que cogió a Isaac en brazos y se lo llevo al salón, no sin antes pensar que aquello era como rescatar a un cristiano en tiempos de Nerón de la arena repleta de leones hambrientos, pero no podía llevárselo al piso de arriba evadiendo sin más el ritual de salutación a la emperatriz y su más encarnizada rival, su nuera. E incluso a sabiendas que iba a tener que sostener en brazos al pequeño (lo cual, por otra parte, siempre era lo mejor que podía pasarle durante el día), mientras Ivonne le espetaba con todo lujo de detalle la serie de desgracias que le habían ocurrido, “por supuesto solamente a ella, porque nadie más en el mundo estaba poseído por tan recalcitrantes demonios del inframundo, que le tenían tanta ojeriza como el coro de arcángeles que custodiaba al mismísimo creador en las alturas celestiales”.

Aquella tarde su automática desconexión de las ondas de choque que le lanzara su esposa con la ayuda de su nuera, le llevo refugios muy distintos, Magistratura del Trabajo, Inem, abogados peleando por una indemnización, recorrido exhaustivo de los amigos que inmediatamente dejarían de serlo, desempolvar sus currículos, repasar el estado de las hipotecas, etc. Pero el olor a ángel real de Isaac, abrazado a su cuello, con sus manitas entrecruzadas y jugando suavemente con los cabellos de su padre, le estaba proporcionando otro vórtice distinto en las dimensiones espacio-tiempo por el que huir hacia luminosos mundos de leyenda en lugar del fundido en negro que su alma ansiaba hacer.

Como siempre le interrumpió la voz de sargento de caballería de Lucila:

– ¿Sabes lo que ha hecho tu queridísimo hijo?

– No, pero estoy seguro que me lo vas a decir, – respondió Oscar con su sarcasmo defensivo habitual – pero antes dime de qué hijo se trata, Klaus, tu marido o Gert, al que acabo de arrebatar tan injusta como tiránicamente su más divertido juguete.

– ¡Por favor, cómo te iba a hablar del caso perdido de la familia! – se refería a su marido Klaus – Siempre es demasiado aburrido hablar de él. Han expulsado a Gert de la escuela. – sentenció finalmente.

– Ah, – dijo Oskar girándose talones para salir del primer piso del infierno, – por eso estaba machacando a su hermano de manera tan relevante y notoria.

– ¡No te van a servir tus sarcasmos esta vez! – oyó la voz de domadora de leones ya desde la escalera, a lo que contestó al pisar el cuarto escalón:

– ¿Me han servido alguna vez?

– Has de hablar con él, Oscar – le llegó ya casi en el piso de arriba la desvalida la voz de la divina Ivonne.

– ¡Papa, ¿Cuándo me comprarás la X-Box de una puta vez? – interrumpió la violenta voz de Gert.

– Claro, deja que deje… hmm, maravillosa redundancia, a este angel, que nadie podrá hacer caer nunca, en algún refugio de por aquí arriba y unos minutos para mentalizarme y ponerme la máscara del que se supone es mi papel de padre y… “hable con él” (entonó un fugaz cántico teatral).

Pero en lugar de bajar al salón y emplear todas sus fuerzas del alma de sus ancestros celtas en evitar la constante provocación a la pelea con su tercer hijo, Gert, que, por supuesto en ningún momento despegó la vista del “frente de Rusia” a donde le llevó conducir con el joystick al personaje virtual de su admirado “sargento Myers”, Oskar se dirigió directamente al garaje aprovechando que ambas mujeres siguieron hablando por Skype con sus familiares, los Fourneaux de Getrouille, Orleans, y se encerró dentro del coche sin encender la luz, aunque de momento no albergaba la intención de suicidarse, por extraño que pueda parecer, sino simplemente encontrar un espacio de silencio y oscuridad.

Se le cayó la cabeza entre las manos y luego sobre en el volante. Sentía el peso de una montaña de sal que le cortaba la respiración. No podía siquiera imaginar cómo iba a comunicar a su queridísima esposa que estaba en el paro, ella que presumió desde el principio de haberse casado con un brillante ingeniero que iba para Director General de empresa transnacional, y que lo había conseguido. Pobre ilusa, siempre tan esquiva con la realidad ¿Qué iba a ser de ella, ahora? Vivía en una delicada burbuja suficientemente alejada de todo y dentro de la que se había creado un mundo a la medida de sus miedos, en el que se hacía la ilusión de que todos la querían, aunque no supiera muy bien porque, aunque eso no importaba. Sintió un desgarro en el pecho por la irrupción de la imagen de una niña abandonada en un burdel de Asia. Nadie había conseguido aproximarla unos milímetros al mundo cotidiano. ¿Cuántos terapeutas harían falta? Hacía tiempo que ya no iba a ninguno, todo era inútil. Seguía tomando un racimo de pastillas de todos los colores como golosinas, tan inútil como compulsivamente. Eso; una niña desvalida, llegada de otra parte del planeta y abandonada en un burdel de Tailandia.

Pero el pensamiento que penetró con feroz violencia en su mente, como un poderoso ariete que consiguiera hacer añicos el portalón de la fortaleza: ¿Cómo iba a soportar la vida cotidiana sin la droga del trabajo? El síndrome de abstinencia es imposible de soportar en el infierno. Había tratado de mantener a Ivonne en su urna de cristal antibala, de espaldas de esa realidad que tanto la aterrorizaba, pero de pronto vio como alguien depositaba el estanque de orquídeas del Amazonas en la planicie de un “chot” sahariano, un interminable desierto de sal, y se marchaba abandonándolas a su suerte.

Y la total oscuridad cayó sobre el mundo ocultándolo las formas de si mismo.

– ¿Cómo voy a continuar? – Murmuró – ¿Qué va a ser de mi vida a partir de este momento?

Y de pronto resonó en el interior del vehículo la voz cascada de un soldado moribundo en pleno campo de batalla… “¿Qué he hecho con mi vida?”

El dolor agudo de un pensamiento que es como un cuchillo de carnicero que te desgarra sin piedad haciendo saltar tus vísceras por todas partes, porque no quiere tu carne, solo quiere divertirse. Un depredador con el estomago lleno pero el alma permanentemente vacía como un pozo sin fondo.

Resquebrajarse como una estatua de barro cocido que se desmorona en pequeños pedazos polvorientos.

El dolor era tan fuerte que sintió como su cabeza iba a abrirse por la mitad como un una fruta desgajada por las garras de un feroz depredador.

Mientras, salía del fondo de su garganta un sonido de ese moribundo que trata de respirar abriendo las fauces hasta desencajarlas y por las que escapa apenas el hilo trémulo de un lamento desesperado, porque sabe que es el último.

Ya está, eso es todo, ha sido solo un sueño, un sueño dentro de otro sueño, dentro de otro y así sucesivamente de forma tal que para poder referirnos a eso utilizamos una curiosa palabra: Vida…. ¿Vida? ¿Qué fue eso? … Me suena esa palabra, sí. Remotamente, pero en efecto, la he oído en alguna parte. “vida”, solo que en este momento no atino a saber a qué se refiere… “Vida”, hmmm, curioso, yo diría que he oído esa palabra en alguna parte, pero hace tanto tiempo que ahora no caigo que es…

Oscar puso el dedo índice en el botón “Start” y empezó a pisar el pedal del embrague para a arrancar el motor. El garaje solo tenía una ventana y estaba carrada, como la gran puerta deslizante. Con ruido interior no se iban a enterar hasta pasados los suficientes minutos, aunque por otra parte un BMW serie 7 hace menor ruido que el rumor de las olas en la playa en una noche de calma total. Hizo bajar los cuatro cristales de las ventana para que el monóxido de carbono se adueñara rápidamente de sus pulmones.

Se dio cuenta que había arrancado al ponerse a girar las manecillas del tablier. La oscuridad se fue concentrando como un duro peñasco de carbón.

Pero al cabo de unos minutos, en lo más profundo de las mazmorras del terror algo activó su vista. Un brillo, al principio muy leve, pero con la suficiente insistencia como para abrir la mente. El personaje “suicida escéptico y práctico” de su interior le lanzó: “¿Qué, es la luz al final del túnel? Vamos, vamos, es solo un efecto eléctrico producido por la inactividad prologada del nervio óptico”… Tal discurso lógico fue interrumpido cuando ese brillo fue agrandándose hasta formar las pupilas de Isaac, y de las pupilas a sus ojos de angel, e inmediatamente llenó la visión del suicida la maravillosa sonrisa del niño; lo único reconfortante de su vida en demasiados años. Por un acto reflejo su índice volvió a pulsa el Start . Las manecillas volvieron a caer a su posición cero. Su mano buscó el mando a distancia de la puerta del garaje y ésta se abrió. Los haces de luz fueron como rayos de Zeus fundiendo rápidamente las masas de carbón. Abrió la portezuela del coche y fue tambaleando hasta la del garaje para salir un rato a la calle.

Cuando recuperó el ritmo de la respiración pudo darse cuenta que estaba viendo una calle distinta, y en el mundo, por supuesto lucían otros colores, brillantes como no recordaba haberlos visto antes.

– De acuerdo, Oscar. – Se oyó decir en voz alta – Comprendo por qué “te has” despedido. Hay que sacudir al mundo, ¿verdad?, y hay que hacerlo ahora mismo.

Volvió a entrar por el garaje a la casa y fue directamente arriba a la habitación de Isaac donde lo había dejado junto a su juego de construcciones. Afortunadamente a Gert la “batalla de Normandía” le estaría costando más de lo que imaginó y no pudo despegarse de la PS3 para ir a fastidiar a su hermano pequeño.

Primero se aseguró que Isaac seguía a salvo en su cuarto y bajo al salón para plantarse ante las dos mujeres.

– Ivonne, querida, tengo muy malas noticias. Hemos de vender la casa porque me han despedido. Lucilla, tú y Klaus tendréis que buscaros algún apartamento donde vivir, porque yo tengo por delante una sangrienta batalla legal contra ese tejano canadiense de origen ucraniano…

– ¡Wayne! – gritó Ivonne, forzando el contralto.

– Sí, querida, lo que yo me temía, y ahora, antes de tratar de destrozarlo necesito asegurar que me pague la indemnización.

– Pero… ¿Qué vamos a hacer, Oscar?

– Luchar Ivonne, querida, luchar. Y ahora si me lo permitís, aunque es igual, he de llamar a mis abogados.

– ¿A estas horas?

– Claro, el dinero nunca duerme.

– ¡Papa…! – Gert iba a reclamar su X-Box y otras muchas cosas más cuando su padre lo interrumpió.

– Hijo, tendrás que ponerte a trabajar como no puedas recuperar las asignaturas que has suspendido, aunque para ello tendrás de meterte el orgullo por el culo y suplicar al director que vuelva a admitirte.

– ¡Pero…!

– Hijo, me temo que a partir de ahora ya no hay peros que valgan.

– ¿Y mi X-Box?

Oscar contestó con una carcajada de Enrique VIII encaminándose a la escalera para refugiarse en la habitación de Isaac, marcando en su teléfono móvil el número de su mejor abogado. Lo que sigue ya es otra historia.

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de planocreativo Publicado en CUENTOS

2 comentarios el “EL DESPIDO FULMINANTE. Ejemplo de caer en el pozo (Basado en una historia absolutamente real)

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