DIÁLOGOS CON LA BESTIA


San Jorge y el Dragón

*

El arquetipo del caballero luchando contra el dragón es universal en culturas que van desde la antigua Persia a Europa, pero hay que tener en cuenta que en el simbolismo precristiano el caballero no mata al dragón atravesando su cabeza con la lanza, sino que simplemente lo domina, lo mantiene vivo para que la lucha dure tanto como su propia vida, y de eso modo él se hace más fuerte y más sabio a cada duelo con su doble oscuro.

En algunas escuelas de sufismo se admite abiertamente que no es posible conseguir la extinción total del Ego, y por el contrario se advierte que no solamente no es necesaria sino que la confrontación constante con el verdadero enemigo del ser humano es conveniente para mantenerlo alerta y vigilante de su propio desarrollo para pasar de humanoide a humano. Es lo que algunos maestros yoguis llaman la meditación permanente, compuesta de la alerta constante y su fruto más inmediato, la toma de conciencia permanente.

El cuento “Una historia de Amor” podría tener muchas continuaciones, tantas como a cada lector le hagan falta. Por ejemplo, una de ellas podría ser la transcripción de algunos de los diálogos de viejo Edgar Krauft con su bestia, que podrían tener esta forma:

–       ¿Y ahora qué vas a hacer viejo? – oye susurrar a la bestia en su interior – ¿No te gustaba la tranquilidad que habías conseguido después de tantos años de enfrentarte al repudio social? Más o menos habías conseguido llevar una vida ordenada, placida y sin sobresaltos, y ahora acabas de dejar entrar en tu vida a esta mujer que sabes que te lo va a trastocar absolutamente todo?

–       Mmmm… Vaya, vaya – dice Edgar en voz alta en un momento que se asegura que Carla no puede oírle – ¿Dónde estabas amigo? Hacía rato que no oía tus rugidos del averno ni se me irritaba la nariz por el azufre de mis infiernos.

–       No te desvíes del tema …

–       No lo hago, amigo, lo estoy centrando. Cuando Carla apareció bajando del taxi no tuviste otra opción que retirarte a tus calabozos, porque el encuentro era demasiado hermoso para que pudieras influir en mi ánimo. ¿Y ahora qué? ¿Piensas que me he olvidado de ti? ¿Crees que no se qué sigues ahí, agazapado a punto de dar el zarpazo?

–       No contestas a mi pregunta. ¿vas a permitir que esa mujer altere tu tranquilidad?

–       Te contestaré con otra pregunta, a la manera de los grandes maestros sufís: ¿Recuerdas si en mi larga vida haya habido alguna mujer que me ame como ella?… – silencio en los infiernos – ¿Qué pasa? ¿No tienes respuesta a esa sencilla pregunta?

En otro momento el ataque de la bestia podría tener la forma:

–       ¿Hasta cuando crees que una mujer como ella – vuelven a sonarlos goznes de las mazmorras – estará dispuesta a las limitaciones de un viejo como tu? Ella necesita un tipo potente y joven…

–       ¿No crees que eso lo ha de decir ella?

–       Y cuando ya no la satisfagas, ¿qué vas a hacer, echarte a llorar?

–       Probablemente. Pero, ¿sabes? Ni tú, que solo eres producto de los miedos injertados en la educación, la cultura y las religiones, eres eterno. Todo lo existente no es más que una probabilidad de encontrar un proceso de cambio en algún lugar del espacio. Por tanto yo vivo aquí y ahora, porque el futuro es pura especulación. Y te aseguro que en mi larga vida jamás había experimentado unas relaciones tan intensas, directas y transparentes, ausentes de eso tan estúpido que se llama el arte de la seducción, o lo todavía más mediocre, que se llama la diplomacia. Los dos sabemos muy bien quiénes somos y con qué tipo de bestias hemos de luchar a cada instante… – silencio en los desfiladeros oscuros – ¿Qué, ya te retiras? ¿No tienes nada que decir? Sabes que estoy en lo cierto, ¿verdad? Carla no es una princesa indefensa sino una Atenea furiosa con la que te sientes impotente. Pero no te retires, esto es muy divertido. No me conocías esa faceta, ¿verdad?; la de reírme de mis miedos ante mis propias narices. Todo es cuestión de práctica. Hay que empezar por reírse de las manías, de las tonterías, de las necesidades de disimulo, de huida, etc., para llegar a reírse de los miedos inculcados.

O, en otra ocasión, al cabo de unos instantes o de varios días:

–       ¿Ves ya está arreglando las cosas que tu tenías ordenadas? ¿Vas a permitirlo? ¿Vas a permitir que una mujer ordene tu vida?

–       Pues sí, porque me está haciendo un favor. Probablemente me costará mucho menos encontrar lo que busco en cada momento.

–       ¿Una anarquista desordenada como ella?

–       ¿En qué quedamos, ordena o desordena?

–       Ya sabes a lo que me refiero.

–       ¿A sí? Vaya.

–        ¿Te has Fijado en su cuerpo? Hay mujeres de cuarenta años que están mucho mejor.

–       ¿Te has fijado en el mío? … ¡Cállate de una vez! Eres grotesco, das lástima.

–       Exacto, viejo… damos lastima. ¿Adónde nos ha llevado nuestra estupidez? Obedecer miedos culturales, familiares, sociales; miedos que no eran nuestros…

–       Por eso los asumimos con tanta intensidad, amigo, mío, porque no eran nuestros. Al niño recién nacido y en sus pocos años de iniciar la vida le sorprendieron tanto las insistentes consignas a obedecer al miedo de sus padres, correa de transmisión de religiones y pautas de conducta sociales, que no tuvo más remedio que obedecerlas y hacerlas suyas.

–       Ojalá pudiéramos volver atrás…

–       Oh, no, eso no, tampoco me engañarás con eso, porque también es un arquetipo más de nuestra sociedad terrorista; sabes que no podemos volver atrás, y lo que pretendes es que me hunda en autolamentaciones y victimismos. Es la herencia psicosomática de nuestra sociedad juedo-cristiana: culparnos del martirio de Cristo y del pecado de Adán, ante ninguna de ambas leyendas podemos actuar sino sentirnos encadenados a ese ilusorio complejo de culpa.

–       ¿Entonces qué, necio pecador?

–       ¿Entonces? Oh, te has vuelto muy simple, has perdido muchas facultades de automanipulación con las que te entrenó la cultura. ¿Entonces? Muy simple, entonces el futuro.

–       ¡Oh, sí, esa monserga de olvidar lo que has aprendido y devolver lo que te han inculcado!

–       Bien, muy bien, veo que vas progresando. Al final acabarás pensando por ti mismo…

–       ¿Y quién soy yo, sino producto de lo que me han inculcado?

–       Exacto, ese eres tu, pero piensa que antes de que tu aparecieras, aunque fuera por unos instantes, nací yo, libre y autosuficiente, como todos los animales de la creación. Y piensa que tú eres solo el producto de una reacción colectiva a permitir que yo sea lo que soy, libre y autosuficiente. Una reacción colectiva que va durando varios milenios.

–       ¿Entonces? ¿Por qué crees que vas a librarte de esa carga mundial?

–       Precisamente porque puedo tener este diálogo contigo y aprender de mi mismo con ello.

La lucha no termina, es constante, día a día, hora a hora, segundo a segundo. El acero se forja a fuego y golpes. Alerta en cada instante; meditación permanente. No hay tregua ni descanso; a eso hemos venido y para eso estamos aquí.

Juan Trigo

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EL PRISIONERO INDULTADO Y LA GACELA


 

*

Dicen que el viejo Henry Dunloghan llevaba tanto tiempo prisionero en la Isla del Diablo que incluso conoció al mismísimo capital Alfred Dreyfus, poco antes de que las eficaces soflamas periodísticas de Emile Zola lograran descubrir la verdad de su injusto encarcelamiento  y lo soltaran. Henry jamás supo de que lo acusaba el gobierno francés, pero en su conciencia se habían incrustado tantos intrusos del mundo de las sombras que hacía suyas todas las culpabilidades que podían pulular por el aire y aceptaba su encierro de por vida sin protestar.

Aquella mañana, cuando al despertarse encontró la puerta de su celda abierta no supo si realmente lo estaba o seguía como en los últimos 40 años, cerrada con cuatro cerrojos. Se acercó al dintel y efectivamente se abría al exterior un espacio entre el habitáculo y los barrotes. Extendió el brazo hacia afuera. Un silencio que llevaba su nombre se abría paso entre los rumores cotidianos, las voces de los encerrados y los vigilantes, y las de los que ya no estaban entre ellos, el viento desierto y el ruido de las olas en la marea baja.

Los carceleros tenían orden aquel día de ignorar absolutamente al prisionero 241244, como si de pronto aquella mañana se hubiera vuelto invisible, y aun más, como si nunca hubiera estado allí, como si apenas fuera otro de los fantasmas que siempre vagaron sin rumbo por la isla de los malditos.

Los pasos de sus pies descalzos lo llevaron al patio, tuvo que volver en busca de lo que quedaba de sus albarcas porque la piedra comenzaba a quemar por el sol de la mañana. Supo el camino que debía tomar, el que había recorrido en su angustiada mente en los últimos 40 años. El que va directo a la puerta de entrada, desde los pabellones de los prisioneros pasando por el amplio patio. No pensaba en nada, ni se preguntaba nada, ni se sorprendía por lo insólito de la situación. Simplemente llegó hasta el gran portalón instantes antes de que uno de los guardias, también sin mirarle ni decir nada, abriera lo suficiente para que pudiera pasar el prisionero cuyo número ya apenas se distinguía de su raido uniforme.

Sin detener sus pasos echó a andar por la carretera en dirección al desierto, aunque un pensamiento cruzó por su mente: seguramente no llegaría ni a andar una hora bajo aquel sol de justicia y sin haber comido ni bebido nada desde el mediodía anterior. Pero era preferible morir en libertad, por extraño que eso fuera en sus circunstancias. Nunca había estado fuera del recinto ni sabía cómo era la Isla del Diablo, sus únicas referencias eran los dramáticos y desoladores relatos de los carceleros y del alcaide, asegurando que toda la isla era un puro desierto de dunas adonde ningún evadido podía esperar encontrar cobijo. Pero hasta un niño de 6 años sabe que el mundo de los homínidos está costruido a base de mentiras y falsedades. Un niño de 6 años lo abe, pero no un prisionero a cadena perpetua que ya no recuerda el año en que dejo de recordar.

La carretera fue serpenteando por unas dunas cada vez más decoradas con vegetación, hasta que divisó las casas del pueblo, o de lo que pensó que era, según le habían contado, el único pueblo de la Isla. La precaución se incrusta en la piel del prisionero como su mejor protección contra las inclemencias del exterior; dio un rodeo subiéndose a unas lomas que bordeaban aquel conjunto de casas blancas, animadas por los lugareños que iban y venían con sus quehaceres. Lo dejó atrás y se adentró por un camino que bordeaba un bosque de pinos; pensó que se trataba de un espejismo hasta que se desvió y entró en él.

El bosque se fue haciendo más y más frondoso y a los pinos se les incorporaron otras especies como alcornoques, acacias, encinas, hasta rodear al evadido con las caricias de un gran bosque maternal.

Por fin el evadido se sentó. Era un claro en el que los rayos del sol se filtraban formando arabescos con la hojarasca pendiente de los grandes troncos de roble. La remota memoria de la paz en los bosques de su Irlanda natal comenzó a acudir a su cansada mente. Sintió como por primera vez en muchos años su cuerpo experimentaba algo que los humanos llaman relajación, pero que naturalmente los homínidos ignoran. Y se quedó dormido.

Lo despertó un cosquilleo en la mejilla. Por la claridad adivinó que estaba amaneciendo de nuevo, se había quedado dormido toda la noche sentado en aquella roca. Consiguió abrir los ojos y creyó que seguía soñando. La cabeza de una preciosa gacela que de tanto en tanto extendía su fina lengua para acariciar la curtida piel sin afeitar del indultado. No hizo ningún movimiento para no asustar al delicado animal. Lo miraba con curiosidad. Era lo más bello que recordaba haber visto jamás. Le sonrió. La gacela hizo un gesto instintivo de echarse atrás. Él le siguió sonriendo con extrema dulzura, esa que se va creando con muchos años de sufrimiento para dejar al descubierto una gran capacidad de amar. Levantó la mano despacio para acariciar aquella hermosa cabeza del animal más bello del bosque más exquisito. Ella pareció devolverle la sonrisa y le dio otra corta lamida. Entonces el indultado se dio cuenta que el animal estaba herido. Debió haber perdido el rastro de la manada y al huir por el bosque algo había rasgado su preciosa piel por varios sitios. Henry se dedicó a lamerte las heridas, como hizo con las suyas mientras estuvo en prisión.  La gacela se dejó hacer pacientemente recostándose sobre las rodillas del hombre. Éste tomó unos manojos de yerbabuena y tomillo salvajes y los fue aplicando a las heridas recién lavadas. El tiempo iba deslizándose ajeno a aquellos dos evadidos, cada uno de su mundo, sin tocarlos.

Cuando los periodistas llegaron, caída la tarde, para entrevistar al receptor de insólito indulto  y preguntarle si sabía quien fue su benefactor, los encontraron allí mismo abrazados, formando una escena bucólica difícil de describir; un prisionero que mereció la piedad de algún desconocido dios menor y una joven y preciosa gacela que probablemente se había extraviado de la manada y vagaba perdida por el bosque hasta que encontró a su amigo.

Juan Trigo 

NO SE RESIGNEN; ES MENTIRA. MANTÉNGASE VIVOS.


Continuación del cuento: “Una Bella Historia de Amor

Amanecía sobre el lago cuando Carla y Edgar interrumpieron sus goces amorosos para saludar al Sol.

– Vaya, amigo mío, veo que no te has dejado morir, has estado entrenando, y de qué manera, viejos y nuevos trucos. ¿Alguna vecina en especial ha gozado de tus favores o no ha sido solo una?

– Bueno, Carla, en tantos años, ya me conoces, el cuerpo tiene sus exigencias, y tampoco he perdido mi atractivo.

– Oh, no, claro que no, amigo mío. Ya me imagino estas campesinas suizas suspirando por las atenciones de ese extranjero  de quien todos hablan y mal. Eso te hace más irresistible.

– No hay que exagerar.

– ¡Mírame a los ojos, Edgar… mi Edgar! ¿Me estabas esperando?

– Desde luego chiquilla. No podía morirme si hacer el amor una vez más contigo. Como dices, he practicado todo lo posible, aunque ya puedes imaginarte, para estas mujeres de por aquí, temerosas de eso que llaman Dios, ciertas posturas…

– Por eso tenías tanta hambre de lo prohibido, ¿verdad? Uff… ha sido increíble. Edgar

– Dime

– Sabes que no te dejaré, ¿verdad? Digas lo que digas.

– Temo que sí.

–  Está bien, solo te lo preguntaré una vez. Piensa bien la respuesta. Soy la misma que conociste hace 40 años en las barricadas de la calle Faubourg Saint Honoré. ¿Quieres que me quede para el resto de nuestros días?

– Sí.

– Que rápido. Tú también eres el mismo. ¿Qué te pasaba ayer?

–  Simple, no estaba seguro de poder satisfacerte.

–  Pues, no soy tan complicada, ¿o sí?

–  Eres Carla, mi alma gemela, mi otra parte, el amor de mi vida; todo son temores a no estar a tu altura.

– Pues no tengas ninguno, contigo mis orgasmos nunca han sido fingidos, esta noche tampoco, entre otras razones porque no puedo fingir contigo… ni quiero, vaya tontería fingir haciendo el amor. Bueno, a veces lo he hecho porque quería conseguir algo del tipo al que me llevaba a la cama.  Pero contigo solo quiero conseguir algo que nadie más que tú puede darme, y ha de ser de forma transparente: tu amor incondicional. Ah!!!, Edgar. Eso fue lo que me atrapó y me sigue atrapando a ti: tú entrega sin condiciones. Así de sencillo, eres tú y te entregas sin reservas. No he encontrado a nadie así. Siempre mantienen alguna precaución por si acaso. Tú te lanzas sin paracaídas.

– Sería un estúpido si no lo hiciera, o estaría muerto en vida, como veo a tantos otros, incluso 10 años más jóvenes que yo, que por que les han dicho que ya no pueden… pues se resignan a que los aparten de circulación.

– ¿Cuál es el grito de guerra, mi capitán?

– Oh, cielo, eres increíble…

– Estoy esperando.

–  Oh, sí, ¿aparte de que la vieja Guardia muere, pero no se rinde jamás, como en la barricada de la rue Faubourg St Honoré?

–  No, esta vez hay más gente, y no son guerreros, sino ciudadanos perplejos y asustados porque creen haber muerto, y como dices, son mucho más jóvenes que tu. ¿Qué les vas a gritar para llevarlos al asalto del Palacio de Invierno?

– Fácil mi niña, lo más fácil siempre es lo más contundente: “¡¡No se resignen. Es mentira. Manténganse vivos!!”

 

Juan Trigo

CUANDO PERCIVAL REGRESÓ, LOS CABALLEROS DEL GRIAL HABÍAN ENVEJECIDO MUCHO Y SE PREPARABAN PARA MORIR


Paddington

*

Henry Dunloghan se apeó en la parada de Paddington. Después de tantos años le había costado mucho orientarse en la complicada red del Metro de Londres, el más antiguo del mundo. La salida a la confluencia de Windsland con London St. fue el último acto de la salida del túnel de otro tiempo y otro lugar. Había experimentado muchas veces lo largo de su vida aparecer en un lugar conocido pero encontrarse como aterrizando en otro planeta, pero aquel día le pareció un epitafio.

Sabía que la mayoría de sus compañeros de trinchera debían estar en el billar de O’Hanrahan, y hacia aquel antro dirigió sus pasos. Y pensó que les costaría reconocerle, no había envejecido como ellos, pero la guerra había hecho desaparecer las heridas de su rostro y ensanchar su sonrisa, al contrario de los antiguos caballeros que por no haber conseguido sus objetivos dejaban que la tristeza languidecerá su vida. En aquella época lejana, cuando los conoció, decían de él que era un inconsciente, un soñador en permanente alejamiento de la realidad, y que por eso no conseguiría coronar con éxito sus hazañas. Tal vez por eso las hazañas fluyeron a su alrededor sin expectativas de éxito, y por ello sin tocarle, sino como fantasmas que, como la misma guerra, lo fueron. Y por tanto ninguno de sus éxitos ausentes logró que la tristeza se pegara su rostro.

De la salida a la luz al descenso a las cavernas. Un pequeño portal daba enseguida a unas escaleras por las que se bajaba casi a oscuras al local de O’Hanrahan, y abajo, un pequeño recibidor a modo de escueta antesala al inframundo de los justos.

No estaban todos, los reporteros de guerra, Ilya Ehrenbug y Kapuzinsky ya no salían de sus casas porque las guerras de la actualidad habían multiplicado su estupidez. Nadie sabía el paradero de otro de los escritores de la revolución, Ernest Hemingway; de quien dicen que también se suicidó por amor, como Henry de Montherland o Chaikowsky. En cuanto a los poetas de la tragedia, Albert Camus, Miguel Hernández y Eugene O’Neill, no habían acudido aquel día a aquel último de los cuarteles de invierno. Henry distinguió enseguida la sonora y siempre sarcástica carcajada de Henry Miller al impenitente depresivo de Lawrence Durrell, siempre en busca de sus personajes perdidos, apoyado en el hombro del adusto James Joyce, en busca del final de su día imposible. Seguramente habría soltado uno de sus más preciados chistes de contenido sexual que tanto gustaban a Miller. Paul Auster miraba fija y atentamente desde un claustro monacal imaginario sin pronunciar palabra a un también mudo Orhan Pamuk tal vez tratando de escudriñar los pensamientos del silencio del turco, inmutable a la imparable locuacidad de Italo Calvino describiendo sus ciudades ideales. García Marquez, vuelto hacia la ventana para ver mejor sus infinitas selvas repletas de héroes anónimos condecorados como coroneles. Tahar Ben Jelloun contando los granitos de arena sobre la mesa en forma de niños. Etc.

Henry los interrumpió ejecutando al completo el saludo ritual: “Merde! La Vieille Garde ne se rend jamais!” (Mierda, la Vieja Guardia nunca se rinde).

A lo que Lope Felix de Vega y Castro, sacándose el sombrero en vuelo corto respondió, “Porque esto es un Tercios español, señor mío. Y no me venga, usted, caballero De la Barca, con que la guerra también es un sueño, porque se ha vertido demasiada sangre fácil”. Pero el primero que se dirigió directamente al recién llegado fue Victor Hugo, “Caramba, ¿ya no lleváis el atuendo de la Cruz Templaria?, os creíamos muerto al pie de la muralla de Acre. ¿Qué fue de tantos caballeros valerosos que entregaron su vida en las barricadas?”

– Murieron sin haber comprendido que solo eran moneda de cambio en un negocio que jamás fue el suyo. – respondió Henry Dunloghan, después de reponerse al repentino estampido en sus oídos de los alaridos de asalto, tan lejanos como repentinamente próximos, afortunadamente por breves instantes.
– Como todos. – sentenció, siempre solemne, Jean Paul Sartre cerrando la cuestión con su eterno: – Pero, sigamos.
– ¿Qué paso con vuestras heridas de nacimiento? – preguntó el perspicaz San Camilo.
– No las tuve de nacimiento – respondió Henry – fueron creándose después. Ah, y, eso: Se borraron durante el asalto.
– ¿A Acre?
– En cada uno de los asaltos; su estupidez las fue curando.
– ¿Cómo lo conseguisteis? – preguntó Poe emergiendo se sus tinieblas.
– Yo no hice nada. Fueron las propias heridas las que sanaron con una carcajada de comprensión.

Entonces Jean Markale propuso que se sentaran todos en círculo en el suelo, delante de sus copas, que las llenaran de nuevo y brindaran a la manera de los arcaicos celtas precristianos, por la comunión con los que ya abandonaron sus cuerpos mortales, para que se reunieran con ellos en ritual ágape, una vez más. Y una vez más rindieron culto al Ser se encuentra al otro lado del Sol, por un pronto regreso al hogar, a la Casa del Padre, en algún lugar de los confines de la Galaxia.

EL CAFÉ DE LA ÓPERA


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El autobús lo dejó en la parte alta del gran boulevard, estación término de su largo exilio. Echó a andar hacia abajo, en dirección al puerto, trató de encontrar algún punto de referencia de su vida, pero su mirada tropezaba con demasiados edificios modernos que albergaban enormes tiendas que vendían artículos irreconocibles, demasiados edificios antiguos convertidos en restaurantes de comida rápida, y los tradicionales kioscos de flores estaban servidos por asiáticos que apenas hablaban lo justo el idioma para apremiar al transeúnte a comprar o largarse, en lugar de las alegres y locuaces matronas que te escogían una flor adecuada para cada cita.

Acudió en su ayuda la esperanza de aún existiera uno de los emblemas más antiguos del famoso paseo barcelonés: El “Café de la Ópera”, abierto a principios del Siglo XX y que debía su nombre por estar frente al Gran Teatro del Liceo. El semblante del viejo se iluminó por primera vez en mucho tiempo, lo cual supuso un gran esfuerzo a los músculos de la cara para desencartonar el petrificado rictus adusto y contraído, por tantos años de fingir. Allí estaba el viejo Café, con su marquesina y sus paredes decoradas con plafones art nouveau. Pidió un café y churros, y se sentó para ponerse a escribir impresiones en una de las servilletas de papel, ritual obligado para recuperar su vida de antaño.

Al poco, entre el desfile acompasado y cadencioso de fantasmas del pasado se destacó el bellísimo rostro de una adolescente de grandes ojos azules y sonrisa ancha a la que amó en silencio, como a casi todas, por temor a que descubriera sus turbadores deseos, aunque para ella en realidad no fueran más que necesarios fuegos de amante. Poco a poco todos los demás rostros de mujer fueron confundiéndose con otros retazos inconexos de la memoria hasta desaparecer y dejar que aquella jovencita fuera transformándose en una mujer madura esplendida y más bella aún, que sin dejar de mirarle fijamente se sentó a la mesa contigua, hasta que por fin le habló sin dejar de sonreír:

– ¿Monsieur Gavroche?
– ¿Justine? Oh, pardon, excusez-moi, je vous prie… ¿Madame Justine ?
– Oh, no. No tiene que disculparse, viejo amigo. Ha pasado tanto tiempo que… Pero no habéis cambiado mucho. Sigue brillando en vuestros ojos el mismo mozalbete travieso, con perdón, y encantador por su impenitente inocencia; no ha pasado el tiempo para su mirada permanentemente sorprendida.
– Es usted muy amable con este viejo. En cambio usted, mi señora, ha convertido la frágil belleza de un ángel celestial en la magnificencia esplendida de una diosa. Esta usted deslumbrante.
– Gracias, amigo mío; veo que además de intacta su pasión por la vida, muestra sus heridas sin rubor, pero se mantiene en pie, como esta ciudad.
– Oh, discúlpeme; no le he preguntado qué desea tomar.
– ¿La guerra no le ha hecho perder su costumbre de disculparse a cada paso?
– La guerra no me ha hecho perder nada.
– Bueno, en realidad, sí que ha perdido algo, aunque para mejor: su obstinada timidez. En aquella época no conseguía nunca regalar elogios a una mujer, por más que ella los estuviera oyendo en su mirada.
– Es que una mujer como vos convierte a niños en hombres y a hombre en niños.
– Sí, ya recuerdo que me escribió una vez eso en una servilleta de papel, en este mismo bar, antes de que nos levantáramos sin haber conseguido acercarnos; apenas logró deslizarlo en mi bolso. ¿Es eso lo que está escribiendo ahora, o recrea a Proust en su búsqueda del tiempo perdido?
– Ojalá pudiera, mi señora, pero ni el más fino poeta puede en mis circunstancias.
– Pero usted no es poeta, es escritor, y yo no soy un fantasma. Soy una mujer madura que no ha dejado de pensar en usted en todos estos largos años. ¿Qué fue de la revolución?
– ¿Fue, mi señora? Sigue siendo.
– ¿Aún se mantiene apostado con su rifle en la barricada de la calle Faubourg Saint-Honoré?
– Claro. La revolución esta en el corazón o no está, y por tanto nunca muere.
– Por eso he seguido amándolo durante todo este tiempo Monsieur.
– Justine…
– No sé qué extraño azar me ha traído hoy hasta este viejo café para encontrarme conmigo misma, pero esta vez no voy a salir de él sin usted. No hace falta ir en busca del tiempo perdido, sino agarrar con uñas y dientes el que tenemos ahora hasta que se canse de ser esquivo. ¿Qué me dice Monsieur Gravroche?
– Que he sido suyo desde el primer momento en que no pude ni darle los buenos días, prisionero de mi admiración. Y aquí me tiene; lo que queda de mí.
– Que es tan grande como el mundo que jamás ha dejado de latir en mi corazón de mujer.
– Justine…
– Tranquilo, viejo amigo, no voy fingir más ninguna ceremonia de la seducción, ya me he saltado tantas normas de nuestra sociedad falsa y perversa que no esperaré a que usted hable; ya lo haré yo por usted. Y tranquilo también, viejo amigo del alma; ha llegado usted a casa, ésta es su casa; yo soy su casa, y usted la vida que habita en ella.

CARTA DESDE LA VIDA


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*

Aún no habían despachado por completo la familia e invitados la copiosa comida del Día de Acción de Gracias, que James ya se retiraba con su suegro y los dos tíos mayores de su esposa a la biblioteca a tratar de negocios.

– ¡James! – dijo Evelyne abriendo la puerta al cabo de un rato – Como tienes prohibido al mayordomo que os interrumpa, lo hago yo. Es ese cartero que insiste en que esa carta de España es para ti.

– ¿Ese irlandés pesado y medio loco?

– El mismo.

– ¡Que se vaya!

– ¡Díselo tú, cariño, yo ya estoy harta!

– ¿Le has pagado lo que pide?

– No pide dinero.

– Imposible. Todo el mundo pide dinero, es peligroso alguien que no pide dinero.

– Solo quiere entregarte esta carta.

– Pero si yo no soy ese… ¿Qué nombre pone el sobre?

– No me he fijado, pero el insiste en que es para ti. Venga, cariño, no nos hagas perder más tiempo con tus antiguos compatriotas o quienes fueren. Cógete la carta, le das las gracias y la propina y ya está. Así nos dejará en paz. A fin de cuentas el FBI nunca le dio importancia a esas cartas de tus antiguos amoríos y tampoco se ha molestado con esta.

James salió enfurecido de la reunión, pero sin atreverse a lanzar una protesta más a su esposa; los latinos están de prestado en el mundo anglosajón o crean sus organizaciones como los italianos. Bajo a la puerta principal. Un empleado de correos, grande, pelirrojo de tez sonrosada por el whisky irlandés esperaba con una sonrisa de niño que sugería haberla tenido siempre y que jamás se le borraría de su semblante.

– ¿Es que ahora también trabajan el Día de Acción de Gracias o ya no son los niños los que van de casa en casa con el “truco o trato”?

– Eso se hace para Halloween, señor… Es que me cae de camino a casa y esta carta parece venir del origen de los tiempos, ja, ja…

– ¿Qué?

– Fíjese el sobre; esta amarillento y arrugado, y casi no se lee la escritura, aunque está hecha por una mano muy fina y ordenada; diría que de mujer… Oh, disculpe. Debe haberse paseado de oficina en oficina de correos en los últimos 5 años hasta dar con su dirección actual.

– ¿Por qué me la trae a mí? Ya le dije que mi nombre es James Green y no ese… ¿a ver? – coge el sobre por fin y recita – “Jaume Grau”. ¿ve, no soy yo?

– Pero la dirección sí es la que tuvo usted hace años en el Bronx.

– ¿Por qué son tan eficientes en este país a la hora de seguir pistas?

– ¿Decía usted?

– Nada, nada. Bueno, ¿si me quedo esta carta se irá tranquilo?

– Oh sí, claro. ¿Sabe? En mi tierra natal, Norte de Irlanda, tierra de muchos emigrantes, una carta de Europa es siempre una perla de tu vida que te devuelve el océano, y nosotros le damos una importancia capital, porque nunca sabes lo que te traerá la marea por la mañana.

– Está bien, está bien, yo también vi la película. Tampoco entenderé nunca a los irlandeses.

– ¿Decía?

– Nada, nada; muchas gracias. ¿le debo algo?

– No, claro, es mi trabajo.

– ¿Seguro?… Bien, pues, que tenga un buen Día de Acción de Gracias.

– Demos gracias por lo que la vida nos ha dado, señor… Green.

– O… por lo que le hemos quitado con nuestro sudor y nuestra sangre.

El buen irlandés grande y sonrosado no llego ni a oír aquello, se despidió con la mano, se caló su gorra de plato de empleado de correos y giró de talones para volver a la carretera, donde dejó aparcado el ostentoso furgón de correos.

James abrigaba la intención de llegar hasta la salita de recibir visitas de la planta baja y tirar la carta en una papelera, pero no pudo seguir avanzando y se quedó plantado en el salón recibidor frentes a la doble escalinata que conducía a los pisos superiores; en todo el sentido de la palabra. El tacto de la carta en sus dedos había abierto un vórtice en el túnel del tiempo. Una especie de agujero de gusano que se abre a cada uno de nosotros en algún momento de nuestra vida para traérnosla de golpe e inexorablemente cuando ya creímos haberla olvidado.

– ¿Qué ocurre Jimmy? – dijo su suegro desde lo alto de la galería del primer piso. – te has puesto pálido.

– Nada.

– ¿Es de tu familia?

– ¡No!

– ¿Algún antiguo amorío?

– ¿Qué?

– Tranquilo, hombre, no pasa nada. Sube a terminarte el whisky y a ver si podemos aclarar lo de la fusión. Hay que machacar a esos bastardos

James subió y se terminó el whisky, y los hombres de negocios siguieron contando los empleados que podían echar a la calle al partir la gran corporación que estaban haciendo pedazos vendibles a buen rédito. James se había puesto la carta doblada en el bolsillo del pantalón. Pero aquella noche no pudo conciliar el sueño hasta que de madrugada bajó al salón y presa de un pánico atroz porque la vida parecía estar dando señales de que no había muerto, cortó el sobre con un escalpelo de su escritorio y lo abrió. Reconocía perfectamente la letra menuda, regular, casi caligráfica, redonda, suave, acariciante, fiel. Tuvo que cerrar los ojos y no pudo impedir que sus labios comenzaran a temblar para sacar palabras entrecortadas que se negaban a seguir encerradas, pero que no pudo entender. Se derrumbó en el gran butacón de su escritorio. Tenía razón el irlandés, aquella carta había viajado desde el Bronx a Seatle, pasando por otras tantas direcciones como su largo peregrinaje en huida desesperada, y se había obstinado en llegar hasta él. Por fin abrió la carta y no tuvo más remedio que leer. Estaba escrita en catalán del Norte, muy depurado y poético (que traducimos para mejor comprensión del lector, aunque resulte tan difícil traducir el aire sutil que encierra toda poesía):

Ahora me escribes mucho más a menudo
y es siempre triste el mensaje;
siento alejarse aquellas mañanas
que me dicen tus cartas.
Si quieres escribir un canto de pájaros
entre tus palabras,
a mi me llega un pañuelo
lloroso de ausencias.

El regio despacho se convirtió en embudo de un enorme volcán, que a la mañana siguiente recibió el golpe de gracia en sus oídos. El mayordomo canturreaba:

Toda fortuna que he logrado

La daría por un día a su lado

En valle de Strandmore

– ¡Qué demonios está diciendo!

– ¿Señor?

– ¡Eso que cantaba…!

– Es una canción tradicional irlandesa, señor. La cantan los emigrantes que, a pesar de la fortuna que han hecho en ultramar, jamás pueden olvidar y añoran su tierra y… al amor que dejaron atrás.

James dijo a todos que iba de viaje de negocios a Europa. Desde el día en que la carta fue a encontrarle hasta su llegada al aeropuerto de Barcelona sostuvo una lucha feroz y sangrante contra sí mismo por lo que se iba repitiendo que era una solemne tontería, una pérdida de tiempo y sobre todo de dinero, puesto que aquella preciosa jovencita que dejó treinta años atrás ya estaría cargada de hijos, gorda y soportando a un marido gandul y borracho, y que el pequeño pueblecito de pescadores de la costa catalana cerca de la frontera francesa se habría convertido en una de tantas monstruosidades turísticas de cemento y ventanas.

Pidió el teléfono a la información ciudadana. Llamó. Al otro lado del tiempo y sonó una voz dulce y melodiosa de mujer, una voz antigua, pero muy presente:

– ¿Diguim?.

– Disculpe, no sé si me he equivocado.

– … ¿Jaume?… ¡Jaume! ¿Eres tú, Jaume?

No pudo continuar. Colgó con la intención de despedazar el auricular del teléfono contra la caja del aparato. Era ella, Mercedes, Mercè, en catalán. El mismo sonido profundo y pausado, tranquilo, eterno del apacible Mediterráneo que regresaba a él en la noche antigua.

Se hospedó en el hotel del aeropuerto, incapaz de llegar hasta Barcelona, su ciudad natal. Pero la vida no le permitiría quedarse por mucho tiempo en su infierno obstinado. Al cabo de unos días volvió a llamar.

– ¿Dígame?

– …

– ¿Eres tu Jaume? ¿estás aquí? ¿Has vuelto?

– Mercè…

– Dime.

– Estoy en Barcelona.

– Vale, ¿Por qué no vienes?

– No sé… No sé como estarás tú…

– Yo estoy bien. Sigo viviendo en la misma casa de mis padres, que tú conociste. ¿Quieres venir? No temas, no ha cambiado nada. El mar, el pueblo, la playa, el color del cielo. Yo tampoco he cambiado.

– Mercè, no sé si… me siento…

– Puedo imaginármelo. Jaume: no me he casado, si es eso lo que quieres saber. Ni tengo hijos, aunque hubiera podido hacer ambas cosas muchas veces.

– Mercè…

– Jaume.

– …

– No vuelvas a colgar, por favor, Jaume. No tienes por qué hacerlo. No tienes porque hacer nada que no quieras. Han pasado muchos años, pero te siento como en aquellos días. Te he sentido siempre, porque soy mujer de un solo hombre, y fuimos el uno del otro, entonces. Sé que lo recuerdas por las cartas que me escribiste, aunque ha habido un largo silencio desde la última, pero no importa; para mí nunca ha habido silencio.

– ¿Quieres que venga?

– Claro. Tú tenías que hacer tu viaje. Y ya lo has hecho. Ya has regresado de dar la vuelta al mundo.

– ¿Cómo sabes que no me volveré a ir?

– Lo sé.

– Me case y tengo familia al otro lado del gran mar.

– Me lo dijiste… Jaume: nunca me has engañado. No podías hacerlo.

– No…

– Tómate el tiempo que quieras. Te estoy esperando.

– ¿Cómo es que no te has casado y formado una familia?

– Ya te lo he dicho. Nada ni nadie podía substituir aquellos días y es lo mejor que he tenido nunca. No he querido destruirlo con ninguna copia, porque no se puede.

– Ahora vengo.

– Claro. Esta es tu casa, tu tierra, tu gente, tu mar y aquí está tu mujer.

– ¿Cómo puedes perdonarme?

– ¿Perdonarte? No hay nada que perdonar, Jaume. Éramos libres y ahora lo seguimos siendo. Solo que yo no conocí a nadie mejor que tú. Y ya está. Es sencillo. ¿Eres libre Jaume?… ¿Quieres ser libre?

¿Hay algo mejor para perderlo todo que una mujer?


*

– ¿Cómo decidió usted hacerse pirata? – insiste Angela Davis de CNN?

-¿Pirata?¿Qué quiere usted decir? ¿Que soy un pirata?

– Usted mismo;  lo persigue la armada de su majestad.

– Port Royal desapareció en 1921 como bastión militar para convertirse en destino turístico. Pero, sí, hace 200 años yo tenía hacienda, familia, títulos, era almirante de la octava flota de corsarios de su graciosa majestad… Graciosa, ¿eh? Oh, sí, estos bandazos que le das a la vida siempre son por el amor de una mujer. Señores del jurado, no pierdan tiempo, condénenme ahora mismo, porque no me arrepiento de nada y lo volvería a hacer en cualquier momento. ¿Hay algo mejor para perderlo todo que una mujer?

 Juan Trigo

Nos encontró Moulay Ismail en el frente oriental de Sirte



Nos encontró Moulay Ismail en el frente oriental de Sirte, en aquel tristemente famoso lugar de la carretera a Bengasi en el que mucho antes de divisar los cadáveres el aire ya  está impregnado con el olor  dulzón a muerto, y que lleva un nombre curioso, Ras-al-Kantara, que traducido para un escenario militar podría leerse como “cabeza de puente”; en efecto, la insurgencia enviaba desde allí sus por el momento infructuosas andanadas hacia la ciudad. El enorme Jeep Castor 230 de Moulay Ismail se detuvo frente a nuestro grupo saludándonos con una inmensa polvareda. Venía encabezando una partida de rebeldes compuesta por cinco furgonetas artilladas, cuatro coches de pasajeros, a dos de los cuales les habían cortado el techo para instalar la ametralladora, y un tanque Sherman capturado al ejército que andaba milagrosamente a pesar de que un gran boquete de obús había inutilizado la cadena del flanco derecho.  ¿Qué hacía en esta guerra aquel viejo FLN argelino que combatió con Houari Boumedienne en el Djurdjura en 1958? Por lo menos debía tener 80 años.  Saltó del vehículo y entró corriendo en el reducto con su M16 al hombro. Se debía mantener en forma a base de guerras, mujeres y vino francés de sus viñedos de Al-Biar, al sur de Argel, y por supuesto un espíritu a prueba de decepciones.

–        ¡Salut les combattants! – gritó el viejo saludo FLN al verme y con su eterna sonrisa de niño travieso.

–        ¡Que la mort soit douce, comme une belle femme! – le contesté el ritual

–        ¿Qué cojones haces aquí? – dijo  – los españoles no vais a sacar nada de esta masacre; se lo van a llevar todo franceses e ingleses, y pocos más. Ya están negociando con Sarcosi.

–        Ah, mon cher ami, ce n’est pas toujours l’argent.

–        ¡Oh, no me jodas! ¿No te has desecho aún de ese viejo sentimentalismo de Robin Hood? La revolución no existe, murió con Espartaco.

–        ¡Quel bêtise, mon cher! La revolución es permanente y está en el fondo del corazón, y este es indestructible. Te pueden masacrar el cuerpo y romperte las emociones, te lo pueden quitar todo, pero no el espíritu; a fin de cuentas no tenemos nada, todo es transitorio, salvo el espíritu.

–        No has cambiado, “mon frère”, ni los negocios de Estado, ni las esposas han logrado convencerte para que te tomes las cosas de otra manera.

–        ¿Y por qué estás aquí tu “oiseau rapide”? – usé su viejo apodo de guerra que le pusieron en la batalla de Tizi Ouzu, como un trofeo laureado por haber servido de enlace, como un “pájaro veloz” entre los grupos que asediaron al destacamento del ejército francés en la capital de la Kabilia hasta conseguir su rendición.

–        Bah, cela c’est toute une autre histoire.

–        ¿Ves? Tu tampoco has dejado de ser un quijote loco en busca de molinos que atacar. Seguramente hay alguna mujer en apuros en ese infierno.

–        ¿Quieres que nos peleemos otra vez? Hace más de 50 años que casi nos matamos, con que ahora hasta podríamos conseguirlo. Por cierto, ¿cerraste el negocio de helicópteros de Santa Barbara con el primo de Bashar al Asad? ¿Cómo se llama? Ah sí, Makhlouf. Ves que estoy bien informado, ¿eh?

–        ¿Quién cojones te ha contado eso?

–        Des amis communs, mon cher. Pero no importa, te vas a forrar; Siria va a estallar también como esto, y el ejército necesitara helicópteros para masacrar a la gente, como aquí. ¿De qué estaremos hablando, 200 millones? Seguro que no será el único pedido… ¿Qué le pasa a tu pierna?

–        Mañana estará completamente gangrenada; una esquirla de metralla.

–        Ah, merde, je vais te lever de cette poubelle. Venga, vamos, levanta, sujétate a mi hombro… este tanque ya no tiene gasolina, ¿verdad?

–        Ayer se terminó, por eso no pudimos llegar a Sirte.

–        Por cierto, he visto a tu hijo en el centro, con su MP5 repartiendo tiros en el mismo centro. Es un chaval magnífico y tira muchísimo mejor que tú, aunque eso no es difícil… ¿Has venido por él verdad? Ah, ahora entiendo. Oh, sí, por ciertos chavales somos capaces de dejarnos matar sin pronunciar palabra. No son humanos, son dioses. Recuerdo en el Djurdjura un mozalbete de Tamanraset…

–        Me desangraré aquí si has de contármelo.

–        ¡Merde, finalement nous devenons sensibles comme des femmes! Venga, agárrate, nos vamos, llegaremos a tiempo al hospital de Bengasi.

–        Llévame a Sirte. ¿Ibas allá, verdad?

–        ¡No me jodas! Ya no hay hospitales, todo está… No podrás encontrarlo, salta de casa en casa como una sombra, cargándose a cuantos mercenarios de Níger encuentra a su paso. Es muy joven, pero hombres curtidos le siguen ciegamente como a un jefe guerrillero. Le llaman “The Little Wizard” por como dispara y esquiva las balas al mismo tiempo, y sobre todo por su acierto en olfatear al enemigo.

–        Es de lo único que quiero despedirme en este mundo. Como has dicho, no parece humano, sino divino.

–        ¡Sacre bleu! En Bengasi te pueden curar y vuelves aquí en unos días…

–        No llegamos a tiempo, “mon frère”, ¿ves como está? La negrura va subiendo rápidamente…

–        ¡Te la pueden amputar y ya está!

–        Moulay, hermano. Lo entiendes perfectamente. La vida no tiene sentido si no la vives. En Bengasi acabaré como un inválido, mientras que a lo mejor tengo suerte y en las calles de Sirte me encuentro con mi hijo. Y eso, tu ya lo sabes, es un millón de veces mejor que seguir viviendo como un inválido.

–        Pero te operan y vuelves. Vamos, yo me quedo contigo en Bengasi y te traigo para acá cuando puedas moverte.

–        Entonces esto ya habrá acabado.

–        C’est vrai, ce conard de Kaddafi est terminé.

–        Y quiero verle combatir, quiero comprobar con mis propios ojos lo que dicen de él. Quiero abrazarlo otra vez. Después del divorcio  con su madre nos vimos poco; me buscó, pero yo me había ido demasiado lejos, incluso para él, lo cual no me explico. Esto no va a durar un mes, y él no se quedará aquí para cobrar la factura. No ha venido por eso.

–        Tu tampoco, ¿·verdad mon frère”? Tú no combates por dinero, lo consigues en los despachos de los políticos.

–        Tu tampoco Moulay. ¿Cómo se llama, Djanine, Marianne, Latifah?

–        ¡Merde!

–        Cuánta razón tienes. Vamos, ayúdame a subir al jeep, ya hace demasiado que estamos aquí parados, y nos vamos a perder el espectáculo.

Juan Trigo

Septiembre 2011

 

 

UNA BELLA HISTORIA DE AMOR


El viejo Krauft no comenzaría a escribir sus memorias hasta que Carla se hubiera marchado, esta vez definitivamente. La esperaba desde hacía días, pero ella quiso presentarse de improviso porque recordaba que le gustaban las sorpresas, aunque para ella, desde que le escribió anunciándole que deseaba volver a verle después de tanto tiempo, en su subconsciente estalló de nuevo el ritmo tempestuoso y frenético que siempre guió sus relaciones con aquel hombre de ciencia, cuya controvertida fama superó todos los límites de la conflictividad. Cuando la Revolución de Mayo tocó su fin y se cerró el ciclo eclipsando a sus héroes en el anonimato urbano (en otras épocas serían devorados a sangre y hierro, pero no en las Edades de la Democracia), aquella mujer de fuegos ilimitados sintió la necesidad de volver a abrazar a su maestro, aunque fuera por última vez.

Como todos los días, al volver de dar la clase de historia, que los vecinos del pequeño pueblecito suizo de Caux habían gentilmente organizado en los últimos tiempos para proporcionarle un mínimo sustento, el anciano filósofo se quedó apostado un buen rato en la barandilla de madera de su balcón, para contemplar  el difuso lienzo de brumas plomizas que sublimaba en un mismo perfil incorpóreo la silueta del lago Leman y sus crestas colindantes, sorprendiéndole como cada tarde aquella sensación de inmovilidad que embargaba permanentemente al país de todos los exilios, esa reserva artificial del planeta donde nunca podía pasar nada.

De pronto recordó que había olvidado cerrar la llave de la gasolina de su destartalado velomotor, sin cuya precaución le sería imposible arrancarlo a la mañana siguiente, y bajó a la calle. Y al hacerlo le asaltó la sensación de que a cada peldaño sus pasos se iban haciendo más briosos hasta que al cruzar el umbral una potente bocanada de aire templado le retornó sus ardores pasados. Tuvo que respirar hondo y abrir sus ojos desmesuradamente para extasiar la mirada hacia ninguna parte, porque aquel golpe de vitalidad le había devuelto en un instante, cual Magdalena de Proust, todas las imágenes de aquellos días turbulentos vividos en Paris con Carla. Miró luego hacia la carretera, pero aun tardaría unos minutos en escucharse el ronroneo del taxi. La oleada de calor le hizo humedecer sus cansadas pupilas y levantar sus sentidos como un amenazante geiser a punto de emerger a 1a superficie, rompiendo la dura costra de sequedad y olvido. No tuvo ninguna duda de que aquella súbita onda de calor no era otra cosa que su amada acercándose por algún punto de la estrecha carretera vecinal. Lo supo, aunque no le hubiera anunciado su visita. La naturaleza pasional de algunas mujeres sigue alimentando el planeta desde tiempo inmemorial para que no acabe seco como la Luna. Tuvo que llevarse la mano al pecho como tratando de evitar que los repentinos latidos desbocados de su corazón fueran a romper su ya frágil caja torácica.

Entonces apareció el taxi por curva. No la distinguió hasta que estuvo a pocos metros y el taxi parado suavemente. Ella se desplazó con rapidez sobre el asiento para salir por la portezuela, y bajó sin pensar en coger la bolsa o pagar al conductor. Pero no corrió enseguida hacia él, se demoró unos instantes mirándole fijamente. Se había hecho una poderosa y extraordinaria hembra de 35 años; habían pasado 20. Krauft se vio desfallecer de emoción. Sus manos temblaban; no podía moverse. Pero ella lo hizo por él, al cabo de unos instantes más, lanzándose a todo correr a abrazarle.

–  Pequeña… –  murmuró el viejo sin poder contenerse, y luego cerró los ojos y la abrazó también, y se relajó para dejarse embriagar por el desbordante calor que emanaba de aquel cuerpo, hasta perder el mundo de vista, que era lo que más le gustaba, perderse dentro de la mujer. Ella apenas logró tranquilizar su respiración. Pasaron varios minutos inmóviles, bebiendo hasta drogarse con el fortísimo licor de sus recuerdos que se apelotonaban a golpes y trompicones con inusitada vehemencia. Por fin Carla lanzó un largo suspiro:

 – Voy a pagar y recoger la bolsa.

Krauft abrió los ojos y la contemplo, permitiéndose una sonrisa en su interior, al comprobar cómo se habían desarrollado aquellas formas que conocía tan bien. Respiró hondo igualmente, pero ni remotamente para ahuyentar aquellos recuerdos. Al poco ella se plantó frente a él, sonrió maliciosamente, dejó la bolsa en el suelo y exclamó despacio:

– Hola, viejo amigo

– Lo de viejo también es cierto en ambos sentidos. – coronó con una sonrisa de niño travieso

Entonces Carla lo abrazó de nuevo pero esta vez aplicando sus labios a los suyos despacio, suavemente. Luego se retiró a mirarle de nuevo:

– Es posible lo de viejo, pero sigues siendo tú. No hay duda… Ya estoy aquí otra vez,

– Sí… Eso también tenía que suceder. ¿Entramos?

– Claro.

Subieron las escaleras cogidos por el talle. Carla entró primero y quedó mirando por unos instantes la sencilla y pequeña habitación donde su viejo maestro había pasado los últimos 20 años de exilio. Ordenada, limpia, acogedora, repleta de tratados de ocultismo y astrología, algunos objetos rituales, cuadros con alguna pintura simbólica, tablas astronómicas, un mándala, una cafetera, una minúscula cocina adosada a la pared que daba la impresión de ser poco utilizada, y sobre todo grandes ventanales al exterior… Sintió como algo poderoso tiraba otra vez de sus entrañas hacia un remoto centro magnético oculto en las profundidades de la tierra. Un vacío atávico se abría de nuevo ante ella, y volvió a ver aquella imagen de sus inquietos quince años ser poseídos por  una fuerza brutal y arrolladora, y otra vez se estremeció con aquella vibración que la empujó entonces a demoler mundos y sacudir comodidades, a desobedecer órdenes y cuestionar bienestares. Se volvió hacia él.

– Me quedare contigo. No quiero volver a marcharme

– Sigues teniendo el mismo fuego abrasador, todo coraje, ocurra lo que ocurra.

– Quiero quedarme contigo. – repitió esta vez balbuceando.

– Hablaremos de eso más tarde, de momento necesitas un café, descansar del viaje, dormir un, poco. . .

– Quiero desnudarme, Edgar. Quiero que me veas desnuda.

– Ay, pequeña, han pasado 20 años y no en balde. Ya no soy el mismo.

– Déjame desnudarme. – repitió.

Krauft se sentó despacio. Siempre tuvo el corazón fuerte, pero dudaba de que a sus 70 años pudiera resistir la enorme vitalidad de su antigua compañera; la cosa mas maravillosa que pudo ocurrirle y ocurrir a mortal alguno.

– Carla… –  empezó para dotar de la conveniente moderación al encuentro. Pero ella no le dejo continuar.

– Muchas veces en estos años me he estremecido al recordar cómo te seduje, o logre que me sedujeras, cuando apenas había besado a un chico y mucho menos…  Me pasa algo parecido ahora. Es algo que supera todo mi ser. Hay algo en ti que viene de otra dimensión y que me trastorna. ¿Sabes? – Se sentó por fin – fin – He tenido amantes durante estos años, ni muchos ni pocos. Pero contigo ya fui todo lo lejos que podía ir, recorrimos juntos el camino hasta sus confines y por tanto todo lo demás ha sido pura repetición

– Por eso ahora… – iba a indicar el anciano.

– Ahora es encontrarte de nuevo y reconocerte, terminar el ciclo. ¿Recuerdas lo que me enseñaste sobre los ciclos del Mándala del universo?: Esto es completar el nuestro. Es saber que eres tú y tomar  conciencia total de cómo transformaste mi vida y de cómo yo transformé la tuya… Vaya problemas tuvimos por ello – rió – pero bienvenidos. Lo volvería a hacer.

– Yo también  pequeña.

– Por favor deja que me desnude y te muestre como ha cambiado mi cuerpo, luego te desnudas tú y nos meternos en la cama. No sé lo que puede ocurrir, pero por favor…

– Si no tuve valor entonces para evitar que transformaras mi vida, afortunadamente, tampoco voy a tenerlo ahora para evitar que perturbes mi tranquilidad. Bienvenida sea otra vez tu convulsión – añadió explotándole un timbre de vehemencia en los labios – y tu fuego abrasador… Lo que llegamos a romper entonces. Desnúdate Carla y muéstrame como ha madurado tu cuerpo… Yo te mostraré como ha envejecido y se ha estropeado el mío.

– No te desnudes aún yo lo haré después.

Se levantó y se plantó frente a él con aquella expresión, que Krauft conocía tan bien, de estar absolutamente decidida a todo, desde lo más obvio a lo más trascendental que se le fue formando a lo largo de los últimos tiempos, añadiendo en ese momento una sonrisa ritual, y comenzó a desabrocharse la blusa. Krauf t se recostó y se relajó dispuesto a que su cuerpo experimentara lo que fuera y mostró una sonrisa pícara cuando Carla se soltó el sujetador al comprobar que se habían aflojado aquellos increíbles senos que tanto lo turbaron antaño y que Carla aprendió a utilizar con tanta maestría para seducirle. Ella le contestó con una sonrisa de disculpa por aquella erosión contra su voluntad. Sin embargo seguían desafiantes apuntando hacia arriba. Todo en Carla era desafiante, desde el día en que conoció a Krauft y le inquietó su penetrante mirada de águila. Terminó de desnudarse por completo y se plantó en jarras:

– No quiero  marcharme esta vez. –  Krauft respiró hondo.

– ¿Quieres café?

– Bueno…

El se levantó y fue a la cocina, mientras ella se volvía para seguirle con la mirada, preguntándose si el viejo alquimista abrigaba algún rencor contra ella por haberlo abandonado en plena lucha contra sus semejantes precisamente por ella. Pero recordó que fue él quien la empujó al mundo, quién la convenci6 de que su puesto estaba en primera línea de fuego, en lugar de quedarse a cuidado de un honrado padre de familia que dejó de serlo y que iba a ser aplastado por los convencionalismos sociales de siempre. Ella no hizo más que obedecer: como siempre siguió sus consejos. Y fueron acertados, porque se convirtió en una laureada heroína de la revolución de Mayo. ¿Qué pasaba por la mente del viejo ocultista? Se preguntó inútilmente una vez más, antes de volverse hacia la bolsa para sacar sus cosas. Buscó también el minúsculo cuarto de baño para dejar sus enseres de lavado, el resto sobre la cama. Krauft salió con las tazas, le ofreció una y bebió, pero ella se quedó inmóvil unos minutos, esperando que la proximidad de su cuerpo, el calor de su piel, sus vibraciones lo hicieran reaccionar. Él sonrió permitiéndose una mirada de admiración de arriba abajo:

– Después de lo que dicen que le he hecho a mi familia y a mi país, y a no sé quien más, encima el destino me concede este premio.

– Qué menos – corroboró ella, pero preguntó enseguida – ¿No has vuelto a ver a Silvia y a los niños?

– Ella no quiso ni oír hablar de mí, lo cual no debió de haberle sido tan difícil. Supe que se casó otra vez. En cuanto a los chavales… Sí, volví a ver a Sarah, ella es combativa como tú, pero adora y necesita a su madre, y en el fondo, aunque también me adora, nunca me perdonará. Es demasiado frontal, unidimensional. Mark y Jonás son hombres de la generación de hoy, permanentemente indecisos entre el antiguo machismo y esa moderna inclinación a convertirse en perritos falderos del consumismo dejándose tratar como hombres-objeto por la publicidad, al igual que 1as mujeres, pero aceptando a su vez seguir desempeñando el clásico papel de duros y empecinaos ejecutivos. Los adoro a todos, incluso a Sylvia. Adoro su apasionada forma de no entender en absoluto la revolución y su apasionado miedo a la existencia. Supongo que llevan ahora una vida tranquila de personas-objeto, obedientes consumidores. Mejor para ellos, eso evita problemas.

Krauft se cortó, no por fatigarle el largo y repentino discurso, si no por temer que estaría aburriendo a una mujer como Carla. Pero ella le invitó a seguir:

– Yo también me he despachado a gusto, aunque yo no tenía una posición como la tuya, yo no era asesor del Presidente, ni miembro de la Academia de Ciencias, ni profesor… en Harward, ni…

– Todos eso son espejismos.- terminó el.  

– Pero me he esforzado por sacudir a más de uno… o por lo menos lo hemos lo intentado, ¿no?.

– Sí, ya sé que lo de Mayo en París no salió bien. Tres días a la semana puedo costearme el Journal de Genève. Es una lástima, pero no ha sido posible la revolución, tal vez más adelante… como dijo Trotsky, “la Revolución o es permanente o no es”.

– ¡Si fue posible! – gritó crispándose – ¡Pudo ser posible!… Estuvo punto de conseguirse. Faltó muy poco.

– Lo sé, tranquilízate. Ahora ya ha pasado… Todo pasa, a fin de cuentas.

– Incluso lo tuyo – gimió Carla – ¿No te han molestado más?

– No: Cuando uno se exilia en Suiza significa que admite su derrota, y a mi edad, se supone que ya no le quedan fuerzas para seguir combatiendo. Por tanto me dejaron en paz.

– ¡Pero sí tienes fuerzas aun! ¡Debes desmentir al mundo lo que han llegado a decir de ti!… Que eras un sátiro, un degenerado pervertidor de jovencitas. Debes desenmascares…

– No hay nada a desenmascarar ni nadie a quien denunciar, esos comentarios son simple producto de su interpretación. No les culpo. No podían entender que a los 50 años encontré lo que estuve buscando desde niño, me enamoré perdidamente y rompí con todos y con todo por ese motivo. Bueno, en realidad con todos los que se obstinaron en no entender… ¿Sabes? Mi discípulo Howard Lehrner me ha estado visitando. El también estuvo enamorado de ti. Todos se enamoraron de tí. Y eso me hacía sentir aún más feliz. . .

– ¡Pero solamente exististe tú, maestro!

– Eso también lo sé. Lo supe con certeza entonces y por eso lo eché todo a rodar: – Hizo un gesto evasivo con la mano – Al Presidente, a la Academia, a las empresas, a mi esposa, a todo el mundo que se empeñó en impedirme que viviera mi destino.

– ¿.Entonces? – inquirió Carla inclinándose un poco hacia adelante. – ¿Porque me dejaste marchar cuando el movimiento estudiantil me atrajo para sí? Hubiera bastado una palabra tuya…

– Tú también tenías que cumplir tu destino. Habríamos llegado al fondo. Y el amor es enemigo del tiempo y aborrece la costumnare y las comodidades. El amor es pasión, es fuego, es llamarada, e insulta la tranquilidad y da la espalda al bienestar y al miedo. Tú y yo nunca nos pusimos una sola barrera. Mientras fuéramos tú y yo todo estaba permitido, y juntos fuimos puertas y umbrales, y a cada acto de sabotaje, a cada dinamización que e ejecutábamos íbamos ganando un gramo más de libertad. Es lo que cuenta. No hemos retrocedido nunca, ¿verdad?

– No – respondió ella casi con rabia.

– Eso es por eso debías volver, para estar juntos una vez mas. Pero luego deberás Marcharte.

– ¿Por qué? – protestó ella, dando un paso dispuesta a abrazarlo apasionadamente.

– Por tu libertad y la mía. La tuya de evitar encadenarte a un viejo que se prepara para morir. Y la mía porque no podría soportar que me cuidaras en los últimos momentos, no resistiría en que estuvieras aquí cuando me termine.  Es el último orgullo que voy a permitirme.  Enfrentarme a esa vieja compañera solo y con cariño, a fin de cuentas nos hemos ido conociendo, ella y yo, cada vez mejor con el paso de los años.

– ¡Pero yo deseo estar contigo! No tengo nada que hacer ahí afuera. La revolución ya no es posible. La nuestra es la última generación de radicales iconoclastas. A partir de ahora van a obedecer como corderos, aunque se disfracen de guerreros. Se drogarán, follarán como locos hambrientos si poner el corazón, y creerán lo que les digan gurús pretendidamente indos pagados por los gobiernos. Todo va a ser dirigido por los poderes transnacionales hasta la destrucción. Necesito quedarme aquí.

– ¿Miedo?

Carla bajó la cabeza y Krauft se permitió dejar que sus sentidos se exaltasen contemplando la postura rabiosamente erótica que adoptaba involuntariamente su cuerpo, en especial sus amplias caderas, sentada de medio lado sobre la cama, los codos apoyados sobre 1as rodillas, los senos tocando 1as pantorrillas, el cabello en desorden cubriéndole la cara. El viejo dejo que los rescoldos de su libido trataran de romper las cristalizadas telas de araña que se habían ido acumulando con los años de inactividad y decrepitud senil. Continuó:

– No te está permitido – dijo por fin – que el miedo te venza hasta el punto de desear exi1iarte. Tienes aun mucho que dar a la humanidad, y si no es posible terminar con la corrupción te queda siempre consolar a sus víctimas. Además, recuerda que la única revolución posible es la que se libra en uno mismo, las otras son puro acontecer y evolución social. La única transformación verdadera es 1a que se va operando  en ti  a lo largo de toda tu vida y por tanto solo termina con la muerte, el último gran acto de creación.

– Edgar’… – murmuró inmóvi1. – Estoy agotada.

– No me convencerás… – en esto se levantó y fue a sentarse a su lado y la rodeó los hombro con su brazo. – mi pequeña. Te has hecho una mujer extraordinaria y yo no sé qué favor debí hacerle a esa Divinidad que tanto he insultado para que me otorgara semejante premio. Pero las cosas han de seguir su curso y tú no puedes consumir tu fuego cuidando a un viejo.

– Pero tú me necesitas. – exclamó apoyando la cabeza en su pecho y las manos en sus rodillas.

– No. Yo te adoro, que es muy distinto, porque te adoro en libertad, sin cadenas. Y tú debes hacer lo mismo… Espera, voy a poner uno de tus discos que conseguí llevarme el día en que vino a detenerme la policía.

Fue hacia el armario y cogió un disco que parecía a punto de ser escuchado a diario. Era un viejo L.P. de Edith Piaf, cuya voz desgarradora empezó a sonar en la pequeña habitación.

– ¡Edgar’…! – salto  hacia el – Por favor denúdate y metámonos en la cama. Por favor.

 Sonaba la voz del “ruiseñor de Montmartre” clamando: “Une belle histoire d’amour…” mientras ambos se abrazaban dulcémele bajo las sabanas, besándose con suavidad y sin prisas antes de realizar una larga y profunda cópula, como los amantes de la leyenda que funden sus cuerpos después de haber salvado todas  as barreras y las trampas que la 1ey de los hombres infringe, y haber ascendido al mismo estado de los dioses.

Juan Trigo

Genève, Otoño de 1988

CONTINUACIÓN

ABRIGOS DE SANGRE


Pedro Samsa, un hermoso ejemplar humano de 15 años, maduro, fuerte, corpulento; uno de los hombres más preciados y, al propio tiempo temidos, de su grupo, después de terminar su ración matutina de avena, frutos secos y leche malteada, con exquisita lentitud y concienzuda predigestión bucal, salió enseguida del comedor sin entretenerse a realizar los ejercicios preceptivos de digestión estomacal en la nave de descanso. Aquel día se encontraba especialmente excitado, aunque no podía ni remotamente adivinar el porqué. Los vigilantes de turno lo siguieron con la mirada, y cruzaron las suyas, dudando como siempre de importunar al hercúleo Samsa que salía aquel día a la explanada de ejercicios antes que nadie, y también antes de que llegara ningún instructor. Los dos acorazados guardias, como cualquier otro espécimen de su raza a pesar ir armados hasta los dientes, se lo pensarían dos veces antes de provocar un ataque sin estar seguros de que debían hacerlo, es decir, arriesgándose a provocar un conflicto en el interior de los nidos, sobre todo ante la eventualidad y consiguiente oprobio de ser derrotados por él. Muchos decían que él sustituiría al viejo Caleni en las funciones de gobierno del grupo humano. Aseguraban que estaba siguiendo sesiones de iniciación al abrigo de miradas curiosas. Rumores de comedor corrían aseverando que mientras copulaba impartía a las mujeres secuencias de la Palabra, que las aleccionaba sobre el fin último de su existencia, que sus frases estaban cargadas de un contenido trascendental poco corriente en los demás hombres del grupo. Sea como fuere, pocas veces nadie se atrevía a indicar o a reprimir, y mucho menos castigar, al gran Samsa, excepción hecha, naturalmente, del propio Caleni.

Pedro subió sin pensarlo a la pequeña azotea de la torre del Cuerpo de Guardia, para ver mejor el pabellón de las mujeres y comprobar si habían salido ya a la explanada de ejercicios. Instintivamente su cuerpo le empujó a realizar ejercicios de a pie. Es comprensible que en un hombre como Samsa su cuerpo tenga que estar en constante estado de ejercicio, sobre todo por la mañana, después del desayuno que sigue a los ejercicios de alborada, que no son más que puras sesiones de distensión de músculos y tendones, activación del fluido sanguíneo y linfático y, en suma, preparación del sistema nervioso para la activa jornada diaria, tras el profundo sueño reparador. Los Guardias lo miraban con una mezcla de curiosidad y respeto, y también lejano asomo de envidia hacia uno de los más fecundos sementales de esa especie que en tiempos muy lejanos dominó el planeta.

Bien pronto Pedro se impacientó al ver que nadie salía de los pabellones femeninos, sin percatarse que él mismo estaba incumpliendo las reglas, y que de su propio pabellón de machos aún tampoco había salido nadie al exterior. Se sentó con las piernas cruzadas y la columna erguida, y se entregó a una larga serie de ejercicios de rotación de los músculos abdominales, para acelerar la digestión estomacal, aun a sabiendas de que esas prácticas solo estaban permitidas en el caso de que la digestión resultara difícil, y solo para después del almuerzo. Como hemos apuntado antes, aquella mañana algo en su interior le empujaba a tener prisa; el espíritu que canaliza las energías del cuerpo tiraba de él con fuerza, diríamos que con rabia, desbordando el ritmo vital cotidiano, sin que pudiera explicarse la razón. Hacía ya varios días que una creciente inquietud y desasosiego amenazaba con hacer explotar una poderosa fuerza desconocida en su interior arrastrando cuerpo y espíritu hacia una nueva dimensión de su ser.

Esa extraña sensación pareció cobrar un sentido en el momento en que los guardianes del pabellón de mujeres franquearon la puerta al primer grupo que salía ya a la explanada, a hacer sus ejercicios matinales, encabezado por la hermosa Jandra (diminutivo de Alejandra) Somor, hija de la legendaria Paula Somor, que no fue entregada hasta haber concebido nada menos que a diez hermosos ejemplares de hembras. Ella lo vio enseguida, y se detuvo a pocos pasos de la puerta. También se sentía extrañamente inquieta, pero sabía muy bien cuando empezó todo; en el momento que copuló por primera vez con aquel espléndido macho y fue percatándose de que poco a poco que la hacía objeto casi exclusivo de sus atenciones, aun a sabiendas de que eso contravenía las reglas del grupo, y desafiando con aquella desbordante fuerza, de la que siempre estaba poseído, a cuantos se mofaban, o simplemente le advertían de que la monogamia conducía solo a la decadencia, según podía leerse en muchos versículos de la Palabra. Por su parte, ella también manifestaba poco interés por esa regla, que, según explicaban con diáfana claridad los tratados de sexología, había conducido al desastre a la especie humana, dominante de la Tierra por espacio de más de sesenta siglos. Un conglomerado de reflejos aprendidos la obligaban a buscar otro macho apetecible de entre los que podía otorgarle su propio grupo, pero un instinto implacable parecía tirar de ella desde las raíces de los cabellos hasta la planta de los pies, impulsándola a buscar y a conseguir una vecez más aquel magnífico ejemplar que la contemplaba encaramado a la torre del Cuerpo de Guardia, estático, en perfecta postura de tensión sentado; todas las fibras de su cuerpo listas para disparar energía a raudales, y sus brazos y piernas a punto de dar el salto ritual, como había leído que lo hacían antiguas especies inferiores, ya extinguidas, llamadas tigres.

Jandra, involuntariamente, y olvidándose de la norma que estipulaba por lo menos dos largas horas de ejercicios gimnásticos, juegos deportivos y otros entretenimientos puramente físicos, se sintió irresistiblemente impulsada a desplegar su cuerpo en alguna forma espontánea de la danza del amor, antes que pensar en la necesaria preparación. Sus fibras, su sangre, sus músculos e incluso su pensamiento estaba recibiendo descargas potentísimas de sus órganos genitales, que la obligaban a concentrarse en la cadencia sexual, mirando fijamente, poderosamente, al macho al que llamaban Pedro Samsa.

De pie, sin percatarse de la presencia de las demás, que pasaban a su lado y se reían de sus tempranos apetitos sexuales, ajena a las órdenes de las instructoras, comenzó a dar unos breves pasos de puntillas, los brazos grácilmente sobre la cabeza, los dedos extendidos dibujando en el aire caliente de la mañana el volar de las antiguas especies inferiores, ya extinguidas, que se llamaron pájaros. El cuerpo suavemente erguido, balanceándose a un lado y a otro para dar una graciosa movilidad a sus hermosos senos. Y a cada paso, antes de colocar la punta de los pies en el suelo, tensaba la pantorrilla para realzar su redondez y generosa feminidad. Cada cinco o seis pasos giraba en redondo doblándose ligeramente hacia delante y tensando las nalgas para realzar ese precioso templo exclusivo de las hembras. Avanzaba hacia el pie de la Torre de Guardia, distante de todo cuanto ocurría a su alrededor, ajena a las voces de las instructoras y de sus compañeras. Su cuerpo era transportado por la electricidad divina del amor y no respondía a otros impulsos que los que emanaban de su profundo interior gobernando con fuerza increíble los planos superficiales y fisiológicos. No apartaba la vista del hombre, y en sus evoluciones cada vez más tensas, cada vez más acusadamente eróticas, iba acentuando todos los recursos que el instinto amoroso le había sido otorgando a lo largo de sus nueve años de vida.

En un momento dado de su danza, con los brazos suavemente en cruz, la cabeza inclinada hacia un lado y algo hacia atrás, sin dejar de mirarle, los cabellos en parte tapizando sus hombros, las piernas dobladas, una hacia delante y las caderas hacia atrás pulsando la suave cadencia de un coito imaginario, una de las instructoras avanzó hacia ella dispuesta a interrumpir su éxtasis. Pero se detuvo en seco. La sombra del macho, proyectada desde la Torre, sobre el suelo de arena y pajas del patio, se alargó bruscamente. La instructora levantó la vista hacia la pequeña terraza y dio un paso atrás. El poderoso Pedro Samsa se había levantado. Una estatua robusta, inmóvil, las fibras de sus fuertes músculos vibraban acompasados por la profunda respiración que impulsaba el abdomen y la voluminosa caja torácica. La expresión dura de su rostro cuadrado, medio oculto por la negra cabellera, los músculos maseteros tensándose rítmicamente, las venas de los brazos contrayéndose en rápidas palpitaciones. Medió un silencio poco corriente en el grupo. La instructora vaciló. Jandra siguió sin detener su cadenciosa danza, antes al contrario, excitada por la imponente belleza del hombre, acentuó la amplitud de los movimientos del cuerpo. Suaves contracciones del vientre parecían impulsar cortos y delicados pasos, al tiempo que todo su cuerpo seguía las oleadas de sus caderas, la rotación suave de la pelvis. Los ojos entornados, los labios despegados y húmedos, los cabellos caracoleándose sin peso alrededor de sus dedos, de sus hombros, de su diminuta nariz, de sus rosados y turgentes pezones, puntas de lanza de aquel mágico asalto.

Iba ya la instructora a extender sus dedos para tocar a Jandra con su vara e interrumpir el encanto, cuando se detuvo y volvió de nuevo la mirada hacia la Torre, y los replegó inmediatamente. El hombre se había encorvado con los brazos extendidos a media altura y las piernas flexionadas. La instructora retrocedió. Y el hombre pegó un larguísimo salto, desplegando todo su cuerpo, como un fuelle, en el aire como si se complaciera en imitar antiguas especies inferiores a la humana, ya extinguidas, que saltaban muchos metros sobre precipicios, vaguadas, ríos, o que volaban lento y sostenido, y que se llamaron leopardos y águilas.

Jandra lo siguió con la vista y con el cuerpo, y se estremeció hasta las raíces de los cabellos cuando tocó tierra, después de la larga caída, y sus músculos pegaron un tremendo latigazo, un fogonazo de energía vital que hizo retroceder a cuantas hembras habían salido ya al patio. Quedaron unos instantes mirándose frente a frente. Y por fin ocurrió. No había sucedido desde los tiempos en que su progenitora convulsionara hondamente las relaciones sociales del grupo, con sus explosivos amoríos sostenidos sin tregua con el famoso Juan Oscor, que escribió un hermoso libro de goces sexuales y de experiencias trascendentes a través del amor, la noche antes de su entrega, en el apacible recogimiento de su nido individual. No había ocurrido desde entonces, el hombre sonrió a la mujer y esta reconoció aquella sonrisa como suya y se la devolvió dibujando con sus labios algo más sublime que una sonrisa. Los ojos del hombre brillaron, y en ese destello no fulguraba únicamente la fuerza del sexo, la trascendencia del amor, sino una íntima comunicación entre ambos, un puente, un enlace conductor entre los canales de energía que sacudía a ambos, que los hacía vibrar, que los hacía vivir.

La instructora se apartó definitivamente, pasara lo que pasara luego, ella no podía interrumpir una danza amorosa. Constituía aquello una norma tácita; si bien los juegos amorosos debían tener lugar según las normas usuales del grupo, después de los ejercicios físicos de preparación del cuerpo e higiene fisiológica, en ocasiones como aquella en las que a simple vista se podían augurar frutos de indiscutible fecundidad, ningún instructor, celador, guardián o quien fuese, osaría atreverse a interrumpirlos, y por lo tanto eliminar la posibilidad de obtener esos frutos, y con ello contravenir la norma más sagrada de toda la comunidad: reproducirse en individuos de la máxima calidad, y en la mayor cantidad posible. Las reprimendas vendrían después, aunque en el caso del gran Samsa, aquellas tendrían que llegar de labios del anciano Caleni. La instructora retrocedió aún más. Tocó su silbato después de volverse hacia las demás y se las llevó aparte, al fondo de la explanada. Dudó unos instantes en abrir la puerta y conducirlas a la explanada contigua, porque pensó que las danzas amorosas que iban a tener lugar en breve podían constituir un buen ejemplo y estímulo para las demás, y aquella podía convertirse en una jornada muy productiva para el grupo. Los Krop estarían muy satisfechos y a lo mejor les obsequiaban con alguna forma de comunicación, de aquellas que en raras ocasiones logra salvar el abismo entre dos especies de niveles distintos. Parecidas a las que los hombres de las épocas en que dominaron la Tierra sostenían con las especies inferiores, ya extinguidas: los perros, los caballos, los gatos, las ovejas, etc. La instructora hizo alinearse en anfiteatro a las mujeres para realizar los ejercicios físicos frente a los dos amantes que ya avanzaban uno en busca del otro, y para que el espectáculo entrara rápidamente a alimentar los resortes condicionados y las reacciones subliminales, a través del ejercicio de la contemplación.

Pedro avanzó hacia Jandra con los brazos extendidos, los dedos tiesos en busca de los de la hermosa mujer, en busca de los suyos también extendidos, sin borrar una bella sonrisa en su duro rostro. Habían estado entregándose día tras día al complejo juego del amor sin terminar de descubrir sus últimos recovecos, sin completar todos los goces ni todas las posibles formas de comunicación corporal y espiritual. Sus labios se entreabrían pero aún sin pronunciar palabra. Por fin sus dedos se tocaron y recorrió a ambos la poderosa descarga eléctrica, avalancha de fuerza emergente de sus cuerpos, parecida a los antiguos aparatos que usaba la especie humana, en las épocas de hegemonía entre las especies encarnadas, que se llamaba batería. Y entonces comenzó la danza a dos. Los cuerpos se acercaron lentamente, y los labios susurraron palabras únicamente reconocibles para ambos, porque las habían inventado ellos a lo largo de sus juegos amorosos exclusivos, frases mágicas que solo ellos conocían, y que se confundían con las sensaciones del roce de la piel, la intensidad de la presión de una caricia, el lenguaje de los labios al recorrer lentamente, concienzudamente, cada milímetro de la piel del amante. El idioma del calor que emana de la boca y que se confunde con el de la otra boca. La sabiduría de los ojos y de sus variadísimos destellos. Del poder y del arrastrar de los músculos. Del ritmo que en cada momento va cambiando el palpitar de una vena, la tensión de un músculo, el cadencioso movimiento de una pierna al entrelazarse con la del amante. Y por fin el tremendo hormigueo, el brusco tirón, semejante a la descarga de una enorme y larga cuerda que, atada en el punto más profundo del amante, arrastrara esas entrañas hacia fuera, hacia las entrañas devoradoras del amante, y viceversa, hasta confundirlas, hasta confundirse un amante con otro, un cuerpo con otro, y el coito convertirse en un transporte apasionado de energías vitales, haz de descargas controladas e incontrolables, previsibles y espontáneas, flujo en ambos sentidos. La danza toma todas las posiciones posibles. Es una danza lenta y frenética. Suave y dura. Delicada y cruel. Vehemente en su cristalina dulzura. Jandra utilizó el poderoso miembro masculino de su compañero muchas veces aquella mañana como transporte directo de aquel intercambio de vidas, de sustancias, a la manera normal y también a las maneras prohibidas, segura de que aquellas solo constituían un refuerzo de la actividad permisible. Consciente de que cualquier eyaculación que tuviera lugar fuera de su conducto vaginal, lejos de resultar estéril para la producción del grupo, era sin duda un refuerzo, un reflejo para futuras copulaciones. Eso pensaba, y no únicamente como excusa para sus desenfrenos, que ya habían desbordado cualquier ejemplo que en el grupo se recordara de años anteriores, sino como razonamiento espontáneo de su madura conciencia. Lo utilizó para regar todo su cuerpo con la vida de su amante, y para lanzarlo a él hasta cotas celestes de placer que, lejos de rayar en el peligro del hastío y de la erosión de lo conocido, lo ligaran más a ella, le dieran su propio nombre y sus células femeninas fueran las suyas propias masculinas, y su poder masculino fuera el suyo propio femenino, y su necesidad de liberar y de crear energía vital perdurase en ella mucho tiempo… hasta el día de la entrega. Y no lo hizo por emular a su progenitora, porque la emulación, la imitación, la copia no es nunca fuente de energía vital, sino reflejo frío de la misma, rastrojo inanimado de cualquier manifestación natural, que no nace de los individuos fuertes sino de los que se creen débiles sin tener el valor para ahondar en sí mismos y descubrir su propia energía, la que lleva su propio nombre, y no otro.

Los amantes quedaron postrados uno al lado del otro, entrelazados sus miembros, y sus labios dulcemente cansados rozándose, disipando lentamente sus alientos sobre la arena removida, la paja destrozada por el fragor de los cuerpos; y los espectadores, transportados por el espectáculo increíble, pero ajenos, eso sí, a las dulces palabras de gratitud que un amante le susurraba a otro, a los sueños ingrávidos de los que un amante hacía partícipe al otro, de las chanzas, de los paseos por el medio cielo, que solamente el amante podía entender del otro, y nadie más. Y esa sensación de paz, de compleción, de infinito, que sobreviene cuando todo, absolutamente todo lo que pueda venir a continuación carece ya de importancia, sea lo que sea, porque los amantes se han convertido en dioses, y esa divinidad ha trascendido su nivel de especie para tal vez comunicarse con los Krop, o con otra remota especie incluso superior a ellos, venida también de algún otro remoto lugar de la galaxia, a quien el hombre, durante su reinado omnipotente de la Tierra como especie encarnada, llamó Dios, al ser no encarnado que lo trascendía a otros niveles, para él desconocidos y no encarnados, a diferencia de los Krop, que son seres encarnados, aunque, por lo tanto, se les atribuye aquel Dios de los antiguos hombres.

Sopló un leve airecillo sobre la explanada silenciosa. La instructora despertó de sus cavilaciones eróticas, de sus recuerdos de amante también, y comprobó alarmada que se hacía tarde para los juegos eróticos, y que debía conducir inmediatamente al grupo de hembras, sin pérdida de tiempo, a la explanada de los hombres. Se dijo que, aunque el tiempo de juegos sería más corto que otros días, debido al singular incidente, la excitación con que se encontraban las mujeres sería suficiente para compensar la brevedad de los goces y proporcionar una buena producción. Avisó inmediatamente a los Guardianes, que por ser de otra especie, no podían excitarse ante la contemplación de aquellos espectáculos, para que abrieran las puertas del muro que rodeaba la explanada del pabellón de los hombres y las dejaran entrar.

Pronto la explanada se quedó vacía, dejando a los dos amantes continuar el agradable reposo, ante la fría y distante mirada de los Guardias. La arena respiraba, olía fuertemente a la piel de ambos, desprendía el fuego de ambos, aroma suave, murmullo quedo que hablaba de ambos, aroma de dos nombres entre mil nombres, aislado y penetrante.

Pasó un rato y por fin Jandra se incorporó lentamente, desperezándose y sonriendo al hombre que la miraba quieto, admirado, feliz de poderla mirar, de poder impregnarse de su hermosura. Sin añadir nada más terminó de levantarse, se limpió instintivamente algunas partes de su cuerpo de la arena y pajas, y se encaminó hacia el pabellón. Pedro giró el torso para verla marchar. Ella se volvió y le sonrió un par de veces hasta desaparecer dentro del edificio de adobe y paja blanqueado con cal. Debía dedicarse a ejercicios higiénicos y gimnásticos en el patio interior hasta que llegaran las demás para comer, así lo prescribía la norma para recuperar fuerzas y mantener el cuerpo en el máximo estado de salud.

Pedro respiró hondamente y se sentó. Cerró los ojos con el ánimo de realizar ejercicios mentales de relajación, pero aquel trozo de explanada olía demasiado fuertemente a amor, dificultando el alejamiento, en particular de la persona de Jandra, para poder replegarse en sí mismo. Terminó por levantarse y dirigirse instintivamente a la puerta de la explanada, hacia su pabellón, quitando la arena de su miembro, sus brazos, su cara. Y al pasar frente al Guardia, éste lo saludó con respeto y admiración, y le dijo:

– Caleni ha preguntado por ti, gran Samsa, pide que vayas a verle en seguida.
– Dile que iré en cuanto me haya lavado y vuelto mis pensamientos hacia mí mismo. Ahora no podría hablar con él.
– Eso ya lo sabe el viejo Caleni. Dice que hoy comerás con él en su pabellón.
– Dile que me siento muy honrado de aceptar. Iré en cuanto esté en condiciones de hacerlo.
– Que sea al empezar la hora de comer.

Pedro pidió permiso para entrar en el pabellón del viejo maestro coincidiendo con la hora de comer, y con su cuerpo y espíritu completamente renovados y dispuestos a escucharle y estar con él.

Caleni era un anciano de nada menos que 40 años, y hacía casi quince que dirigía el nido 28. Había sido tan fuerte y poderoso como Samsa, o tal vez más. Fecundó en sus mejores años, o sea desde los once a los dieciocho, a dos mujeres diarias como media y su sangre, como el Espíritu Profundo de la Vida que inoculó a aquellas mujeres, era de una pureza extraordinaria, pero Krop prefirió sustituir su entrega por una larga vida dedicada al gobierno del nido, debido a su gran capacidad mental para interpretar la Palabra en los momentos por los que pasaría el nido en años sucesivos. Siguió cinco larguísimos años de entrenamiento mental desplazando progresivamente los juegos y ejercicios violentos al aire libre, por las posturas sentado o echado, en el interior de su pabellón, como medida para conservar y canalizar las energías vitales de su cuerpo hacia la mejor utilización de la mente.

– Siéntate, Pedro Samsa, a mi lado.
– Salud Caleni. Yo te venero y te obedezco, y me honra que hayas querido verme sentado a tu mesa.
– También me honra a mí, poderoso Samsa. Siéntate y comerás conmigo.

Los sirvientes, una especie menor derivada de los Krop, sirvieron la comida, y ambos hombres comieron en completo silencio. Masticando lentamente, pensando en lo que comían, en su digestión bucal y ordenando la digestión estomacal, sintiendo progresivamente como sus estómagos iban siendo colmados y el fluido exterior infiltrarse en sus células. El viejo que necesitaba mucho menos alimento que Samsa, terminó antes y quedó mirándole y esperando a que este sintiera la necesidad de terminar de comer. Sin impacientarlo, sin darle prisa y sin moverse para no intimidarlo y perturbar la sagrada digestión. Por fin Pedro sintió como aflojaba la presión en la boca del estómago. Masticó por última vez la masa de cereal y carne, y dio por terminada su comida, eructó dos veces, respiró hondo y se dispuso a escuchar a su maestro.

– Muy bien, poderoso Samsa, comes muy bien, y tengo entendido que haces los ejercicios mejor que nadie, que tu fortaleza tiene pocos parangones entre el grupo, y que eres un fecundo amante. El grupo puede sentirse satisfecho de ti a través de Krop. Pero enseguida voy a comunicarte el motivo de haberte llamado. Aunque supongo que en tu mente pulula ya una sospecha que es suficiente para intranquilizarte…

Se cortó en seco y esperó las primeras reacciones de Samsa. Esperó y torció el gesto con cierto disgusto porque este permanecía impasible, sereno, seguro de sí mismo. Continuó el viejo.

– He tenido una comunicación mental con Krop, y este me ha manifestado su preocupación por ti. No por tu fortaleza y fecundidad. Que eso es motivo de satisfacción, sino por algo muy grave…

Siguió otra pausa para forzar al joven a mostrarse intranquilo. Pero este esperaba pacientemente a que le fuera aclarado el motivo de su visita al ilustre maestro de humanos.

– Me sorprende – dijo éste enseguida, algo contrariado – que no muestres temor por las preocupaciones de Krop.

Pero ni siquiera ante esta frase fatal mostró Pedro Samsa la más leve sombra de inquietud en su rostro, y entonces el viejo comprendió que no tardaría en poder alcanzar el estado supremo de reposo, o sea que podría dejar el nido al cuidado del hombre que podía substituirlo en el cuidado de los destinos del nido; tenía a ese hombre frente a sí. Carraspeó y cambió de tono. Abandonó la dureza por la cordialidad, e incluso la confidencia, en un intento de quemar etapas de la iniciación del precoz Samsa, y dar un paso adelante en su concienciación, hacia el duro entrenamiento que seguiría en los años venideros. Empezó por la explicación ritual que se daba a quienes un día serían escogidos para iniciarse en el mando de las comunidades:

– Escucha, Pedro Samsa: hubo un tiempo en que el hombre, nuestro antepasado, dominó la Tierra, como la criatura más inteligente de todas las especies encarnadas. Pero vivía vestido y refugiado en grandes colmenas de temperatura constante, y además no había alcanzado el nivel de inteligencia capaz de guiar sus actos hacia una forma de vida sana, armoniosa, fuerte y que asegurara la pervivencia del propio planeta. Esa debilidad se manifestaba mucho más en su espíritu que en su cuerpo. Has de saber una cosa, Pedro, el hombre, nuestro antepasado vestido, estaba loco… Sí, lo que oyes, estaba loco… – y como viera que la expresión de Samsa se oscurecía por una repentina sorpresa, especificó con claridad: – Estaba loco: siendo el señor de todas las especies que habían descendido al planeta de la carne, a la encarnación, pasaba sus horas de existencia cavilando la forma de destruir todo cuanto le rodeaba… Sí, Pedro Samsa, incluso destruirse como especie. Inventó máquinas de destrucción, no solo para emplearlas contra sí mismo sino contra la naturaleza de la que se alimentaba. ¿Comprendes?

– Venerado maestro: Tus palabras son muy graves y muy duras de entender, pero sigue, almaceno en mi memoria lo que vas diciendo y luego, en la soledad de mi pabellón, las iré sacando poco a poco para analizarlas. En la Palabra se dice que nuestros antepasados pecaron gravemente contra sí mismos y contra el planeta, y que por ello nuestro destino es contribuir a su curación con nuestra sangre, para eso sobrevivimos y seguimos multiplicándonos, pero siento que en mi mente se produce una grave alteración en la secuencia normal del pensamiento al recibir ese dato de la locura de nuestros ancestros. Sigue, por favor, te lo ruego.

– Bien, este antecesor nuestro quiso llevar al planeta Tierra al borde de la destrucción. Pero, al contrario de lo que él creía, poseído por una de sus formas de locura que se llamó orgullo, no se dio cuenta de que no era él quien regia los destinos del planeta, sino otras especies de nivel superior y además no encarnadas, lo cual les otorgaba un poder casi ilimitado, y a niveles que él no podrá alcanzar jamás, o por lo menos no en su forma de hombre, y que lo dominaron sin que nuestro iluso antepasado se diera cuenta. Digo mal: Sí hubo quien se dio cuenta y trató de identificar ese dominio en sus esporádicas comunicaciones con los seres de niveles superiores, llamándolos Dios. Esos iniciados entregaron toda su vida al sacrificio y al entrenamiento para un día, en alguna encarnación posterior, llegar a comunicarse plenamente con él. Eso nosotros lo logramos con Krop, y por ello supimos claramente nuestra misión y vivimos en armonía con ella.

Se detuvo un instante para analizar las reacciones de su interlocutor.

– Bien, entonces un día, en que la supervivencia del planeta se vio seriamente amenazada, volvió a reencarnarse en Krop la especie de los antiguos Señores del Mar, anteriores al hombre, para, con su presencia y gobierno, evitar el desastre. Desde entonces la raza humana es una raza cuerda y sana, como jamás lo había sido en épocas anteriores. ¿Has comprendido, poderoso Samsa?
– Sí. Te ruego que continúes, venerado maestro.
– Bien, pues estos seres nuevamente encarnados son Krop, posterior reencarnación de los Señores del Mar, como te digo, pero dotados de un cuerpo especialmente concebido para adaptarse a la nueva situación y regenerar el planeta Tierra.
– Y esa regeneración – terminó Samsa – se realiza gracias al riego del planeta con nuestra sangre purificada, cuando llega la hora de nuestra entrega.
– Eso es.
– Venerado maestro – empezó despacio Samsa-, hasta aquí me has explicado lo que todo el mundo sabe de la procedencia de Krop y de la especie humana. Tal vez el hecho de que nuestros antepasados estuvieran locos es algo que no viene indicado explícitamente en la Palabra, pero por otra parte es mejor así, porque incluso a mí me cuesta de entender cómo es posible que… En fin, sea como fuere, no creo que me hayas llamado a tu lado para contarme algo que más o menos todo el mundo sabe y constituye la base de nuestra doctrina trascendental, es decir, crecer, purificarnos y reproducirnos, para crear una sangre lo más pura posible con la que regar la Tierra y regenerarla.
– Es cierto, Pedro Samsa. Te he llamado a mi pabellón para hacerte partícipe de mis preocupaciones sobre tu persona y tu forma de vivir.
– Te ruego que lleves tu explicación todo lo profundamente que sea necesario.
– Te has convertido en monógamo –dijo bruscamente, de golpe, y a continuación se interpuso entre ambos un expectante silencio. Con aquello el viejo no tenía por qué seguir hablando. Más que una indicación, era una acusación. Y le tocaba a Pedro hablar y justificarse.
Tensó los músculos del cuello. Inspiró profundamente. Cerró un segundo los ojos para volver a abrirlos dispuesto a explicarse.

– Desde hace días, venerado maestro, es cierto que me dedico a fecundar a una sola mujer, utilizo todas mis fuerzas sexuales con ella y con ninguna más, y reconozco que los demás machos se abstienen de tocarla por temor a mi ira. Reconozco también esto último… Pero, venerable maestro. – dijo seguidamente con un acento más enérgico del que hubiera deseado oír su interlocutor. Irguió la espalda y tensó sus poderosos dorsales – lo hago porque creo que he de hacerlo. ¡Espera! Sé que nadie de nosotros puede atreverse a modificar una norma dada por Krop para la buena marcha de la producción humana. Lo sé, pero también sé que esta producción se basa en el perfecto desarrollo de las potencialidades humanas, la correcta canalización de la energía humana hacia la mejor purificación de la sangre que un día será extraída de nuestro cuerpo y con ella purificar la Tierra. Bien, pues ese fluir de energía solamente lo he encontrado en mis relaciones con Jandra Somor, y siento como mi sangre va siendo cada vez más fuerte, más pura…
– Espera, valeroso Samsa: olvidas una cosa, no somos los humanos los que hemos de decidir cómo ha de llevarse a cabo la producción de sangre, sino Krop. Así lo han dispuesto los siete espíritus estelares de nuestro sistema planetario. Ya tuvo el hombre su oportunidad de decidir, y la perdió. Tal vez no fuera culpa suya el volverse loco, puede que alguna conjunción astral perturbase su capacidad de gobernarse, pero lo cierto es que la perdió, y ahora nuestra misión no es enseñarle a Krop cómo se debe realizar la producción de sangre. Las abejas tampoco enseñaron al hombre a mecanizar los panales y a automatizar la extracción de miel. Creo que en alguna ocasión he hablado de ese ejemplo. Pues en nuestra época ocurre lo mismo. ¿Comprendes?
– Sí, venerado maestro. – balbuceó Samsa relajando la espalda y encorvándose ligeramente, apesadumbrado. Y al cabo de unos minutos de silencio, durante los cuales Caleni esperó con paciencia, Samsa añadió: – Pido perdón a Krop a través de ti por mi osadía. No volverá a ocurrir. No entiendo cómo…
– Es normal, estimado Samsa, es normal en los ejemplares como tú que desbordan energía y superan los niveles corrientes de su especie. Krop comprende y perdona, y sabe que ese fuego que te ha llevado a desobedecerlo no es otro que el que le ayudará a purificar la Tierra, por eso Krop te ama, a través de mí.
– No volverá a ocurrir… -repitió en un murmullo casi imperceptible -. No volveré a ver a Jandra Somor…
– No será necesario que te tortures. Krop es bondadoso y magnánimo. Jandra ha quedado embarazada y ya está lista para ser entregada.
Y como viera que Samsa erguía la cabeza dibujándose en su rostro una súbita expresión de asombro, continuó con el mismo tono cordial y bondadoso, para repetirle algo que todo el mundo sabía.
– Jandra ha alcanzado el pleno estado de madurez, y su sangre está plenamente dispuesta a ser entregada a los supremos regadíos. Ya sabes que, cuando una mujer queda embarazada, su sangre es la mejor para regar las tierras más severamente calcinadas por nuestro antecesor. Se escoge a las mujeres que han quedado fecundadas y cuyo cuerpo desarrolla mayor energía, para entregarlas, en lugar de destinarlas a la reproducción… Leo en tus ojos un brillo de duda. Podría parecer que las más vitales, las más fuertes servirían mejor para la reproducción, pero Krop ha dispuesto que sean estas las entregadas en cuanto quedan fecundadas por primera vez, en lugar de las más débiles. Y eso es porque Krop ayudará a estas últimas a reproducir sin problemas y siguiendo siempre la proporción de tres mujeres por cada hombre, para asegurar la entrega de fecundadas y la reserva para la reproducción, ya que un hombre puede fecundar a tres mujeres cada día.

Pedro Samsa bajó la vista por vez primera en toda la sesión. No añadiría nada más. La contundencia de aquellas verdades era suficiente como para esperar que apareciera en la mente algún resquicio por el que hacer resbalar la duda. Ni siquiera preguntó si podría verla antes de que Krop se la llevase a los pabellones ocultos, porque seguramente ya la tendrían en cuarentena.

Pasaron unos minutos de abrumador silencio. De pronto sintió un latigazo en su interior, una espoleta que había hecho estallar un detonador, tensó los músculos de la espalda como único signo externo de aquella descarga, para que el viejo no advirtiera lo que estaba pasando en su interior. Siguió con la cabeza baja y los músculos del cuello, pecho y brazos relajados completamente, sin dar a entender que algo en su interior, ajeno incluso a su razonamiento, en planos profundos de su conciencia, se estaba rebelando, maquinando algo totalmente inconcreto, pero suficientemente peligroso como para ni siquiera presentar de él el más leve signo externo. Por fin, cuando creyó oportuno, levantó la cabeza sin abandonar el aire contrito, y dijo:

– Venerable maestro, hoy he aprendido una de las lecciones más útiles de mi vida, en mi camino hacia la perfección, y te doy las gracias profundamente, y te entrego mi voluntad de servicio incondicionalmente.

Calló, y el anciano se quedó mirándolo unos instantes con el objeto de escudriñar, detectar el más pequeño ápice de contradicción, pero no pudo hallarlo; la fuerza de Samsa residía también en el dominio de su piel, de sus músculos, como canalizadores de emociones internas. Sin embargo, algo le dijo al viejo iniciador que aquel hombre, efectivamente, y tal como hubiera supuesto al principio de la entrevista, estaba destinado a niveles elevados de gobierno y actuación en el grupo.

– Está bien, estimado Samsa, no tengo nada más que añadir a cuanto he dicho. Puedes marcharte a tu pabellón y meditar sobre lo que hemos hablado, para lo cual te doy permiso de tres días, dentro o fuera de tu pabellón. Que la serenidad de Krop vaya contigo.
– Que ella siga con tus pensamientos, venerable maestro. Me despido.

Las últimas dos palabras, o, mejor dicho, su significado pasó desapercibido al viejo, tal vez por estar poseído de la pesada carga del triunfo, del éxito con el cual aquel poderoso ejemplar de hombre se había plegado totalmente a las normas y dictados de Krop. Lo siguió con la vista hasta que hubo desaparecido, y se entregó luego a sus propias meditaciones en comunicación con la serenidad de Krop, desviándolas por completo del hombre que acababa de salir, y que tuvo que agacharse al pasar bajo la puerta, dada su colosal envergadura.

Pedro Samsa cumplió todos los puntos que comprendía la continuación de su programa cotidiano, hasta la noche, momento en que, después de los ejercicios de digestión, previos a la preparación del sueño, todos los ejemplares de producción, los instructores, los asistentes de mantenimiento de los nidos, e incluso la mayor parte de los de la Guardia, se retiraban a sus cunas individuales para dormir. Durante la tarde había estado meditando muy bien lo que iba a hacer a continuación. Se enteró de cuáles serían los vigilantes de Guardia e incluso el recorrido de las rondas, e invirtió la mayor parte de los ejercicios físicos que se realizaban antes de la puesta de sol a preparar su cuerpo para la lucha, sin que los movimientos que tuvo que realizar para ello, despertaran sospechas en los guardias ni en nadie de los nidos.

Después de los ejercicios de digestión, con el estómago completamente vacío y avanzada en su plena proporción la digestión intestinal, se retiró a su cuna y esperó. Y mientras lo hacía se entregó, yaciendo sobre la mullida paja, a la preparación de sus músculos, de sus tendones, que tendrían que soportar la tensión de algunos cientos de kilos, y sobre todo el temple de sus nervios, ayudado todo ello por una fluida circulación sanguínea. Cuando estuvo seguro de que todos dormían en el nido, dio por finalizada su preparación, y se dispuso a actuar. Inmediatamente la mayor parte de sus músculos se tensaron como las cuerdas que sujetaban los techos de los pabellones y salió de la cuna sin tocar sus bordes, a la manera de las antiguas especies extinguidas, llamadas felinos. Anduvo sobre la punta de los pies hacia la sala general, se volvió a agachar y gateó sin levantar una sola brizna de paja del suelo, para lo cual había estado realizando ejercicios de control del sudor, y su piel se encontraba más seca que la paja. La brisa matutina haría más ruido que él. Al llegar junto a la puerta se situó detrás del guardia, a unos cuarenta centímetros. Encogió la mano derecha, hizo vibrar el brazo unos segundos y luego lo disparó en seco sobre la primera cervical del guerrero, justo en el espacio desprotegido por debajo del yelmo y por encima de la cota de malla, haciendo pinza con el pulgar y el índice en la base del bulbo raquídeo. Lo soltó enseguida. El Guardia no se movió un ápice. Ni tampoco se movería hasta la mañana siguiente o hasta que en el primer cambio de guardia alguien lo tocara, y que al hacerlo caería como un fardo rígido y sin vida, a plomo sobre el mismo umbral.

Samsa cruzó la explanada, pegado al muro, corriendo sobre las puntas de los pies, sin hacer más ruido que el que hacían las antiguas especies llamadas hormigas, y tampoco sin ser visto por el guardia de la puerta contraria porque se deslizó por el muro que quedaba en sombra contra la luz de la luna. Al llegar al refuerzo de la puerta se pegó a la cornisa porque el guardia se encontraba casi de frente a él. Éste percibió una perturbación en el silencio y sus ojos, acostumbrados a la oscuridad plateada de la noche, notaron algo en ella. Se movió, bajó el escalón, pero no tuvo tiempo de más; sintió un flechazo debajo del esternón, justo entre las junturas de la coraza, que le cortó en seco el aire. Los dedos extendidos de Samsa casi habían desgarrado la piel en busca de la base de la tráquea. El segundo movimiento fue un golpe seco con el reverso de la otra mano que le hundió el hueso de la nariz en el cerebelo cuando el guardia echó la cabeza hacia atrás y también la guardia del yelmo. El humano dejó a su segunda víctima igualmente de pie, apoyada contra el quicio de la puerta y sostenida también por la rigidez de su armadura, y se encaramó rápidamente al muro agarrándose en los pequeños salientes que le proporcionaba la construcción en adobe. No se detuvo ni una fracción de segundo en lo alto. Saltó a la explanada general y, también deslizándose por el muro que estaba en sombras corrió hacia la salida del nido. Allí acostumbraba a haber dos o tres Guardias. Era la torre principal del nido, mucho más alta que las que guardaban las respectivas explanadas de hombres y mujeres. Y de allí, Samsa pensaba salir afuera y dirigirse a los centros de producción. Nunca había estado en aquel lugar, por supuesto, pero eso le daba igual, no sería obstáculo. Solo se visitaba el centro de producción cuando uno era entregado, y ya se sabe que esa circunstancia era lo último que podía recordar en vida. No tenía ni idea de cómo sería ni lo que encontraría allí. Había visto algunas veces a Krop, elevándose inmenso, inalcanzable, por encima de las nubes, de pie, contemplando el nido y como iban creciendo los hombres, pero a lo mejor en el centro de producción tenía la oportunidad de verle más de cerca, de subirse a su pie, o encaramarse a sus extremidades inferiores. O incluso de llegar a ver su rostro y conocer por primera vez la forma de lo que podía pensarse que sería su cabeza, o lo que fuera homólogo con la especie humana. Y no tardaría en dilucidar el misterio.

Esperó a que saliera uno de los tres guardias. Debía atacarlos uno por uno para no alborotar, era preciso salir sin que nadie se diera cuenta, por lo menos en mucho rato.

El tercer guardia oyó el ruido fuera de la Torre y salió en el preciso momento en que Samsa acababa de desnucar al segundo. Con el semblante demudado por el terror, el guardia giró sobre sus talones hacia adentro con la intención de dar la alarma, pero Samsa saltó cuan largo era y salvó los largos diez metros que lo separaban de la puerta, antes de que aquel hubiera tenido tiempo de cruzarla, cayendo con extrema precisión sobre la nuca del infeliz que tampoco tuvo la oportunidad de emitir sonido alguno por su garganta. Cualquier humano sabía que su fuerza era muy superior a la de esa especie que acompañó a Krop desde el principio en la colonización del planeta, pero jamás osaría desobedecer ni siquiera la más ligera orden. La grave culpa de los antepasados pesaba demasiado en las conciencias de los humanos actuales para siquiera imaginar que podían rebelarse, entre otras razones porque pensaban que no tenía ningún sentido volver a ser libres y destruir lo que había quedado del planeta. Por su parte, los guardianes, seres silenciosos y discretos, de piel macilenta y con un cierto parecido a la especia humana, fuera por precaución o por simbolizar su cometido, iban fuertemente armados y nunca se les veía desnudos, como los humanos.

Pedro Samsa vio por fin el campo libre. Colocó a los Guardianes en su puesto y se encaramó al enorme muro exterior ayudándose de los salientes y rugosidades que ofrecía el estuco. Cuando llegó al borde, lo primero en lo que se fijaron sus ojos fue en el Camino. Era exactamente como lo describía el viejo Caleni. El Camino: última morada por la que debían transitar los humanos en esta vida, sendero hacia el infinito. Era un trecho de arena largo, abierto entre masas rocosas que brillaban a la luz de la luna, y al final una gran puerta circular, practicada en un pabellón cuadrado y cerrado, sin otras aberturas. Aquel era el último camino que hacía el hombre antes de entregarse a Krop. Probablemente la entrega de su sangre se hacía en el interior de aquella nave cuadrada, de la que partiría por medio de lluvia de las manos de Krop, para regar la tierra y devolver su pureza al planeta. Después de lo cual Krop volvería a desencarnarse, una vez finalizada su obra, para restituir su energía al servicio de los Espíritus Supremos de los Planetas.

No perdió más tiempo, saltó, preparando sus músculos durante la caída para amortiguarla y salir ileso, y luego corrió sobre las peladas rocas, evitando tocar el Camino para no hacer ruido al correr en la arena, hasta el pabellón, que se elevaba silencioso frente a él. Mientras corría tocando siempre con sus pies una roca firme, escudriñó bien las paredes con la esperanza de encontrar algún resquicio por el que colarse en el interior. No divisó ni siquiera una simple tronera u orificio de desagüe. Sin pensarlo dos veces, y para salir lo antes posible de la pantalla blanca que la luz plateada de la luna producía en aquella pared frontal, pegó un brinco hasta agarrarse a un saliente, que emergía a media altura de la pared de estuco. Tensó todo su cuerpo y comenzó a trepar rápidamente, con ayuda de manos, pies y todo su cuerpo en un ancestral movimiento de reptación, a la manera de las antiguas especies llamadas lagartos. Saltó sobre la azotea y se dejó deslizar sobre su lisa superficie, en busca de una chimenea, de un respiradero, como los que tenían los nidos y las Torres de Guardia. Por fin sus dedos tocaron un reborde, lo siguieron, aplicó la otra mano y se dio cuenta de que, efectivamente, se trataba de una escotilla. Quedó unos instantes mirándola detenidamente, mientras la levantaba; estaba hecha de un material extraño, frío al tacto, oscuro, ribeteado de pequeños adminículos redondos pegados a distancias iguales, siguiendo la circunferencia. Sus dedos quedaban ligeramente tiznados de un polvillo rojizo, y en algunas partes, la escotilla se desconchaba en escamas de color parduzco. Él conocía la madera, la piedra, el adobe, la paja, pero aquel extraño material lo sorprendió hondamente y le recordó, de pronto, y como un latigazo, el lugar en el que estaba, a donde había conseguido llegar gracias a su audacia e irreverencia. Se encogió de miedo, y le asaltó una irresistible impulso de volver sobre sus pasos sin pérdida de tiempo. Su profanación del templo de Krop podía costarle cara. No es que temiera la muerte, porque ese es el fin último, y para el que había estado viviendo, pero sí que lo mataran. Él conoció a hombres que habían muerto, es decir, que en lugar de ser entregados a Krop, los habían dejado morir en el pozo, sin alimento ni agua, con lo cual su sangre se impurificó rápidamente y ya no pudo servir para regar la tierra, que era el máximo premio a una vida de ejercicio y perfeccionamiento para la expiación de la tremenda culpa de los antepasados. La muerte, en lugar de la entrega debía de ser horrible. Morir sin ejercicio, sin el alimento adecuado. Dudó unos instantes, pero fueron los últimos. A Pedro Samsa lo impulsaba una fuerza muy superior a sí mismo y a las leyes que imperaban en el nido. Aún no sabía bien qué buscaba ni qué finalidad tenía su deserción, porque se trataba de un impulso muy distinto a cuanto hubiera imaginado en su interior. A lo mejor, pensó, este poder superior venía directamente de Krop para guiarle hacia una misión especial, distinta a la de los demás hombres. ¿De quién, si no, podía provenir su fuerza si no de Krop?

Terminó de levantar la escotilla y metió la cabeza, con precaución. Durante su vida se había imaginado el templo de Krop, el lugar sagrado de la Suprema Entrega, de muchas maneras, a juzgar por lo que le explicara el viejo Caleni, pero lo que estaba viendo escapaba a todas las previsiones, e incluso le sorprendió de una manera muy extraña, sin, de momento, poder adivinar el motivo. La altísima nave no tenía pisos, como los nidos, e interiormente estaba surcada de unas curiosas vigas, de un material gris que también le resultaba del todo desconocido. Eran estilizadas y acanaladas, y sostenían una especie de plataformas de material reluciente en las que estaban colocados unos enormes objetos compuestos de otros objetos, todavía más irreconocibles, largas varas brillantes, como las lanzas de los Guardias, aros, también brillantes, cintas, como las que llevaban los guardias para sostener sus lanzas y su carcaj de flechas, pero muchísimo más anchas y largas, y luego ruedas, muchas ruedas, grandes y brillantes. Pedro quedó unos instantes ensimismado sin poder dar crédito a lo que estaba viendo, y tampoco sin lograr reconocer el altar de Krop, aunque, naturalmente, eso debía escapar necesariamente a su limitada alma humana. Por fin, se dijo que debía bajar y ver esos objetos mejor, y se dio cuenta de que no pendía escala alguna de la escotilla, más bien esta parecía un simple orificio sin uso determinado, pero como no tenía demasiado tiempo para buscar otra abertura, buscó una de esas vigas brillantes a la cual lanzarse y saltó.

El frotar de sus dedos sobre la arista doble de la viga perturbó el silencio reinante. Quedó unos instantes colgado a casi un centenar de metros del suelo, pensando el siguiente paso. Se deslizó a lo largo del carril hasta su unión con otro y de ella bajó, agarrándose de pies y manos hasta la siguiente unión. Se fijó que cada una de esas uniones estaba adornada con los simétricos adminículos redondos de la escotilla. Por fin quedó suspendido sobre la plataforma más elevada respecto del suelo, y en la que había un objeto panzudo, muy largo y plagado de pequeños objetos en su superficie, incluso descubrió una gran caja gris, sobre la que brillaban unos objetos rojos y verdes. Se dijo que aquello debería ser la fuerza de Krop, que imprimía a los extraños materiales luz propia, como la del Sol. Iba ya a descolgarse para caer sobre el objeto, que tendría las dimensiones del nido, incluidas las dos explanadas, cuando su aguda vista tropezó con algo que lo hizo estremecer desde las plantas de los pies a la raíz del cabello.

Al fondo del Templo, a una distancia de casi diez o doce veces las dimensiones del nido, incluidas las explanadas, vio como una enorme cuna, como una balsa de agua, vacía… Vacía de agua, pero llena de cuerpos… Otra descarga le recorrió los huesos y estuvo a punto de hacerle caer en el vacío. Apretó los dedos en la fría viga y esperó unos instantes para reponerse. Luego, sin pérdida de tiempo, fue saltando de viga en viga, a la manera de las antiguas especies, ya extinguidas, llamadas monos, la enorme distancia que lo separaba de aquello. Se agarró en la última viga, justo encima, y se recostó sobre una rueda más grande que él, que descansaba sobre aquella, y de la que pendía una especie de cuerda hecha también de un material extraño, brillante, duro, sin deshilacharse. Descansó unos instantes, porque intuía que iba a necesitar de todas sus fuerzas en cuanto saltara sobre la balsa.

Recostado sobre la rueda, sus ojos se pasearon inconscientemente sobre el montón de cuerpos, al principio sin experimentar más emoción que la de contemplar a sus propios semejantes apilados e inertes, blanquecinos. Porque el cuerpo de un hombre, después de ser entregado a Krop, es merecedor de respeto y admiración. Aunque algo había en ellos que iba acrecentando una secreta, remota inquietud, un escondido desasosiego que las palabras del viejo Caleni, repetidas con martilleo en su cerebro, no lograban mitigar. Inspiró varias veces, tensó y destensó sus músculos para comprobar su estado de reflejos, cerró los ojos para dejar libres los impulsos a lo largo de la columna vertebral y se dispuso a continuar.

Dio un larguísimo salto, para caer de pies y manos en un rincón vacío del depósito. No había sentido emoción alguna al ver a sus semejantes en aquel estado porque en los planos superficiales de la conciencia estaba adiestrado a admirar la muerte y envidiar a quienes habían tenido la oportunidad de conocerla, pero junto con las descargas de su más profundo interior, la intensa horripilación de toda su piel, se unió un acelerado palpitar de su corazón. Y es que su naturaleza animal emergía, en crisis como aquella, para perforar la dura costra del entrenamiento y educación recibidos, y explotar en la superficie, de momento, por medio de largos ataques de ternura y llanto reprimido por los que ayer fueron sus compañeros de juego y… quedó petrificado al volver la vista, y por un fugaz instante sus ojos se nublaron: en un rincón alejado de la pila de cadáveres blanquecinos, donde el depósito cuadrangular estaba más vacío, divisó a Jandra. Se acercó despacio, con prudencia, sin poder hacer nada por mitigar aquellos golpes que martilleaban su pecho izquierdo, desde dentro. Se llevó la mano al esternón, instintivamente.

Cuando pudo serenarse, observó detenidamente el cadáver y comprendió cuán sagrada es la sangre de los hombres, fuente de vida y de energía. Aquella colosal mujer, aquel magnífico ejemplar que había sido Jandra Somor, quedaba reducido a un muñeco de cartón, blancuzco, frágil, esquelético, azulado en las comisuras, mostrando huesos y vísceras. Pedro hizo un esfuerzo de introversión para vencer esos ataques infantiles de sus entrañas, para cortar toda emoción de raíz, para yugular cualquier remota forma de protesta. Estaba muy bien entrenado para dominar su cuerpo y sus instintos animales. Entonces se acercó del todo, flexionó las piernas y quedó un rato mirando a su amada y dedicándole sus mejores pensamientos. Era duro contemplar el otro lado del ciclo de la vida, pero era ese y no otro.

Se despidió serenamente de aquella formidable mujer sacando de su imaginación los más hermosos epitafios, depositó un beso con las puntas de los dedos en la frente helada, y se incorporó para continuar lo que había venido a hacer, y que bien sabía, a pesar de todo, que no tenía ni remota idea. Lo único que entendía con tremenda claridad era que estaba poseído por una fuerza que tal vez procediera de Krop, pero que lo impulsaba a conocer… Conocer…

Saltó con facilidad el muro del depósito, dejando escapar para todos los que fueron sus compañeros, un fugaz y respetuoso pensamiento, y se encaminó hacia el primero de los monumentales objetos que tenía delante.

Lo primero que le llamó la atención fueron dos enormes torres de cristal coloreadas de rojo intenso hasta distinta altura. De ellas salían varios apéndices, como tubos, también transparentes. Corrió hasta su base, que no tocaba al suelo, sino que se hallaba suspendida de este por un entramado de vigas brillantes, y se fijó que la torre transparente terminaba en forma de embudo con un largo tubo que se curvaba, tocando el suelo y se adentraba en otro edificio erizado de extraños adminículos. Al llegar al pie de esa torre tuvo que agarrarse en lo primero que encontró porque el piso estaba muy resbaladizo, y sus manos también se untaron de un líquido denso y… rojo. ¡Sangre! ¡Por fin había llegado al altar de Krop!, se dijo. En efecto, aquellas torres estaban llenas de sangre de los humanos Entregados. No veía el lugar donde se elevaba el altar de las Entregas, pero supuso que este se hallaba en la parte alta del enorme edificio de color gris oscuro, dentro del cual no parecía habitar nadie, sino albergar más objetos irreconocibles. Se dijo que aquel tubo que salía de la base de las torres llevaría a los aparatos de riego con los que Krop regaba la Tierra para purificarla.

Siguió el curso del tubo, que era tan grueso como él mismo, hasta dentro de aquella especie de monumental caja de material duro y frío. Anduvo bastante rato siguiendo el tubo que descansaba en el mismo suelo, y sobre su cabeza pasaban enormes ruedas, más cintas y varas brillantes y otros objetos absolutamente nuevos para él. Por fin el tubo se metía en tierra por entre una ancha escotilla. No le costó nada pasar entre el tubo transparente, lleno de sangre y su escotilla, incluso se agarró a él para deslizarse suavemente hacia una estancia subterránea que resultó tener las mismas colosales dimensiones que la anterior. El tubo volvió a la horizontal y Pedro se detuvo para observar detenidamente dónde había ido a parar. Lo primero que vio fue que el tubo descendía en vertical sobre otra enorme caja provista de una serie de cilindros brillantes, erizados de vástagos rematados en un extremo por unas enormes cajas grises y por otro terminados en varios cilindros concéntricos hasta quedar uno de ellos casi del diámetro del tubo de sangre, horizontalmente suspendido en el aire. Más allá vio el otro tubo que pertenecía a la segunda torre de sangre, que descendía hacia un edificio parecido.

Por fin se decidió a descender. A media altura el tubo estaba soportado por otra de aquellas vigas de material estilizado. Dejó el tubo y siguió, andando como sobre la maroma, por la viga para ver en qué terminaba aquella serie de cilindros horizontales. Antes que eso se fijó que sobre el edificio estaban situadas otras torres transparentes, más pequeñas, cuyos tubos de base se introducían a la altura del tubo de sangre. Miró fijamente y enseguida comprendió que la sangre debía mezclarse con alguna otra sustancia para facilitar el riego, porque él sabía muy bien que la sangre en contacto con el aire se coagulaba y llegaba a solidificar. Por lo tanto, era evidente que Krop, en su excelsa sabiduría, le mezclaba un líquido divino para evitar esa coagulación, y permitir el riego de las tierras impurificadas por sus lejanos antecesores.

Llegó al extremo de la viga, justo donde terminaba la serie de cilindros concéntricos de mayor a menor, y se fijó en el último de ellos, el menor. Tenía un orificio muy pequeño, incluso tan pequeño como un grano de sésamo. Y entonces frunció el ceño con manifiesta incredulidad. Del orificio pendía un hilo rojizo que se le antojaba solidificado a juzgar por los ovillos que se hacían de él en un depósito cilíndrico que los recogía en su base. Se agachó para ver mejor sin poder dar crédito a lo que estaba viendo. Pero no tenía más remedio que bajar de donde estaba. Debido a la distancia, su vista le estaría, sin duda, jugando una broma pesada. Se dejó descolgar por la viga vertical hasta el borde del depósito cilíndrico, de color verde y hecho de un material casi transparente, y relativamente blando comparado con el de la viga y del mismo edificio. Sobre el borde, y colgando del mismo por la parte exterior rebosaban varias hebras de aquel hilo. Cogió una entre sus dedos. Era efectivamente sangre coagulada en forma de hilo. Probó de romperla con todas sus fuerzas, pero esta, en vez de cuartearse o quebrarse, como ocurre con las placas de sangre seca, flexionó suavemente como uno de sus cabellos. El depósito estaba lleno de una tupida madeja de ese hilo.

De pie sobre el borde del depósito verde, paseó la mirada por el resto del inmenso templo. En frente se alineaban más depósitos, de varios colores, contra un curioso edificio, o caja enorme, u objeto extraño – Pedro ya no atinaba a llamarles de ninguna manera a aquellas construcciones en material duro -, pero ese tenía algo especial, que no tenían cuantos había visto hasta el momento. Era una especie de caja cuadrangular muy larga sobre la que se estiraba una larga serie de hilos en sentido vertical y vio que pasaban por entre estos, la misma serie pero en sentido horizontal, tomando uno por delante y el siguiente por detrás, y así sucesivamente, para formar como una especie de pared roja muy delgada, pero muy ancha y larga. Un instante más tarde divisó otras cajas semejantes, y ya donde la vista se perdía, sobre enormes montañas completamente planas advirtió, sobre estas, un enorme haz de esas paredes dobladas una sobre otra en una serie sin fin. Recordó, de pronto, que el viejo Caleni, al hablar de su iniciación, le indicara que su antecesor el hombre no vivía desnudo como él, y que cubría su débil cuerpo con una cosa que llamaba tejido, y que estaba formado por hilos…

Y entonces se produjo: Pedro vio a Krop. Se escuchó un sordo rumor que lo hizo tambalear de donde estaba, y, por un atávico mecanismo de defensa, a pesar de tratarse de Krop, corrió a esconderse debajo del edificio de los cilindros. Y entonces lo vio. No era tan alto como él había imaginado y por supuesto jamás podría alcanzar la altura de las nubes, apenas le llegaba a los hombros. Se parecía en debilidad corporal y piel grisácea a los guardianes. No había en él nada de lo que condicionaban sus leyendas, ninguna grandeza sino todo lo contrario. Parecía un ser desvalido, como los guardias sin su armadura, a los que jamás vio sin ella, ni siquiera sin el yelmo protector de un rostro de aspecto más mísero que los mismos cadáveres que había visto momento antes. Vio como recogía una de esas paredes flexibles, anchas y largas, la miraba unos instantes y se la colocaba a los hombros doblándola sobre su pecho. Luego se la quitaba otra vez, y cogía otra, y luego otra, hasta quedarse con una definitivamente, después de haberla probado según diversas formas sobre su cuerpo. Y Pedro Samsa se dio cuenta de que Krop abrigaba su cuerpo con una de esas paredes, recortada según la forma de los brazos y del cuello, y cintura, y sujeta con unos discos que seguían la línea del esternón… Y comprendió. Su cuerpo explotó de energía vital, todos sus músculos se tensaron y se sangre se puso a circular con rapidez. Comprendió, como comprendieron las antiguas especies llamadas abejas, langostas, escorpiones…, y corrió a advertir a sus semejantes de lo que había visto y de lo que hacía Krop con su sangre, como corrían las antiguas especies llamadas marabunta, tarántula, humanos humillados al rebelarse en forma de plagas que lo arrasaron todo. Corrió a cumplir también su destino… que no era precisamente el que Krop había previsto para su granja de abrigos de sangre humana.

Enciclopedia británica, tomo XVI, pág. 540.
SEDA. Operaciones de hilatura en la industria de la seda.
…Para salir del capullo, la mariposa ha de taladrar el extremo del mismo, lo que consigue secretando un líquido alcalino que disuelve el filamento. Dado que la perforación deteriora el capullo, de tal modo que la seda no puede desenrollarse en un largo filamento, los criadores terminan el ciclo de vida del Gusano de Seda en este punto por un procedimiento denominado matanza por calor seco, o asfixia. Los capullos se calientan para asfixiar la crisálida, pero que no estropea el delicado filamento de seda.
Los capullos se envían a una fábrica, llamada Hilatura, en la que la seda se devana de los mismos y los hilos se recogen en madejas. Los capullos se clasifican de acuerdo con el color, el tamaño, la forma y la textura, ya que todos estos factores afectan grandemente a la calidad final de la seda…

Juan Trigo