EL BUEY BORRACHO DANDO TUMBOS POR EL BOSQUE DE LAS HADAS


– Maestro, ¿no os referiréis al koan que explica cómo montar a un buey borracho que se te escapa entre los árboles?

– Ah, esa jerga psicológica; ¿lo de dominar la bestia y esas majaderías del Ego?

– No exactamente, maestro; ese koan indica…

– Oh, sí, – resopló la reencarnación del propio Basilio Valentín, llamado “El Mago” – Como todos los koans indica muchas cosas en una misma arma de múltiples filos. No, no estaba pensando en eso, estaba pensando en mi mismo… Supongo que Carl Gustav también, pero no se puede revelar eso a los discípulos, ¿verdad?

Y lo que más temía el discípulo (la pre-encarnación del propio Piotr Demianovich Ouspensky) era lo que ocurrió inmediatamente: la risita sarcástica de viejo nigromante al haber descubierto algo nuevo, por supuesto en sí mismo; “lo que descubres fuera solo te inspira indiferencia o compasión, pero ambas en un grado infinitamente menor que con cualquier sendero perdido de tu alma” (por cierto, ¿hemos dicho que era la reencarnación del monje alquimista de Erfurt? Hmmm, tengo mis dudas, a lo mejor se trata de una pseudo-transfiguración del propio Michel de Notredame, pero dejemos eso, a lo menor no ere encarnación de nadie). Al discípulo le inquietaban especialmente esas risitas de su maestro porque constituían el koan más duro y peligroso al que debía enfrentarse, aquel que inmediatamente te deja desnudo ante la Realidad. Y como dicen los Esenios del desierto del Nafud, si antes no has entendido lo que es la Realidad, no puedes contemplarla sin tus armaduras.

– ¿Conoces la saga de Gydion y Blodeuedd?

– ¿Eh?… Ah, uff, esos bárbaros celtas.

– Oh, sí, claro: – enfatizó su acento más socarrón – no le llegan ni a la suela del zapato a los Flame Lords of Shamballah. Hmmm, desde luego, desde luego…

– ¿Adónde vais, Maestro?

– Por ahí…

– Pero… – el discípulo se levantó asustado y siguió a su maestro hasta la entrada el templo, – ¡Maestro! ¿Adónde vais? ¿Puedo seguiros?

El brujo se giró de golpe y antes de clavar la mirada a su asustado discípulo, la paseó por las bellísimas volutas de piedra del gran portalón del templo, que más tarde recibiría el nombre de “Catedral de Chartes”, simplemente por haberlo calificado el estamento oficial como una de las miles de representaciones de la Cátedra de San Pedro , y por encontrarse en esa localidad francesa, y que los devotos esquivarán obedientes el hecho de haberse edificado sobre las ruinas de un pozo telúrico que los celtas debieron construir allá por el primer milenio antes de Cristo.

– Amigo mío, – empezó el mago chasqueando la lengua – es inútil que me sigas, no voy en busca de ninguna excelsa divinidad ni resolver ningún complicado acertijo del Ghautama, aparte de que no están para ser resueltos… y mucho menos voy en busca de eso que llaman “realización”, que tampoco está para ser buscado sino para que te encuentre… cuando menos te lo esperas.

– ¿Entonces?

– Es inútil que me sigas, – repitió – porque voy en busca de lo que no existe, de lo que no necesito conocer, de lo que no está ahí… por tanto, ¿Cómo puedo responder a tus preguntas? – se volvió de nuevo pensativo y murmuró: – Aunque…

– ¡Sí, Maestro!

– Si dejaras de hacerlo, tal vez no tendrías tanto miedo a quedarte solo.

– ¿Hacer, el que?

– Preguntar.

Y el sonido de sus pasos se fue perdiendo sobre los adoquines calle abajo, mientras amanecía poco a poco sobre la bellísima ciudad que las hordas inglesas del Duque de Brunswick tratarían de reconquistar una vez más al astuto Marqués Pierre-Auguste Flamarion et Monteville, valedor del Rey Luis XIII, hasta que las tropas del Papa Gregorio trataran de… y etc., etc.

Y como el director de había dormido en su silla de Director, la script no volvía del lavabo, el productor tampoco vino al plató aquella mañana, etc., al cámara le pareció una buena idea rematar la escena con un lento zoom alejando la imagen hasta que apareciera por completo el escenario de cartón-piedra, con los focos, las pantallas, los altavoces colgando de las tramoyas, los tramoyistas y toda la parafernalia de aquella curiosa película cuyo guionista nadie conoció jamás y que iba transcurriendo según la inspiración de los actores, uno de los cuales, el que hacía de Maestro del Temple en la clandestinidad, se lo estaba pasando en grande dando rienda suelta a sus ganas de divertirse a costa de los obsesos devoradores de exotismo religioso y fuegos artificiales en plan místico.

Juan Trigo

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