Cómo ha podido ocurrir (Segunda parte)



*

He debido quedarme dormido profundamente durante mucho tiempo, otra vez, y lo que he visto solo han sido sueños y visiones. La luz del nuevo día se filtra por las dos pequeñas ventanas que dan al Este, provocando un abanico de haces blancos que dibujan formas regulares en el suelo y las paredes de la cabaña, y entre alguno de los cuales se entrelazan los sutiles halitos de vapor del caldero que humea permanentemente en el hogar. La maga está vuelta de espaldas, también sentada sobre sus talones manipulando objetos sobre una pequeña mesa. En esa postura el holgado y austero hábito de monje resulta incapaz de ocultar las formas de su hermoso cuerpo de mujer. Si las cortesanas pudieran entender que la belleza se realza mucho mejor sin afeites, las fiestas de palacio no parecerían un desfile de pavorreales en celo.

Eran visiones del mundo antiguo de mis antepasados, en las que un grupo de comensales cantaban y recitaban antiguos versos, dispuestos en círculo alrededor de un caldero humeante sobre abundantes brasas. Poco a poco en la noche cerrada los cánticos y los poemas parecen materializarse en sombras y penachos nubosos que discurren a la espalda de los presentes, hasta que en un momento dado esas neblinas se concretan en formas cada vez más humanas que van uniéndose a la celebración.  Son los espíritus de los que se fueron que vuelven para reunirse con los vivos y compartir la magia de la existencia. Ese es el secreto de la ceremonia que rige la transición sin discontinuidad entre ambos mundos, el de los vivos y el de los que lo fueron, según cuentan las leyendas sobre los primeros pobladores del mundo celta, los Thuata-de-Danan, y que ahora aparecen de nuevo recordándome las viejas historias que me contaba mi bisabuelo junto al enorme hogar de la sala del trono y que me fascinaron tanto de niño, sin saber la razón, aunque muy pronto las olvidé atraído por el oficio de la espada y la sed insaciable de conquista.

Las neblinas de mis sueños persistentes  abren un claro para que pueda ver el rostro de la maga que se ha vuelto hacia mí y sonríe como si hubiera percibido ese destello de iluminación en mis recuerdos de infancia.

–       ¿Cuándo hace que estoy aquí?

–       Cuatro días, mi señor.

–       ¡Cuatro! Si parece que me encontraste ayer.

Su sonrisa se hace más ancha y deslumbrante como el propio estallido del conocimiento. Vuelve la cabeza hacia sus quehaceres. No parece tener miedo de mí, a pesar de que mi fama de mujeriego sin compasión rebasa los límites del reino desde hace años. Más bien diría que trata de tranquilizarme, de hacerme sentir en casa, y creo que adivina que me siento efectivamente así por primera vez desde niño.

–       ¿Tenéis hambre, mi Señor? – pregunta sin volverse.

–       Pues…

–       Debéis tenerla, apenas habéis aceptado algunos sorbos de líquido en estos días. Seguro que os comeríais un venado entero. – añade riendo.

–       Bueno…

Me incorporo. Miro la pierna que asoma entre un largo jirón que la maga habrá hecho a mi túnica; la herida parece estar cicatrizando rápidamente. Trato de levantarme. Ella se vuelve de nuevo y su mirada es expectante, hace el gesto, pero no llega a levantarse para que yo lo intente por mí mismo.  Busco un bastón. Ella sigue inmóvil, invitándome a hacer el esfuerzo, pero atenta. Todo mi mundo se ha reducido a esa figura menuda que manipula en silencio sobre una mesilla de madera una colección de yerbas y pétalos de flores. Será otro encantamiento pero me siento como conducido hacia ella por un ciclón silencioso y muy lento.

–       He tenido un sueño… – empiezo despacio acercándome. Levanta los ojos hacia mí y en sus pupilas empiezo a ver el desfile de mi vida y la de mis antepasados por mundos que no conozco aunque me hablaron de ellos. Sus ojos son la puerta a esa otra dimensión que yo no creí que jamás existiera. Mundos conectados con la tierra, con el bosque, con los aromas que me he perdido y los sentidos que me prohibí, como con la belleza. Descubro en la inmensidad de sus ojos negros y grandes que en el mundo en el que vivo también hay mucha armonía, sutileza, sensibilidad, belleza, aunque yo no he sabido verlas. Ella sigue esperando a que le cuente el sueño.

–       No hace falta que os sentéis en el suelo, vuestra pierna os aún dolerá si la dobláis. Podéis sentaros en aquel banco. Yo os oigo igual.

Está a mi alcance, como la cantidad de mujeres que he poseído y olvidado en un instante, al igual que en batalla al ritmo de mi espada segar cabezas cual campesino espigas de trigo con la guadaña, y si embargo soy yo quien esta poseído por una fuerza descomunal que emana de ella, el poder absoluto de la sutileza, de lo intangible, de esos mundos milenarios de mis antepasados que vivieron en estas tierras y mucho más allá del mar.  Pero es una posesión beatífica y acogedora, por primera vez en mi vida de sangrientas luchas interminables, que me embarga y me tiene de pie casi en postura de adoración. Se me ocurre quedarme a vivir con ella en este punto secreto del universo, pero sé que eso no es posible.

–       ¿Cuál fue ese sueño, mi señor? – apremia para rescatarme de mis vacilaciones.

–       E… había gente alrededor de un caldero humeante sobre el fuego…

–       ¡Vaya! – ha girado el torso de golpe, sorprendida y sus ojos brillan como el amanecer límpido y espléndido, y su sonrisa se ensancha de esa manera que me cautiva y me invita a seguir.

–       Cantaban y recitaban poesías…

–       ¿Entendiste el idioma? – me interrumpe.

–       E… no. Parecía gaélico, pero hablaban palabras que no había oído jamás.

–       Oh, vaya. – Lo dijo en un tono como si yo hubiera encontrado algo antes de tiempo. – Seguid, por favor, mi señor. ¿Qué más visteis en ese ágape?

–       Uf, pues, cosas muy extrañas…

–       Vamos, decid lo primero que os venga a la mente.

–       Sombras…

–       ¿Sombras? – ahora ella era la extasiada.

–       Sombras detrás de sombras, cuerpos sin forma aparente, penachos de nube detrás de la gente… pero se iban convirtiendo en gente…

–       ¿Hombres y mujeres?

–       Sí, y eso me sorprendió, porque en nuestros banquetes… dejémoslo, y además nunca en el bosque, como no sea para librar una batalla…

–       Sombras. – siguió para tirar de mis sueños convertidos en palabras.

–       En un momento dado fueron tomando forma humana y se mezclaron con los que cantaban y recitaban.

–       Vaya. – volvió a repetir y aventuró: – extraordinario, es la Ceremonia… ¿visteis todo eso? – preguntó porque tenía que asegurarse.

–       Sí, con la claridad como os veo ahora a vos.

–       ¿Qué más?

–       Un hombre muy mayor, supongo que era el druida, extendía el pomo de su báculo hacia los presentes describiendo en el aire el círculo de los presentes.

–       ¿Oíste que decía?

–       Oh, sus palabras sí que me resultaban completamente ininteligibles, pero su voz…

–       Segui, por favor, os lo ruego.

–       Nunca he escuchado una voz tan profunda, tan vibrante. Me pareció que sus palabras se materializaban en formas… No se…

–       Claro, es así. Ese es el arte de la declamación que convierte en ser lo que solo es una sombra. Las palabras crean formas y conducen la energía de los vivos y la de los que lo fueron.

Tuve que sentarme. De pronto me invadió un abatimiento de plomo.

–       ¿Qué os ocurre, mi señor?

–       Oh… de pronto… me siento muy cansado…

–       Volver a tenderos…

La cabaña y las formas se han desvanecido otra vez y en su lugar me veo en el extremo de un largo puente sobre un abismo del que no puedo ver el fondo. Parece un puente de piedra, pero puede que sea de madera o… incluso de nubes.

He debido caerme en alguna parte porque siento un golpe en las rodillas. Oigo una voz. Levanto la vista; es al otro lado de esto que parece un puente. Es una figura humana. Aun no la distingo. Se parece a Ashânte o deseo que sea ella. Grita otra vez. ¿Qué dice?

–       No oigo lo que decís… – grito.

–       Que no puedo pasar. Tenéis que reconstruir el puente.

¿Cómo voy a reconstruir el puente? ¿Con que? No tengo nada, no puedo encontrar nada.

–       ¿Me oís ahora, Señor de Dunloghan?

–       Sí… pero no tengo nada con que… y no sé ni siquiera de que material está construido este puente.

–       Pues tenéis que construir un puente nuevo, para que podamos encontrarnos.

Parece que la pesadilla se ha repetido durante toda la noche… o durante los días en que he vuelto a caer dormido, porque siento que deben haber pasado muchos; algo en la cabaña ha cambiado. No veo a la maga. El aire… hay algo distinto, ¿olor? ¿Colores, luz? Trato de levantarme, mi pierna parece más fuerte pero aún me cuesta andar. ¿Dónde estará Ashânte? Salgo afuera. El bosque ha cambiado. Parece otro lugar y también otro tiempo. Grito a Ashânte. Varias veces. Sin respuesta. Ando unos pasos, pero no puedo correr. Un viejo instinto me hace entrar de nuevo en la cabaña a por la espada. Allí está, donde la dejó la Maga el primer día. Es lo único que reconozco. El tacto de la empuñadora soy yo. La levanto, sigue siendo la prolongación de mi brazo, de mi alma. Salgo de nuevo afuera. Echo a andar arrastrando la pierna que yo mismo me herí para detenerme. Acabo apoyando la espada en tierra para que me sirva de báculo.

–       ¿A dónde vas Henry Dunloghan? – me oigo murmurar de mis propios labios – Si puede saberse… Estás perdido, orgulloso Conde Dunloghan, Señor de Antrim, cortador de cabezas y desflorador de virtudes. ¿Adónde iras ahora perro sarnoso? … ya ves, la Maga te ha abandonado. Lógico, no quiere acabar como cuantos pasan a tu lado. ¿Qué te habías creído, insensato?… ¡Cállate de una vez!… ¿Hablas conmigo, Henry Dunloghan?… ¡No, no estoy hablando contigo; no sé quién eres!… Vaya, vaya, ¿no sabes quién soy?… ¡No!… ¿Cuánta gente calculas que hay en este bosque… que se va marchitando y que no tardará en convertirse en un desierto? ¿Qué? ¿Que dices? ¿Qué le pasa a este bosque?

En efecto, el color de las hojas se ha ido volviendo amarillo y luego color tierra, y el color tierra se ha ido haciendo amarillo. Cuando Salí de la cabaña ya me pareció que algo había cambiado en el bosque. Estoy andando por un pedregal árido y ardiente.

–       ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¡Vamos, contesta, hace un momento eras muy locuaz y parecías saberlo todo. ¿Dónde estás? ¿Qué es esto?

Siento un golpe en las rodillas y la espada escapa de mis manos. Doy de bruces en la estéril y baldía arena de un desierto de fuego que se extiende interminable ante mi vista.

–       Es otra alucinación. Pronto despertaré en la acogedora cabaña y Ashânte estará allí para darme una de sus mágicas infusiones… ¡Ashânte!…

Grito su nombre varias veces, pero como dicen quienes vuelven de la guerra en Tierra Santa, el desierto se traga los sonidos y jamás devuelve la voz.

Trato de levantarme pero mi cuerpo parece un pedazo de piedra.

–       ¡Ashânte!… ¡Socorro…!

“Caramba”, suena mi voz de  nuevo, y esta vez por alguna parte de mi cráneo, “el orgulloso Henry Dunloghan, pidiendo socorro por primera vez en su tormentosa vida, y nada menos que a una mujer”

“¿Qué es eso, Henry Dunloghan? ¡Estás llorando! Están resbalando lágrimas por vuestro duro rostro de carnicero. No sabía que tuvierais agua para llorar. Debe tratarse de otro encantamiento”

–       ¡No es ningún encantamiento, Henry Dunloghan, idiota! Es mi alma. ¿Sabes? No, no creo que lo sepas ni puedas siquiera imaginártelo. Yo estaba sentado sobre las rodillas de mi bisabuelo, escuchando historias antiguas, cerca del gran hogar del salón del trono, cuando de pronto algo me asustó… No puedo recordarlo, ni siquiera si apareció del fondo del hogar o de la chimenea, o de otra parte… Y me he pasado la vida, muerto de miedo, persiguiendo esa sombra para que no me persiguiera.

Lo que sigue es muy confuso, mis oídos ensordecen por el rugido del viento del desierto, del que hablan los que han podido regresar. Mi cuerpo se agita por los síncopes del llanto. La arena se pone a oler mojada por las lágrimas, y me embarga un aroma muy conocido, pero que jamás olí en Dunloghan, la “fortaleza del lago”. Es el recuerdo presente de una caricia, y allá nunca las hubo. No me oigo la respiración. Mi cara se ha hundido en el barro de mis propias lágrimas interminables y copiosas. Debo haberme asfixiado en mi propio llanto y me estoy arrastrando por los senderos de la muerte. En una vida de batallas sin término he ido a morir ahogado por mis propias lágrimas.

Esto debe ser el viaje. Me siento flotar arrastrado por la corriente de un rio. Silencio. Oscuridad total… No, allá se ha abierto una ventana en el vacío y veo una escena doméstica en la que el fuego discreto de un hogar ilumina dos figuras, una grande y otra pequeña; sentadas la  pequeña sobre las rodillas de la grande que gesticula ante un objeto redondo de color cobre brillante sobre el fuego del hogar…  Parece un alambique de alquimista… Las aguas del rio se han ido haciendo transparentes y me veo levantándome para observar su curso. El paisaje es incomparablemente hermoso. El rio parece deslizarse sobre una fronda generosa y coloreada por todas las tonalidades de verde. La belleza hecha cuerpo me embarga los sentidos. Debe ser la meta del viaje, pero no creo que esto sea en infierno tal como lo describe el Obispo, más bien debe ser el paraíso. El rio cristalino fluye sobre el bosque describiendo un arco que lo abarca todo…

–       ¿Lo veis, Henry? Habéis construido vuestro puente de agua.

–       ¿Ashânte?

–       Aquí estoy. Siempre he estado.

–       ¿Esto es el paraíso?

–       Bueno, el bosque de Arghven es tan hermoso que puede llamarse así, especialmente ahora, que habéis despertado.

–       ¿No estoy muerto?

–       No. Eso vendrá algún día, como a todos, pero hoy no.

–       ¿Quién es el alquimista?

–       Ah, vaya. Departáis muy rápidamente, Henry. Fue mi bisabuelo… también.

–       ¿También?

–       Sí. Y ¿a que no os creíais capaz de construir puentes?

–       Y menos de agua.

–       Ya estáis en casa.

–       ¿En Dunloghan?

–       No. Esa no es vuestra casa. Por cierto: ¿Por qué le pusisteis ese nombre “La fortaleza del lago”… da igual. Ese hogar de vuestros sueños, donde el druida empezaba a enseñar la ciencia de los antiguos a sus bisnietos ante un atanor en plena obra, estuvo  cerca de mi cabaña…

–       ¿Y? ¿Qué pasó? Seguid, Ashânte, os lo suplico.

–       Vuestro padre la mandó quemar cuando el druida murió y ya no nos volvimos a ver. Mi madre, bastarda de nuestro abuelo, me llevó lejos hasta que se olvidaron de nosotras y más tarde volvimos a este lugar sagrado para continuar la tradición.

–       ¡Quién mató al druida!

–       Guardad la espada, Henry, a los verdaderos druidas no puede matarlos nadie; simplemente se van cuando consideran que es el momento.

–       ¿Puedo quedarme con vos, Ashânte?

–       Claro, para eso os heristeis y dejasteis la batalla.

–       ¿Me enseñareis la antigua ciencia?

–       No tengo nada que enseñaros, Henry, está todo en vos, dentro de ese caparazón de bárbaro sanguinario, que no es más que un escudo del miedo, y que ha empezado a cuartearse, porque ya no os sirve.

–       Tenemos mucho que hacer, ¿verdad?

–       Desde luego, vos lo habéis dicho. Para eso nos hemos vuelto a encontrar.

–       Vamos allá, pues.

 JUAN TRIGO

PRIMERA PARTE

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de planocreativo Publicado en RELATOS

2 comentarios el “Cómo ha podido ocurrir (Segunda parte)

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