CUANDO PERCIVAL REGRESÓ, LOS CABALLEROS DEL GRIAL HABÍAN ENVEJECIDO MUCHO Y SE PREPARABAN PARA MORIR


Paddington

*

Henry Dunloghan se apeó en la parada de Paddington. Después de tantos años le había costado mucho orientarse en la complicada red del Metro de Londres, el más antiguo del mundo. La salida a la confluencia de Windsland con London St. fue el último acto de la salida del túnel de otro tiempo y otro lugar. Había experimentado muchas veces lo largo de su vida aparecer en un lugar conocido pero encontrarse como aterrizando en otro planeta, pero aquel día le pareció un epitafio.

Sabía que la mayoría de sus compañeros de trinchera debían estar en el billar de O’Hanrahan, y hacia aquel antro dirigió sus pasos. Y pensó que les costaría reconocerle, no había envejecido como ellos, pero la guerra había hecho desaparecer las heridas de su rostro y ensanchar su sonrisa, al contrario de los antiguos caballeros que por no haber conseguido sus objetivos dejaban que la tristeza languidecerá su vida. En aquella época lejana, cuando los conoció, decían de él que era un inconsciente, un soñador en permanente alejamiento de la realidad, y que por eso no conseguiría coronar con éxito sus hazañas. Tal vez por eso las hazañas fluyeron a su alrededor sin expectativas de éxito, y por ello sin tocarle, sino como fantasmas que, como la misma guerra, lo fueron. Y por tanto ninguno de sus éxitos ausentes logró que la tristeza se pegara su rostro.

De la salida a la luz al descenso a las cavernas. Un pequeño portal daba enseguida a unas escaleras por las que se bajaba casi a oscuras al local de O’Hanrahan, y abajo, un pequeño recibidor a modo de escueta antesala al inframundo de los justos.

No estaban todos, los reporteros de guerra, Ilya Ehrenbug y Kapuzinsky ya no salían de sus casas porque las guerras de la actualidad habían multiplicado su estupidez. Nadie sabía el paradero de otro de los escritores de la revolución, Ernest Hemingway; de quien dicen que también se suicidó por amor, como Henry de Montherland o Chaikowsky. En cuanto a los poetas de la tragedia, Albert Camus, Miguel Hernández y Eugene O’Neill, no habían acudido aquel día a aquel último de los cuarteles de invierno. Henry distinguió enseguida la sonora y siempre sarcástica carcajada de Henry Miller al impenitente depresivo de Lawrence Durrell, siempre en busca de sus personajes perdidos, apoyado en el hombro del adusto James Joyce, en busca del final de su día imposible. Seguramente habría soltado uno de sus más preciados chistes de contenido sexual que tanto gustaban a Miller. Paul Auster miraba fija y atentamente desde un claustro monacal imaginario sin pronunciar palabra a un también mudo Orhan Pamuk tal vez tratando de escudriñar los pensamientos del silencio del turco, inmutable a la imparable locuacidad de Italo Calvino describiendo sus ciudades ideales. García Marquez, vuelto hacia la ventana para ver mejor sus infinitas selvas repletas de héroes anónimos condecorados como coroneles. Tahar Ben Jelloun contando los granitos de arena sobre la mesa en forma de niños. Etc.

Henry los interrumpió ejecutando al completo el saludo ritual: “Merde! La Vieille Garde ne se rend jamais!” (Mierda, la Vieja Guardia nunca se rinde).

A lo que Lope Felix de Vega y Castro, sacándose el sombrero en vuelo corto respondió, “Porque esto es un Tercios español, señor mío. Y no me venga, usted, caballero De la Barca, con que la guerra también es un sueño, porque se ha vertido demasiada sangre fácil”. Pero el primero que se dirigió directamente al recién llegado fue Victor Hugo, “Caramba, ¿ya no lleváis el atuendo de la Cruz Templaria?, os creíamos muerto al pie de la muralla de Acre. ¿Qué fue de tantos caballeros valerosos que entregaron su vida en las barricadas?”

– Murieron sin haber comprendido que solo eran moneda de cambio en un negocio que jamás fue el suyo. – respondió Henry Dunloghan, después de reponerse al repentino estampido en sus oídos de los alaridos de asalto, tan lejanos como repentinamente próximos, afortunadamente por breves instantes.
– Como todos. – sentenció, siempre solemne, Jean Paul Sartre cerrando la cuestión con su eterno: – Pero, sigamos.
– ¿Qué paso con vuestras heridas de nacimiento? – preguntó el perspicaz San Camilo.
– No las tuve de nacimiento – respondió Henry – fueron creándose después. Ah, y, eso: Se borraron durante el asalto.
– ¿A Acre?
– En cada uno de los asaltos; su estupidez las fue curando.
– ¿Cómo lo conseguisteis? – preguntó Poe emergiendo se sus tinieblas.
– Yo no hice nada. Fueron las propias heridas las que sanaron con una carcajada de comprensión.

Entonces Jean Markale propuso que se sentaran todos en círculo en el suelo, delante de sus copas, que las llenaran de nuevo y brindaran a la manera de los arcaicos celtas precristianos, por la comunión con los que ya abandonaron sus cuerpos mortales, para que se reunieran con ellos en ritual ágape, una vez más. Y una vez más rindieron culto al Ser se encuentra al otro lado del Sol, por un pronto regreso al hogar, a la Casa del Padre, en algún lugar de los confines de la Galaxia.

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