EL CAFÉ DE LA ÓPERA


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El autobús lo dejó en la parte alta del gran boulevard, estación término de su largo exilio. Echó a andar hacia abajo, en dirección al puerto, trató de encontrar algún punto de referencia de su vida, pero su mirada tropezaba con demasiados edificios modernos que albergaban enormes tiendas que vendían artículos irreconocibles, demasiados edificios antiguos convertidos en restaurantes de comida rápida, y los tradicionales kioscos de flores estaban servidos por asiáticos que apenas hablaban lo justo el idioma para apremiar al transeúnte a comprar o largarse, en lugar de las alegres y locuaces matronas que te escogían una flor adecuada para cada cita.

Acudió en su ayuda la esperanza de aún existiera uno de los emblemas más antiguos del famoso paseo barcelonés: El “Café de la Ópera”, abierto a principios del Siglo XX y que debía su nombre por estar frente al Gran Teatro del Liceo. El semblante del viejo se iluminó por primera vez en mucho tiempo, lo cual supuso un gran esfuerzo a los músculos de la cara para desencartonar el petrificado rictus adusto y contraído, por tantos años de fingir. Allí estaba el viejo Café, con su marquesina y sus paredes decoradas con plafones art nouveau. Pidió un café y churros, y se sentó para ponerse a escribir impresiones en una de las servilletas de papel, ritual obligado para recuperar su vida de antaño.

Al poco, entre el desfile acompasado y cadencioso de fantasmas del pasado se destacó el bellísimo rostro de una adolescente de grandes ojos azules y sonrisa ancha a la que amó en silencio, como a casi todas, por temor a que descubriera sus turbadores deseos, aunque para ella en realidad no fueran más que necesarios fuegos de amante. Poco a poco todos los demás rostros de mujer fueron confundiéndose con otros retazos inconexos de la memoria hasta desaparecer y dejar que aquella jovencita fuera transformándose en una mujer madura esplendida y más bella aún, que sin dejar de mirarle fijamente se sentó a la mesa contigua, hasta que por fin le habló sin dejar de sonreír:

– ¿Monsieur Gavroche?
– ¿Justine? Oh, pardon, excusez-moi, je vous prie… ¿Madame Justine ?
– Oh, no. No tiene que disculparse, viejo amigo. Ha pasado tanto tiempo que… Pero no habéis cambiado mucho. Sigue brillando en vuestros ojos el mismo mozalbete travieso, con perdón, y encantador por su impenitente inocencia; no ha pasado el tiempo para su mirada permanentemente sorprendida.
– Es usted muy amable con este viejo. En cambio usted, mi señora, ha convertido la frágil belleza de un ángel celestial en la magnificencia esplendida de una diosa. Esta usted deslumbrante.
– Gracias, amigo mío; veo que además de intacta su pasión por la vida, muestra sus heridas sin rubor, pero se mantiene en pie, como esta ciudad.
– Oh, discúlpeme; no le he preguntado qué desea tomar.
– ¿La guerra no le ha hecho perder su costumbre de disculparse a cada paso?
– La guerra no me ha hecho perder nada.
– Bueno, en realidad, sí que ha perdido algo, aunque para mejor: su obstinada timidez. En aquella época no conseguía nunca regalar elogios a una mujer, por más que ella los estuviera oyendo en su mirada.
– Es que una mujer como vos convierte a niños en hombres y a hombre en niños.
– Sí, ya recuerdo que me escribió una vez eso en una servilleta de papel, en este mismo bar, antes de que nos levantáramos sin haber conseguido acercarnos; apenas logró deslizarlo en mi bolso. ¿Es eso lo que está escribiendo ahora, o recrea a Proust en su búsqueda del tiempo perdido?
– Ojalá pudiera, mi señora, pero ni el más fino poeta puede en mis circunstancias.
– Pero usted no es poeta, es escritor, y yo no soy un fantasma. Soy una mujer madura que no ha dejado de pensar en usted en todos estos largos años. ¿Qué fue de la revolución?
– ¿Fue, mi señora? Sigue siendo.
– ¿Aún se mantiene apostado con su rifle en la barricada de la calle Faubourg Saint-Honoré?
– Claro. La revolución esta en el corazón o no está, y por tanto nunca muere.
– Por eso he seguido amándolo durante todo este tiempo Monsieur.
– Justine…
– No sé qué extraño azar me ha traído hoy hasta este viejo café para encontrarme conmigo misma, pero esta vez no voy a salir de él sin usted. No hace falta ir en busca del tiempo perdido, sino agarrar con uñas y dientes el que tenemos ahora hasta que se canse de ser esquivo. ¿Qué me dice Monsieur Gravroche?
– Que he sido suyo desde el primer momento en que no pude ni darle los buenos días, prisionero de mi admiración. Y aquí me tiene; lo que queda de mí.
– Que es tan grande como el mundo que jamás ha dejado de latir en mi corazón de mujer.
– Justine…
– Tranquilo, viejo amigo, no voy fingir más ninguna ceremonia de la seducción, ya me he saltado tantas normas de nuestra sociedad falsa y perversa que no esperaré a que usted hable; ya lo haré yo por usted. Y tranquilo también, viejo amigo del alma; ha llegado usted a casa, ésta es su casa; yo soy su casa, y usted la vida que habita en ella.

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