EXILIO


*

Aunque la mujer que lo acompañaba iba tapada con un mantón negro de pies a cabeza, Guzmán tuvo que usar la espada hasta el momento de embarcar, luego el capitán ya se embarcaría de proteger a sus pasajeros, tanto soldados como colonos, sobre todo estos últimos por orden expresa del rey Felipe IV. El puerto de Cartagena era uno de los lugares más peligrosos del reino, por ello quienes se enrolaban a poblar las colonias de ultramar debían esperar muchos días viviendo a cubierto en la misma Iglesia Mayor.

El capital del galeón no esperó ni dos días de haber zarpado para llamarlo a su estancia en el castillo de popa.

– Puede guardar la espada Excelencia – dijo al verle entrar – y no se preocupe por su mujer, uno de mis mejores hombres tiene orden de protegerla con su vida, aunque a bordo no puede pasarle nada; aquí mando yo.

Como el hombre mostraba una ostensible expresión de sorpresa, el capitán continuó.

– Le he reconocido, Excelencia…
– ¡No me llame así! – cortó Guzmán masticando cada una de sus breves palabras.
– Como guste…
– ¿Qué quiere de mí?
– Que tenga un viaje cómodo, y el castillo de proa no es lugar para que una dama pase los tres largos meses de viaje que nos esperan.
– Gran parte de los colonos están alojados ahí. Nos hemos acomodado muy bien, no debe preocuparse por ello.
– Ah, – chasqueó la lengua – se lo diré corrido… señor, porque veo que es hombre de pocas palabras: Se lo debo.
– ¿Qué? ¿Cómo ha dicho?
– Mi hermana. Usted salvó a mi hermana del patíbulo.
– Capitán, le aseguro que no sé de qué me habla. Si sabe quien soy sabrá que siempre he vivido en Madrid.
– Claro, en la corte…
– ¡Capitán, eso es el pasado!
– Sí, ya supongo que un hombre como usted embarcarse a las Américas debe tener sus razones. Yo también vivo en Madrid cuando no estoy embarcado. Hace menos de un año usted, a la sazón prefecto de la ciudad, se interpuso para que no ahorcaran a mi hermana. No hizo público que el juico fue una farsa, pero simplemente le concedió el indulto.
– ¿Su nombre?
– Elvira Arboledas, de Toledo…
– Ah, sí ¿aquella mascarada que trato de resucitar la revuelta de los Comuneros de Toledo casi medio siglo atrás?
– Exacto.
– No podía permitirlo, capitán. El yerno de Olivares… Pero no digamos nombres, por favor. Aquí he venido absolutamente desnudo de honores y de nombre. Todo eso quedó atrás. Está bien, si le hace feliz alojarnos en popa le quedaré muy agradecido… Uno nunca sabe en esta vida con quien se va a tropezar.
– Muy justo señor… Hugo Torres, de Medina del Campo, ¿no es cierto? Ese es el nombre con el que se han alistado usted y su esposa. – ambos hombres se quedaron mirando brevísimos instantes para comprobar que al recién llegado le resultaba muy embarazoso hablar de su pasado, de modo que el capitán le ahorró el sufrimiento. – Está bien Señor… Torres, en honor al gran favor que le debo no insistiré en saber o hablar de nada más.

El capital se levantó para abrirle la puerta y dar instrucciones a su asistente para que colocaran al matrimonio en un camarote individual no lejos del suyo.

Aquellas larguísimas travesías eran un pedazo inolvidable en la vida de los que se embarcaban a probar fortuna en el Nuevo Mundo, tuvieran las razones que tuviesen para hacerlo. El capitán cumplió su promesa de no importunar a su pasajero y salvaguardar el anonimato al que éste se había impuesto y lo demostró no invitándole a tomar los refrigerios en su camarote como hubiera correspondido a un huésped ilustre, y además saludándole apenas con un levísimo cabeceo si coincidían en la borda o en las escalinatas. Pero el rio de la vida es obstinado y se empeña en conducir a las personas por las aguas que le parecen más lógicas, y las circunstancias, digamos indiscretas, se fueron sucediendo sin prisa, pero a tiempo antes de que el viaje tocara a su fin.

La fuerte empatía entre los dos hombres los hizo coincidir en cubierta muy a menudo, y las turbulencias internas del pasajero fuéronle acercando a comentar esto o aquello a su capitán. Al tiempo que éste no dudó en pedir consejo al emigrante sobre cuestiones de jurisprudencia militar para con acontecimientos que ocurrieron a bordo y que sabía muy bien de su pericia y conocimiento. Y, como ocurre normalmente fue la mujer, en su papel arquetípico de la Dama del Lago, la que unió lo que estaba destinado a unirse. Siempre acompañaba a su marido porque no se mareaba lo más mínimo ni en medio de un temporal y no estaba hecha para quedarse a refugio en ningún camarote.

En una larga conversación apoyados los tres en la borda, en un momento dado la mujer decidió romper los estériles circunloquio entre ambos hombres:

– Pero, ¿por qué no se lo cuentas Guzmán? Habéis llegado a ser buenos amigos, y además, ¿no dices que no tienes nada de qué avergonzarte?
– No me llames así.
– ¿Cómo voy a llamarte sino es por tu propio nombre? No nos oye nadie.
– Pero hemos de tener cuidado…
– ¿De qué? – insistió ella – Ni en España nos perseguía nadie.
– Tú no sabes muchas cosas.
– ¿Liberaría su conciencia, señor – dijo entonces el capitán – si compartiera alguna de sus angustias con un amigo? – El rostro curtido per noble del marino le hizo pensar a Guzmán, que hacía mucho tiempo no se encontraba con una faz tan sólida y confiable. Pero como no pudo disimular sus dudas, éste propuso: – No tenemos porqué hablar aquí, el despacho del capitán en un galeón español es como un sancta sanctorum inviolable. Creo que se sentirán más cómodos y me darán la ocasión de invitarles a un buen vino de Jerez, digno de un Grande de España. – Guzman cerró los ojos al oír esto; él capitán conocía muy bien a su pasajero.

Al cerrar la puerta el capital los dejó acostumbrarse a la estancia y luego les señaló dos sillas frente a la mesa y trajo tres copas y la botella. Una vez servidos y sospesando que Guzmán ya estaría en disposición de compartir sus amarguras, aventuró:

– Relaje esa expresión Excelencia, y no me pida que le llame de otro modo, porque usted pudo muy bien haber dejado pasar aquella mascarada de juicio político y mi hermana estaría muerta, y probablemente otros miembros de nuestra familia. No era de su jurisdicción ni tenía intereses en aquel juicio, y sin embargo se metió de por medio como jinete que entra en un comedor repleto de invitados; solo le faltó blandir su espada, de la que tengo entendido es muy diestro. Por cierto, algún día me gustaría medirme por diversión con usted.
– A su entera disposición, capitán.
– ¿Por qué lo hizo, Excelencia?
– Era un montaje, prevaricación por los cuatro costados, manchaba el honor de las instituciones.
– Honor que demasiados validos y nobles no han dejado de manchar desde hace siglos. Pero usted en aquella ocasión simplemente no pudo más. ¿Qué fue lo que le dio el vuelco a su… corazón. Ya entiendo. ¡Gran Dios, el poder del amor! Usted ya conocía a su esposa.
– Aun no lo es, nos casaremos en América.
– O puedo casarles yo, por la jurisprudencia del mar, si lo desea.
– Creo que… – se volvió a la mujer – a mi esposa le gustaría mucho. – Ella asintió con el semblante arrobado por la más intensa de las emociones humanas.
– Bendita sea usted, señora. – Soltó el capitán sin reprimir un gramo de la suya.
– Oh, señor, yo no tuve nada que ver. – protesto ella bajando la cabeza – No sabía nada de ese juicio, yo solo era una sirvienta de palacio sin instrucción ni información sobre las cosas de fuera.
– No hizo falta, simplemente y sin pretenderlo sacó de su hombre lo mejor de él. Así de sencillo y así de grandioso.
– Nos conectó – empezó Guzmán, que no utilizó la palabra “presentó” – la Gobernanta de palacio… – su mirada quedó extasiada en un punto en la lejanía del mar a través de los ventanales inclinados hacia adentro. El capitán esperó, porque adivinaba que iba a abrirse una historia insólita ante él.

Entró en palacio como ama de cría cuando yo nací. Ya sabe las mujeres de la nobleza no quieren estropearse los pechos al dar de mamar. Me crió y me vio crecer cargando con muchos oficios de la servidumbre, hasta que yo la ascendí a Gobernanta pocos días antes de mi matrimonio con Doña Leonor de Palencia. Necesitaba alguien de entera confianza a mi lado; un matrimonio político es el principio de una gran guerra sin cuartel y uno necesita de gente en quien confiar. Ha sido mi soporte y consejera en todo momento, incluso cuando la cuestión dinástica, la falta de descendencia, quiero decir, empezó a hacerse especialmente cruenta porque Leonor no se quedaba embarazada y actuó también para tratar de solucionarlo proporcionarme estímulos con los que después cumplir con mis obligaciones de alcoba. Pronto se dio cuenta que me estaba faltando una emoción que las prostitutas, por lo mercantil de su oficio no me podían dar, y pensó en alguien que no obrara en él. Y entonces atinó en Maria, se lo propuso y ella accedió por amor.

Ambos amantes quedáronse mirando unos instantes de esa manera en que se dicen mutuamente que no puede haber ángel del Señor, ni el Señor mismo, que pueda expulsarlos del Paraíso. Guzmán sonrió cómplice a su amada y continuó.

Yo no había conocido la pasión hasta aquel momento. Una educación muy rígida en los preceptos de la Iglesia y los valores castrenses, y una historia entregada al servició de la familia y del Estado. De joven en el Internado de Nuestro Señor del Santo Oficio, y cuando tuve edad me ingresaron en el ejército, y ya sabe, Capitán, en España jamás han faltado guerras que librar contra sus numerosos enemigos que se generaban unos a otros. Luego vino el nombramiento, los títulos, el matrimonio para unir las dos familias, etc., etc.

La primera noche con Maria fue haber descubierto Arcadia de la que hablan Lope o Góngora, y tantos otros poetas de la antigüedad. La Gobernanta tuvo la intención de que yaciéramos un rato, pero se nos fue la noche hasta que el alba resulto un recuerdo lejano. Se inquietó, porque eso suponía una grave interrupción de insospechadas consecuencias, en mi vida ordenada al servicio del Rey. Pero ya nadie pudo cerrar aquella puerta ni silenciar sus goznes. ¿Cómo se puede parar un torrente cuando se ha abierto camino desde lo alto de las montañas? Pobre gobernanta, no se imaginó la tempestad que hubo desencadenado al procurar por la descendencia de la familia. No sé si algún día podrá superar su inútil sentido de culpabilidad. Para mí y para Maria, fue un verdadero angel del cielo, un enviado del Altísimo.

Y, en efecto, creo que el juicio a su hermana, capitán, tuvo lugar días después. Yo no podía cambiar mi pasado ni a la corte, pero sí que tenía plena potestad para poner en su sitio a aquel grupo de conspiradores, y lo hice. Ahora pienso que por puro placer o rabia, o por ambas cosas, y le aseguro que los descargué sobradamente al meter a todos esos parásitos entre rejas. Aunque a estas horas ya habrán salido…

– No se preocupe Excelencia, mi hermana ya está a salvo en Francia, donde tenemos parientes.
– Capitán, me complace su deferencia a la institución que representé, pero no creo que en el Nuevo Mundo y empezando una Nueva Vida, esos títulos vayan a tener mucha importancia. Basta que me llame por mi nombre de pila: Guzmán.
– Pero lleváis credenciales reales para el Virrey.
– Bueno, ya sabe, uno ha aprendido a no retirarse sin condiciones. No podía ser de otra manera llevando a Maria conmigo, y probablemente a alguien más en su vientre.
– Eso… – intervino Maria por primera vez, suave pero firme – solo Dios lo sabe.

Entonces el capitán se permitió mostrar una franca mirada de admiración hacia ella. ¿Qué mujer debía ser aquella humilde lavandera, que probablemente no supiera leer ni escribir, para haber puesto patas arriba una de las familias más ilustres del reino? Unos ojos negros brillantes, de mirada intensa y decidida, orgullosa de su poder. No tenía ni idea de lo que les esperaba en el nuevo mundo, pero no parecía importarle, fuera lo que fuese; había logrado resucitar a un muerto en vida, y ese resucitado resultó ser un hombre que descubría a golpe de caricias una devastadora pasión por la vida; la mujer, si quiere o le dejan, encarna la misma vida y se alimenta de la pasión del hombre, cuán más descontrolada mejor. Y su hombre había cambiado la dirección de su fuerza, de los campos de batalla y de las intrigas palaciegas a colmarla hasta hacerle perder la noción de las cosas cotidianas; y ella se aplicó a ello desde aquel bendito día en que se conocieron en la clandestinidad de lo que llaman la vida real.

Juan Trigo

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6 comentarios el “EXILIO

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