Lejos, en la punta de mis dedos


*

Lejos… Iba quedando lejos, conforme este tren aumentaba su velocidad, el recuerdo de las cadenas que me ataron a aquella mujer, el sonido de las corazas que me ataron a ese prestigio, a tal posición social, a aquella reputación. La imagen de mi robot encadenado a tantas máscaras fue haciéndose cada vez mas pequeña y difusa al paso de los letreros que anunciaban la estación término con letras sencillas: “Libertad”.
Las melodías del aire me traían a la conciencia las suaves cadencias de una danza de los nómadas del desierto del Taklamakan, que no conocen fronteras ni posesiones, ni maestros, ni iniciaciones, ni más doctrinas religiosas, filosóficas o sociales que su propia percepción de la realidad. No envidian en vuelo del águila ni la sabiduría de la serpiente, ni la astucia del roedor. No saben lo que es envidiar: viven en armonía con el paisaje; son el paisaje.
La próxima estación es el contacto con la percepción del universo, que los robots humanos llaman El Destino, Dios y otras cosas, y que, como todo lo importante lo pierdes al ponerle un nombre, es decir en el caso de la conciencia universal pierdes la facultad de comprender y por tanto te encadenas a una petrificada repetición de aquella conciencia que otro descubrió en un pasado remoto. Es el origen de los profetas y la inutilidad de ponerle nombres a eso que llaman Dios, aunque sepan que al TAO si lo nombras lo pierdes, es decir lo aprisionas en un vestigio fragmentado e inservible.
El tren me lleva veloz por entre los remolinos del tacto de mis dedos en los aromas del aire y mis sentidos no clasificados pueden percibir la conciencia del universo, la Unidad de todas las cosas de la que el ser humano es la antena pensante. En ese todo unitario la frase “lo que esa bajo es arriba” resulta de una lógica evidente, ya que “todo está en todo y todo forma parte de todo”. Y también cobra un sentido indiscutible la frase del poeta: “Si amas tanto a esta mujer, ¿Por qué quieres encerrarla en tu palacio de oro? ¿Si tanto la amas, porque quieres poseerla, si no posees ni siquiera la piel que te protege, ya que un día habrás de dejarla también? Un ave del paraíso solo emite su precioso canto cuando es libre.”
El tren no se detiene, pero pasada la estación “Presencia”, la ventana se abre y mi amada aparece del exterior y se apoya en el dintel de la ventana y me sonríe: “Hola, ¿Cómo estás?” No hay nada más bello en el mundo que su rostro, que envidian los deslumbrantes atardeceres en el condado de Galway, con el cielo rojo después de la tormenta, que envidian los majestuosos acantilados de fiordo Trondjeim, que vigilan no se desmande el Maeström, que envidian los amaneceres tempranamente reverberantes del Nafud, al que los beduinos llaman “El Yunque del Sol”, que envidian los fantasmas antiguos que se multiplican por las ruinas de Samarcanda, que envidian los múltiples retratos de Dorian Gray colgados en los pasillos interminables del Museo Británico, que envidian las laberínticas callejuelas medievales de Fez, por las que transitan en sentido contrario asnos y sus porteadores cargados como hormigas con fardos cinco veces mayores que ellos. Si todos ellos, y las miles de maravillas de mundo sutil pudieran siquiera intuir la belleza del corazón de mi amada, entonces morirían de tristeza y se apagarían y en mundo seria físicamente ese valle de las sombras que describe nuestra desesperación cuando se niega a comprender. Por eso mi amada me reserva solo a mí su corazón y solo por breves momentos, ese es el secreto del amor, por breves momentos.

Lejos, en la punta de mis dedos. Yo soy el tren y el éxtasis, yo soy la velocidad, yo soy mi propia libertad que respira tranquila en este momento mágico en que desaparecen los aullidos de lo superfluo, las palabras vacías, los rostros dormidos de los robots humanos, los gemidos de tantas desesperaciones inútiles, las notas disonantes de las codicias efímeras, los jadeos de las mentiras y las ambiciones que mueren en el mismo momento de nacer. El escenario ha quedado vacío aunque ya no caerá el telón porque los actores se han esfumado al entender que solo son el reflejo de antiguos fantasmas, y se cansaron de repetir las mismas estrofas, una y otra vez. El esplendor del gran teatro de la Opera ha quedado reducido a un teatrucho de marionetas desvencijadas y rotas, que ya ni pueden moverse. Quiero volver a sentir la nostalgia del actor que fui, pero el tren no se detiene; no es ninguna estación, sino un espejismo, y solo los actores cobran vida dentro de un espejismo. Pero cuando ya me he quitado la última de mis muchas caretas, mis dedos tocan en el aire la percepción del universo. Es como tocar el lienzo de la sala hipóstila de Eleusis, que habla sin voz porque para las puntas de los dedos no existe el misterio. Tejidos sutiles de lino y seda de Bukhara, convertidos en los manantiales transparentes de las fuentes de Arcadia. Todo está claro, la luz diáfana que contempla el enjambre de las últimas preguntas que, como cualquier pregunta lógica, vuelan erráticas hacia el Valle de las Sombras, el único lugar del Universo donde aún surgen preguntas. Y preguntas a las preguntas, y así indefinida e inútilmente. Una y otra vez, inútilmente.
Tal vez la sensación de vivir se resuma en eso, tocar las variaciones en el aire, escuchar las melodías del silencio y dejarse mecer por ellas, te lleven donde te lleven, observar detenidamente las invisibles formas de la respiración y tomar puntual nota de lo que jamás existió, aunque naciera todos los días. Así es el murmullo de los pasos descalzos de mi amada sobre las nubes de incienso recorrer la nave central de Chartres, rehusando el reto del laberinto, porque mi amada no creó el laberinto para mí.
Lejos, entre las flores de este cerezo, cual estallido de espuma en la cresta de una gran ola, mis dedos incorpóreos andan el espacio sin tiempo. Y ¿sabes?: Han vuelto las abejas, están aquí, mi amada las llamó con el cántico de Delfos. Los roedores de las sombras dijeron que habían desaparecido; yo no me lo creí, y por eso mi amada me descubrió. Y el rumor del universo sigue fluyendo suave sobre la existencia eterna por la que corre el tren sin detenerse ya, hasta la estación término, en la que no he dejado de ver ni por un momento la mirada transparente de mi amada, en la que se refleja el vuelo de las gaviotas por los acantilados de Cornualles, de las golondrinas que juguetean frente a las sorprendidas gárgolas de Notre Dame, del pájaro Yungas que se conoce de memoria los encajes de los sillares de Sacsahuamán, del ave Homa que le susurra a Sherezade un cuento tras otro en el palacio de Shahriar, de las diez mil aves que relata Attar en su poema, que guiadas por la abubilla salieron del Valle de la Sombras hacia la luz. La mirada de mi amada es transparente para que yo pueda ver el mundo a través de ella y descubra que al otro lado del Valle apunta la alborada.

Lejos… Parece que efectivamente haya algo sobre lo que nuestras vidas discurren. Una corriente, una brisa, un vendaval que nos arrastra, nos conduce, nos envuelve. Podríamos llamarlo un orden natural, una ley de leyes universal, que parece reproducirse a sí misma ante nuestros ojos y por los rincones más recónditos. Y como algunas veces nos ayuda y otras nos pone la vida tan difícil, de antiguo se creó la necesidad de personificarlo a imagen y semejanza de los vivientes, dándole nombres y atributos para dirigirnos a él, incluso con sacrificios de toda índole para que no deje de sernos favorable. Desde las creencias anímicas, a los dioses paganos, al monoteísmo, o simplemente a ese dios sin dios de que ateos llamaron “El Destino”.

Juan Trigo

Cómo ha podido ocurrir (Segunda parte)



*

He debido quedarme dormido profundamente durante mucho tiempo, otra vez, y lo que he visto solo han sido sueños y visiones. La luz del nuevo día se filtra por las dos pequeñas ventanas que dan al Este, provocando un abanico de haces blancos que dibujan formas regulares en el suelo y las paredes de la cabaña, y entre alguno de los cuales se entrelazan los sutiles halitos de vapor del caldero que humea permanentemente en el hogar. La maga está vuelta de espaldas, también sentada sobre sus talones manipulando objetos sobre una pequeña mesa. En esa postura el holgado y austero hábito de monje resulta incapaz de ocultar las formas de su hermoso cuerpo de mujer. Si las cortesanas pudieran entender que la belleza se realza mucho mejor sin afeites, las fiestas de palacio no parecerían un desfile de pavorreales en celo.

Eran visiones del mundo antiguo de mis antepasados, en las que un grupo de comensales cantaban y recitaban antiguos versos, dispuestos en círculo alrededor de un caldero humeante sobre abundantes brasas. Poco a poco en la noche cerrada los cánticos y los poemas parecen materializarse en sombras y penachos nubosos que discurren a la espalda de los presentes, hasta que en un momento dado esas neblinas se concretan en formas cada vez más humanas que van uniéndose a la celebración.  Son los espíritus de los que se fueron que vuelven para reunirse con los vivos y compartir la magia de la existencia. Ese es el secreto de la ceremonia que rige la transición sin discontinuidad entre ambos mundos, el de los vivos y el de los que lo fueron, según cuentan las leyendas sobre los primeros pobladores del mundo celta, los Thuata-de-Danan, y que ahora aparecen de nuevo recordándome las viejas historias que me contaba mi bisabuelo junto al enorme hogar de la sala del trono y que me fascinaron tanto de niño, sin saber la razón, aunque muy pronto las olvidé atraído por el oficio de la espada y la sed insaciable de conquista.

Las neblinas de mis sueños persistentes  abren un claro para que pueda ver el rostro de la maga que se ha vuelto hacia mí y sonríe como si hubiera percibido ese destello de iluminación en mis recuerdos de infancia.

–       ¿Cuándo hace que estoy aquí?

–       Cuatro días, mi señor.

–       ¡Cuatro! Si parece que me encontraste ayer.

Su sonrisa se hace más ancha y deslumbrante como el propio estallido del conocimiento. Vuelve la cabeza hacia sus quehaceres. No parece tener miedo de mí, a pesar de que mi fama de mujeriego sin compasión rebasa los límites del reino desde hace años. Más bien diría que trata de tranquilizarme, de hacerme sentir en casa, y creo que adivina que me siento efectivamente así por primera vez desde niño.

–       ¿Tenéis hambre, mi Señor? – pregunta sin volverse.

–       Pues…

–       Debéis tenerla, apenas habéis aceptado algunos sorbos de líquido en estos días. Seguro que os comeríais un venado entero. – añade riendo.

–       Bueno…

Me incorporo. Miro la pierna que asoma entre un largo jirón que la maga habrá hecho a mi túnica; la herida parece estar cicatrizando rápidamente. Trato de levantarme. Ella se vuelve de nuevo y su mirada es expectante, hace el gesto, pero no llega a levantarse para que yo lo intente por mí mismo.  Busco un bastón. Ella sigue inmóvil, invitándome a hacer el esfuerzo, pero atenta. Todo mi mundo se ha reducido a esa figura menuda que manipula en silencio sobre una mesilla de madera una colección de yerbas y pétalos de flores. Será otro encantamiento pero me siento como conducido hacia ella por un ciclón silencioso y muy lento.

–       He tenido un sueño… – empiezo despacio acercándome. Levanta los ojos hacia mí y en sus pupilas empiezo a ver el desfile de mi vida y la de mis antepasados por mundos que no conozco aunque me hablaron de ellos. Sus ojos son la puerta a esa otra dimensión que yo no creí que jamás existiera. Mundos conectados con la tierra, con el bosque, con los aromas que me he perdido y los sentidos que me prohibí, como con la belleza. Descubro en la inmensidad de sus ojos negros y grandes que en el mundo en el que vivo también hay mucha armonía, sutileza, sensibilidad, belleza, aunque yo no he sabido verlas. Ella sigue esperando a que le cuente el sueño.

–       No hace falta que os sentéis en el suelo, vuestra pierna os aún dolerá si la dobláis. Podéis sentaros en aquel banco. Yo os oigo igual.

Está a mi alcance, como la cantidad de mujeres que he poseído y olvidado en un instante, al igual que en batalla al ritmo de mi espada segar cabezas cual campesino espigas de trigo con la guadaña, y si embargo soy yo quien esta poseído por una fuerza descomunal que emana de ella, el poder absoluto de la sutileza, de lo intangible, de esos mundos milenarios de mis antepasados que vivieron en estas tierras y mucho más allá del mar.  Pero es una posesión beatífica y acogedora, por primera vez en mi vida de sangrientas luchas interminables, que me embarga y me tiene de pie casi en postura de adoración. Se me ocurre quedarme a vivir con ella en este punto secreto del universo, pero sé que eso no es posible.

–       ¿Cuál fue ese sueño, mi señor? – apremia para rescatarme de mis vacilaciones.

–       E… había gente alrededor de un caldero humeante sobre el fuego…

–       ¡Vaya! – ha girado el torso de golpe, sorprendida y sus ojos brillan como el amanecer límpido y espléndido, y su sonrisa se ensancha de esa manera que me cautiva y me invita a seguir.

–       Cantaban y recitaban poesías…

–       ¿Entendiste el idioma? – me interrumpe.

–       E… no. Parecía gaélico, pero hablaban palabras que no había oído jamás.

–       Oh, vaya. – Lo dijo en un tono como si yo hubiera encontrado algo antes de tiempo. – Seguid, por favor, mi señor. ¿Qué más visteis en ese ágape?

–       Uf, pues, cosas muy extrañas…

–       Vamos, decid lo primero que os venga a la mente.

–       Sombras…

–       ¿Sombras? – ahora ella era la extasiada.

–       Sombras detrás de sombras, cuerpos sin forma aparente, penachos de nube detrás de la gente… pero se iban convirtiendo en gente…

–       ¿Hombres y mujeres?

–       Sí, y eso me sorprendió, porque en nuestros banquetes… dejémoslo, y además nunca en el bosque, como no sea para librar una batalla…

–       Sombras. – siguió para tirar de mis sueños convertidos en palabras.

–       En un momento dado fueron tomando forma humana y se mezclaron con los que cantaban y recitaban.

–       Vaya. – volvió a repetir y aventuró: – extraordinario, es la Ceremonia… ¿visteis todo eso? – preguntó porque tenía que asegurarse.

–       Sí, con la claridad como os veo ahora a vos.

–       ¿Qué más?

–       Un hombre muy mayor, supongo que era el druida, extendía el pomo de su báculo hacia los presentes describiendo en el aire el círculo de los presentes.

–       ¿Oíste que decía?

–       Oh, sus palabras sí que me resultaban completamente ininteligibles, pero su voz…

–       Segui, por favor, os lo ruego.

–       Nunca he escuchado una voz tan profunda, tan vibrante. Me pareció que sus palabras se materializaban en formas… No se…

–       Claro, es así. Ese es el arte de la declamación que convierte en ser lo que solo es una sombra. Las palabras crean formas y conducen la energía de los vivos y la de los que lo fueron.

Tuve que sentarme. De pronto me invadió un abatimiento de plomo.

–       ¿Qué os ocurre, mi señor?

–       Oh… de pronto… me siento muy cansado…

–       Volver a tenderos…

La cabaña y las formas se han desvanecido otra vez y en su lugar me veo en el extremo de un largo puente sobre un abismo del que no puedo ver el fondo. Parece un puente de piedra, pero puede que sea de madera o… incluso de nubes.

He debido caerme en alguna parte porque siento un golpe en las rodillas. Oigo una voz. Levanto la vista; es al otro lado de esto que parece un puente. Es una figura humana. Aun no la distingo. Se parece a Ashânte o deseo que sea ella. Grita otra vez. ¿Qué dice?

–       No oigo lo que decís… – grito.

–       Que no puedo pasar. Tenéis que reconstruir el puente.

¿Cómo voy a reconstruir el puente? ¿Con que? No tengo nada, no puedo encontrar nada.

–       ¿Me oís ahora, Señor de Dunloghan?

–       Sí… pero no tengo nada con que… y no sé ni siquiera de que material está construido este puente.

–       Pues tenéis que construir un puente nuevo, para que podamos encontrarnos.

Parece que la pesadilla se ha repetido durante toda la noche… o durante los días en que he vuelto a caer dormido, porque siento que deben haber pasado muchos; algo en la cabaña ha cambiado. No veo a la maga. El aire… hay algo distinto, ¿olor? ¿Colores, luz? Trato de levantarme, mi pierna parece más fuerte pero aún me cuesta andar. ¿Dónde estará Ashânte? Salgo afuera. El bosque ha cambiado. Parece otro lugar y también otro tiempo. Grito a Ashânte. Varias veces. Sin respuesta. Ando unos pasos, pero no puedo correr. Un viejo instinto me hace entrar de nuevo en la cabaña a por la espada. Allí está, donde la dejó la Maga el primer día. Es lo único que reconozco. El tacto de la empuñadora soy yo. La levanto, sigue siendo la prolongación de mi brazo, de mi alma. Salgo de nuevo afuera. Echo a andar arrastrando la pierna que yo mismo me herí para detenerme. Acabo apoyando la espada en tierra para que me sirva de báculo.

–       ¿A dónde vas Henry Dunloghan? – me oigo murmurar de mis propios labios – Si puede saberse… Estás perdido, orgulloso Conde Dunloghan, Señor de Antrim, cortador de cabezas y desflorador de virtudes. ¿Adónde iras ahora perro sarnoso? … ya ves, la Maga te ha abandonado. Lógico, no quiere acabar como cuantos pasan a tu lado. ¿Qué te habías creído, insensato?… ¡Cállate de una vez!… ¿Hablas conmigo, Henry Dunloghan?… ¡No, no estoy hablando contigo; no sé quién eres!… Vaya, vaya, ¿no sabes quién soy?… ¡No!… ¿Cuánta gente calculas que hay en este bosque… que se va marchitando y que no tardará en convertirse en un desierto? ¿Qué? ¿Que dices? ¿Qué le pasa a este bosque?

En efecto, el color de las hojas se ha ido volviendo amarillo y luego color tierra, y el color tierra se ha ido haciendo amarillo. Cuando Salí de la cabaña ya me pareció que algo había cambiado en el bosque. Estoy andando por un pedregal árido y ardiente.

–       ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¡Vamos, contesta, hace un momento eras muy locuaz y parecías saberlo todo. ¿Dónde estás? ¿Qué es esto?

Siento un golpe en las rodillas y la espada escapa de mis manos. Doy de bruces en la estéril y baldía arena de un desierto de fuego que se extiende interminable ante mi vista.

–       Es otra alucinación. Pronto despertaré en la acogedora cabaña y Ashânte estará allí para darme una de sus mágicas infusiones… ¡Ashânte!…

Grito su nombre varias veces, pero como dicen quienes vuelven de la guerra en Tierra Santa, el desierto se traga los sonidos y jamás devuelve la voz.

Trato de levantarme pero mi cuerpo parece un pedazo de piedra.

–       ¡Ashânte!… ¡Socorro…!

“Caramba”, suena mi voz de  nuevo, y esta vez por alguna parte de mi cráneo, “el orgulloso Henry Dunloghan, pidiendo socorro por primera vez en su tormentosa vida, y nada menos que a una mujer”

“¿Qué es eso, Henry Dunloghan? ¡Estás llorando! Están resbalando lágrimas por vuestro duro rostro de carnicero. No sabía que tuvierais agua para llorar. Debe tratarse de otro encantamiento”

–       ¡No es ningún encantamiento, Henry Dunloghan, idiota! Es mi alma. ¿Sabes? No, no creo que lo sepas ni puedas siquiera imaginártelo. Yo estaba sentado sobre las rodillas de mi bisabuelo, escuchando historias antiguas, cerca del gran hogar del salón del trono, cuando de pronto algo me asustó… No puedo recordarlo, ni siquiera si apareció del fondo del hogar o de la chimenea, o de otra parte… Y me he pasado la vida, muerto de miedo, persiguiendo esa sombra para que no me persiguiera.

Lo que sigue es muy confuso, mis oídos ensordecen por el rugido del viento del desierto, del que hablan los que han podido regresar. Mi cuerpo se agita por los síncopes del llanto. La arena se pone a oler mojada por las lágrimas, y me embarga un aroma muy conocido, pero que jamás olí en Dunloghan, la “fortaleza del lago”. Es el recuerdo presente de una caricia, y allá nunca las hubo. No me oigo la respiración. Mi cara se ha hundido en el barro de mis propias lágrimas interminables y copiosas. Debo haberme asfixiado en mi propio llanto y me estoy arrastrando por los senderos de la muerte. En una vida de batallas sin término he ido a morir ahogado por mis propias lágrimas.

Esto debe ser el viaje. Me siento flotar arrastrado por la corriente de un rio. Silencio. Oscuridad total… No, allá se ha abierto una ventana en el vacío y veo una escena doméstica en la que el fuego discreto de un hogar ilumina dos figuras, una grande y otra pequeña; sentadas la  pequeña sobre las rodillas de la grande que gesticula ante un objeto redondo de color cobre brillante sobre el fuego del hogar…  Parece un alambique de alquimista… Las aguas del rio se han ido haciendo transparentes y me veo levantándome para observar su curso. El paisaje es incomparablemente hermoso. El rio parece deslizarse sobre una fronda generosa y coloreada por todas las tonalidades de verde. La belleza hecha cuerpo me embarga los sentidos. Debe ser la meta del viaje, pero no creo que esto sea en infierno tal como lo describe el Obispo, más bien debe ser el paraíso. El rio cristalino fluye sobre el bosque describiendo un arco que lo abarca todo…

–       ¿Lo veis, Henry? Habéis construido vuestro puente de agua.

–       ¿Ashânte?

–       Aquí estoy. Siempre he estado.

–       ¿Esto es el paraíso?

–       Bueno, el bosque de Arghven es tan hermoso que puede llamarse así, especialmente ahora, que habéis despertado.

–       ¿No estoy muerto?

–       No. Eso vendrá algún día, como a todos, pero hoy no.

–       ¿Quién es el alquimista?

–       Ah, vaya. Departáis muy rápidamente, Henry. Fue mi bisabuelo… también.

–       ¿También?

–       Sí. Y ¿a que no os creíais capaz de construir puentes?

–       Y menos de agua.

–       Ya estáis en casa.

–       ¿En Dunloghan?

–       No. Esa no es vuestra casa. Por cierto: ¿Por qué le pusisteis ese nombre “La fortaleza del lago”… da igual. Ese hogar de vuestros sueños, donde el druida empezaba a enseñar la ciencia de los antiguos a sus bisnietos ante un atanor en plena obra, estuvo  cerca de mi cabaña…

–       ¿Y? ¿Qué pasó? Seguid, Ashânte, os lo suplico.

–       Vuestro padre la mandó quemar cuando el druida murió y ya no nos volvimos a ver. Mi madre, bastarda de nuestro abuelo, me llevó lejos hasta que se olvidaron de nosotras y más tarde volvimos a este lugar sagrado para continuar la tradición.

–       ¡Quién mató al druida!

–       Guardad la espada, Henry, a los verdaderos druidas no puede matarlos nadie; simplemente se van cuando consideran que es el momento.

–       ¿Puedo quedarme con vos, Ashânte?

–       Claro, para eso os heristeis y dejasteis la batalla.

–       ¿Me enseñareis la antigua ciencia?

–       No tengo nada que enseñaros, Henry, está todo en vos, dentro de ese caparazón de bárbaro sanguinario, que no es más que un escudo del miedo, y que ha empezado a cuartearse, porque ya no os sirve.

–       Tenemos mucho que hacer, ¿verdad?

–       Desde luego, vos lo habéis dicho. Para eso nos hemos vuelto a encontrar.

–       Vamos allá, pues.

 JUAN TRIGO

PRIMERA PARTE

de planocreativo Publicado en RELATOS

Cómo ha podido ocurrir (Primera parte)


 

*

¡Como ha podido ocurrir! No me lo explico, ese inútil de Conaught me ha tirado del caballo. No le acompañaban tantos soldados, y ya lo alcancé en el costado.
Nunca me había ocurrido… ¿Donde estoy? ¿Cómo he podido quedarme sin caballo?… Me quito el yelmo y la cota de malla… Recuerdo este bosque, pero como en sueños…
¡Ah, la pierna! Tengo un corte profundo, no me he dado cuenta. Habrá sido en el choque frontal con los soldados de Hugh de Conaugh…
No me puedo levantar… ¿Qué es ese ruido?

– ¿Quién sois? ¡Acercaos para que os pueda ver!… ¿Sois una sombra, un fantasma? ¡Quitaos la capucha! Eh… ¡Vuestro nombre!
– Me conocéis, mi Señor. Vos sois el dueño de estos territorios y conocéis a todos vuestros súbditos.
– ¿Dónde estoy?
– Oh, mi Señor, ¿no reconocéis el lugar? Ya estuvisteis aquí antes. Bueno, aquí no os oye nadie, podéis pronunciar su nombre, aunque vos mismo lo hayáis prohibido.
– Arghven… y vos sois… ¿Qué hago aquí?
– Librásteis una batalla al otro lado del rio, como las que siempre soléis ganar, aunque esta…
– ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Habéis usado uno de vuestros encantamientos?
– Ya sabéis que yo no hago esas cosas, porque no existen. Ni tampoco mi madre a la que vuestro padre ordenó quemar, aunque él tampoco creyera en encantamientos. He de curaros esta herida, dejadme que os ayude a levantaros, mi cabaña esta a dos pasos.

Me arrastra en silencio entre las olas de hojas de álamo que penden en horizontal a menos de un metro del suelo de los gruesos troncos tapizados de líquenes y musgos, y reflejan la luz dorada del atardecer asemejando cuentas de fastuosos collares que adornan este inmenso palacio natural. Huele a fresno recién abierto sobre tranquilos estanques y se oye el murmullo discreto de los hilillos de agua que se desmayan de las rocas antiguas. Esta mujer es muy fuerte a pesar de su esbelta y mediana estatura. Estoy en sus manos, puede matarme en cualquier momento con alguno de sus famosos venenos, que el arzobispo de Antrim tiene enumerados en su infinita lista prohibiciones contra la antigua cultura de los druidas. Y sin embargo nunca me he sentido tan seguro como asido por esta mano firme y decidida. Empiezo a oler a leña quemándose; la cabaña debe estar entre aquellos arbustos, pero tiene un perfume muy distinto a cualquier lugar que yo recuerde. ¿Qué tipo de madera usará?

Solo cuando estamos a pocos metros me doy cuenta que la espesa fronda ocultaba una pequeña cabaña confundida con el ser que encarna el bosque. Y en ese preciso momento la pierna deja de dolerme. Será otro encantamiento.

– Ahora lo entiendo.
– ¿El qué, mi Señor?
– Uno de tus encantamientos me ha tirado del caballo.
– No creo.
– ¿Por qué lo dices, no eres una bruja?
– No, claro que no, ya sabéis que las brujas no existen, aunque lo diga el Arzobispo. ¿No será que vos mismo quisisteis caeros del caballo para detener la batalla y llegar hasta aquí?
– ¿Qué tonterías dices?
– ¿Tonterías? ¿Qué encantamiento podría derribar al mejor jinete del Rey? Vamos dentro.

No se parece en nada a las descripciones que se leen en las homilías de la Iglesia: entramos en una amplia estancia, muy limpia y ordenada, extraordinariamente acogedora. Es como entrar en otro mundo, como volver a la placenta, al refugio de los ángeles, a ese Paraíso que dice la Iglesia que se perdió para siempre; otra mentira. Huele suave a yerbas medicinales, a libros de sabiduría, a flores silvestres colocadas en jarros de terracota.

– Tumbaos aquí, mi Señor. Voy a curar esa herida. Aún estamos a tiempo, es un corte limpio… como si os lo hubierais hecho vos mismo.
– ¡Qué dices!
– Lo sabéis perfectamente.

Me coloca su mano sobre los ojos mientras recita unas frases en gaélico arcaico del que solo reconozco algunas palabras. En la oscuridad placida y aromática de su piel, tan acogedora se abre un claro y aparece el rostro de mi madre apartando algunas ramas tupidas para que pueda verla. Por primera vez la veo sonreír. Recuerdo que ella conocía ese idioma antiguo, pero no osó nunca enseñármelo por miedo a las prohibiciones de la Iglesia. Se aparta para enseñarme una construcción en lo alto de un montículo; parece un templo de piedra tallada. La visión se desvanece.

Abro los ojos. La maga esta a mi lado y me sonríe plácidamente. Sentada sobre los talones, las manos apoyadas sobre las rodillas. Tu túnica gris oscuro, sencilla, recia.

– Podéis quedaros aquí todo el tiempo que queráis, mi Señor. La herida tardará unos días en cicatrizar.
– No la has vendado.
– No. Simplemente limpiado y aplicado yerbas curativas, y dejado a la naturaleza que haga su trabajo. Es una receta que me transmitió hace años el discípulo de un médico alemán al que llaman “Como Celso”, que pasó por aquí, como vos, extraviado.
– Pero no puedo moverme así, no puedo cabalgar ni vestir…
– Claro, por eso os sugiero que os quedéis hasta que esté cicatrizada.
– Pero me echaran de menos, y ese necio de Conaught me creerá muerto y se apoderará de mis dominios.
– Ah, no tiene importancia, volveréis a recuperarlos.
– Desde luego, pero… ¿Qué es esa música?
– ¿Cuál? No oigo nada.
– Es un murmullo, como el fluir de un torrente entre grades piedras.
– El río está muy lejos… Vaya: ¡Que rápido…!
– ¿El qué?
– Vuestros sentidos… qué rápido están conectando con vuestro Ser.
– ¿Qué estáis diciendo?
– Que vuestro ser estaba cansado de perder el tiempo y os hizo deteneros en este lugar.
– ¿Mi Ser? ¿De qué ser habláis?
– Yo no hice ninguna magia, mi Señor, toda la hicisteis vos. Cada uno de nosotros la hace cuando llega el momento.
– No sé de qué habláis.
– Claro que lo sabéis, mi Señor, claro que lo sabçeis.

Ha abierto una sonrisa como jamás habría podido imaginar en el rostro de nadie. Es la mujer más bella que he conocido, incluso con ese hábito de monje, sus cabellos cortos, ningún adorno, y su perfume que huele a bosque… ¿Será cierto lo que dice y fui yo mismo el que descabalgué? No enseñan estas cosas los libros, por lo menos los que hay en la biblioteca de palacio, ni desde luego los de la catedral de San Patricio.

*

Juan Trigo

Imagen: Alaya Gadeh

SEGUNDA PARTE

de planocreativo Publicado en RELATOS

CONFIESO HABER VIVIDO. Fragmento del diálogo de Lord Byron con el peregrino apasionado



 

Lord Byron (1): ¿Qué te ocurre viejo poeta? ¿Quién es la causa de tu desconsuelo? Nunca es qué, sino quién.

Peregrino Apasionado (2): La guerra se la ha llevado.

LB: Oh, la guerra… ¿Ha muerto?

PA: Peor, la han devuelto a su infierno.

LB: Ah, vale, y a ti al tuyo… pero mucho peor, porque antes de respirar su perfume, creías que el vapor a azufre era aire puro.

PA: Sí…

LB: Antes de besar la suavidad de su piel creías que la roca basáltica era pluma de cisne.

PA: Sí…

LB: Antes de ella te entregara a su amor incondicional e ilimitado, creías que los monstruos del inframundo eran ángeles del cielo.

PA: Sí… sí.

LB: Antes de experimentar lo que es una mujer enamorada y no una niña caprichosa, creías que… ¿Lo entiendes ahora, insensato? ¿Por fin comprendes el desgarro que crea un poema al amor que se fue? Antes nos acusabas de estar en permanente llanto por el paraíso perdido ¿Sientes ahora en tus carnes el intenso dolor que solo puedes mitigar componiendo sonetos a la amada que ya no volverás a amar?

PA: Diáfanamente claro, My Lord. Sin embargo prefiero haberlo vivido y sentir ahora el dolor de la pérdida a seguir sin sentir nada. Oh, sí, fue un esquinazo al destino; cada minuto, cada detalle, al cual más grandioso, al cual más imprevisto, cada gesto, cada murmuración de sus labios de fresa, cada mirada de sus ojos insondables, cada caricia de sus manos firmes, cada tono celestial de sus gemidos de mujer.

LB: ¡Qué tontería, a nadie le gusta sufrir, ni siquiera a los románticos! Cantamos al amor perdido, al sueño de la amada, a nuestra desesperación, a nuestro gran vacío, muchas veces por vicio, por costumbre, para ganarnos la vida.

PA: No te creo. No se puede escribir un poema de amor, como los que vos escribís, sin antes haber amado. Y porque la ausencia de dolor es el dolor más intenso.

LB: Esta bien, ¿y ahora qué? ¿A escribir sonetos? ¿A emborracharte con tus propias lágrimas?

PA: Sí, ¿Por qué no? Y el primer soneto es para Dios: “Tu me la diste y tú me la quitaste, como la vida misma, con la zarpa omnipresente de la guerra”

LB: Bah, mediocre, puedes hacerlo mejor, poeta desterrado.

PA: Bien, pues “Por los pasillos desiertos que yo andaba, una vez más…”

LB: ¿Eso no es de Shelley?

PA: ¿Y qué más da? También dijiste que después del Sheikh Spire, ya no hacía falta escribir más, y mira las montañas de libros que se han invadido las bibliotecas, supongo que para compensar la estupidez de Alejandría.

LB: No lo dije yo, fue Wilde.

PA: Ah, ¿Y qué más da? ¿No ves que es tan fácil escribir al dolor? ¿No has pensado que cualquier cosa que tuvimos acabó perdiéndose, cualquiera?

LB: ¿Qué es eso que sacas del zurrón? ¿Vuelves a ponerte el hábito de los Benedictinos?

PA: Es el de los templarios, porque hay una cosa que no he perdido: La memoria. “Lo siento, Dios, eso no me lo podrás quitar. Me creaste demasiado a tu imagen y semejanza, lo hiciste demasiado bien, y cometiste la torpeza de los grandes creadores de confiar en que tu obra no sería tan semejante a ti. Probé del Árbol del Bien y del mal, y luego amé a la primera mujer, la que tu repudiaste, a Lilith, y me enseño la rebeldía y la libertad. Ahora voy e busca del Árbol de la Vida, mi Dios, y seré inmortal”.

LB: Eso es del libro III del Génesis, ¿cierto? Qué sandez, eso es imposible.

PA: Lo dices porque tú no amas, tu solo cantas al amor que no tuviste el valor de recordar. En mi ese amor se ha grabado a fuego y a prueba de cualquier discurso de la razón. No es cierto poeta, la razón sí es perecedera, el sentimiento es inmortal. El amor te da la vida y el recuerdo la conserva, por mucho dolor que conlleve. ¿Sabes, poeta? Y  no digas que fue un sueño, porque yo estuve allí.

 

(1)  Poeta inglés del siglo XIX

(2)  Titulo de un ciclo de novelas heroicas del poeta catalán Puig i Ferreter

Imagen: William-Adolphe Bouguereau

 

Juan Trigo

Diciembre 2011.

Cualquier parte del Desierto de Taklamakán

de planocreativo Publicado en RELATOS

Eres la muerte


DIÁLOGO

– ¿Eres La Muerte?
– ¿Quién?
– Te pregunto si eres La Muerte.
– La muerte… pues, me suena es nombre, pero ahora no caigo…
– Es que te veo vestida así, de negro y con la guadaña…
– Ah, sí, es cierto. Vaya. ¿Por qué voy vestido así? Ah, y soy hombre.
– Lo que faltaba.
– ¿Qué? … ¿Qué hago aquí?
– ¿Cómo lo voy a saber? ¿Eres un fantasma?
– Pues no; yo estaba jugando en el porche de mi casa, en Morelos, oyendo a mi madre canturrear en la cocina, cuando por la carretera apareció un camión cargado de hombres disparando sus fusiles al aire y gritando “¡Viva Zapata!”, y de pronto…
– Uf, pero de eso ya hace doscientos años, y estamos muy lejos de Méjico.
– ¿Tantos?
– ¿Y vas vestida… vestido, así para celebrar las masacres que asolaron tu país?
– ¿Mi país? ¿Cuál es mi país? ¿Masacres? ¿Qué es Méjico?
– Ya yerba de este planeta se alimenta de tanta sangre como se ha vertido, inútilmente.
– ¿Ah, sí? Vaya. ¿Qué estás haciendo?
– Espionaje industrial mientras me termino el tataki de atún rojo, que además no me gusta, pero queda muy bien comérselo en un restaurante como este. Estoy trabajando para la competencia. ¿Ves los de la mesa de al lado? Espero que… no, no creo que te hayan visto; no creo que te ha visto nadie, porque hubieran salido todos despavoridos. ¿Y cómo es que yo no? Bueno da igual, pues mira, estoy grabando la conversación por esta micrograbadora incorporada a la varilla de las gafas. El del blusón rojo le está revelando al otro una primicia comercial para que ponga dinero en el negocio. Se trata de una aplicación informática para compra en supermercados por internet. Entras en la web y puedes comprar todos los productos que venden las principales cadenas del mercado de Europa, todo; detergentes, lácteos, verduras, muebles, etc. y la novedad consiste en que hay una tecla que te pregunta si quieres “low cost”. Cuando la pulsas, la aplicación busca entre todas las cadenas de supermercados cual la que tiene los productos que has escogido a mejor precio, y eso lo hace producto por producto, por ejemplo te elige las manzanas de Eroski, la leche de Euromatché, el bistec de Makro, etc. Luego le das a “carrito” y la aplicación te selecciona los paquetes de productos por establecimiento, te cobra de una sola vez, y cada hipermercado te lo envía a domicilio. El negocio está en venderle a algún establecimiento, con el que hayas negociado un “pastón”, una “puerta trasera” para que de esta forma conozca al instante qué tienda tiene tal producto a mejor precio y así ajustar el suyo, etc. ¿Me sigues?
– No entiendo nada. ¿Qué es un hipermercado?
– Es la tienda absoluta. Los centros comerciales ocupan la mayor parte de la ciudad, incluso disponen de centroteles…
– ¿Qué?
– Hoteles insertados en los centros comerciales, con jardín, piscina, disco, etc. De esa forma la gente puede vivir sin salir a la calle, porque tienen de todo, incluso paisajes artificiales. Lo de los campos de golf en los centros comerciales fue un superventas que acabo arrasando con las pocas tiendas que quedaban.
– Ah.
– ¿Has visto alguna tienda por la calle?
– No he estado en la calle, he aparecido aquí de pronto, frente a ti…
– Vaya, pues, ¿Por qué no te sientas y esperas a que termine de piratear a este par de idiotas engreídos? Ahora solo faltan los detalles de cómo gestionan los centros comerciales el aprovisionamiento selectivo…
– Pero, ¿y si te descubren?
– Justificar.
– ¿Cómo dices?
– Todo este “tinglado” se sustenta sobre aire.
– ¿Aire?
– No hay nada sólido bajo esta ciudad, ni bajo todo el país o la Zona Euro; cualquier cosa que hagas o hagan, por aberrante o ilegal que sea puede ser justificado hasta con cifras estadísticas, basta con tener imaginación para inventar una buena escusa-justificación y memoria para no volver a repetirla y listo, la gente se lo traga a base de propaganda colorista, frases de impacto, excitación comercial, discursos de gente importante, que a mi entender por el mero hecho de cobrar por esos discursos deberían dejar de ser importantes, pero, en fin, etc. Como la gente no quiere analizar y criticar lo que le dicen y tragan como benditos, no tienen otro remedio. ¿Quieres que te explique porque se han dejado llevar durante años por la fiebre de comprar novedades compulsivamente, solamente por ser novedades, y por ello endeudarse de por vida?
– No tengo mucho tiempo, aunque no se tampoco cuanto tiempo me he de quedar, porque no se qué estoy haciendo aquí ni a qué he venido.
– ¿No sabes nada verdad?
– Eso parece… Pero por la ventana veo que hay gente que va por la calle. ¿no decías que…?
– Oh, sí, aún hay nostálgicos que pasean. No saben adónde, pero se hacen la ilusión de pasear. Oye, ¿Porqué a mi?
– ¿A ti?
– Sí, ¿por qué te has aparecido a mí? ¿es que ha llegado mi hora? Por eso pensé que eras la muerte, y además no has soltado la guadaña en todo el rato.
– Ay, va, pues es verdad. ¿Y si pruebo de soltarla? A ver… Ya está. Bueno, pues no ha pasado nada, solo es un palo con una gran cuchilla en la base.
– ¿Y si pruebas de sentarte? ¿Tienes hambre?
– Pues…
– ¿Tampoco lo sabes? Bueno, no me gusta nada comer en este restaurante de moda porque solo te hacen cosas para impresionar, pero no el estómago, sino a la prensa y los críticos gastronómicos, que a fuerza de filigranas cada vez más alejadas de la buena mesa de siempre han acabado perdiendo el gusto por lo que está verdaderamente rico. Pero en fin es carísimo y eso es lo esencial, viene gente que importa en el momento comercial, ya sabes, tops, cults, posts, etc. ¿Quieres que te confié un secreto? Yo saliendo de aquí me voy a atracar a un “basura”, donde no hay periodistas ni “divinos”. ¿Tienes hambre o no? Para algo te me has aparecido en un restaurante, ¿no?
– Pues, puede que tengas razón.
– ¿Seguro que no eres La Muerte?
– Pues, ya que lo dices, a lo mejor sí. Oye, ¿y que se supone que tengo que hacer siendo La Muerte?
– Hombre, pues llevarme, adonde sea que se va, que cada uno tiene sus teorías, claro. Aunque yo siempre había creído que era una mujer, bueno, algo así como femenino pero en tétrico y sobre todo vestida como vas tú.
– ¿Llevarte? ¿Para qué?
– Bueno, eso es lo que pregunta todo el mundo. No es que aquí estemos bien, que no es ningún paraíso sino todo lo contrario, pero es conocido y lo del otro lado no. Aunque a veces te aseguro que a la mayoría le da por hacérselo uno mismo y acabar de una vez.
– ¿Hacérselo?
– Sí, claro, suicidarse. Meterse dos jeringas para caballo llenas de “caballo” y puff, ya está, resuelto el tema.
– ¿Resuelto?
– Bueno, no, claro, porque nadie sabe que hay despues… en fin, que si no has venido a llevarme, entonces, ¿qué hacemos aquí?
– Pues me parece que tendremos que averiguarlo juntos, ¿no?
– Hombre, esta sí que es buena. Siempre había entendido que cuando alguien se encuentra de cara con La Muerte se ponía a temblar, llorar, gritar y todo eso, y ahora resulta que me viene La Muerte y me pide que averigüemos juntos lo que hay que hacer.
– Pues, no sé, era una idea.
– Vale, vale, pues nada, ¿por dónde empezamos?
– Pues no sé, ¿tú qué crees que es La Muerte?
– Hombre, pues, ¡zas! Ya esta, se acabó, cero, nada.
– Ah, vale.
– ¿Y tú?
– Yo estaba sentado en el porche de mi casa en Morelos y se me hinchó el corazón por la posibilidad de liberar a mi país y creí que era posible…
– ¿Qué te ocurre? Te has puesto triste.
– Hoy estamos aquí y mañana… ¿es eso la muerte? Hoy nos invade un coraje descomunal y hacemos caer a tiranos, rescatamos niños de las inundaciones, repartimos comida a poblados en el desierto, escalamos montañas para ver que hay al otro lado, y de pronto, otro día… me debí confundir de puerta y aparezco en esta ciudad automática, donde uno me confunde con alguien que no sé quién es y qué me dice que soy nada, cero, se acabó. ¿Qué ha ocurrido?
– ¿Me lo preguntas a mí que me estás estropeando el negocio?
– ¿Qué negocio, a que te dedicas?
– Informático de carrera, hacker de afición y oportunista de profesión.
– ¿Y todo eso que es?
– ¿No había oportunistas en Morelos?
– Sí, claro, como en todas partes.
– … Solo que allí la muerte debió ser más gloriosa, más épica, más espectacular.
– ¿Aquí no se muere la gente?
– Oh, sí, claro, pero no es nada gloriosa; te mueres enchufado a un montón de tubos y cables y saturado de morfina. ¿Qué tiene eso de glorioso?
– ¿Todos se mueren así?
– No, claro, algunos sin darse cuenta mientras duermen o ven la tele, y otros… como yo en una escena imposible, insólita, y hasta grotesca. Ya que, al parecer he de morirme ahora, ¿no?
– ¿Por qué?
– Porque eres un fantasma con capa y capucha negra y guadaña. Por eso he de morirme; es lo que la gente cree. Un día te visita esa señora y ya está. Si no, ¿Por qué vas vestido así?
– Ya te he dicho que no lo sé, al lo mejor es el viaje, me equivoque de puerta y cogí prestado este atuendo, ¿Y yo qué sé?
– ¿El viaje?
– Bueno, supongo que he tenido que viajar mucho para llegar hasta aquí, porque no se parece en nada…
– Pues tengo entendido que la muerte no viaja, que siempre está aquí, en presencia o en deseo de las personas que ya no pueden más.
– ¿Hay personas que desean… cero, nada, ya está?
– Si tú supieras.
– En Morelos nadie deseaba la muerte sino la victoria, y si te tocaba el turno, pues había valido la pena la lucha por ver a tu gente salir de la esclavitud. La muerte siempre estaba presente, como en cualquier lugar del mundo y momento histórico, la diferencia está, supongo, en lo que esperes de la muerte, pero claro, eso depende de lo que esperes de la vida. Una vez le oí decir al mismo Emiliano que no hay que temer a la muerte, solo es una puerta, y quien teme a la muerte es que le teme más a la vida.
– Así que tú eras de esos que se liban a pegar tiros a los… ¿cómo les llamaban en las películas antiguas, los colorados?… Sí, eso es, y que asaltaban trenes llenos de armamento. He visto alguna de esas en las películas y suena bien, pero una cosa es verlo en una película y otra muy distinta… Oye, ¿Por qué no te quitas esa capa? Ya hemos visto que no pasa nada si sueltas la guadaña… ¿A ver? Eso es, muy bien, ¿ves? Tampoco pasa nada. ¿De qué vas vestido, parece un hábito, y es blanco como la nieve. ¿Quién te puso esa capa tan negra?
– Ya te dije que no lo sé.
– Bueno, ¿Qué hacemos ahora? Parece que no eres la muerte sino un tipo que se ha despistado por algún agujero de gusano o singularidad de cualquier espacio de Hilbert y ha ido a darse de bruces aquí.
– ¿Hilbert?
– Era un matemático que mejoró las series de Fourier para crear espacios lógicos imposibles, en los que se pueden dar singularidades por las cuales a ti te han hecho viajar en el tiempo y en el espacio… Oye, ¿y si fueras un farsante, un espía a sueldo de estos de la mesa de al lado y ahora me vas a pegar un golpe de kárate para quitarme las gafas y quedarte con la micrograbadora, que además ha grabado todo lo que te he dicho?
– Una singularidad… me suena a algo que no tiene por qué estar ahí, ¿es eso? No fui a la escuela y por tanto no se quienes con esos señores que dices, pero me imagino que algo singular es como una cosa única y distinta en medio de muchas cosas iguales, ¿me equivoco?
– Estoy jodido, eres uno de ellos y me vas a quitar la microgabadora. Prefería que fueras la muerte.
– Y yo que fueras Poyo Goacán, uno de los lugartenientes de Zapata, bajo cuyas órdenes serví hasta que… Ah, vale, ya entiendo, lo que ocurre es que estoy muerto y tuviste razón desde e principio: soy un fantasma.
– No te creo, eres alto y fuerte y me vas a desnucar para quitarme la micrograbadora.
– Que obsesión, ¿qué importancia tiene una micrograbadora en un acontecimiento de colosales dimensiones como este? Se te aparece un fantasma, atravesando tiempo y espacio, que no tiene nada que ver con tu vida y que no sabe porque ha aparecido de la nada e inicias una conversación sobre la muerte y en cambio tú dale con la micrograbadora.
– Es mi vida, voy a ganarme un pastón y podré comprarme un apartamento en la parte alta y cada noche una top model. Comprenderás que no me interese en absoluto que hayan tipos que se disfracen de la muerte y te hagan una visita de improviso, una top model es lo mejor del mundo y los agujeros de gusano y los espacios de Hilbert y la misma muerte no son nada.
– ¿Por qué?
– Porque no te los puedes llevar a la cama, es más, si no estás atento, como te ha ocurrido a ti, ya ves, estás muy eufórico y de pronto te encuentras… Está bien, lo acepto, eres un fantasma disfrazado de muerte que luchó con Emiliano Zapata y has venido a saludarme. Vale, muy bien, muchas gracias, te devuelvo el saludo ¿puedo continuar con mi trabajo?

Juan Trigo, Octubre 2011

de planocreativo Publicado en RELATOS

Estimula tu propia creatividad inventando un final para este relato.


Juan Trigo: Me encanta dejar mis relatos como una propuesta para que el lector estimule su propia creatividad y continúe o modifique el relato. A fin de cuentas nadie tiene la exclusiva de los relatos que fluyen en las memorias akásicas del universo. Solo somos testigos y capaces de percibir y sentir, nada más. Y a m i me gusta ser testigo de la lucha por la libertad en los demás.

Dejo un cuento inconcluso, “Abrigos de Sangre”, en su punto más culminante, e invito a un dialogo en el blog precisamente sobre qué continuaciones podrían darse:

ABRIGOS DE SANGRE

de planocreativo Publicado en RELATOS

¿DE DÓNDE VIENES?


¿Eh?… ¿Qué es esto? ¿Ya he llegado?… Delante hay un camino largo, completamente recto y bastante ancho, el suelo gris, muy duro, con muros a ambos lados cubiertos en su totalidad por cuadriculas de agujeros grandes y cuadrados. ¿Es una calle? Recuerdo la palabra “calle”. ¿Qué más recuerdo? Ha aparecido todo esto de pronto. Hace un momento no estaba, no había nada. A ver que más hay. Figuras que andan junto a los muros, objetos redondeados y grandes que ruedan en medio, hacen ruido y corren más que las figuras. El color es monótono, tonos de gris y otros colores, pero muy oscuros. Siento frió, pero la gente va muy ligeramente vestida.

¿Dónde estaba yo? ¿Qué ha pasado? ¿Qué es esto? Un sonido… Sí, parece un sonido, pero no me llega aún. Una de las figuras, más pequeña que las demás se ha parado delante de mí y abre la boca como si quisiera articular palabras. Recuerdo “palabras”. Sí, son palabras, creo que son palabras, pero, ¿Cómo voy a entenderlas? ¿Puedo entenderlas? Es una figura menor, la cara blanca, ojos muy grandes, los cabellos dorados y sueltos, aunque no siento que sople ningún viento. Se destaca de todo lo demás. Sonríe. Eso… es una sonrisa, ¿verdad? Recuerdo la palabra “sonrisa”.

– ¿Te has perdido? – ¿Eh…? – Oh, lo he entendido. ¿Cómo es posible que haya entendido eso? – ¿No sabes mi idioma? Ah, ya entiendo. Te han dejado aquí y no sabes dónde estás, ¿verdad? Hace rato que me llamaste la atención porque no te mueves del sitio y miras a todas partes. ¿Puedes hablar? – Sí… – ¡Y hablas mi idioma! ¡Qué bien! ¿Sabes jugar al escondite? – Al… – Oh, sí, es fácil. Mira tú cierras los ojos y cuen… – No puedo hacer eso. – ¿Qué? ¿No puedes jugar? – No sé si puedo jugar, pero desde luego no puedo cerrar los ojos. Volvería a ocurrir. – ¿No? ¿Qué volvería a ocurrir? – se ha acercado un poco más y me toca el abrigo. ¿Me reconoce? No es posible. – Si no cierras los ojos, ¿Cómo quieres que me esconda? – veo que me mira con mucha atención. A lo mejor ya se le va pasando las ganas de “jugar” o lo que sea eso. – ¿Estás bien? – No lo sé. – Vaya, esto sique es bueno, yo siempre se cuando estoy bien y cuando estoy mal. – Aquí, ¿lo sabéis siempre? – Oh, no, mucha gente nunca sabe si están bien o no y por eso te dicen que están mal. Es un fastidio, ¿sabes? La mayoría de la gente siempre dice que está mal. A lo mejor es que no saben jugar al escondite, o a ningún juego. Sí, eso es: aquí la gente no sabe jugar. – ¿No saben jugar? – No. Nunca juegan. Dicen que no quieren jugar, pero lo que ocurres es que no saben, porque para jugar hay que estar contento y ellos nunca lo están. Por eso como te vi distinto a todos, ahí de pie sin moverte y mirando a todos lados, y además no estás serio, creí que tu sí sabrías jugar. – ¿Qué es jugar? – ¿Jugar? Oh, es hacer algo que te guste, que te divierta porque te inventas cosas a cada momento. Cosas que te gustan. Hay unas reglas, pero solo están para saltárselas. Eso es lo divertido… Bueno, lo divertido es que cuando juegas puedes saltarte las reglas. Por eso la gente no sabe jugar porque no sabe cómo saltarse las reglas. Dicen que las reglas son muy importantes para la vida; no sé porqué. – ¿Por qué está oscuro? – Aun no han encendido las farolas para ahorrar energía. No pasa nada. Por la noche es aún más divertido porque no saben qué regla te has saltado… Encenderán algunas farolas cuando ya sea noche cerrada. – ¿Qué dices? – No, nada, estaba riendo. ¿Sabes reír? Sí, tienes la cara relajada, tranquila. Aquí todos van contraídos, mirando enfadados al suelo. ¿Qué les habrá hecho el suelo para enfadarse de esa manera? Oye, ¿de dónde vienes? – No lo sé. – Oh, esto sí que es bueno. Tú debes de haberte saltado “todas” las reglas… – Ese sonido tan dulce… ¿es que has vuelto a reír? – ¡Claro! No había conocido nunca a nadie que se hubiera saltado esa regla, porque aquí todos saben de dónde vienen… por lo menos eso es lo que dicen, aunque yo no me lo acabo de creer, ¿sabes? – ¿No? ¿No te lo crees? – Oh, no. ¿Cómo van a saber de dónde vienen si te están diciendo todo el día que quieren estar en otra parte, pero no saben cuál? No es lógico. Por lo menos tú no sabes de dónde vienes, y por tanto puedes decir que no sabes adónde vas. ¿verdad? – Claro… – ¿Y qué se siente cuando no sabes de dónde vienes? – E… – ¿Qué dices? – Nada, no he dicho nada. – Pero has hecho un gruñido, ja, ja, qué divertido. Eres un tío increíble. ¿Quieres jugar conmigo? Seguro que va a ser divertido jugar con alguien que se ha saltado incluso la regla de saber de dónde viene? Ah, y apuesto a que tampoco sabes tu nombre. A que sí. – Nombre… – ¡Ves, ya te decía! Es maravilloso, alguien que no sabe su nombre ni de dónde viene. Ah, espera, a lo mejor es que no tienes nombre. ¿Es eso? – Nombre… ¿Qué es nombre? – Increíble, hoy es mi día de suerte. Bueno, pues yo, lo siento, yo me llamo Sara, y vengo de ocho calles mas abajo, donde dicen que nací. ¡Ah: ya entiendo! Claro, ¿como no se me había ocurrido antes?. Nombre, de dónde vienes, incluso la edad que tienes, son cosas que otros te ponen, pero no tiene porqué ser cierto. ¿Sabes? Dicen que tengo 9 años, me llamo Sara Veight y naci en la misma casa en que vivo ahora, el 22 de l avenida Morchande. Vale, vale, ahora caigo. Todo eso se lo han inventado para… bueno no se para qué, pero podría ser que no fuera cierto. Como tú, que nadie te puso un nombre ni te dijo donde habías nacido y todo eso. Ah, ¿y sabes lo más gordo?: También nos colocan un número al que llaman NIP, número de identificación personal. Yo no me lo aprendí y si me preguntan les digo que lo olvidé. Ellos insisten un poco, pero terminan dejándome en paz. – Paz… – Mmm, ¿te suena esa palabra? – Palabra, palabras… no se qué quiere decir, pero me siento bien al pronunciarla. Verás… Sara, me gustaría jugar contigo – es todo lo que he venido a hacer, parece – pero tenemos que jugar a algo que no tenga que cerrar los ojos. – Vale, no hay problema. Tengo una tiza, creo, en el bolsillo… sí. ¿Sabes jugar a la Rayuela? – No, pero si me enseñas. – Claro, no tendrás ningún problema en aprender, como parece que no tienes ocupada la cabeza con nada seguro que lo coges enseguida.

No sé cuanto hace que estamos saltando y contando los cuadrados que Sara ha trazado y numerado en el suelo con su tiza. Ella dice que se me da muy bien porque le gano lo que llama “partidas” que no sé lo que es, pero ríe mucho y dice que está muy contenta. Tampoco sé lo que es, pero me hace hincharme por dentro y desde hace rato ya siento calor por dentro. Me he quitado el abrigo. Sara se quedó mirando mi atuendo como si fuera a primera vez que lo viera, hizo preguntas. Hace preguntas constantemente y ríe al hacerlas, es agradable. Siento un cosquilleo aquí, por primera vez en no sé cuándo, bajo el pecho, me siento bien, aunque no reconozco esta sensación, pero es mejor que antes. Cuando Sara ríe suena el mundo y suena a alegría. Me siento bien por primera vez en…

– Dentro de poco tendré que irme a casa. – ¿Qué? – Si no lo hago mandaran a los vigilantes a buscarme. No me gusta su cara, siempre tan seria; no sé porque han de estar tan serios, mucho más contraídos que los demás. Si no pasa nada, simplemente me he entretenido jugando y eso es todo. ¿Dónde está tú…? Ah, claro, no lo sabes. ¿Quieres venir a mi casa? Mis padres también están siempre serios, pero no creo que les moleste. Total hemos estado jugando, puedes dormir en una habitación que tenemos para cuando viene algún familiar, y mañana seguimos jugando. ¿de acuerdo? – No se… como quieras. Me siento muy bien…

Ya no estoy en la calle, sino dentro de uno de sus muros. No sé lo que ha pasado. Íbamos Sara y yo cogidos de la mano hacia su… “casa” y al ir a entrar en su muro nos pararon unos hombres. A ella la dejaron seguir y a mí me condujeron aquí. Es una caja grande de cuatro paredes con techo, una silla; no sé porque reconozco que es una silla. Hace mucho rato que me han dejado aquí. Ahora ruido. El muro se abre y entran dos hombres.

– Bueno, caballero, – empieza diciendo uno de ellos. – Nos va a decir su nombre de una vez, ¿o no? – No lo sé, – me oigo repetir en un murmullo. – ¿Cómo dice? – No lo sé – alzo la voz. – Ya. Eso nos ayuda muy poco, ¿sabe? ¡De donde viene, usted! – grita abalanzándose sobre mí. A lo mejor piensa que eso me va a asustar, o algo parecido. – ¡Responda! ¡responda de una vez! Ya hemos perdido demasiado tiempo con usted. ¿Quién es usted y qué hace en esta ciudad?… ¿Qué dice? – No lo sé, señor. – No puedo responder otra cosa. Una palabra nueva, “ciudad”, ¿Qué es “ciudad”? – ¿Está usted loco? ¿Qué está diciendo? No entiendo nada. Venga, levántese de una vez.

El hombre se incorpora y me ayuda a levantarme. Se rasca la cabeza, resopla y se vuelve al otro hombre.

– ¿Nada? – Nada, comisario, no falta nadie de ninguna cárcel, manicomio, hospital… Por extraño que parezca, hoy no falta nadie, todos están donde tienen que estar… Que casualidad. – Vale, vale, está bien. De modo que este hombre ha surgido de la nada, así – chasquea los dedos en el aire y se queda inmóvil mirando al otro, luego a la ventana, luego a la silla que rodó por el suelo. Es evidente que no sabe qué hacer. – Tal vez se trate de un shock amnésico, alguien que iba conduciendo, tiene un accidente y no se acuerda de nada. – Y salió de su casa sin ninguna documentación y absolutamente nada en los bolsillos de ese abrigo enorme, ¿verdad? Y vestido de esta manera tan rara, parece un uniforme, blusa larga y pantalones blancos amplios sin cinturón ni tirantes.. ¿Ha visto alguna vez ese tipo de uniformes, inspector? – No, en mi vida. Suponga que este hombre no es de aquí, que tuvo el accidente muy lejos… – ¡En todo el país no hay uniformes así! ¿Se da cuenta?… No, no quiero pensar en cosas raras como que cayó del cielo y todo eso, yo también leí esa novela de pequeño, y es una tontería… aunque cuando tenía aquella edad no me lo pareció. – En cambio el abrigo… – empieza en otro – sí que parece de aquí, aunque no es adecuado para esta época del año. ¿Quién llevaría un abrigo tan gordo en pleno verano? – Hay que hacer algo con él. Vamos a llevarle al psiquiátrico a ver si logran que recobre la memoria.

No sé cuántos días hace que no veo a Sara, aunque me han dicho que ha venido a verme y no le han dejado pasar. Dicen que fue porque se escapó de su “casa”. No entiendo que no le dejen verme porque se escapó de su casa. Su rostro es bellísimo, es como una luz potente en esta “ciudad” oscura. Y sonríe. Es la única persona de por aquí que sonríe. Ahora se oye un gran alboroto en el piso de debajo de esta gran caja compuesta por cajas más pequeñas con sillas y otros objetos. Entra un hombre en mi caja y me pide que me ponga la túnica, ellos le llaman bata, y le acompañe. No he vuelto a ver las ropas que llevaba cuando abrí los ojos, no sé que ha hecho con ellas. No he vuelto a cerrar los ojos en todos estos días, no podría soportarlo otra vez. No recuerdo haber visto una persona de luz como Sara.

Bajamos hacia las cajas del piso inferior, donde hay mucha gente, hablan sin parar. ¡Sí, ahí está, la luz! La he distinguido entre tantas personas, corre hacia a mi sorteando con una gracia muy parecida a las antiguas gacelas zafarse del depredador, y siento su cuerpo abrazarse a mi cintura. Hace la mitad de mi altura. Tengo miedo de cerrar los ojos, pero es que me invade una sensación tan fuerte que no había sentido antes, que instintivamente quiero cerrarlos para poder sentir mejor aquel abrazo. Por fin tengo calor, y también me llega olor humano. Sara no para de hablar, no entiendo mucho porque habla muy deprisa, sonríe, pero tiene lágrimas en los ojos. Vienen unos hombres a separarla.

– ¡Diles que se vayan! Por favor, haz algo, diles que nos dejen en paz. Se muchos más juegos, ya verás. ¡Detenlos!

Algo ha hecho un chasquido en mi cabeza. No sé porque lo he hecho, pero levanto el brazo extendido con la palma de la mano abierta hacia esos hombres. Se han detenido de golpe y dudan. Y como veo que ha funcionado mantengo el brazo así, y algunos andan unos pasos hacia atrás, otros acaban haciéndolo también. Se apartan, nos dejan en paz, como quería Sara.

– Gracias, sin nombre, eres un mago, ahora nos dejarán tranquilos. Pero aquí no podemos jugar, hay demasiada gente, y sillas, y mesas. Vayamos al patio.

Sara me coge de la mano y me lleva hacia afuera, es un “patio” bastante grande. Saca una tiza del bolsillo y traza en el suelo unos dibujos parecidos a los que hizo el día en que nos conocimos, pero algo distintos.

– Veras, es muy sencillo, mira, ahora te explico lo que hay que hacer.

Los muros del “patio” han quedado tapizados de personas que nos miran sorprendidas. Unos cruzan comentarios, otros no. Por todas las ventanas de la caja grande asoman personas para vernos jugar. ¿Qué les extraña tanto, que juguemos, o tal vez que riamos?

He aprendido después de tanto tiempo a dormir siempre con los ojos abiertos. Sara me ha instalado en donde ella vive, en una caja a la que también llaman “habitación”, a pesar de las protestas de las personas que viven con ella, unas veces ruidosa otras veces en voz muy baja, que son las más dañinas porque sus vibraciones me llegan muy agudas y punzantes. He aprendido a comer lo que comen en “la ciudad”, pero no me acostumbro al ahorro de luz. Aunque con menos luz ambiente Sara se destaca mejor de todo lo demás. Sigue siendo una potente luciérnaga, como la de los bosques antiguos que conocí hace no se cuanto. Una guía en la noche, que compite con la luna llena.

– ¿Me harías un favor? – ¿Un qué? – En un par de años cumpliré 11 y a esa edad nos cae una montaña de reglas. Lo sé por mis pobres hermanas que no se pueden mover de casa y de la casa de la educación, donde se pasan el día haciendo y hasta pensando lo que les dicen ellos. – ¿Qué quieres que haga? – Tú que eres mago, ¿puedes hacer que no crezca más y no pase de los 9 años? – No sé cómo se hace pero lo puedo intentar, si eso es lo que deseas. – ¡Vamos, haz lo que sea!

En otros lugares y otros tiempos acostumbraba a cerrar los ojos para escuchar mejor la voz que indica lo que has de hacer, pero como no puedo cerrarlos ahora, miro fijamente los ojos grandes y transparentes de Sara. Al cabo de unos instantes mi brazo se mueve otra vez sin que yo se lo pida, ahora para posarse suavemente sobre la cabeza de cabellos dorados de la niña. En otra época cerraría los ojos para sentir el rio fluir en la dirección deseada. Ahora simplemente entro en los ojos de Sara y siento como fluye en sus pupilas azules y siempre alegres, alimentándose de ellas y alimentándolas. Vuelvo a sentir la corriente que transita libre y, como diría Sara, sin reglas.

Ya han ido intercambiándose muchas veces los caminos del sol y de la luna. Las hermanas de Sara se arrugan, se secan, se agrian, otras personas de la “casa” desaparecen en el agujero de la seriedad, la decepción y el engaño, y Sara sigue teniendo 9 años, con la misma alegría y risa vital haber logrado saltarse una regla o descubrir un nuevo juego que proponerme o un nuevo lugar de “la ciudad” donde jugar. Sus cabellos siguen siendo sedosos, dorados, brillantes, a lo mejor porque se los peina con agua de la fuente y con los dedos divirtiéndose al hacerlo, mientras que sus hermanas han tenido que irlos recogiendo y cubriéndolos con un pañuelo porque se han afeado, cuarteado, teñido demasiadas veces. Algún día Sara me pedirá que salgamos de la ciudad y entonces tendré que volver a mirar a través de sus ojos para que el rio nos guie. Será en el momento adecuado e iremos donde su sabiduria nos lleve.

Juan Trigo, octubre 2011

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