Lejos, en la punta de mis dedos


*

Lejos… Iba quedando lejos, conforme este tren aumentaba su velocidad, el recuerdo de las cadenas que me ataron a aquella mujer, el sonido de las corazas que me ataron a ese prestigio, a tal posición social, a aquella reputación. La imagen de mi robot encadenado a tantas máscaras fue haciéndose cada vez mas pequeña y difusa al paso de los letreros que anunciaban la estación término con letras sencillas: “Libertad”.
Las melodías del aire me traían a la conciencia las suaves cadencias de una danza de los nómadas del desierto del Taklamakan, que no conocen fronteras ni posesiones, ni maestros, ni iniciaciones, ni más doctrinas religiosas, filosóficas o sociales que su propia percepción de la realidad. No envidian en vuelo del águila ni la sabiduría de la serpiente, ni la astucia del roedor. No saben lo que es envidiar: viven en armonía con el paisaje; son el paisaje.
La próxima estación es el contacto con la percepción del universo, que los robots humanos llaman El Destino, Dios y otras cosas, y que, como todo lo importante lo pierdes al ponerle un nombre, es decir en el caso de la conciencia universal pierdes la facultad de comprender y por tanto te encadenas a una petrificada repetición de aquella conciencia que otro descubrió en un pasado remoto. Es el origen de los profetas y la inutilidad de ponerle nombres a eso que llaman Dios, aunque sepan que al TAO si lo nombras lo pierdes, es decir lo aprisionas en un vestigio fragmentado e inservible.
El tren me lleva veloz por entre los remolinos del tacto de mis dedos en los aromas del aire y mis sentidos no clasificados pueden percibir la conciencia del universo, la Unidad de todas las cosas de la que el ser humano es la antena pensante. En ese todo unitario la frase “lo que esa bajo es arriba” resulta de una lógica evidente, ya que “todo está en todo y todo forma parte de todo”. Y también cobra un sentido indiscutible la frase del poeta: “Si amas tanto a esta mujer, ¿Por qué quieres encerrarla en tu palacio de oro? ¿Si tanto la amas, porque quieres poseerla, si no posees ni siquiera la piel que te protege, ya que un día habrás de dejarla también? Un ave del paraíso solo emite su precioso canto cuando es libre.”
El tren no se detiene, pero pasada la estación “Presencia”, la ventana se abre y mi amada aparece del exterior y se apoya en el dintel de la ventana y me sonríe: “Hola, ¿Cómo estás?” No hay nada más bello en el mundo que su rostro, que envidian los deslumbrantes atardeceres en el condado de Galway, con el cielo rojo después de la tormenta, que envidian los majestuosos acantilados de fiordo Trondjeim, que vigilan no se desmande el Maeström, que envidian los amaneceres tempranamente reverberantes del Nafud, al que los beduinos llaman “El Yunque del Sol”, que envidian los fantasmas antiguos que se multiplican por las ruinas de Samarcanda, que envidian los múltiples retratos de Dorian Gray colgados en los pasillos interminables del Museo Británico, que envidian las laberínticas callejuelas medievales de Fez, por las que transitan en sentido contrario asnos y sus porteadores cargados como hormigas con fardos cinco veces mayores que ellos. Si todos ellos, y las miles de maravillas de mundo sutil pudieran siquiera intuir la belleza del corazón de mi amada, entonces morirían de tristeza y se apagarían y en mundo seria físicamente ese valle de las sombras que describe nuestra desesperación cuando se niega a comprender. Por eso mi amada me reserva solo a mí su corazón y solo por breves momentos, ese es el secreto del amor, por breves momentos.

Lejos, en la punta de mis dedos. Yo soy el tren y el éxtasis, yo soy la velocidad, yo soy mi propia libertad que respira tranquila en este momento mágico en que desaparecen los aullidos de lo superfluo, las palabras vacías, los rostros dormidos de los robots humanos, los gemidos de tantas desesperaciones inútiles, las notas disonantes de las codicias efímeras, los jadeos de las mentiras y las ambiciones que mueren en el mismo momento de nacer. El escenario ha quedado vacío aunque ya no caerá el telón porque los actores se han esfumado al entender que solo son el reflejo de antiguos fantasmas, y se cansaron de repetir las mismas estrofas, una y otra vez. El esplendor del gran teatro de la Opera ha quedado reducido a un teatrucho de marionetas desvencijadas y rotas, que ya ni pueden moverse. Quiero volver a sentir la nostalgia del actor que fui, pero el tren no se detiene; no es ninguna estación, sino un espejismo, y solo los actores cobran vida dentro de un espejismo. Pero cuando ya me he quitado la última de mis muchas caretas, mis dedos tocan en el aire la percepción del universo. Es como tocar el lienzo de la sala hipóstila de Eleusis, que habla sin voz porque para las puntas de los dedos no existe el misterio. Tejidos sutiles de lino y seda de Bukhara, convertidos en los manantiales transparentes de las fuentes de Arcadia. Todo está claro, la luz diáfana que contempla el enjambre de las últimas preguntas que, como cualquier pregunta lógica, vuelan erráticas hacia el Valle de las Sombras, el único lugar del Universo donde aún surgen preguntas. Y preguntas a las preguntas, y así indefinida e inútilmente. Una y otra vez, inútilmente.
Tal vez la sensación de vivir se resuma en eso, tocar las variaciones en el aire, escuchar las melodías del silencio y dejarse mecer por ellas, te lleven donde te lleven, observar detenidamente las invisibles formas de la respiración y tomar puntual nota de lo que jamás existió, aunque naciera todos los días. Así es el murmullo de los pasos descalzos de mi amada sobre las nubes de incienso recorrer la nave central de Chartres, rehusando el reto del laberinto, porque mi amada no creó el laberinto para mí.
Lejos, entre las flores de este cerezo, cual estallido de espuma en la cresta de una gran ola, mis dedos incorpóreos andan el espacio sin tiempo. Y ¿sabes?: Han vuelto las abejas, están aquí, mi amada las llamó con el cántico de Delfos. Los roedores de las sombras dijeron que habían desaparecido; yo no me lo creí, y por eso mi amada me descubrió. Y el rumor del universo sigue fluyendo suave sobre la existencia eterna por la que corre el tren sin detenerse ya, hasta la estación término, en la que no he dejado de ver ni por un momento la mirada transparente de mi amada, en la que se refleja el vuelo de las gaviotas por los acantilados de Cornualles, de las golondrinas que juguetean frente a las sorprendidas gárgolas de Notre Dame, del pájaro Yungas que se conoce de memoria los encajes de los sillares de Sacsahuamán, del ave Homa que le susurra a Sherezade un cuento tras otro en el palacio de Shahriar, de las diez mil aves que relata Attar en su poema, que guiadas por la abubilla salieron del Valle de la Sombras hacia la luz. La mirada de mi amada es transparente para que yo pueda ver el mundo a través de ella y descubra que al otro lado del Valle apunta la alborada.

Lejos… Parece que efectivamente haya algo sobre lo que nuestras vidas discurren. Una corriente, una brisa, un vendaval que nos arrastra, nos conduce, nos envuelve. Podríamos llamarlo un orden natural, una ley de leyes universal, que parece reproducirse a sí misma ante nuestros ojos y por los rincones más recónditos. Y como algunas veces nos ayuda y otras nos pone la vida tan difícil, de antiguo se creó la necesidad de personificarlo a imagen y semejanza de los vivientes, dándole nombres y atributos para dirigirnos a él, incluso con sacrificios de toda índole para que no deje de sernos favorable. Desde las creencias anímicas, a los dioses paganos, al monoteísmo, o simplemente a ese dios sin dios de que ateos llamaron “El Destino”.

Juan Trigo

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2 comentarios el “Lejos, en la punta de mis dedos

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