AUNQUE LA CIVILIZACIÓN NOS DESTRUYA, EL SECRETO SE GUARDA A SÍ MISMO


Mujer india copia

Corrían demasiado de prisa los años próximos a la Gran Guerra de 1914, y al antropólogo Ulises Seaworth, de la National Society de Londres, se le acababa el tiempo para encontrar con vida a los últimos descendientes de la tribu Shurweeh (por lo menos ese es el nombre dado por los primeros exploradores que establecieron contacto en el Siglo XVIII) más allá de las nieves perpetuas de las Montañas Rocosas canadienses. Las leyendas de los extraños contactos con mundos alterativos habían sido enterradas, para “protección de las buenas gentes” – se reservaron añadir – en cementerios como la Biblioteca del Museo Británico o la de la misma National Society. Pero ya se sabe que la vida, como el agua, acaba haciéndose un camino para seguir su curso, y de tanto en tanto esas leyendas aparecían en las tertulias científicas que jóvenes antropólogos abrían entre los muros de los viejos académicos anquilosados en sus propios miedos a descubrir otras verdades. Cinco años atrás, recién doctorado, el inquieto Ulises Seaworth había empezado a clavar cuñas en aquellos miedos para hacerse escuchar y recabar cuanta información pudiera tener algún viejo no del todo derrotado y que siguiera albergando en su corazón de niño su original curiosidad.

Pertrechado a la usanza de los alpinistas pioneros en la escalada del Mont Blanc, con una gran mochila y un sombrero de ala corta, Ulises Seaworth escogió una soleada mañana de Julio de 1912 para escalar en solitario el impresionante macizo montañoso, después de semanas de preparación en la aldea minera de Mount Destiny, donde estableció su rudimentario campamento base. Los colonos, preocupados únicamente por su propia supervivencia en aquellas gélidas alturas, lo tomaron por un loco más en busca de morir famoso y no le concedieron mayor atención. Nadie se preocupó en memorizar su presencia, pero Ulises sabía que el éxito que a todas luces se ponía de manifiesto en aquellas explotaciones mineras era la punta de lanza de la civilización para tomar por asalto la paz ancestral de aquellos territorios indios.

Tardó una semana en coronar la cima y ya en el momento de hacerlo se dio cuenta que había entrado en otro mundo y por la puerta de una dimensión desconocida. Había escalado el Mont Blanc y otros picos mucho más altos que aquel, pero el paisaje que se abría ante su mirada era otra cosa; tenía algo de irreal. Hubiera permanecido varias horas contemplando aquel mundo desde la cima si una súbita ventisca no le hubiera despertado de sus ensoñaciones. Ocurre a menudo en las cimas del mundo; no te dejan disfrutar del paisaje, o a lo mejor es que quieren seguir guardando su secreto.

No tenía más que rudimentarias pistas sobre la ubicación de los Shurweeh, pero inició su descenso por la escarpada pendiente hacia el extenso valle cubierto por un tupido bosque de abetos. La levedad del aire de esas alturas parecía llenarse con aromas que a Ulises no le parecieron únicamente vegetales, sino que respiraba algo más que no sabía definir, como si las enormes rocas blancas y desnudas, clavadas en forma de menhires aquí y allá despidieran su propio aroma mineral, un fuerte perfume que le recordaba el olor a cirios pascuales permanentemente encendidos en la iglesia católica de su pueblo natal, único recuerdo agradable, por cierto, que conservaba de las tediosas sesiones de catequesis. Había olido en las faldas del Annapurna casi todos los inciensos de la India o en el Kara Korum los diversos olores dulzones a madera de Arabia, pero se le antojaba que aquel perfume debía proceder de la propia respiración de la tierra, a pesar de que llevaba casi dos meses sin llover.

La hojarasca y matojos que tapizaban el reino de los abetos parecían tentarle a tomar diversos senderos, pero después de dar algunas vueltas se le ocurrió pensar que las intrincadas formas de las cortezas de los árboles parecían estar dándole la dirección correcta. De tanto en tanto, los troncos presentabas unas marcas como trazos de tiza que vistas de cerca no hacían pensar en la mano del ser humano sino que un jirón de la corteza, por el motivo que fuera, era de un color mucho más claro que el resto, y la mayoría se mostraban orientadas hacia una misma dirección, o por lo menos a Ulises se lo pareció, que para él era lo importante para seguir adelante. Iba sin más armas que su navaja del ejército suizo como recuerdo de la escalada al Matterhorm, porque su ánimo iba dirigido a la exploración de otro mundo; antesala de otras realidades, como contaban las leyendas, donde las armas modernas están fuera de lugar, por lo menos para el buscador de la Verdad.

Solamente alguien con una sensibilidad extrema unida a una imperiosa necesidad de conocer, se pone a explorar territorios fuera de este mundo o se permite la curiosidad hacia lo trascendente; alguien cuya intuición vuela varias veces al día fuera de lo cotidiano. Ulises sintió muy pronto presencias que, invisibles, pero no intangibles, evolucionaban su alrededor. No sintió miedo, sino respeto. Habiendo llegado tan lejos el miedo se convierte en otra cosa que ya no bloquea los sentidos sino que los hace más agudos y atentos. Siguió unos pasos más pero se detuvo, miró un imponente abeto cuyo tronco no podrían rodear 12 hombres con sus manos entrelazadas y se sentó a su pie reposando la espalda contra el tronco. Tan intensa le llegó enseguida la energía del árbol con solo tocarlo que se estremeció solo de pensar lo que podría sentir al abrazarlo.

Al cabo de unos minutos distinguió perfectamente una sombra a unos veinte metros sendero adelante. Probablemente hacía rato que lo observaba, pero tardó en distinguirla de la multitud de claroscuros y rayos del día danzar en la espesura. Hizo ademán de incorporarse. Solo distinguía un perfil gris claro pero sin rasgos ni rostro. Al ir a levantarse vio claramente como la sombra le ofrecía una lenta reverencia, se lo quedaba mirando, o lo que fuera, y se giró para andar, o lo que fuera, hacia el interior. Ulises comprendió: debía seguirla. No lo dudó un instante; para eso había llegado hasta allí. Al levantarse hizo también una completa reverencia, dando a entender que había comprendido la naturaleza amistosa del encuentro. Y echó a andar despacio dispuesto a llegar adonde fuera.

Anduvo bastante rato por aquel paraje decorado con las largas ramas bajas de los abetos a modo de marquesina o techado de pajas que filtraba suavemente la potente luz de mediodía sembrando el suelo de hojarasca por redes de luz cambiante. Y el frotar de sus botas fue haciéndose más rítmico e iniciar una cierta melodía que se acompañaba con el rumor de las ramas y el fluir de la brisa entre el follaje. Ulises percibió que en algun momento de aquel caminar, que iba tomando el are de una danza ritual, atravesó un umbral a otra dimensión. Supo que no iban a esperarle guerreros de la tribu para detenerle ni habrían armas que bloquearan su avance, sino que lo estaban esperando, quienquiera que fuese.

Por fin llegó a un claro en el bosque donde se levantaban las cabañas indias y alrededor de las cuales los nativos iban y venían con paso habitual hacia sus quehaceres, la mayor parte mujeres y niños, pero también guerreros a caballo que llegaban o se iban. No detuvo sus pasos aunque los aminoró como señal de que reconocía haber entrado en la comunidad. Nadie lo miró con extrañeza ni modificó su semblante por más que el recién llegado les ofreciera su sonrisa y un saludo tímido con la mano. Sus pasos le llevaron directamente a una gran cabaña en el centro. Cuando algo ha de suceder no hay nada en este mundo ni en el otro que ose impedirlo. Se detuvo ante la puerta cuya cobertura en piel de bisonte halló entreabierta. Avanzó el paso que le separaba de ella y asomó la cabeza adentro. Una mujer india de unos 30 años estaba en el centro ante la fogata esparciendo con las puntas de los dedos muy sutilmente unos polvillos sobre las llamas que los transformaban en diminutos penachos de colores. Entonaba un murmullo con los labios cerrados. No levantó la vista para mirarlo. No había nadie más en la tienda, iluminada por el sol de la tarde filtrarse por las paredes de piel y caer en finísimos rayos por la abertura superior, por la que el humo abandonaba la estancia. Él se sentó frente a la mujer y el fuego dispuesto a esperar. Al cabo de unos instantes entró directamente en lo profundo del ritual:

-¿Qué ves? – oyó murmurar a la mujer en voz baja, pero en un diáfano y aceptable inglés, aunque con un acento que Ulises no había escuchado antes, probablemente porque era la primera vez que encontraba a un nativo de los Shurweeh.

-Colores… – balbuceó Ulises.

-Sí. ¿Y qué más? – La mujer seguía esparciendo aquella materia pulverulenta sobre las llamas muy despacio y en pequeñas cantidades.

-Formas…

-¿Qué formas?

-Parece la forma de alguien entre la nubecita…

En esto, Ulises vio claramente como la mujer, cuando se le terminó el polvillo de las puntas de los dedos se inclinó hacia un lado y recogió un poco de tierra y la frotó entre las manos para desmenuzarla y obtener más de ese polvillo. Ulises miró en derredor, no le pareció que el suelo de aquella cabaña fuera distinto del resto del poblado, y del mismo bosque, es decir que contuviera alguna substancia que reaccionara con el fuego. La mujer volvió a espolvorear sobre las llamitas y siguieron apareciendo los pequeños penachos coloreados de ocre, verde, anaranjado. Con la otra mano agarró unas ramitas, también del suelo con las que alimentó el fuego.

-¿Qué formas? – repitió la mujer despacio.

En esto Ulises vio claramente como dentro del penacho de humo se dibujaba el contorno de una figura humana. Parecía un jorobado con sobrero de ala corta.

-Parece que… – balbuceó Ulises.

-¿Sí?

-¿Soy yo?

-Es una pregunta para ti. Yo no puedo contestar a eso, porque no lo veo desde donde tú estás.

La voz de la mujer sonó grave y firme. Efectivamente, era el perfil de un hombre tocado con un sombrero de ala corta y con un fardo a la espalda, su mochila. Pero estaba de pie, no en la posición sentado con las piernas cruzadas como Ulises en aquel momento.

-¿Qué significa? – preguntó Ulises con voz temblorosa porque ni por asomo se le ocurrió pensar que aquello era un vulgar truco de magia, porque ni la circunstancia ni la ocasión invitaban a suponerlo.

-No preguntes tanto. Responde. – el tono de la mujer se volvió más firme y apremiante.

-Soy yo andando… pero, ¿por qué…?

-Sigue; solo tú puedes responder sobre tu vida. El fuego y la tierra solo son vehículos. En otra ocasión lo serán el agua y el viento.

-¿Espejos?

-No conozco esa palabra.

-No usáis espejos, ¿verdad?

-No perdamos tiempo en lo que no conocemos. El tiempo se agota. No sirven las preguntas, porque solo tú tienes las respuestas.

-De acuerdo, pues, yo vine aquí para…

-Eso es irrelevante. – interrumpió la mujer de nuevo.- ¿Qué ves? – Repitió con voz cada vez más apremiante.

-Me veo a mi mismo… – respondió Ulises después de un ligero carraspeo.- andando… buscando…

-¿Qué buscas?

-A vosotros.

-¿Quiénes? ¿Qué significa?

-Pues, que me he pasado los últimos cinco años…

-Ahora no estamos en el pasado. ¿Qué ves ahora? ¿qué hace esa figura? – levantó la voz urgiéndole a no perder más tiempo y por primera vez levantó la mirada hacia Ulises.

-Está andando…

La mujer tranquilizó su tono y su semblante, como si estuviera esperando esa respuesta pero temiera que no iba a llegar nunca. La expresión de su mirada pasó instantáneamente de dura y exigente a cariñosa y compasiva. Parpadeó suavemente por primera vez desde que Ulises se sentó frente a ella, y continuó.

-¿Sigue andando? – Ulises asintió con la cabeza – ¿Ves hacia dónde?

-No, solo está andando… y mira a ambos lados – añadió.

-¿Se dirige hacia ti?

-No, va hacia adelante, lo veo de espaldas.

La mujer pareció tranquilizarse por completo y relajó el tronco para aposentarse cómodamente en el suelo. En esto Ulises se dio cuenta que había dejado de esparcir polvillo de tierra sobre las llamas, y temió que la visión desapareciera, pero persistía. De pronto le entró un atisbo de pánico que no supo definir, porque él había estado en sesiones de espiritismo en Londres y Paris, y magia oriental en los Himalayas. Y se dijo que no tenía por qué asustarse, ya que sin duda se trataba de una visión paranormal más provocada por alguna substancia alucinógena que contuviera la tierra de aquel piso. Sin embargo un instinto repentino le estaba diciendo que aquello era distinto a cuanto hubiera visto anteriormente. Se frotó los ojos y los volvió a abrir; ahí estaba él, o su figura opaca como una pequeña estatua de arcilla, andando hacia algún lugar. Se hizo hacia atrás como si quisiera salir de la tienda, asustado. Miró a la mujer; ella seguía con su expresión de infinita ternura.

-¿Qué significa? – balbuceó temblándole los labios. Y como la mujer se limitaba mirarlo esperando algo de él, continuó. – El fuego se está apagando, tú has dejado de espolvorear y yo sigo ahí… no he tomado nada y sigo viendo… la visión no se esfuma…

-Pues, sigue mirando.- respondió ella con sencillez.

-¿Qué más he de mirar?

-Lo que necesites.

-¿Es el futuro?

-Futuro, presente, pasado… eso es irrelevante.

Ulises hacía ademán de arrastrase hacia la puerta de la cabaña. La figura, él mismo, seguía ahí, e incluso se había hecho más grande, como si fuera a adquirir tamaño humano.

-¿Tú también la ves?

-¿No oyes?

-Está hablando. – insistió la mujer.

-No oigo nada. ¿Qué dice?

-Presta atención.

La mujer se daba cuenta que Ulises no se podía oír a sí mismo en esa visión y por tanto avanzó un paso más del ritual para facilitarlo. Cerró los ojos y comenzó a emitir sonidos por su boca que Ulises fue oyendo perfectamente. Él esperaba oírse y entender qué era lo que estaba diciendo la figura emergida sobre las brasas, pero en lugar de eso escuchó con claridad el rumor de una serie de grabaciones antiguas, a juzgar por el sonido metálico de las voces, y que se iban solapando una a otra como piezas que salieran de una máquina de fabricar piezas y fueran cayendo en un cesto habilitado para recogerlas. Discursos de académicos ilustres, soflamas políticas, arengas militares, conversaciones de tertulias científicas, etc. Es decir que su voz que podría estar preguntando lógicamente acerca del fenómeno que le había llevado hasta aquel remoto lugar, no emitía más que la reproducción mecánica y tediosa de multitud de registros de su cultura sin aportar ninguna novedad. Finalmente Ulises lo empezó a entender: Las preguntas que posiblemente hubiera tenido que hacer a la mujer, encarnando un fenómeno que deseaba desesperadamente descubrir, no eran más que una serie deslavazada de prefabricados clásicos que ocupaban su mente, insertados desde antiguo por la presión cultural, y por tanto, simplemente no estaba haciendo las preguntas que él mismo necesitaba hacer.

La mujer abrió los ojos y se encontró con la mirada de un niño sorprendido, aunque no asustado, pues su propia sabiduría original le estaba dando las respuestas, soslayando las preguntas que manipulaban su mente desde que su cultura consiguió borrar el frescor de aquella mirada.

El secreto de aquella tribu, concluyó inmediatamente Ulises, era conservar la sabiduría original, y con ella saber manipular las energías ambientales para obtener respuestas sencillas a preguntas sencillas sobre lo cotidiano y necesario para seguir creando una vida plena en armonía con el entorno, puesto que a las preguntas complejas, por ejemplo sobre la existencia de Dios, el origen del universo y esas cosas, la sabiduría original las había descartado por inútiles, y por mucho peor, por ser la semilla que permite la manipulación de las mentes. Eso es simple, siguió pensando Ulises, como que para esas preguntas complejas no hay respuesta, se crea un vacío en la mente, un vació que ansía llenarse y esas ansias precisamente son las que permiten a cualquiera con un poco de poder de persuasión esclavizarte de por vida.

Obviamente, pensó Ulises, la mujer estaba leyendo sus pensamientos, la telepatía forma parte de las facultades elementales de la sabiduría original; no hay ningún problema en ello, y sonrió con ligeros cabeceos de asentimiento. Y como disponemos de intelecto solamente como un instrumento para ordenar la comunicación de nuestros pensamientos profundos y muchas veces demasiado personales, se decidió a usarlo para hablar.

-He venido a vosotros a lanzar preguntas cuya respuesta ya estaba prefabricada de antaño, ¿verdad? – la mujer esperó, no tenía sentido responder que sí a algo que ambos sabían cómo cierto. – Lo interesante es el estímulo que me movió a hacer el viaje… El viaje es lo importante, ¿verdad? Y el viaje se emprende porque surge en la conciencia un elemento nuevo e imprevisto que nos conecta con nuestra sabiduría original.

La mujer siguió esperando a que el extranjero fuera desgranando por medio de su la máquina intelectual aquello que la percepción de su consciencia profunda estaba captando. Se dijo que el recién llegado necesitaba seguir haciendo uso de esa máquina porque no había aprendido a confiar en los silencios compartidos. Silencios que se comparten cuando las mentes están limpias de interés y por tanto desconfianza. Todo llegaría, se dijo la mujer india, pues aquel extranjero ya había emprendido su viaje; El largo viaje a sí mismo.

-Es decir, – pareció concluir el extranjero – no hay nada por descubrir, salvo la vida real. Esta es la enseñanza; vuestro “secreto”. – sonrió. – Tienes razón, – siguió intelectualizando con su máquina cerebral lo que captaba en el pensamiento de la mujer.- No serviría de nada volver a mi mundo y contar que no existe aquí ningún fenómeno exótico de actividad paranormal capaz de mover rocas de cinco toneladas con el poder del pensamiento y esas sandeces de circo que tanto excitan los ánimos en los círculos científicos.

Y entonces el extranjero hizo como los niños de cualquier paraíso cuando la caricia de la vida los tranquiliza: quedarse dormido apaciblemente y sin variar su postura sentado con las piernas cruzadas, inclinando ligeramente la cabeza hacia uno de los hombros. Pero no quedó dormido todo su ser, solo una parte, porque la otra había quedado en la misma posición con la espalda erguida y se disponía a levantarse; eso en la cultura anglosajona se llama “viajes fuera del cuerpo”, y muy poca gente cree que existan, aunque sin confesárselo ya lo han experimentado, como ocurre con la sabiduría original. Siguió sonriendo a la mujer. Esta se levantó haciéndole una señal con la cabeza para que lo siguiera. La parte no dormida de Ulises, sutil e ingrávida, pero mucho más lúcida, se levantó y observó por primera vez en su vida cómo esos viajes, que sin saberlo había hecho muy frecuentemente, pero los interpretó como soñar que volaba, conservan una unión con el cuerpo del individuo por medio de una especie de cordón luminoso que solo la parte sutil puede ver. La mujer, ya de pie y dando unos pasos lo tomó de la mano para que no saliera volando por la abertura de la cabaña, pues quería mostrarle algo.

Cuando estuvieron fuera, Ulises vio perfectamente su rastro sobre el camino que le había llevado hasta allí. Ese rastro tenía dos partes, una las huellas sobre el suelo y la otra su propio perfil transparente sobre ellas, marcándolas una a una. Aquel rastro volvía sobre sus pasos de nuevo hacia la cima de la montaña, luego descendía por la otra vertiente, seguía hacia el poblado minero y se perdía en una especie de mercado persa, al que no había estado nunca pero que encarnaba en su mente al hormiguero humano que acababa de dejar. Se volvió hacia la mujer y en aquel estado Ulises no solamente podía leer el pensamiento de otro ser sino que lo compartía plenamente, y el pensamiento de la mujer le ayudó a dibujar, como en un óleo medieval, por ejemplo de El Bosco, la realidad de tales aglomeraciones de ciegas hormigas obedeciendo pautas muy precisas y repetitivas conducidas desde alguna parte exterior a ellas mismas para ejecutar conjuntos de acciones uniformes y monótonas, pero que cada hormiga, por si misma – se fijó Ulises mejor – cree que es independiente y libre, y que domina sus actos a su antojo. El pensamiento de la mujer le invitó a hacer otro ejercicio, alejarse como si estuviera viendo ese movimiento browniano a través de una lente zoom, y, como resultado, ese gran mercado fue desplazándose a izquierda y derecha sobre la tierra, los valles, las montañas, hasta elevarse como una pieza más del planeta convirtiéndose en una especie de satélite a punto de tomar su órbita, solo que lo hizo envolviéndose con el gran portal de un escenario en cuyo frontispicio aparecía un gran cartel típico de las fiestas patronales de cualquier pueblo del planeta humano en el que se leía: “Gran Teatro Ambulante. Los Jueves: Mercado”.

La mujer india tiró de la mano al Ulises-fuera-del-cuerpo y le invitó a dejar esa visión para regresar al objetivo de su visita. Sintió con mucha claridad el estímulo que lo hizo destacarse de entre el hormiguero, cuando aún estaba en él, para emprender el viaje. El estímulo ya es el propio viaje, porque lo contiene en su totalidad. Ulises se vio en la Biblioteca de la National Society un buen día lluvioso y gris de Londres, despegando la vista de una de las obras de Tucídides, en un punto en que el historiador griego de las guerras del Peloponeso, se pregunta, si valió la pena tanto derramamiento de sangre, y al levantar la vista del grueso volumen algo ocurrió en el mundo (definición de mundo: “instante visible y tangible creado por la interacción del individuo con su entorno”). Un destello de su interior salió de él en forma de objeto luminoso que, aunque no lo pudo ver en el momento en que sucedió, pero si en la visión por la que estaba transcurriendo ahora, permaneció a pocos centímetros de su pecho tirando de él con la insistencia de las cosas del otro mundo hasta que consiguió que se decidiera a emprender el viaje y cuando la importancia y complejidad de los preparativos impidieron renunciar y dar la vuelta atrás. Esos fenómenos ocurren en el hormiguero humano con poca frecuencia pero la suficiente como para que alguno de sus individuos responda al calificativo bíblico de “Ser humano creado a imagen y semejanza de Dios”.

La mujer india fue acompañando de la mano al Ulises-fuera-del-cuerpo por el poblado y en ese paseo los habitantes sí se iban fijando en él, no como a su llegada, que nadie volteó la cara para mirarlo. Y al notar sus miradas también pudo establecer un dialogo mental sin expresarlo en palabras. Pensamiento sencillos, cotidianos, pero advirtió que tales pensamientos en los indígenas emergían sin caparazón cultural, espontáneos, fuera la idea que fuese la que se creaba, e iban a compartirse con Ulises-fuera-del-cuerpo. Y lo que más le interesó es que ninguna de esas ideas afloraba en forma de pregunta sino de certeza. Ulises se encontraba en el mundo en el que no se hacen preguntas que solo son respuestas en desorden.

-Te has dado cuenta, ¿verdad? – le transmitió la mujer mentalmente.

-Sí. – respondió él por el mismo medio. – No veo ningún saco cultural injertado en el interior de esta gente del que salgan preguntas prefabricadas que, al no tener respuestas naturales, provocan las angustias existenciales. Todo son pensamientos provocados por estímulos naturales.

-Eso es. Aquí no “educamos” a nuestros hijos; les acompañamos con nuestras vivencias profundas solo para que puedan tener una referencia en el caso de que la necesiten. Nunca tratamos de injertar definiciones en su interior, y dejamos que sea su propia percepción individual la que se encargue de clasificar las cosas para uso exclusivamente personal. No establecemos bloqueos tipo “eso está bien o eso está mal”, sino que confiamos que su percepción del entorno natural les vaya configurando sus propias definiciones.

-Eso no sería posible en nuestras sociedades masificadas.

-Ahora ya no, claro, pero, ¿lo fue en el principio? ¿se hubieran masificado tan exageradamente de no haber injertado en las primeras sociedades el germen de la posesión de otros territorios y por tanto la necesidad de multiplicarse para asegurar la conquista? No son preguntas que yo me haga porque aquí, en nuestra colectividad, ya veo la respuesta.

-Eso es: me las hago yo.

-Pronto dejarás de hacerte preguntas, porque ya no será necesario. Quiero decir, preguntas sobre tu existencia y la de Dios, porque no necesitarás creer, simplemente sentirás la presencia de tu naturaleza divina y por lo tanto de tu Unión con el creador, y con esa percepción ya no hay sitio para ninguna angustia existencial provocada por preguntas-trampa.

-En efecto, todo está escrito desde el principio de los tiempos, basta con leer bien, es decir sin definiciones previas, sin vacíos culturales injertados en nuestro interior que provocan la creación de preguntas sin fin, y por tanto bloquean la percepción profunda.

Al cabo de una rato de paseo por el poblado indio y cuando la mujer sintió como a Ulises la fascinación inicial fue dejando paso al contacto en equilibrio con la naturaleza y sus moradores dio por terminada aquella sesión de descubrimiento.

-Vamos a despertarte, ¿te parece?

-Bueno, de acuerdo, ya me estaba gustando esto de volar por encima de lo aparente.

-Puedes hacerlo cuando quieras. Lo has hecho sin darte cuenta durante toda tu vida, especialmente de niño.

Volvieron a la cabaña, la mujer no soltó la mano invisible de Ulises-fuera-del-cuerpo, porque una de las cosas que hay que aprender es a volver sin extraviarse. Ya en la cabaña, Ulises se incorporó hacia un lado para que Ulises-fuera-del-cuerpo pudiera entrar por el plexo, a la altura del hígado, que es lo que él conocía de haber escuchado a su maestro de ocultismo, uno de los miembros de la famosa sociedad secreta Golden Down, dirigida en aquellos días por McGregor Mathers. Sin embargo intuyó que aquella gente de la tribu Shurweeh podía entrar y salir por cualquier parte, aunque para verificarlo debería experimentarlo por sus propios medios.

Poco a poco los dos Ulises volvieron a unirse y la mujer india se sentó de nuevo frente a él al otro lado de la fogata. Ulises sonrió y empezó a hablar.

-¿Por qué me has mostrado vuestro secreto?

-¿Qué secreto?

-Pues… ese poder de visión, la comunicación telepática, e… de pensamiento, la percepción.

-No es ningún secreto, todo ser humano nace con eso.

-Vuestro secreto – dijo Ulises a modo de conclusión – es no haberlo perdido. .

La mujer no contestó, se limitó a compartir los pensamientos de Ulises. Y ambos siguieron hablando sin pronunciar palabra.

-Habéis visto vuestro destino, ¿verdad?

La mujer tardó en contestar; sabía que se refería a la conquista de sus territorios por parte del ejército.

.Cuando plantas la semilla de un árbol, sabes que algún día harás leña con él para calentarte, pero no hace falta saber cuándo exactamente va a morir, porque eso no importa, todos los seres vivos tienen ese destino. Lo único importante es cómo viven.

-Desde luego. ¿Qué vais a hacer? ¿trasladaros a otro lugar, más allá de las montañas del Norte?

-El Consejo de ancianos no lo ha decidido aún. Aquí están enterrados todos nuestros antepasados desde hace siglos.

-El ejército llegará antes del invierno, y lo arrasaran todo.

-Lo sabemos, pero eso tampoco tiene importancia.

-¿No la tiene? ¿El exterminio no tiene importancia?

-Ya te lo he dicho. Jamás podrán llegar a alcanzar siquiera un brizna de lo que tú ya conoces, y que solo es una pequeña parte, porque el secreto, como tú lo llamas, se guarda a sí mismo.

-¿No teméis que yo revele lo que he visto?

-En el caso de que te creyeran, lo que tú has experimentado solo es una pequeña parte, y con esa parte no pueden hacer nada, especialmente porque el “secreto” está dentro de nosotros, somos uno con él, no se puede separar ni escribir en un libro que sirva para reproducirlo.

-Es como la alquimia, – se dijo Ulises a modo de ejemplo, – quien hace la transformación realmente es el propio alquimista con sus facultades. La materia, el ácido, el fuego y las secuencias de la Obra por si solos no pueden hacer nada. Ya puedes estudiar los mejores libros de alquimia que no conseguirás nada, si la transformación no está previamente en tu interior. Ocurre lo mismo con la magia clásica, el poder del mago reside en él mismo, no en sus amuletos o instrumentos.

-Y además, – añadió la mujer, – tampoco vendrán para aprender sino para destruir, y como el “secreto” no puede ser destruido porque es el corazón y la esencia de la creación del Ser Humano, pues ya lo tienes. Como te digo no hemos decidido si lucharemos a muerte o simplemente nos iremos, o les daremos la bienvenida a las migajas que ellos consideran tan importantes, los minerales. Es irrelevante, porque cada uno de nosotros seguirá en comunión con la Unidad, esté donde esté y la tradición se mantendrá, aunque oculta a las élites ignorantes de vuestro mundo, que no entenderán nada porque creen que lo saben todo.

-Eso me recuerda la historia de los cátaros – volvió a ejemplificar Ulises para sí mismo – fueron destruidos por las hordas del Papa, pero la tradición siguió en otras formas que escaparon a ser detectadas, como los trovadores, las canciones aparentemente de amor galante y exteriormente sin trascendencia, y siguen en la actualidad. Ya veo: el “secreto” – Ulises aceptó el matiz que le propuso la mujer de usar esa palabra aunque no tuviera el mismo significado – se seguirá transmitiendo en forma oculta de persona a persona, no para preservarlo sino para seguir utilizando su poder sin alteración.

En ese momento la mujer levantó la vista a Ulises y pronunció en palabras sus pensamientos:

-Está bien, ya debo ocuparme de otros asuntos. ¿has tomado tu decisión?

-Sí, me gustaría quedarme con vosotros, si me lo permitís.

-Claro, puedes quedarte el tiempo que quieras.

Ambos se incorporaron dispuestos a dar por terminado aquel ritual y se dirigieron a la puerta de la cabaña, pero antes de que Ulises se pusiera a buscar su lugar entre aquella comunidad, la mujer, paseando la mirada en un amplio abanico, le preguntó sin volver la cara hacia él.

-¿Qué harás cuando lleguen?

-Lo decidiré en ese momento; hay muchas maneras de luchar y todas están relacionadas con la forma en que las energías se disponen para que se pueda preservar el bien.

Al asomar afuera de la cabaña, Ulises se encontró con una comunidad mucho más activa de la que vio al llegar, porque no debió verla correctamente. Los lugareños andaban y venían con sus quehaceres, hombres a caballo o a pie trasteando leña y fardos, alimentando algunas hogueras en el exterior y otras dentro de las cabañas. Niños jugando por cualquier parte sin estar acompañados de las amenazas de los adultos. En realidad aquella comunidad se parecía mucho a un completo jardín de infancia. De pronto a Ulises le asaltó algo tan civilizado como intervenir en la fuerzas de la naturaleza para evitar la catástrofe; la invasión de la modernidad en forma del ataque de un regimiento del ejército para conquistar aquellas tierras ricas en minerales, pero aquel impulso duró poco en las tierras de su conciencia recién reconquistadas por la comprensión de los ciclos y sus protagonistas, porque ya vio que aquella transformación debía ocurrir, tal vez para difundir donde fuera posible la llama de aquel espíritu ancestral. Pero, en cuanto a eso, solo tal vez. Ha ocurrido con otras culturas, cuya esencia fundamental se arriesgó a salir de sus templos para comunicar su esencia a otras partes del mundo. Pero como la Esencia y el Ser Humano son dos cosas inseparables, ese proceso de difusión solo depende del nivel de desarrollo de aquel.

La mujer echó a andar por la gran explanada y pareció invitar a Ulises a seguirla. La belleza del paisaje y la armonía de aquellas gentes reprodujeron en Ulises el brote de la enfermedad típica de su cultura: Deseo de posesión. Te impresiona algo y quieres poseerlo. Una cultura que se construyó sobre grandes vacíos, cavernas insondables en la conciencia, provocadas todas ellas por la sed de preguntar, creada por intencionalidad social de la educación. Y el espejismo se completaba con la creencia de que esos abismos artificiales podían colmarse o sus angustias saciarse con la posesión de la belleza. En Ulises tuvo la forma del irresistible deseo de proteger a aquellas gentes de las hordas de su propio mundo. Y la angustia de saber que eso ya no era posible provocó el mecanismo multiplicador que ha destruido la cultura occidental en base a destruir las demás. Un dolor muy agudo en la boca del estómago lo hizo doblarse y dar con sus rodillas al suelo. Iba ya a doblarse por completo cuando sintió los dedos delicados que se posaban a su espalda. Fue como un rayo de sol recibido en el frio más intenso de las nieves polares. Todo su cuerpo se inundó de luz y calor, y su espalda se irguió de nuevo. La mujer lo ayudó a levantarse. Le paso la mano por los hombros como si estuviera dándole la medicina definitiva. Le tomo de la mano y le invitó a andar por la comunidad y sus alrededores para que pudiera encontrar su sitio.

Y así fue como Ulises Seaworth logró cumplir con el estímulo en forma de objeto luminoso que se destacó de su cuerpo aquella la mañana en la Biblioteca de la National Geographyc leyendo una obra de Tucídides, distanciándolo de la monotonía prefabricada del hormiguero cultural en el que fue a nacer, y por tanto descubriéndole una dimensión de su propia naturaleza desconocida para la mayoría de los seres humanos, culpables de confiar en sus creencias.

Juan Trigo

El Bruc, 4/1/2015

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