Tu cuerpo es mi orgasmo, mujer.


*

Dijiste que me había cambiado la cara al hacerte el amor que me había entregado tanto que parecía otro al que no habías conocido nunca. Creo que sigo siendo yo, aunque a lo mejor fue el rostro del extraterrestre que soy en realidad, cual Principito de planeta en planeta. A lo mejor es mi rostro verdadero y no el otro contraído, tenso y desesperado que conoces.

El orgasmo si es profundo transforma incluso físicamente. Arranca velos y coberturas y destruye mediocridades en una explosión que sacude el magma dormido de las entrañas. Por eso te dije que necesito prolongarlo porque hay demasiadas imágenes dormidas que sacudir y vomitar como lava.

Tu cuerpo es mi orgasmo, mujer, pero se alimenta del tuyo de tus convulsiones, tus alaridos de tu expresión sorprendida y asustada al principio, luego se transforma en placentera, aparece la sonrisa de niña tranquila.

Te doy mi ser. El yang ha nacido para quemar y quemarse. No tiene ningún sentido para el macho conservarse, reservarse, usar la prudencia para perdurar, porque solo será un muerto viviente. Y yo quiero vivir aún después de muerto.

 

Juan Trigo

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Imagen: Jurgen Gorg

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“Enamorar a la máquina” (Quinta y última parte)


*

Los mecanismos se retiraron, las poleas recogieron el complicado entramado hacia el techo, para dejarla descansar, para que su sueño fuese beatífico. George siguió murmurando poesía con su voz cristalina para mecer el sueño de su compañera, tras el largo goce.

Pero ella no se durmió ni estaba dispuesta a hacerlo. Le dolía el útero y no quiso comprobar si había sangrado, esto tampoco tenía importancia. Bien pronto le pareció que no tenía suficiente, y que tampoco podía esperar a pasado mañana, como señalaba el programa de experimentación. Necesitaba más, mucho más, y no carnalmente, porque adivinaba que, en buena lógica, no tenía aún el cuerpo preparado para ello, si no mentalmente. El gran cerebro, aquel inmenso banco de datos, que reunía biografías de los grandes hombres, la historia universal, la filosofía de todos los tiempos, se desencadenó de forma incontrolable mientras amaba, mientras la penetraba. No estaba en el programa el que George lanzara un inmenso caudal de datos, de palabras, de información que ella apena podría aprender a lo largo de toda su vida.

Sentía que, de forma inesperada, la máquina, ese engendro tan perfecto que se autocontrolaba y dirigía los trabajos de aquel increíble centro de investigación, se había desbocado. Toda la ciencia del universo dislocada, rendida por la pasión hacia ella, una multitud de hombres ilustres, que conformaba el cerebro de George, vomitando su ciencia a raudales y en forma poética a los oídos de una muchacha sencilla que retozaba sobre la mesa-camilla con algo artificial que le hurgaba las entrañas del placer.

-¡George! -se oyó exclamar a sí misma- ¡Sigue…! No me dejes así, necesito más -sus palabras temblaban, saliendo a través de los labios febriles -. Necesito más, mucho más… No es suficiente.

-Pero, Duma… ¿Ahora?

-¡Sí, claro! ¿Cuándo va a ser?

-Pues… mañana, si quieres, aunque el programa dice…

-¡No!… ¡Mañana no…! No hay ningún programa… No voy a salir de esta sala… ¡Continúa!

-Pero… Duma, yo creo que…

Pero oyó claramente el rumor de las poleas volver hacia ella, y con un gesto rápido se volvió de espaldas colocándose a cuatro patas con las nalgas todo lo separadas posible.

-¡Dios mío, Duma… esto es demasiado! -Oyó a  George.

Y sintió unos dedos que se le clavaban en las nalgas y unos labios que comenzaban a subir por la espalda a mordiscos, a besos, y todos os altavoces de la sala vomitaron palabras, estrofas, información de forma incontenible. Toda la humanidad empezó a hablar mientras ella sentía que algo duro, u le pareció de mayores dimensiones, volvía a buscar un lugar por donde penetrarla, por donde clavar su incontenible pasión, mientras afuera, en la sala de mandos, a una veintena de hombres y mujeres vestidos con bata blanca se les mudaba el semblante y clavaban sus expresiones lívidas en un larguísimo panel de instrumentos sin poder dar crédito a lo que estaban oyendo y viendo. Duma apretó los párpados, las mandíbulas, las manos sobre el borde de la camilla y dejó que su ser escapara, se revolviera entre aquel remolino universal que salía de los altavoces u que la poseía frenéticamente.

-¡Basta, Duma, basta…! exclamó George, entre verso y verso, entre historia e historia, al final de una disertación filosófica, tras largo rato de cópula-. No podemos seguir… Has de descansar un poco, ésto… ésto puede matarte.

Y desoyendo lo que Duma gritaba el entramado metálico se retiró, aunque no del todo, dudando, quedándose a medio camino del techo… Algo había estallado en el complicado mecanismo de la poderosa computadora.

-Te equivocas George -dijo suavemente la muchacha, entre sincopados y dulces jadeos-. Te equivocas, ésto no va  a matarme… Otra vez, sigue… No es suficiente, te digo que no es suficiente.

Y volvió a tenderse boca arriba agarrando las patas de la camilla. Su cuerpo era una serpiente agitándose sobre el frágil mueble de hospital, y George volvió hacia ella, y volvió de forma diferente, sacando también, de su vasto caudal de información una tras otra nuevas posturas y nuevas maneras de amar, usando la imaginación hasta sus más increíbles recodos. Y la muchacha, lejos de cansarse, de agotarse o de romperse como consecuencia de aquel goce que iba prolongándose varias horas, se sentía crecer, henchirse de aquel poderoso magma, llenarse con la savia de aquel ejército de hombres ilustres que estaban entrando en ella por todas partes, que ella misma arrastraba, sorbía como un pozo profundo en el que iban a ser todos ellos engullidos.

-¡Hemos de dejarlo, Duma!- exclamó George al gustar sus labios, en los frenéticos recorridos por aquellas partes del cuerpo de la muchacha, del dulzor sabor de la sangre- ¡Por dios Duma!… Voy a interrumpir la sesión… voy a llamar al doctor Bafomed… No puedo continuar, Duma… terminó, indefenso como un niño.

-¿De qué tienes miedo George? -le dijo la muchacha con una voz dura, atimbrada, que no se parecía en nada a la suya-. ¿No vas a dejarlo ahora, verdad?

-Tenemos mucho tiempo… Tenemos todos los días… Le diré al Doctor Samuelson que sólo te quiero a ti, que interrumpa las pruebas y me terminen de montar sólo para ti, sólo para ti… que suspendan todo ésto…

-Infeliz. ¿Creen que harán eso, después de los millones que se han gastado, después de los programas que tienen que inundar el mercado con hombres artificiales…? ¡Vamos, sigue, sigue ahora, es nuestra única oportunidad! Si salgo de esta habitación todo estará perdido, ya no tendremos escapatoria. ¿No lo comprendes? Vamos, sigue, hay que hacer saltar todo ésto por los aires… ¡sigue, sigue!

Afuera había sonado la alarma y el Doctor Idris Samuelson, el viejo halcón, había tomado el mando de las pruebas y de todo el Centro de Experimentación y pulsaba un botón tras otro para que la puerta acorazada de la Sala IV cediese y pudieran sacar de allí a la muchacha. Pero a medida que pasaban las horas fue dándose cuenta de que el control iba escapándose de sus manos, de que todo el Centro y sus tres mil empleados pasaba enteramente y sin remisión a la computadora, a George, completamente poseído por una sencilla muchacha de dieciocho años… Entonces lanzó una sonora carcajada. Todo se iba a precipitar… La carcajada de Saturno…

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Imagen: Michael Kirkham 

“Enamorar a la máquina” (Cuarta parte)


*

En pocos instantes más la blusa se plegaba hacia abajo sobre sus brazos, pegados a los costados, y quedaban al descubierto aquel busto increíblemente hermoso y provocativo, que durante los ocho años de su maduración había sido deseado hasta la locura por tantos hombres, e incluso mujeres y que se incendiaba en aquel momento por los ardores de un ser difícil de describir, cuyos labios u dientes jugaban con los pliegues de la falda con la saludable intención de encontrarle también los broches, que iban a saltar con la misma pericia y dejar el camino expedito hacia una nueva conquista.

Las oleadas de calor, de picazón y de multitud de otras sensaciones que la muchacha nunca había experimentado hasta aquel instante, estaban ya llegando al centro de explosión mucho más rápidamente de lo que hubiera supuesto, aunque sí deseado. Como si sus caderas se sumergieran en agua caliente, como si su cuerpo fuera envolviendo en gruesas mantas que lo hicieran hervir hasta en lo más profundo, se vio sacudida por rápidas convulsiones, muy fuertes ya desde el principio.

Sus rodillas se doblaron, tambaleó, pero volvió a sostenerse firme y abrió los ojos: no podía creer que aquello lo hiciera una máquina, debía haberse metido un hombre en la sala sin que ella se diera cuenta…

Sobre su cabeza, y envolviendo todo su cuerpo no había más que un complicado armazón, trenzado de cables, pilotos rojos y amarillos que se encendían y se apagaban, poleas que giraban silenciosas y “algo” de forma indefinible se posaba suavemente sobre su cuerpo. No llegó a ver como era porque permaneció con la cabeza inmóvil; probablemente George no se dio cuenta de que había abierto los ojos y seguía lanzando aquellas apasionadas estrofas a la penumbra ambiental, más torpemente de lo que era habitual en él. Y tampoco se diera cuenta de la brusca interrupción de la lívido que su compañera estaba experimentando…. porque probablemente el Gran George, el inmenso cerebro portador de sabiduría y experiencia estaba siendo arrastrado por la pasión hacia una mísera criatura mortal.

Duma cerró los ojos para que George continuara sin interrupción, y para que el placer, la posesión volviera a todos sus sentidos. Necesitaba llegar hasta el final, fuera el que fuese. Ella nunca había aceptado “descafeinar” nada de lo que hubiera decidido emprender, suavizar ningún camino, disfrazar alguna situación. Iba a agarrar aquella también con uñas y dientes, y con una furia que sorprendería a todos, incluso a ella misma.

Muy pronto dio unos pasos hacia atrás, buscando la camilla que los técnicos habían preparado exprofeso.

-¿Ya?… -preguntó George.

-Sí… No puedo más, ¡vamos!

Se dejó caer boca arriba echando los brazos atrás hasta encontrar las patas de la camilla que agarró fuertemente para evitar que en ningún momento saliesen despedidos en ese abrazo que tanto anhelaba, e insistió a su compañero para que no se demorara.

Y su compañero no se demoró. Continuó su concienzuda, pero apasionada exploración hacia el Centro, hacia el Angosto Sagrado que había empezado a palpitar con fuerza y los “labios” se detuvieron allí más que en ninguna otra parte, para despertar a la emoción a todos sus poros, todos sus pliegues, desde el apéndice exterior hasta adentro, hasta que el conducto virgen comenzó a abrirse por sí solo. Y Duma sintió que a su humedad se mezclaba la de su compañero, como si de una ávida boca se tratara, en lugar de unos sofisticados engranajes, que estaban encendiendo su sexo.

-¡Vamos!- aulló, atenazando las patas de la camilla como si quisiera tripularlas.

Y pronto notó la presencia de un cuerpo ardiente a sus puertas, un objeto extraño parecido a un obús (ella que muy pocas veces, siquiera se había masturbado) que se movía con suavidad buscando el camino, abriéndose paso sin brusquedad, sin violencia, con la gentileza y dedicación de aquel ser surgido de un tablero de dibujo. (Ignoraba que el pene de George podía adaptarse, adquirir el volumen que las circunstancias exigieran en función de la resistencia que encontrara a su paso o la lubricidad que experimentara la persona objeto de sus dedicaciones, pero esa particularidad técnica carecía en absoluto de importancia en aquel momento). Muy pronto toda ella se vio transportada a un mundo desconocido, al principio con sorpresa y sin ocultarse el temor, y tal vez la evidente morbosidad y a lo mejor repugnancia por acceder al misterio del amor gracias a un objeto mecánico. Pero sentía sin rodeos como su cuerpo era penetrado por una pasión que -con los ojos cerrados- tenía mucho de común con lo humano, y, por supuesto, un humano magnífico, arrollador. Sus sentimientos la transportaban rítmicamente siguiendo las oleadas de aquel miembro que parecía clavarse con suavidad en sus entrañas, a ese paraíso que durante tanto tiempo se prohibió a sí misma en espera del momento (…aunque no imaginaba que fuera aquella circunstancia).

Llegó más pronto de lo que creía al paroxismo, a lo que ella reconocía como un tremendo orgasmo, esa explosión contenida que creció hasta hacer estallar todo, desintegrar sus sentidos para fundirlos con la marea universal, borrar la mente y la personalidad por unos momentos y sentirse en la piel de su compañero… la máquina. Y luego dejar una apacible lasitud, la beatífica paz del otro lado…

Continuará…

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Imagen: Michael Kirkham 

“Enamorar a la máquina” (Tercera parte)


*

-¡Cómo me trastornas!.. -murmuró la voz cálida que surgía de todos los extremos de la habitación, penetrante, adormecedora- ¿te gusta?

-Sí, George, claro que me gusta… sigue.

-Después de tantos años de experimentos… -aventuró- no creí que pudiera ser así… Bueno, no ha sido de este modo con ninguna otra… Tu eres…

-No digas tonterías, George, no lo estropees. No tiene sentido.

-Yo creo que sí lo tiene… Mucho más de lo que nos pensamos…

Entonces sintió sus “manos”, e involuntariamente Duna repasó de memoria la secuencia del programa, estudiada el día anterior, por la cual esas “manos” debían desnudarla por completo… por primera vez en el curso de los experimentos y de su propia vida.

Eran dedos de terciopelo que recorrían sus hombros, al principio con suavidad, jugando sin prisa con los pliegues de su blusa, arañando casi sin tocarlos el nacimiento de sus espléndidos senos, para recorrerlos en su totalidad concienzudamente, mientras Duma dejaba escapar cortos y contenidos jadeos, deteniéndose, con bien estudiada sorpresa, sobre los pezones que se habían puesto turgentes de golpe y sobresalían magníficos de la blusa y del sujetador. Luego esos “dedos” se entretuvieron jugueteando con los botones, mientras la “voz” de George seguía inundando la estancia metálica con palabras y pensamientos apasionados… mucho más de lo que esperaban oír los especialistas y técnicos, e incluso el Dr. Bafomed, desde la cabina de mandos.

Y con aquella limpieza que ya conocía Duma de la sesión anterior, fueron saltando uno a uno los botones de la blusa para sentir como esas manos acariciaban ya su piel, jugando con los bordados del sujetador, desde el centro hacia los hombros, hacia el cuello, y otra vez hacia abajo, para pasar sobre sus senos cada vez más cerca de los pezones, desplazando la delicada prenda sobre ellos.

Echó la cabeza hacia atrás lanzando un prolongado suspiro mientras dejaba que su piel se estremeciera bajo aquellas oleadas de calor mágico, e inmediatamente se sintió abrazada con fuerza, con un apasionamiento de locura y la cara de un hombre,  su nariz, sus labios y sus dientes apretarse contra su pecho para devorar con una sed incontenible el placer que se escapaba por cada uno de sus poros. Y esos labios, esos pequeños mordiscos de gato fueron recorriendo aquellos magníficos atributos femeninos mientras los dedos soltaban el broche del sujetador con aquella maestría que ella empezaba a conocer tan bien.

En pocos instantes más la blusa se plegaba hacia abajo sobre sus brazos, pegados a los costados, y quedaban al descubierto aquel busto increíblemente hermoso y provocativo, que durante los ocho años de su maduración había sido deseado hasta la locura por tantos hombres, e incluso mujeres…

Continuará…

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Imagen: Andrey Solovyov

“Enamorar a la máquina” (Segunda parte)


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-Por eso lo digo. George ha estado esperando este momento con mucha más impaciencia que ella- sentenció solemnemente, de golpe, y añadió: Está como un adolescente en su primera noche de bodas, y no le había ocurrido con ninguna hasta ahora. Me ha incordiado durante toda la noche, y desde hace días sólo piensa en Duma… Todo su increíble cerebro, su inmenso potencial de comprensión, que sería capaz de explicarle a Einstein el por qué de sus errores en la Teoría de la Relatividad, su inalcanzable proyección, su memoria, todo eso, que nos supera largamente, está anhelando amar a una miserable muchacha cono esa que acaba de entrar en una de sus doce salas, donde se reproduce una de las doce partes de su cuerpo y su conciencia.

-¿Quieres que suspendamos las sesiones, que echemos a esa chiquilla a la calle?

-¡No!… -los ojos del viejo llamearon como lo haría Saturno antes de comerse a uno de sus hijos-. No… Dejemos que el experimento siga adelante.

-Pero si temes que…

-Temor… Sabiduría… Todos formamos parte del experimento, incluso esos miles de ciudadanos que han comenzado a comprar las versiones más sencillas de George… Todos…

-Está bien…. voy  a la Sala de Mandos. Nadie podía soportar la mirada de aquel anciano investigador cuando se inundaba con el fulgor del Averno, con el espíritu del terror universal.

-Pon mucha atención- le dijo a Bafomed cuando éste ya se había alejado unos diez metros e iba a entrar en la cabina de cristal, desde donde el equipo de investigaciones registrarían todo lo que iba a suceder dentro de la Cámara IV, hasta la más leve sensación de dolor o de placer que experimentara Duma. Todos los estados de la libido, de excitación sexual, de deseo o de repulsión, que ayudara a perfeccionar las artes de insustituible amante con que iban a salir al mercado las próximas series de George. Todo sería registrado y medido con minuciosidad suiza.

Nunca había entrado en la Cámara IV, y al cerrarse la puerta y encenderse al luz, le pareció haber entrado en un precioso taller de relojería. Desde luego no esperaba encontrarse en una alcoba nupcial o un atrio romano preparado para la más refinada orgía, eso ya pertenecía al pasado. En los seis meses que vivió en la Residencia de los Holstein, después de haber sido seleccionada para aquellas pruenas de entre varios millares de aspirantes, pudo darse cuenta de que no se encontraba en un Club Privado o en el harén de un Jeque del Petróleo, si no en una empresa, una moderna empresa de producción y venta, como cualquier otra, sólo que… sus productos podían resultar ciertamente curiosos. Sus productos y sus objetivos.

-Hola Duma…- se oyó una voz increíblemente cristalina y melodiosa, pero que ella conocía muy bien, al tiempo que se iluminaban en el panel de instrumentos de la pared, las dos pantallas de televisión que reproducían los ojos de George para esa Sala-. ¿Ya te sientes mejor? ¿Ya ha pasado todo?

-Sí…- murmuró ella-. Has de darme tiempo para que me habitúe a todo esto… Aunque, según el programa de pruebas, hoy…

-Sí, Duma,… eso pone el programa. Pero no te preocupes-, añadió con acento resuelto- tómate todo el tiempo que quieras, ya sabes que yo puedo variar el programa…

-¡No, George… no! Ya te lo he dicho más de una vez: lo que deba hacerse, que se haga pronto. No me da miedo, sólo que después de tanto tiempo de esquivar los ardores masculinos de amigos, compañeros y desconocidos, nunca imaginé que lo haría con una máquina… ¡Oh, perdona, George! No he querido…

-¿Por qué, Duma?: Soy una máquina, un robot, y me enorgullezco de ello. Nunca iré por ahí haciendo creer lo contrario. En primer lugar porque no sé decir otra cosa que la verdad, y en segundo lugar porque soy mucho mejor que cualquier humano… aunque esto es vanidad y… Duma: aún no nos hemos besado…

-¿Y a qué esperas…?- Masculló tratando de reponerse a la vida emoción que , como un seco latigazo, le recorrió la espalda y todo su ser, al oír aquellas sencillas palabras. No se acostumbraba a semejante situación. Ni ella ni las demás candidatas, sólo que Duma había decidido beberse el cáliz de golpe… y pasara lo que tuviera que pasar.

Cerró los ojos, como las otras veces, y volvió a escuchar el casi imperceptible rumor de las poleas que desplazaban hacia ella con los aparatos sensores de la boca de George, el conjunto de cables, células y palpadores acoplados a un complicado armazón que se deslizaba suspendido del techo gracias a un no menos complejo sistema de rieles. El mismo que ya había encontrado y experimentado en otras salas, y que reproducía los sentidos del tacto, las manos y la boca que luego se acoplarían al George terminado, pero en los mecanismos de la Sala IV debía incluirse, sin duda, el aparato sexual.

Una vez más sintió aquel calor, incluso aroma de hombre conocido, antes de que unos labios carnosos y firmes se posaran en los suyos y la envolvieran en un apasionado beso, y, una vez más, le pareció mucho mejor que la anterior, mucho más perfecto, adaptado increíblemente a su gusto, a su estado emocional del momento, con precisión milimétrica. Y … una vez más tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano por no abrir los ojos y lanzar los brazos al cuello de aquel ser que la arrastraba de forma tan icontenible… porque sabía perfectamente que se hubiera encontrado con cables y poleas en lugar del cuerpo de un hombre.

Continuará…

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Imagen: Tejal Patni

“Enamorar a la máquina”, un cuento erótico de Juan Trigo


Nota editorial de la revista Penthouse en la que fue publicado este cuento en mayo 1980: Un mundo distinto el que nos ofrece Juan trigo en su relato “Enamorar a la Máquina”, inscrito en el género de la ciencia ficción erótica. Es un mundo en el que la tecnología, en forma de sofisticada maquinaria y perfeccionísimos robots, intenta superar y destruir las tradiciones del hombre, Sin embargo, el sexo de una mujer joven será a la postre, quien desbarate todas las teorías dispuestas en las computadoras más avanzadas.

El autor ha conseguido una narración muy concreta y ajustada de lo que podría llegar a ser la sociedad del futuro, dominada por una técnica que- en definitiva- tampoco es capaz de aniquilar los valores humanos.

Juan Trigo, 1980

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ENAMORAR A LA MÁQUINA

-PRIMERA PARTE-

La condujeron a la cámara de experimentación, en silencio. Ella estaba tranquila. Almorzó pausadamente y con buen apetito después de realizar uno por uno todos sus ejercicios matinales, como hacía invariablemente y con la misma dedicación que ocho años antes, al cumplir los diez, cuando conoció a Goreb, su maestro. Y el informe que emitió aquella mañana el médico de turno, encargado de la 3ª planta (en la que había vivido Duma los últimos seis meses), siguió sorprendiendo, tanto a la Dirección del Centro de Investigaciones Especiales, como al propio Consejo de Administración de la Multinacional.

Aquel era “el gran día”, en expresión de los altos dirigentes de la Holstein Corporation de Nueva Jersey, en la que aquella extraña muchacha -la candidata número 3.430 de las contratadas para servir de base a las experimentaciones sobre el Hombre Artificial-, y según el programa ordinario de pruebas, iba a ser desflorada por el complejo de mecanismos simuladores del órgano sexual de “George”. Hasta aquel momento los ensayos estaban dando resultados excelentes, y los primeros especímenes del hombre producido por la poderosa multinacional de la cosmética, la biomédica, la alimentación biológica y la informática, estaban siendo ya ofrecidos al mercado en las boutiques de la informática, en los centros de distribución de métodos para el autoconocimiento, en salas de modas, etcétera, con mayor éxito del que en un principio habían previsto los servicios de marketing.

Pero la Holstein (aquel monstruo cuya cifra de ventas superaba el Producto Nacional Bruto de un país subordinado, como por ejemplo España, que tenía ocho bases de lanzamiento de satélites espaciales destinados- de momento- a controlar las comunicaciones del planeta) debía ir más lejos. La producción, inicialmente programada de 200.000 especímenes de “George” al año, debía venderse, no sólo en las tiendas de moda, y en los barrios de clase alta, sino en los Supermercados y, a ser posible, en locales del Partido Comunista ubicado en los barrios obreros. Cada hogar debía poseer, junto al televisor, el estuche de preservativos e instrumentos eróticos, o el equipo de Bingo Doméstico, un Hombre Artificial. Se vendería como criado, maestro, médico, mayordomo, amante, o lo que fuera, que para ello estaba dotado de un cerebro de inteligencia y memoria superior a la de cualquier ser humano, o cualquier otro argumento de venta, pero se colocaría masivamente en todos los hogares y a cualquier precio. Incluso Holstein había organizado servicios de ventas a plazos sin intereses, que pondría en marcha cuando los mercados de las clases altas comenzasen ya a estar saturados y el mimetismo en las clases medias ejerciera una cierta presión… Colocar ese ejercito de Hombres, cuyo cerebro había sido preparado por la Holstein durante años y que dominaban las artes marciales como ningún maestro, a cualquier precio y lo más rápidamente posible.

-Mucho cuidado esta vez-murmuró Idris Samuelson, Director del Centro de Investigaciones, al Jefe de Servicio, Doctor Bafomed, en el momento en que los enfermeros dejaron a Duma en la sala IV (donde se realizaban los experimentos con todo el complejo sistema sexual de Georges) y cerraron la pesada puerta blindada.

-¿Temes que le ocurra algo a la muchacha? Hasta ahora no se nos ha muerto ninguna… Unos meses de recuperación en nuestro sanatorio de los Alpes y salen como nuevas… Bueno, algunas necesitan más, pero… En fin, no logran tener relaciones sexuales normales durante algunos años…

-No pensaba en ella- interrumpió el viejo halcón, al cabo de unos minutos. Si no en George.

-¿Georges?… Bueno, allí dentro sólo hay poleas, mecanismos, cables… Aunque agarre algo contundente y la emprenda con todo lo que encuentre sólo destrozará un montón de hierros…

-Pero está el cerebro, el cerebro de George… Va a quedarse sola con el cerebro de George.

-Bueno… Ya ha estado muchas veces sola conversando con George. Por lo menos lleva ya unas cincuenta sesiones…

SEGUNDA PARTE